Disclaimer: Los hermanos Kirishima ―y Tokyo Ghoul― son de Sui Ishida.
N/A: Son las 3:49 de la mañana y vine acá con toda intención de desearle feliz cumpleaños a Ayato y a Touka también (atrasado, muy atrasado) pero en fin, por eso dejo acá este drabble todo bobo por ello *insertar un corazón aquí* se suponía que lo iba a hacer en plan romántico pero como soy una sentimental de lo peor me ganó lo fraternal y he aquí el resultado de esto.
So, a ver qué tal les parece. ¡Saludos!
Udpate: Editado el día 04/07/2019 (convenientemente).
Azul.
Los conejos no veían a colores, los conejos veían en verde… y en azul.
Pensar en Azul era pensar en Ella. En su cabello con agradables toques violetas, en sus ojos del mismo tinte oscuro que los suyos, e incluso en su clóset, el cual consistía en un amplia gama de distintos tonos de azul. Si lo pensaba a fondo, apostaba el conocimiento adquirido en su infancia (demasiado inocente en aquel entonces), a que ese clóset seguía teniendo la misma textura añil.
Como el cielo y como el agua. El azul significaba frialdad, melancolía, tristeza, apatía, pesar y ausencia. Todo lo que Él era. Pero también significaba fidelidad, esperanza, dedicación, sinceridad y sosiego. Todo lo que Ella había sido.
Antes de abandonarla.
La magulladura interna, mal saturada y contenida, después de considerables años en silencio, por fin se había abierto de nuevo en aquella noche de Julio. Ayato lo había consentido de esa manera mientras la "significativa" fecha daba vueltas alrededor de su cabeza.
Cuatro de Julio. Cuatro de… no.
Retrocedió un poco más.
Primero de Julio.
Y el color azul volvió a instalarse en su visión, justo cuando Ayato estaba sosteniéndose un par de mechones que lucía frente al espejo, tan dispuesto a permitirse aquello que llamaba un momento de debilidad, como queriendo reparar lo irreparable, porque a veces deseaba olvidarse de lo mal hermano que era, aunque ella no lo supiera.
Retrocedió un paso y respiró hondo, no sin antes haberse cerciorado de que seguía estando sólo. Después, prosiguió a imaginarla frente a Él con una sonrisa, ―de esas que recordaba de niño cuando ella se burlaba de su ineludible asco por los gusanos―, portando un suéter azul y pantalón del mismo tono (uno más claro que el otro). Los brazos cruzados, acompañados de una expresión divertida y genuina, eran la mejor parte.
Se la imaginó tan bien que las palabras brotaron de su boca con más facilidad de la que esperaba. Serias, optimistas, casi alegres:
―Feliz cumpleaños a mí. Feliz cumpleaños a ti, Touka, hermana tonta.
