Noah suspiró poniéndose las manos tras la cabeza, mirando al cielo.

El sol nos cubría, nos abrasaba, nos dejaba la piel tostada y a la vez nos relajaba.

Bajo las tenues sombras de una palmera, Noah y yo estábamos abrazados balanceándonos en una hamaca. Mis manos rodeaban su pecho y él tenía las manos bajo su cabeza. Acaricié su abdomen con el pulgar suavemente, arrastrando con él algunos granos de arena frotándolos con su piel. Era suya, literalmente. Era la mujer de Puckerman.

Nuestras manos se enlazaron y se fundieron en una, sonriendo al ver nuestros anillos puestos en nuestros dedos. Su mano libre me acariciaba el pelo, quedándome totalmente relajada sobre su pecho.

-¿Llamaste a Beth? -Murmuré dándole un pequeño beso en el pecho.

-¿Quién es Beth...? -Susurró con voz ronca casi adormilado.

-¡Noah!

-¿¡Qué!? -Abrió los ojos levantando la cabeza.

-Idiota.. -Me reí tirando de su mejilla para que me besara lentamente.

-Si me vas a besar así cada vez que sea idiota puedo serlo a tiempo completo. -Murmuró con una sonrisa volviéndome a besar.

-Ya eres un idiota a tiempo completo. -Me reí besando su nariz.

-¡Oye! ¡Quinn Puckerman-Fabray! -Antes de que se diera cuenta eché a correr por la playa y él vino detrás de mí. Me alcanzó y me cogió de la cintura pegándome contra él. Anduvo por la orilla de la playa sujetándome por la cintura y dándome mordiscos por el cuello.

-¡Noah! -Grité revolviéndome en sus brazos riendo. Paró de morderme y comenzó a darme pequeños besos tras la oreja.

Y aquella tarde, bajo el sol abrasador y sobre la arena húmeda por las leves olas que rompían en la playa hicimos el amor.

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Después de aquella semana bajo el sol de la península del Yukatán, vuelta a la normalidad. Aquella tarde llegué del trabajo y Beth bajaba por las escaleras dedicándome una mirada.

-Buenas tardes princesa. -Le dije desajustándome la corbata.

-No me llames princesa. -Me dijo en tono serio yendo a la cocina. Fruncí el ceño y me acerqué a darle un beso en la frente pero se echó hacia atrás.

-¿Qué te pasa? -Fruncí el ceño y vi cómo sus amigas bajaban por las escaleras.

-Necesito dinero. Vamos al centro comercial a comprar algo de ropa para la fiesta del viernes. -Me dijo girándose un poco hacia sus amigas que me miraban tímidas, y no me extrañaba. Llevaba el uniforme del ejército y tenía el ceño fruncido.

-¿Fiesta? -Mascullé escudriñándola con la mirada. -¿Lo has hablado con tu madre? -Dije con las manos en los bolsillos.

-No, pero papá.. -Giró la cabeza un poco para que viera que estaban allí sus amigas.

-Te doy dinero para ropa. A la fiesta no vas. -La miré serio con veinte dólares en la mano.

-¡Pero papa! -Me replicó mirándome. -¡Todas mis amigas van!

-¿Y si todas tus amigas aprueban matemáticas tú por qué no? -Le dije mirándola a los ojos. Ella cerró los ojos.

-Te odio papá. -Ella cogió los veinte dólares y salió por la puerta, escuchando cómo una de sus amigas decía: "tía, tú padre está bueno".

Al menos, ellas no me odiaban.

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Quinn llegó del teatro y soltó su bolso, mientras yo la miraba desde la mesa de la cocina con la camisa remangada hasta los codos y un vaso de whisky con hielo en la mano.

Me giré a mirarla y ella vino hacia mí. Era como una de esas madres de película de sobremesa, en el que la madre es perfecta y todos la adoran, pero muere. La madre a la que las manos siempre le huelen a coco, que por la mañana te despierta acariciándote la espalda y dándote besos por la nuca, la madre que tiene un olor especial y siempre la reconocerás.

-¿Qué te pasa? -Murmuró quitándome el vaso de la mano, echándolo por el fregadero. No le gustaba nada que bebiera.

-Nada. Beth está arriba. Quiere hablar contigo sobre una fiesta. -Me levanté colocándome la corbata dándole un beso en la coronilla. Se puso de puntillas y me besó suavemente.

-Ahora bajo.

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Entré en la habitación de Beth y la vi tumbada en la cama haciendo humo con los dedos tecleando en el móvil.

-Hola mamá. -Me dijo apagando el móvil y dejándolo a un lado.

-Hola. -Suspiré sentándome a su lado en la cama. -Dice papá que querías hablar conmigo de una fiesta.

-A la que no iré porque papá no quiere. -Murmuró agachando la cabeza. Fruncí el ceño.

-¿Papá no te dejó ir? -Pregunté, pues me parecía extraño que Noah no dejara ir a su hija, cuando él fue mucho peor con su edad.

-No. -Respondió con un puchero.

-¿Cómo le pediste a papá el dinero?

-Necesito dinero para comprar ropa para la fiesta del viernes. -Repitió mirándome a los ojos. -Y me dijo que no. Y yo le dije que todas mis amigas iban, y él me contestó que si todas mis amigas aprobaban matemáticas yo por qué no. Me dolió. -Se encogió de hombros mirándose las manos.

-¿Y qué le respondiste tú? -La miré a los ojos acariciando su rodilla.

-Que lo odiaba. -Murmuró casi más para sí misma. Entreabrí los labios y agaché la cabeza tragando saliva.

-Beth.. Papá está en una situación muy difícil. -Suspiré mirándola. -Él no ha estado contigo para verte crecer, y eso le duele. Le duele mucho. Eras su princesa, y sigues siéndolo.

-Le dije que no me llamara princesa antes de pedirle el dinero. -Murmuró agachando más la cabeza. Suspiré.

-Cuando he llegado tu padre estaba en la cocina mirando al suelo con un vaso de whisky en la mano. Papá nunca bebe. -Ella agachó la cabeza abrazándose de las rodillas. Me levanté y me alisé la falda, suspirando y yendo a la puerta. -Estás castigada sin móvil hasta el viernes. -Lo cogí y me lo llevé de su habitación.

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Entré en nuestra habitación y Noah miraba sus manos cabizbajo. Me senté en su regazo y rodeé su cuello con mis manos, mientras él apoyaba su cabeza en mi hombro.

-Me lo ha contado Beth. Siento mucho lo que te dijo. -Besé su frente apretando sus mejillas.

-No fue sólo el "te odio". -Levantó la mirada hacia mí.

-¿A qué te refieres? -Fruncí el ceño.

-Me dijo de malas maneras "No me llames princesa." y se echó hacia atrás cuando fui a darle un beso en la frente. -Puck suspiró dolido cerrando los ojos. -No me siento padre, Quinn. -Levantó la mirada hacia mí. No siento esa necesidad que tienen los demás padres e hijos. -Noah tragó saliva y echó la cabeza hacia atrás. No sabía qué estaba pasando por su cabeza en ese momento, pero realmente quería saberlo.

-No sé cómo puedo ayudarte... -Me mordí el labio pegando mi frente contra la de él.

-No puedes ayudarme.