Una carta del pasado
Año 993, Abril
Sur de Gales
Cae la tarde en los amplios valles galeses. Helga prepara una ensalada simple y rápida. No tiene mucho tiempo antes de que su padre llegue a casa. Margaret la observa en silencio, alcanzándole algún ingrediente de vez en cuando.
-Mi padre no tarda-dice Helga preocupada, notando que el cielo es cada vez más rojizo. Hecha condimentos con rapidez y destreza.
-Señora Helga, es usted tan amable-murmura su acompañante en tono lastimero-. Por nada del mundo querría que se metiese en problemas por mi culpa. Pero es que el pequeño Natt no come desde hace dos días. Si lo viera, ¡está de los huesos!
-Dale esto, entonces. Verás cómo lo anima-promete la cocinera.
No menciona que la receta es mágica –y de su propia invención- y que le quitará el hambre por dos días más.
Le entrega el cuenco de madera en las manos y Margaret hace leves reverencias.
-Gracias, señora, gracias. Es usted tan gentil.
-No hay nada que agradecer, Margaret. Pero ahora vete-se apresura a pedir Helga-. Mi padre llegará en cualquier momento.
Margaret asiente y sale por la puerta de servicio, sin dejar de repetir palabras de agradecimiento. Helga se dirige a la sala y se sienta en una silla, a la espera de su padre.
-¡Ama Helga!-Gimel, la elfina doméstica, entra por la puerta en ese momento-. Ama Helga, al fin Gimel la encuentra. Gimel tenía miedo de encontrarse primero con el Señor, porque debería darle la carta a él, pero va dirigida al ama Helga y Gimel cree que debería dársela primero a ella. Pero el Señor obligaría a Gimel a dársela a él y entonces Gimel…
-Gimel, tranquila-ordena Helga en un tono suave, casi cariñoso-. Dime, ¿de qué estás hablando?
-De la carta, ama Helga, que ha llegado en lechuza hace diez minutos.
Gimel extiende su mano y se la da. Helga la toma, un tanto sorprendida. Normalmente, es su padre quien recibe correo. A ella no suele escribirle nadie.
Estimada señorita Hufflepuff:
Lamento molestarla, si es que le molesto. Me contacto con usted porque tengo el honor de anunciarle que, finalmente, he encontrado el trabajo perfecto para usted, tal y como lo hablamos aquella tarde de paseo hace ya tanto tiempo. Me comentó entonces que era una excelente cocinera, y que nada le gustaría más que alejarse de su casa y hacerse independiente trabajando en la cocina. Pues bien, si aún es así, le tengo una oferta que no puede perderse.
Yo, junto con dos socios, estamos comenzando a armar un colegio de magia. Estamos planeando a lo grande y, si todo sale según nuestros planes, vendrán magos y brujas de todo el mundo a estudiar aquí. Entenderá que, en ese caso, necesitaremos una gran cocinera que pueda alimentarnos a todos. Por supuesto que el trabajo sería remunerado, y no tendría que preocuparse por encontrar dónde vivir, pues el castillo tendrá lugar para todos. ¿Qué me dice? ¿Acepta el reto?
Sí es así, la espero en Hogsmeade cuanto antes. No se arrepentirá, se lo prometo. Estoy seguro de que encontrará aquí su lugar en el mundo, tal y como deseaba en aquel entonces.
Mis más cordiales saludos y respetos, con el deseo de verla pronto,
Salazar Slytherin.
Helga la lee una, dos, tres veces. A la cuarta, la lee en voz alta. La embarga la emoción.
-¿Escuchaste eso, Gimel?-pregunta emocionada-. ¡Trabajar! ¡Cocinando!
La elfina, en cambio, tiene un aspecto nauseabundo. Parece a punto de desmayarse.
-Pero, ama Helga, ¿cómo se le ocurren esas cosas?-inquiere, en un tono estrangulado-. ¿Se da cuenta de que el Señor jamás la dejará irse? Ama Helga, por favor, entre en razón.
-No puedo, Gimel-sonríe, le brillan los ojos, abraza la carta-. Pero en algo tienes razón: papá jamás me dejará. Debo irme, antes de que se entere.
Se levanta de un salto y camina de un lado al otro.
-No llevaré nada: así viajaré más rápido. Ya me compraré todo lo que necesite allí. ¡Con mi sueldo!-suelta un grito de entusiasmo-. Me voy, sí. Con una capa, y nada más. Bien…
Gimel la sigue de un lado para otro. Helga se arma un bolso con dos capas finas y se pone una más gruesa sobre los hombros. Varita en mano y lista para irse.
-¿Y qué hará, ama Helga, cuando su padre vaya a buscarla?-quiere saber Gimel.
-No irá, ¡jamás sabrá dónde estoy!
-¿Y si le pregunta a Gimel, ama Helga? ¡Gimel no puede mentirle a su Señor!-solloza.
-Te prohíbo que le digas una palabra sobre esto a mi padre, ¿entendiste?-le ordena.
-Pero, ¿qué hará Gimel cuando el Señor le obligue a hablar? ¡Gimel se volverá loca!-la elfina se lleva ambas manos a la cabeza. Las lágrimas ya asoman en sus enormes ojos grises.
-Tienes razón, Gimel-concede Helga-. No puedo hacerte esto-lo piensa unos segundos, evalúa y decide-. Tendrás que venir conmigo.
-¡¿Qué?! No, ama Helga, Gimel no puede. Gimel no puede abandonar a su Señor, ama Helga. ¿Qué hará el Señor sin Gimel? No puede, Gimel no puede.
-Sí puedes, Gimel-la contradice Helga-. Y lo harás.
Llega a sus oídos el ruido de los caballos acercándose desde lejos.
-¡Es él!-exclama Helga-. Será mejor que nos vayamos ahora mismo. Si nos quedamos, seguro se lo sueltas. ¡Rápido! Por la puerta de servicio.
Entre lamentos y sollozos, Gimel sigue a su ama hasta la cocina, para salir por la puerta de atrás. Helga hecha un último vistazo a su cocina. Ese lugar que ha sido un refugio para ella y el único lugar donde alguna vez se sintió feliz. Decide que debe llevarse algo de allí, para que una parte de su amada cocina vaya con ella. Toma entre sus manos lo primero que encuentra sobre la mesada y sale corriendo seguida de Gimel, mientras escuchan abrirse la puerta principal.
Corren por la pradera desierta, mientras Helga sostiene en su mano izquierda una hermosa copa de oro.
