Ataque nocturno

Las siluetas de un grupo de hombres y mujeres se deslizan por la oscuridad. Se mueven en silencio y con agilidad. Movimientos suaves pero rápidos. El tabernero abre la puerta de su taberna con la varita y una palabra mágica. Las seis personas entran con sigilo al sitio. Allí, como en el exterior, reina la negrura. Caminan silenciosamente, ninguno quiere advertir al invitado de que han entrado. El dueño del local es el primero, pues conoce de memoria el territorio y se mueve en la oscuridad como si fuese de día. Guía al resto hacia las escaleras, dispuestos a subir al segundo piso y terminar con el asunto. Cuando pone un pie en el primer escalón, un resplandor llega desde su espalda.

Todos se voltean de golpe.

Allí, sentado en una silla de madera cerca de la precaria barra, se encuentra el joven mago, el Domador de Serpientes. Han pasado por su lado sin darse cuenta. Algunos comienzan a temblar. Eso provocan la expresión furiosa de su rostro y el poder reflejado en sus rasgados ojos.

-¿Seis contra uno?-susurra Salazar-. Qué deshonesto, ¿no creen?

-Todo sea por el bien de nuestra gente-dice Dexter, varita en mano-. Despídete, bestia.

-Estoy temblando de miedo-ironiza el joven, sin alterar siquiera la voz.

-Deberías-responde el otro, y se prepara para lanzar el primer hechizo.

La varita de Dexter no llega a ejecutar encantamiento alguno, ya que sale volando por los aires. Antes de darle tiempo a reaccionar a ningún otro, Salazar sigue con el ataque. Paraliza a dos, desmaya al resto. El tabernero, el único que sigue en pie y con la varita en alto, se enfrenta a él. Logra tirarle un hechizo, pero Salazar lo desvía. Lo desarma a él también y le sonríe con malicia.

-Qué tontos son-susurra Salazar-. Habéis arruinado su única posibilidad de hacer amistades con alguien tan poderoso como yo. ¿Es que ninguno lo ve? Pude controlar a un basilisco, un asesino sediento de sangre. ¿Cómo creísteis, inútiles, que no podría deshacerme también de seis torpes humanos?

El tabernero está paralizado, sin saber qué hacer o decir.

-¿Cómo…?-masculla-. ¿Cómo lo supiste?

Salazar suelta una carcajada seca. Levanta un poco la barbilla, lleno de orgullo.

-No soy solamente un domador de serpientes-dice-. Hablar pársel es solo una de las muchas cualidades que poseo. Soy también un maestro de la legeremancia.

-¿Qué significa…?

-Ignorante-Salazar suelta un suspiro-. Significa que sé exactamente lo que estás pensando. Que supe exactamente lo que pensaste cuando me ofreciste dormir en tu taberna-lo mira a los ojos y ve su mente-. Sí-responde a una pregunta no formulada-. Soy prácticamente invencible. ¡Desmaius!

El tabernero cae al suelo con un golpe sordo.

-Maravilloso.

La voz llega de detrás de Salazar, quien le estaba dando la espalda a la puerta. Se voltea con rapidez, alzando la varita y listo para atacar. Se encuentra con un muchacho, igual de joven que él. Melena rojiza y una sonrisa satisfecha en los labios. No lleva su varita y no parece querer atacarlo.

-¿Pársel? ¿Legeremancia?-inquiere el recién llegado-. Esos no son atributos muy comunes entre nuestra gente.

Sigue sonriendo y arece impresionado, por más que Salazar lo mire con frialdad e indiferencia.

-¿Quién eres?-pregunta, lleno de desconfianza.

El otro joven da un paso adelante y extiende la mano.

-Godric Gryffindor-se presenta.

-Salazar Slytherin-estrecha su mano-. ¿Eres de aquí?

-No. Bueno, soy de un pequeño pueblo, perdido entre los valles ingleses. Pero viví muchos años en África, con mi familia. Recién ahora, con dieciocho años, he decidido volver a mi tierra-vuelve a esbozar una sonrisa-. ¿Y tú? No pareces bien recibido en este pueblo. No eres de aquí, ¿cierto?

Salazar niega con la cabeza.

-Estaba de camino-explica-. En realidad, soy de Norfolk. A diferencia de ti, que vienes de los valles, yo nací en los pantanos.

-¿Rodeado de serpientes? ¿Así aprendiste a comunicarte con ellas?

-La legua pársel, es un don. Se nace con él, no se adquiere-dice Salazar con solemnidad.

-Oh-Godric parece algo decepcionado-. ¿Y la legeremancia?-se apresura a preguntar-. ¿Puedes enseñármela?

-La legeremancia-sonríe Salazar, complacido por el interés del joven-, es un arte. Puedo enseñártela, sí. Pero no enseño a cualquiera. Conocimiento por conocimiento. ¿Qué me das tú a cambio?

-Me parece justo-asiente Godric-. Mi padre era un gran maestro. Tengo un extraordinario conocimiento de la magia. A muy pocos conocerás que puedan igualarme. A ninguno que pueda vencerme-asegura con convicción.

-De acuerdo-acepta Salazar. Quizá sea por la seguridad con la que habla, pero le parece intrigante saber cuánto de todo aquello es verdad-. Pero no aquí. No estaré ni un minuto más en este pueblo.

-Bien-dice Godric-. Dijiste que estabas de paso. ¿A dónde te diriges?

Salazar esboza una sonrisa que algunos catalogarían de traviesa, otros de malvada.

-A un bosque que está a unos kilómetros de aquí. Viven criaturas fantásticas en él. Centauros, thestrals, acromántulas; hay quienes dicen que incluso vive un dragón allí. Lo llaman el Bosque Prohibido. ¿Qué dices? ¿Te animas a venir?

Lo pregunta, simplemente, para escuchar su tono de voz. Para saber si está tan emocionado y encantado como lo demuestra su mirada. Salazar sabe la respuesta antes de escucharla.

-Sí-dice Godric. Su tono sale algo más agudo, sin poder contener la emoción, tal y como Salazar esperaba-. ¡Vamos allá!