La salvación de los pobres

Año 986, Junio

Sur de Gales

-No sé cómo podré agradecértelo, Helga-dice un hombre de ropas harapientas, con la boca llena y llenando la cuchara de más sopa de verduras.

-No hay nada que agradecer, Philip-responde la mujer que está del otro lado de la mesa-. Pero más vale que te apures, mi padre no debe tardar en llegar.

El hombre asiente, hace un esfuerzo por masticar más rápido y sigue embutiéndose la boca con más y más comida.

El golpe de una puerta al cerrarse se escucha a lo lejos. Helga pega un respingo.

-¡Rápido, rápido!-exclama en un susurro. Philip toma entre sus brazos todas las flautas de pan que puede-. Llévale a Rose y a William, que no han podido venir esta semana. ¡Y a Margaret!-llega a añadir, mientras el hombre sale por la puerta trasera y se pierde de vista.

Helga se deja caer en una silla, con el corazón latiendo a toda velocidad por lo cerca que estuvo su padre de descubrirla. Una elfina doméstica entra en ese momento a la cocina. A diferencia de Helga, que lleva un vestido amarillo claro y en perfecto estado, ella está vestida con un pedazo de tela atada como toga, y llena de parches.

-Ama Helga-la saluda, inclinando un poco la cabeza-. Su padre acaba de llegar. Y se pregunta dónde está usted…-se da cuenta del desorden que hay en la cocina-. ¡Ama Helga!-se escandaliza-. ¿Otra vez cocinando? ¿No se da cuenta que su padre nos mataría a ambas si se entera?-pregunta un tanto enojada, tratando de hacer entrar en razón a la joven-. Vaya, vaya, a recibir a su padre. Gimel se hará cargo de esto.

Helga, que no ha tenido tiempo de decir una palabra, le sonríe en señal de agradecimiento.

-Como digas, Gimel-acepta sin reprochar. Se dirige a la puerta y añade, antes de salir:-, llévate todas las sobras. Y te prohíbo que hables de esto con mi padre.

Y ve, antes de subir por las escaleras, que en la cara de Gimel también hay una sonrisa de agradecimiento.

Helga llega al salón y ve allí a su padre. Pero no está solo. Un joven, que debe de ser un par de años mayor que ella, lo acompaña. Están ambos sentados en los sillones, conversando tranquilamente.

-Buenos días, padre-saluda Helga, inclinando un poco la cabeza.

-Helga, querida-responde su padre-. Al fin apareces. Esa manía tuya de no estar en la sala cuando llego-es un reproche en tono cariñoso. Señala a su invitado-. El joven, aquí presente, es Salazar Slytherin. Un viajero que huye de la quema de magos y brujas. Es encantador, lo conocí de camino a casa. Ella es mi hija, Helga.

Helga se vuelve a inclinar un poco para saludarlo.

-Es un placer, señor Slytherin-dice, con todos los modales de los que es capaz. Lo único que quiere es retirarse a su dormitorio. Desde hace cinco años que su padre no pierde oportunidad de invitar a un joven a casa. Lo único que quiere es casarla con alguien, por más que Helga le diga que no quiere esposo.

-El placer es mío, señorita Hufflepuff-responde él.

-Esperaba que pudieras enseñarle el pueblo-le pide su padre-. Yo estaré muy ocupado esta tarde, pero no hay nada como un paseo.

A Helga le gustaría decirle que no, que no y que no, que no tiene intenciones de salir a dar un paseo con nadie y, mucho menos, casarse con alguien.

-Sí, padre-dice, haciendo una nueva inclinación de cabeza-. Sería un honor pasear con el señor Slytherin.