La cuarta pieza

Año 993, Mayo

Hogsmeade

A lo lejos se divisa el resplandor del pueblo. Resalta mucho en aquella noche oscura y nublada. Helga sonríe ampliamente.

-¿Ves? Ya estamos llegando, te lo dije.

-Ama Helga, por favor-ruega Gimel, casi sin aliento-. Gimel no puede dar un paso más, necesita descansar.

-No digas pavadas, Gimel, ¡si ya llegamos!-la anima ella.

-Ama Helga-murmulla la elfina, dando pasos cada vez más pequeños mientras su ama camina con más entusiasmo. Sin poder mover un pie, para en seco.

-Vamos, Gimel, continúa-le ordena Helga. La elfina da débiles pasos, sabiendo que debe seguir las órdenes de su ama-. Podrás descansar en cuanto lleguemos.

Gimel comienza a sollozar, sin dejar de caminar. Un minuto después, Helga se apiada de ella. Hace algo que su padre jamás aprobaría: toma a la elfina entre sus brazos y la carga en dirección al pueblo.

-Esto no es necesario, ama Helga-asegura la criatura-. Gimel puede caminar sola, Gimel debe hacerlo. Gimel está para servir al ama, el ama no debe…

-Yo decidiré qué debo y qué no debo hacer a partir de ahora, Gimel-la corta Helga-. Vine aquí para ser libre, y tú también puedes serlo. A partir de ahora eres mi empleada, no mi esclava.

Pero Gimel llora y patalea tanto a lo largo del camino, diciendo que la está insultando, rogándole que no lo haga y asegurando que será una deshonra para su familia si la pone en libertad, que Helga finalmente se rinde y le promete –varias veces- que puede seguir siendo su esclava.

-Oh, es usted tan buena, ama Helga, tan buena-lágrimas de felicidad asoman en los ojos de Gimel.

Ella suelta un largo suspiro y continúa su camino. Llegan al montoncito de casas que forman el pueblo y caminan entre ellas. Muchos la ven, impactados por la imagen de una mujer cargando a un elfo doméstico.

-Es rebajarse-escucha que le susurra una mujer a otra, que asiente en señal de acuerdo.

-Disculpe-Helga se acerca a un anciano que se encuentra sentado en la puerta de su casa. Este la mira sorprendido, y parece ofendido de que se haya atrevido a dirigirle la palabra-. ¿Sería usted tan amable de decirme dónde vive el señor Slytherin?

El hombre le devuelve una mirada tosca. Levanta abruptamente su mano y señala la casa más grande de la calle.

-Gracias, es usted muy amable-dice Helga. Prefiero rebajarme a un elfo doméstico y no a los modales de estas personas, añade para sí misma. Camina con el mentón erguido y llena de orgullo.

Toca la puerta de la casa indicada. Tras unos segundos, esta se abre. Hay ante ella un hombre de melena rojiza y poblada barba. Alza las cejas al ver que carga a su elfina, pero no hace ningún comentario sobre eso.

-¿Si? ¿En que la puedo ayudar, señorita?-quiere saber.

Helga le dirige una sonrisa al ver que es más educado que sus vecinos.

-Busco al señor Slytherin-explica ella-. ¿Se encuentra él aquí?

Convocado por su nombre, Salazar se asoma tras la puerta.

-¡Señorita Hufflepuff!-exclama con una sonrisa, que se enturbia un poco, casi en una mueca, cuando nota que lleva a Gimel entre los brazos-. Pero, ¿qué hace alguien de su clase cargando a su elfo doméstico?-inquiere con sorpresa.

-La pobrecilla no podía más-responde con sencillez-. ¿Puedo pasar? ¿Habrá algún lugar donde pueda ella descansar?-le pide al hombre que le abrió la puerta.

Este sale como de un trance, todavía mirando fijamente a la elfina.

-Eh… Sí, sí, claro. Adelante-la invita pasar haciendo una leve reverencia-. Por favor, siéntase como en su casa. Yo soy Godric Gryffindor, para servirle.

-Helga Hufflepuff-se presenta ella, respondiendo con una inclinación suave de cabeza y dejando a Gimel sobre una silla.

-Lo sé, lo sé-asiente Godric-. Salazar nos ha hablado mucho de usted, y de sus dotes culinarias.

-Pero si jamás ha probado bocado de mi comida-ríe Helga.

-Tengo fe en sus palabras, por supuesto-interviene Salazar-. Dijo usted que era una gran cocinera, y yo no puedo hacer más que creerle.

-Siéntase con la libertad de usar a los elfos domésticos que disponemos aquí para su servicio-continúa Godric con entusiasmo-. La ayudarán en la cocina y en lo que necesite.

-Excelente, gracias-responde ella.

-Deme un segundo-pide él-. ¡Rowena!-exclama-. ¡Ha llegado nuestra cocinera!

Por una escalera de piedra que hay al fondo del estar, baja una mujer. Lleva puesto un hermoso vestido verde oscuro y, sobre su delicado peinado, una bella corona.

Helga se vuelve a inclinar un poco.

-¿Es de la realeza?-pregunta tímidamente.

-Oh, no-contesta Godric-. Simplemente es una mujer de extrañas manías, pero descubrirá con el tiempo que es encantadora.

-Muchas gracias, Godric-sonríe la mujer, que ya ha llegado a su lado. Mira a Helga de arriba abajo y esboza una nueva sonrisa, más amable-. Rowena Ravenclaw.

-Soy Helga Hufflepuff-se presenta nuevamente.

-Qué bien, qué bien-dice Godric, sin poder contener su euforia. Parece sumamente emocionado-. Ya tenemos todo el personal necesario. ¡Podemos comenzar a construir el colegio!