Las Casas
-¡Buenos días!-exclama Godric con entusiasmo cuando ve entrar a Salazar en la sala. Ha sido el primero en levantarse y se siente lleno de energía para comenzar a construir el castillo.
-Hola-responde Salazar, bostezando.
-Vamos, vamos, come-lo apresura-. ¡Helga! ¡Rowena! ¡No tenemos todo el día!
La primera aparece, ya con su vestido puesto y una sonrisa radiante.
-¡Buen día!-exclama, igual de emocionada que su anfitrión. Este le devuelve la sonrisa.
-Come, come-le dice-. Que quiero irme ya a construir.
-Calma, hombre, calma-Rowena aparece en ese momento por las escaleras-. Primero debemos conseguir los materiales. Y luego cavar, por supuesto. La construcción no empezará hasta dentro de un par de semanas, por lo menos.
-Pues apuraos, entonces-insiste Godric-. Así nos sacamos eso de encima cuanto antes.
Rowena deja caer los planos sobre la mesa.
-Estaba pensando-comenta-, que no todas las torres deben ser usadas para los dormitorios. Y tampoco debe haber un dormitorio especial para nosotros.
-¿Cuál es tu plan?-pregunta Godric con prisa.
-Debe haber alguna torre para el arte de la astronomía, ¿no creen? Y nosotros deberíamos armar nuestras casas en el rincón del castillo que más queramos. Ahí dormirán nuestros alumnos.
Godric mira a Salazar, seguro de que va a protestar.
-¿Tú qué dices?
-Me parece una idea maravillosa-asegura este-. No me gustan para nada las alturas. Y, si me dejan elegir, quiero las mazmorras.
-También yo-se apresura a intervenir Helga-. Me gustaría que mi casa quedase cerca de la cocina.
-Bien, bien-Godric comienza a manipular los planos con la varita-. ¿Qué me dices de ti, Rowena?
-A mí, por el contrario, me encantan las alturas-asegura-. Así que, de ser posible, me gustaría conservar la torre.
-Sí-asintió él-. A mí también. Y si alguno de mis alumnos le teme a las alturas, pues que se enfrente a su miedo con valor-sonríe con orgullo.
-Deberíamos tener un escudo en cada casa-opina Salazar-. Para que los alumnos se sientan más identificados con su nuevo hogar.
-Me parece bien-asiente Helga-. Cada uno puede elegir un color y un objeto. ¿Qué opinan?
-Dos colores-dice Rowena-. Las buenas combinaciones aumentan la belleza.
-Entonces-decide Godric-, yo elegiré el rojo. No, mejor, escarlata-se corrige-. Sí, el color de la sangre que derraman los valientes. Y dorado. Me gusta lo brillante.
-¿Qué objeto elegirás?-quiere saber Helga.
Él se lo piensa unos segundos. Sonríe.
-Un león.
-Eso es un animal…-observa Salazar alzando una ceja.
-Lo sé, y ¿no es un animal maravilloso?-inquiere-. Tan feroz, tan temerario.
-Pues entonces, si podemos elegir animales, quiero un águila-se apresura a decir Rowena-. Y mis colores serán… el azul del cielo y…-alza la mirada-, y color bronce, como mi diadema.
-Yo quiero verde-comienza Salazar, recordando el color de los pantanos que fueron su hogar-, y el blanco, que representará la pureza de la sangre. Y mi animal será una serpiente.
-¿Y tú, Helga querida?-le pregunta Rowena.
Esta piensa durante un minuto.
-Serán el amarillo y el negro-decide-. El día y la noche. En señal de que en mi casa, aceptaremos a todos. No importan de dónde vengan.
No se le ocurre ningún animal. Recorre la casa con la mirada, en busca de algo. Ve desde allí la mesa de la cocina, donde descansa la copa de oro que trajo desde su casa. En ella, hay tallado un tejón, que forma parte del escudo de su familia.
-Y un tejón, ese será mi animal.
El resto asiente.
-Pues empecemos, entonces-sonríe Godric, caminando con entusiasmo hacia la puerta.
