La espada

Noreste de Inglaterra

Godric viaja por los desiertos prados. Está viajando para encontrarse con un viejo amigo de su padre, que también ha sido maestro de las artes mágicas en su juventud. Está acampando cuando se acerca la noche. El sol cae por el horizonte, pintando de anaranjado y rojizo los paisajes que abandona a su paso. Una hora más tarde, las estrellas que brillan a una distancia que se avecina infinita son la única fuente de luz. Godric se acuesta en las mantas que ha colocado en el suelo. Sus suaves ronquidos rompen el silencio de la noche.

Un fuerte sonido lo despierta de un sobresalto. Se apresura a agarrar su varita, que descansaba junto a él, y se incorpora con rapidez.

Son gritos, los que se oyen a lo lejos. Sin preocuparse por guardar sus pertenencias, Godric se pone en pie y corre hacia el origen del sonido. Se encuentra allí con una escena horrible.

Una gigantesca acromántula se levanta sobre sus dos pares de patas traseras. El chocar de sus pinzas recuerdan a terroríficos aplausos. Sus ojos brillan a la luz de los astros y su espalda peluda ocupa casi toda la roca sobre la que se cierne.

Y allí, contra a roca, un grupo de duendes con grandes bolsas de telas se aprietan contra los otros, tratando de ocultarse de la bestia.

Godric alza su varita en el aire. No lo piensa dos veces.

Desmaio!

La reacción es inmediata. La acromántula se voltea hacia él con una agilidad que no posee ningún otro animal. Sus pinzas le quedan a pocos centímetros de la cara.

Desmaio!-vuelve a gritar.

El haz de luz roja le da de pleno en la cara, pero eso no alcanza para aturdirla. Godric repite el hechizo una y otra vez, con su característica terquedad. Tras varios golpes constantes, la acromántula decide irse a buscar una presa más débil a otro lado. Se pierde en la oscuridad moviendo con rapidez sus largas y peludas patas.

Godric siente la transpiración bajando por su espalda y el corazón latiéndole a gran velocidad. Pero está satisfecho y orgulloso de sí mismo.

El grupo de duendes parece haberse tranquilizado también, después de haber emitido tales chillidos. Siguen petrificados contra la roca, pero al menos las bocas de la mayoría ya se han cerrado por completo.

-¡Nos salvó!-grita una voz aguda.

Godric se acerca un poco más a ellos.

-¿Estáis todos bien?-inquiere.

-Gracias a usted, sí-insiste el duende-. ¡Nos salvó!

-Es verdad-añade otro.

-Vámonos, no podemos perder más tiempo-dice un tercero, reemprendiendo la marcha.

-No seas así, Doony-lo reprende el primero-. El joven nos ha salvado. Debemos darle una muestra de nuestro agradecimiento.

-De acuerdo, pero hazlo rápido-le espeta el duende llamado Doony.

-Muchas gracias, joven, por habernos salvado-dice el duende de voz aguda con suma educación.

-No ha sido inconveniente, os lo aseguro-sonríe Godric-. Y pueden seguir con su camino en cuanto lo deseéis, no quiero ser molestia.

-No lo es usted, señor, para nada-asegura-. No le haga caso al amargado de mi hermano.

-Nosotros queremos agradecerle-agrega otro que hasta el momento se había callado.

-Ya he recibido vuestro agradecimiento. Podéis marchaos.

-Señor, no nos ofenda-exclama uno de ellos-. Nosotros otorgamos regalos hechos por nuestras propias manos a quienes nos ayudan.

-Aquí tenemos un montón de objetos, señor. Pues los llevamos al banco de los duendes, Gringotts.

-Así que díganos usted, señor. ¿Qué le apetece?

Godric alza las cejas, sin saber qué decir. Sabe que insistir en que no le den nada sería ofender sus tradiciones.

-Lo que crean conveniente-dice, saliéndose por la tangente.

-Pues para alguien tan valiente como usted, señor, no se me ocurre nada mejor que una espada.

-¡Una espada!-grita otro.

-¡En mi bolsa hay una!-exclama el tercero. Se escucha un sonido de tintineos y luego este alza sus manos hacia Godric. Un metal largo y brillante reluce en sus manos-. Para usted, señor. Por habernos salvado la vida-le ofrece con solemnidad.

-De veras que no es…

-Acéptelo, se lo rogamos-lo interrumpe el de voz aguda.

-De acuerdo-Godric la toma de las manos que se la ofrecen y la blande en alto-. Les estoy sumamente agradecido.

-No tanto como vosotros a usted, señor.

-Claro, regaladle nuestro metal más preciado a un completo desconocido. ¡Ni siquiera sabéis su nombre!-gruñe Doony.

-Soy Godric Gryffindor-se apresura a presentarse él.

-Como sea… Hay que irnos-dice el duende malhumorado-. Muévanse.

Los duendes agarran sus bolsas y se alejan por la oscuridad, aun haciendo comentarios de agradecimiento en dirección a Godric. Él se queda allí parado, hasta que sus voces desaparecen. Luego contempla su nueva posesión y sonríe, mientras vuelve al campamento.


N/A:

¡Hola, Víctor!

Me alegro que hayas encontrado tiempo para leerlo. La verdad es que estaba decepcionada porque no lo habías comentado aún, pero me alegro que sea lo que querías sobre esta petición. Yo también estuve con falta de tiempo el último mes, y estoy haciendo las revisiones y arreglos de los cuatro capítulos restantes. Espero llegar a tiempo.

Saludos,

Ceci.