Tercer miembro
Godric acompaña a su nueva invitada hasta las afueras del pueblo. Allí, en un pequeño campamento, se encuentra un hombre joven tratando de prender un fuego, sentado en el suelo. Raspa una piedra contra la otra.
-¿Por qué no usa magia?-pregunta Godric mientras se aproximan.
Rowena suelta un lento suspiro y niega un poco con la cabeza.
-Es squib-responde en un susurro.
Godric alza ambas cejas. Sabía que últimamente había más squibs, pero jamás había visto uno. Se recordó a sí mismo que debía tratarlo como a una persona más.
-¡Rupert!-lo llamó Rowena. Su hermano levantó la cabeza y sonríe. Se fija luego en el hombre que la acompaña, y a este lo mira con desconfianza.
-¿Con quién has venido?-quiere saber, al tiempo que se pone de pie.
-Rupert, él es Godric Gryffindor-lo presenta-. Es maestro en el pueblo, y nos dejará quedarnos en su casa.
Godric extiende la mano, pero Rupert simplemente sigue mirándolo inseguro.
-No lo necesitamos, gracias-espeta-. Podemos quedarnos aquí, estamos bien.
-No lo estamos-niega Rowena-. Pero no hay de qué preocuparse: ya conseguí trabajo. Dentro de poco, tendremos nuestra propia casa.
-¡¿Qué conseguiste qué?!-exclama su hermano, sin poder creerlo.
-Trabajo-sonríe Rowena, alzando el mentón con orgullo-. Godric me lo ofreció.
Este se siente con la obligación de dar una explicación.
-Estamos comenzando a armar un colegio, con un amigo-aclara-. Pero eso de buscarse una casa, no será necesario. Haremos un castillo, donde podamos dar clases, y vivir allí. Será enorme. Vendrán alumnos de todas partes del mundo a aprender allí-Godric adopta una sonrisa soñadora. Rupert todavía parece no fiarse de él.
-Tu haz lo que quieras-le dice su hermana-. Yo me iré con él. No hay mayor don para la humanidad que la inteligencia, y cuando uno la posé, tiene la obligación moral de pasarla a las nuevas generaciones-afirma con vehemencia.
Rupert suspira resignado.
-De acuerdo-acepta, encogiéndose se hombros. Sabe que no tiene opción.
Godric hace levitar las cosas de sus nuevos huéspedes hasta su casa. Abre la puerta y ve a Salazar sentado en la mesa del comedor.
-¡Tengo buenas noticias!-exclama Godric con entusiasmo.
-¿Has traído mi cerveza?-pregunta su amigo, aunque ya sabe la respuesta a juzgar por sus manos vacías.
-Oh, no-dice el otro. Aquella mañana, sentado en la taberna, le suena ya muy lejana-. Pero esto es mejor-asegura. Salazar frunce el ceño, con un gesto de aburrimiento-. ¡He hallado al tercer maestro!
Hace una seña y dos cabezas se asoman por la puerta abierta. Salazar se sorprende. Se levanta de su silla, se encamina hacia los recién llegados y le tiende la mano al joven hombre.
-Soy Salazar Slytherin-se presenta-. También seré maestro. ¿Quién eres tú y con qué habilidad nos sorprenderás?
-Soy Rupert Ravenclaw-dice él-. Pero no seré yo el maestro.
Salazar mira a Godric un minuto, confundido. Luego ata cabos y mira a la mujer que los acompaña, con una ceja alzada.
-Rowena Ravenclaw-sonríe esta, estrechando su mano-. Y le aseguro que lo sorprenderé con mis habilidades más de lo que cree posible.
-Considero de por sí la ambición una grata cualidad-concede él.
-Yo no-reconoce Rowena-. Pero verá que no es ambición lo que me hace pronunciar estas palabras. No poseo arrogancia, sino conocimientos de lo que soy capaz.
-En todo caso, espero ver pronto que sus palabras no son falacias-asegura Salazar.
-Lo verá, no tenga duda.
-¡Bien, bien!-exclama Godric, viendo con satisfacción que su nueva maestra es aceptada por su amigo-. De acuerdo. Antes de empezar, debemos dejar claras algunas cosas.
-Adelante-acepta Rowena. Los cuatro toman asiento alrededor de la mesa, mientras Rody, el elfo doméstico, se para junto a su ama, aguardando una orden.
-Necesitamos un lugar para armar el castillo-comienza a enumerar Godric.
-Hay un descampado cerca de aquí, según tengo entendido-comenta Rowena-. Tuve sueño hace poco con ese lugar. Yo iba caminando por una pradera y se me cruzaba un cerdo verrugoso y…-al ver las caras de sus acompañantes, se calla-. Sí, claro, nada importante… Está en un acantilado, entre un lago y un bosque.
Godric y Salazar intercambian una mirada.
-El bosque es muy peligroso, lleno de criaturas indomables-dice el primero.
-Sería arriesgado habitar sus alrededores-añade el otro.
-Y hay una aldea muggle cerca de aquí, podrían encontrarlo-interviene Rupert.
-Tonterías, tonterías-asegura Rowena-. Puedo hacer perfectamente un hechizo repelente para muggles. Y no hay animal ni criatura que no puedan domesticar tres grandes magos…
-Cuatro-la corrige Salazar.
-Tres-vuelve a decir ella-. Mi hermano es squib.
Salazar automáticamente se aleja de él. Es una reacción inconsciente y se arrepiente enseguida, pues la mujer lo mira con muy mala cara.
-Lo siento-se apresura a decir, recomponiendo la compostura-. Tengo un asunto muy personal con los muggles.
-Pero mi hermano no es muggle-señala ella-. Es squib. Tiene sangre mágica corriendo por sus venas, tanto como yo. Simplemente no puede manifestarla.
-Pero eso… eso significa que hubo algún muggle en su familia, ¿no es así?-inquiere Salazar.
-Muy lejano, quizá-Rowena se encoge de hombros, quitándole importancia-. ¿Hay algún inconveniente con eso? Porque si lo hay, no tenemos problema en seguir nuestro viaje y…
-¡No!-la interrumpe Godric-. No hay ningún problema. ¿Verdad, Salazar?
El aludido tarda unos segundos en contestar y, cuando lo hace, su tono es más frío y distante que antes.
-Para nada.
-De acuerdo-dice Godric con tono apaciguador-. Tú, Rupert, ¿puedes hacer algo para ayudarnos?
-A falta de sus habilidades mágicas-responde Rowena por él-, ha aprendido a hacer todas las tareas de la casa. Puede ayudar con eso. Y también pongo a nuestro servicio a mi elfo doméstico.
-Tengo dos elfos domésticos, Snem y Thoe, que también ayudarán-agrega Salazar.
-Bien-el entusiasmo de Godric crece a medida que sigue la conversación-. Se ocuparán de la limpieza y de la comida…
-Rupert no sabe cocinar-lo corta Rowena-. Y tampoco Rody. Nunca nos hizo falta. Siempre tuvimos cocinera.
-Tampoco mis elfos saben-dice Salazar-. Mi padre era muy quisquilloso con la comida: solo pan y sopa.
-Oh-suelta Godric, pero su entusiasmo no disminuye. Al contrario: parece emocionado por su primer inconveniente-. Bueno, necesitaremos algún cocinero… Dawen, el tabernero, quizá…
-Antes muerto-se niega Salazar.
-Propone tú una solución, entonces-invita su amigo.
Salazar se lo piensa con cuidado y, poco a poco, una sonrisa se dibuja en sus labios.
-Tú déjamelo a mí.
