Los fundadores

Año 993, Julio

Hogsmeade

La oscuridad lo cubre todo en el pequeño pueblito mágico. La luna se encuentra en lo alto del cielo, rodeada de estrellas. Rowena, Salazar y Godric se encuentran sentados en la mesa, cenando un guiso de carne con salsa de tomates, champiñones y hojas secas de mandrágora.

-Mmm-Godric cierra los ojos y sonríe-. Cada vez cocinas mejor, Helga.

-Muchas gracias, señor Gryffindor-responde ella complacida, parada junto a la mesa.

-Bueno, como os decía-continúa Rowena con la conversación iniciada antes de la cena-. Aquí están los planos para el castillo. Totalmente finalizados.

Godric y Slytherin los examinan con cuidado. Ambos parecen conformes.

-Solo veo un inconveniente-observa el segundo.

-¿Y cuál es?-quiere saber ella.

-No veo dónde están la mitad de las escaleras-señala con el dedo los entrepisos-. ¿Cómo se va del segundo piso al cuarto?-pregunta-. Y no hay espacio para agregar más escaleras…

-Eso no es necesario, Salazar-asegura Rowena-. Puedo hacer un encantamiento para que las escaleras cambien. Mira.

Hace un movimiento de varita. La imagen se mueve. Ahora un corredor queda sin escalera, pero otro del lado opuesto de la hoja acaba de conectarse.

Helga observa fascinada.

-Fantástico-admite Godric-. ¿De verdad puedes hacer eso con escaleras de piedra?

-Tú déjamelo a mí-afirma la mujer, con una sonrisa de suficiencia.

-Está bien-Godric alza los planos-. ¡Está listo! Podemos empezar mañana mismo.

-Antes-interviene Salazar-. Creo que deberíamos aclarar algunos detalles.

-¿Cómo cuáles?-inquiere su amigo.

-El derecho de admisión.

Rowena y Godric intercambian una mirada sorprendida. Helga escucha con más atención.

-¿Podrías ser un poco más específico?-pide Godric.

-Por supuesto-Salazar se aclara la garganta, como si fuese a dar un largo discurso. Pero solo dice unas pocas palabras-. No enseñaré a aquellos con sangre muggle.

Es tajante. Godric lo conoce hace años. Sabe que será imposible hacer cambiar de opinión a su amigo en un tema como ese.

Rowena, en cambio, se altera un poco.

-¡¿Cómo puedes decir eso?!-exclama-. ¡Son magos y brujas como nosotros! ¡Hacen magia, no son muggles!

-Tienen sangre muggle-responde Salazar con terquedad-. Su sangre está sucia.

-Salazar, ¡amigo mío!-Godric trata de volver a hacer la paz-. No es necesaria la agresión. No tenemos por qué discutir por esto. Hay una solución más fácil: -se encoge de hombros mientras lo dice- cada uno le enseñará a quien deseé.

Sus compañeros se lo quedan observando, como si no hubiesen captado el punto. Helga sigue observando en silencio. Siente cómo su ira crece de a poco.

-Mirad-sigue Godric-, yo también tengo una especificación para mis alumnos.

-Ah, ¿sí?-inquiere Rowena, al parecer ofendida porque nadie le ha avisado.

-Claro que sí-asiente él-. Estamos de acuerdo que cada uno tiene distintos estilos de enseñanza y sabiduría. Y eso requiere distintos estilos de alumnos. Bien, estos son mis requisitos: solo enseñaré a los valientes y leales. Ya sabéis-añade-, soy un duelista. Quiero magos y brujas que puedan lograr grandes hazañas.

-Pues entonces-decide Rowena, subiendo el tono de voz-, yo también quiero alumnos específicos. Quiero que sean inteligentes y creativos. Deben ser extremadamente capaces.

-Amigos míos-dice Salazar-. A mí también me gustaría poder encontrar alumnos audaces y ambiciosos, con la sangre más pura. Pero, ¿cómo lograréis saber quiénes poseen qué cualidades?

-Somos grandes magos-afirma Godric-. Lo lograremos. Ya pensaremos cómo.

-¿Y qué pasará con aquellos que no cumplan con ninguna de nuestras exigencias?-pregunta Rowena.

-Que consigan otro sitio dónde estudiar-responde Salazar.

-¡No!

Todos se voltean con rapidez, asustados. Desde que llegó unos meses atrás, Helga jamás ha levantado la voz.

-¿Disculpa, Helga?-se sorprende Godric-. ¿Qué ha sido eso?

-Que me niego-dice la bruja, llena de rabia e impotencia-. Que no lo permitiré. Yo-se lleva un dedo al pecho para señalarse a sí misma-, yo les enseñaré a todos aquellos que no lleguen a su nivel-ironiza-. No necesito que sean inteligentes: estudiarán lo necesario, simplemente que no le teman al trabajo duro. Que no sean tan ambiciosos, capaces de hacer cualquier cosa para alcanzar lo que quieran; sino que actúen siempre impartiendo justicia. No necesitan ser valientes o lograr grandes hazañas. Pero sí, que sean leales, sobre todo a ellos mismos.

Lo dice todo de un tirón, apenas respirando. Es algo que se ha guardado siempre para ella. Esa impotencia de no poder ayudar a los que no tienen, a los que no son tan inteligentes o valientes como el resto.

-¿Cómo te…?-comienza Salazar, pero se ve interrumpido por Godric, que alza una mano para callarlo.

Helga no baja la mirada. Pero tiene mucho miedo. Sabe que la echarán y que tendrá que volver con su padre. ¿Qué dirá él cuando la vea? ¿La recibirá? ¿La castigará? No está segura de nada.

-Me parece bien, Helga-dice en cambio Godric-. Si quieres ser maestra tú también, no somos nadie para impedírtelo. Siéntate con nosotros, anda. Dime, ¿tienes más cualidades además de cocinar?

Helga está tan sorprendida como Salazar y Ravenclaw. Esta última, sin embargo, termina por esbozar una sonrisa.

-Soy buena con las plantas-admite, sentándose en una de las sillas.

-De acuerdo-Godric le pasa los planos-. Míralos, analízalos y dinos si tienes alguna reforma que hacerle.

-Bien…

Helga no puede creerlo. Está casi en shock. ¿Se ha vuelto una de las futuras maestras? ¿Ayudará a quienes han sido sus jefes por los últimos dos meses, a construir lo que seguramente será un enorme colegio de magia?

Mi padre va a matarme cuando se entere.

Pero no hay tiempo para pensar en su padre. Porque esa noche, Helga se sienta junto a tres grandes magos. Analizan los planos de un gigantesco castillo. Propone poner la cocina justo debajo del comedor, para poder pasar la comida de un piso directo al otro –como lo hacían en su casa-, y todos parecen sorprendidos pero encantados con la propuesta.

Horas después, incluso Salazar se ha acostumbrado a la idea que sea una de los fundadores.

Helga se va a dormir esa noche con una sonrisa. Mañana será un largo día, piensa, antes de caer en sueños.