Promesa

Año 992, Setiembre

Este de Inglaterra

En los pantanos que rodean el pueblo de Norfolk, escondida entre los árboles, se encuentra una pequeña cabaña de rocas y techo de paja. Fue creada por un hombre perseverante años atrás, y ha pasado de generación en generación desde entonces.

Salazar lleva viviendo allí tres años. Y simplemente, lo detesta. Pero su padre está muriendo y necesita de sus cuidados. Es la única familia que le queda, por culpa de esos malditos muggles que asesinaron a su madre, despojándola previamente de su varita. Salazar está seguro de que, si no fuese porque le ganaban en cantidad y lograron sacarle la varita, su madre seguiría viva. Injusticia, suele decirse a sí mismo. Así es el mundo, siempre lo supo. Injusto.

Su padre lo mira desde la cama. Parece débil, apenas una sombra de lo que fue. Extiende una mano en dirección a su hijo y este se acerca, sabiendo lo que va a pasar a continuación. Hace tres años que está esperando este momento. Se preguntó mil veces cómo sería y qué tendría que hacer o decir. Ahora, le parece que está perfectamente preparado para enfrentarlo.

Se sienta junto a su padre y toma su mano. Lo mira a los ojos. Le sonríe con toda la dulzura que puede, aunque no es mucha.

-Salazar, mi hijo querido-susurra su padre. Él se inclina un poco hacia adelante, cuesta escucharlo bien-. Estoy tan orgulloso de ti. Tan orgulloso.

-Lo sé, padre-asegura Salazar-. Yo siento orgulloso de ser tu hijo.

-No-dice el anciano-. No he podido darte nada en esta vida, solo esta pocilga que llamamos hogar. Pero tú-esboza una débil sonrisa-, tú has logrado grandes cosas. Y lograrás mejores. Si de algo tengo certeza, es de eso. Serás grandioso.

Salazar siente un nudo en la garganta. Se esfuerza por no llorar.

-Ahora-continúa su padre-, quiero que me escuches con atención. Tienes una inteligencia y una capacidad mayores a las de la mayoría de los magos de tu edad. No desperdicies toda tu sabiduría. No dejes que muera contigo. Que sea eterna, que viva por siempre.

-No lo comprendo, padre-admite Salazar.

-Debes pasársela a otros. Debes enseñar todo lo que sabes-explica su padre-. Y que tus alumnos se transformen en maestros y se lo enseñen a otros. Que tu sabiduría sea eterna-repite.

-De acuerdo…-asiente el joven, sin estar muy seguro.

-Promételo-insiste-. Prométeme que no permitirás que tus talentos mueran contigo. Prométeme que no sabes todo lo que sabes en vano.

Su padre comienza a cerrar los ojos, vencido por el cansancio. Quizá sea la última vez. Quizá sean sus últimas palabras.

Salazar sabe que no tiene opción.

-Lo prometo.

La sombra de una última sonrisa se dibuja en los labios de su padre, antes de dejarse llevar hacia el eterno silencio.

Salazar llora sobre su pecho, como un niño pequeño. Cava una tumba, con magia, como a su padre le habría gustado. Honrando todo su poder. Lo entierra en ella y decide que no puede pasar ni un minuto más en aquella cabaña. El silencio y la soledad lo destrozan.

Piensa en la última promesa que pudo hacerle a su padre. Y sabe que solo conoce a una persona que puede ayudarlo a cumplirla. Toma las pocas pertenencias que conserva –incluyendo los dos elfos domésticos de su padre- y comienza el largo viaje hasta Hogsmeade.