El Sombrero Seleccionador
Año 993, Setiembre
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
El catillo se alza en todo su esplendor en la cima del acantilado vecino al pequeño pueblo de Hogsmeade. Allí, en el despacho que sus fundadores han dispuesto para ellos, los cuatro se sientan alrededor de una mesa. Ninguno puede ocultar su sonrisa.
-Estamos a días de abrir las puertas de nuestro nuevo hogar a cientos de extraños-comenta Rowena eufórica.
-No cantes victoria aún, Rowena-dice Salazar sonriendo-. Solo unos pocos nos han contactado para comenzar este mes.
-Eso no es problema-Gryffindor abre los brazos, como si estuviese esperando que sus nuevos alumnos lo abrazaran en ese preciso momento-. Nuestros primeros alumnos luego serán alumnos de los siguientes. Se pasarán los saberes los unos a los otros. Ahora serán pocos. Pero luego esos pocos enseñarán a muchos.
-Tu optimismo siempre fue una gran incógnita para mí, Godric-comenta su amigo-. Pero al mismo tiempo, me alegro de tenerla.
-Así se habla-dice Helga a su vez-. Seremos el colegio de magia tan grande de todos los tiempos.
-No sabía que poseías tanta ambición, Helga-ríe Salazar.
-Pues la tengo, sí-asiente ella-. Mi gran ambición es que todos puedan aprender magia. No importa de dónde vengan.
-Estoy de acuerdo-le sonríe Rowena.
-Ha quedado bien el escudo-comenta Godric cambiando de tema. Observa la pared que tiene delante. Los cuatro animales se alzan sobre los colores que eligieron. Están alrededor de una gran "H".
-Sí… Pero hay algo que no me conforma-dice Salazar. Lo evalúa durante unos segundos-. Creo que el blanco pasa demasiado desapercibido.
-Me olvidaba-ríe Helga-, de que tú necesitas mucha atención.
Salazar le dirige una mueca burlona, pero no puede reprimir una sonrisa.
-Creo que lo cambiaré…-levanta su varita en dirección al escudo. La mueve de arriba abajo. La serpiente blanca se vuelva plateada-. Mejor. ¿No creen?
-Ha quedado perfecto-lo felicita Godric.
-Precioso-concuerda Helga.
-Pero aún hay un problema que no hemos resuelto-dice Salazar -. ¿Cómo sabremos quién debe enseñarle a quién?
-Con un periodo de prueba, lógico-responde Helga al instante.
-Creo que convendría más un examen-opina Rowena-. Preguntas concretas, para verificar su nivel de inteligencia.
-Eso solo cubre tu área, querida-le recuerda su amiga.
-Damas, caballero-habla Godric, llamándoles la atención a todos-. Creo que he encontrado la solución perfecta.
-¿De veras?-inquiere Rowena.
-Así es. Y en realidad-añade-, has sido tú quién me ha dado la idea.
-¿Yo?
-Sí. Bueno, tu diadema, para ser sinceros.
-¿Qué tiene mi diadema?-pregunta, llevándose una mano a la cabeza, como si quiera verificar que su posesión más valiosa siguiera en su lugar.
-¡Que es espléndida, Rowena! Miren-Godric se acomoda en la silla, sin poder contener la emoción-. Así como Rowena puso todos sus conocimientos en su diadema, podemos hacerlo nosotros con…-pasea la vista por la habitación, buscando algo. Parece que no lo encuentra, así que toma su propio sombrero y lo pone sobre la mesa-. ¡Con esto!
-¿Tu sombrero?
-Sí, Helga querida. Ponemos nuestros conocimientos en el sombrero. Y luego le ponemos el sombrero a los alumnos. Y él decidirá a qué casa irá a estudiar. ¡Es brillante!
Helga parece dudar. Rowena está orgullosa de sentirse dueña de la idea. Salazar sonríe.
-¡Lo es!-exclama.
-No lo sé…-dice Helga. Los mira y luego suspira-. Pero si están todos de acuerdo…
-Bien-Rowena se pone en pie, lista para enseñar-. Esto es como extraerse un recuerdo para meterlo en un pensadero. Pero un poco más complejo.
-Explícanos-pide Godric con entusiasmo.
-No hay que pensar en un momento concreto, sino en todos nuestros saberes en general-explica-. Es bastante simple, en realidad, una vez que le tomas la mano.
-Supongamos que podemos-dice Salazar-. ¿Cómo continuamos?
-Poniendo el conocimiento en el objeto. En este caso, el sombrero.
-Bien, hagámoslo ya y nos lo quitamos de encima-pide Helga.
-De acuerdo.
Todos se paran alrededor de la mesa. Rowena les indica que cierren los ojos.
-Deben estar relajados. No piensen en nada, en ningún momento pasado. Solo sean conscientes de la gran cantidad de conocimiento que poseen. Ahora lleven su varita a su sien. Y saquen sus pensamientos.
Lo hacen los cuatro al mismo tiempo.
El hilo que se desprende de la mente de Rowena es definido y conciso, como si su cabeza estuviese llena de pensamientos. El de Godric ondula en el aire, indicando lo inquieta que es su mente. El de Helga es un plateado claro. No es muy largo, pero es el más amplio. El de Salazar es recto; sale de un tirón y queda flotando en el aire.
-Al sombrero-ordena Rowena. Todos lo hacen.
Esperan. Pero nada pasa.
-¿Hay algo mal?-pregunta Helga.
-No se supone que pase nada-Rowena se encoje de hombros-. Miren mi diadema. No hace nada.
Godric piensa unos segundos. Tiene una idea, pero es Salazar quien la dice.
-Hay que darle vida.
Todos lo miran. Godric asiente.
-Los cuatro al mismo tiempo. Así será más eficiente-opina.
-Esperen-pide Helga-. Pero, ¿cómo?
Rowena le explica que hay un antiguo hechizo para darle vida a los objetos inanimados. Le da una larga charla del origen del hechizo, y Salazar la interrumpe cuando empieza a contar la leyenda de quién la inventó y por qué.
-Luego nos la cuentas, ¿vale?
Ella se ofende un poco, pero accede. Así que los cuatro apuntan el raído sombrero a la vez. Murmuran unas cuantas palabras en latín. Un haz de luz azul sale de cada varita y se juntan allí donde descansa el sombrero. Cuando finalizan, aguardan.
Durante unos segundos no pasa nada.
Luego el sombrero comienza a temblar un poco. Helga se agarra del brazo de Salazar. La punta se va hacia atrás, como si alguien lo hubiese doblado al medio justo en un largo tajo.
Una voz clara y grave sale desde su interior.
-Creo que tengo tortícolis…
