Diamantes y disputas

Año 1015, Noviembre

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

El colegio bulle en actividad. Tanto los nuevos como los viejos alumnos disfrutan de adquirir nuevos conocimientos mágicos. En los jardines, los más jóvenes disfrutan de las primeras nieves del invierno. En la sala común de cada casa, otros practican los nuevos encantamientos aprendidos.

En un aula del tercer piso Godric, Helga y Salazar supervisan a un nuevo profesor, que ha sido alumno de este último. Rowena no ha podido asistir porque se encuentra enferma. Desde hace meses parece decaída y distante.

-Es desde que Helena se fue a ese viaje-opina Helga-. Desde entonces ella no es la misma.

Cuando la clase termina, los tres están de acuerdo en que el profesor lo ha hecho aceptablemente bien.

-Lleva tiempo hacerlo a la perfección-lo tranquiliza Godric al ver su cara de pánico cuando escucha esas palabras.

-Yo era un desastre al principio-agrega Helga.

-Y ahora mírala, ya le ha enseñado todas las recetas a los elfos domésticos-ríe Salazar. Ella entrecierra los ojos, conteniendo una sonrisa.

-Al menos he…

-Señor, mi dama, no discutáis-los reprende Godric con cariño.

-Sí, porque en realidad, tengo un tema más importante que discutir con ustedes-dice Salazar-. Pero me parece que Rowena debería participar en esto.

-Bien, vayamos a su casa.

Los tres se encaminan hacia la torre donde vive la otra fundadora del colegio. Piden permiso para entrar a uno de sus alumnos, como la educación indica. El esposo de Rowena les abre la puerta de sus aposentos.

-Debe descansar-les indica-. Pero supongo que pueden quedarse un rato con ella. Le hará bien.

Ellos entran y él se retira, para dejarles espacio.

Rowena está sentada en un sillón junto a la ventana. Les dirige una débil sonrisa.

-Rowena, querida, ¿qué te está ocurriendo?-pregunta Helga, arrodillándose a su lado.

-Estoy bien-asegura ella-. Mi esposo me cuida bien, y mi hermano me trae la comida aquí. No necesito más.

-Haznos saber si necesitas algo-pide Godric.

-Claro que lo haré. Pero solo necesito tiempo.

-Oh, mi querida amiga-se lamenta Helga-. Quizá alguna de mis plantas pueda ayudarte.

-Ya hacen mucho por mí tus recetas, créeme. Jamás he comido algo tan delicioso como lo que tú y tus aprendices cocinan.

-Hemos venido aquí para hablar de asuntos del colegio-le cuenta Salazar-. Pero si te sientes indispuesta, podemos dejarlos para más adelante.

-No quisiera jamás atrasar asuntos del colegio-se niega ella-. Dime qué ocurre.

-Lo pensé hoy, mientras supervisábamos la clase-comienza-. Me parece que deberíamos hacer algo para estimular el estudio de nuestros alumnos.

-¿Algo como qué?-se interesa Godric.

-Algo como… darles puntos, o algo así-inventa-. Sumarles puntos si hacen algo bien. Restarles si hacen algo mal.

-Pero ¿cuál sería el objetivo?-pregunta Godric.

-A fin de año-dice Rowena-, la casa que tenga más puntos ganará una copa.

-No me gusta-dista Helga-. Es muy competitivo.

-Mi querida Helga, aprender es competir-sonríe Salazar.

-Podríamos poner unos relojes de arena en la entrada-se emociona Godric-. Uno de cada casa. Y la arena subiría o bajaría según los puntos.

-¡Qué buena idea!-exclama Salazar.

-Pero…

La queja de Helga no llega a escucharse.

-¡Diamantes!-grita Rowena. Todos la miran sin comprender-. En lugar de arena, diamantes. Zafiros para mí, naturalmente. Y rubíes para Godric.

-Salazar tendrá esmeraldas-agrega este-. Y para ti, Helga…

Todos lo piensan unos segundos. Helga finalmente se rinde y suelta un largo suspiro, antes de decir:

-Topacios.


Ese año, cuando los alumnos llegan de las vacaciones de navidad, se encuentran con unos enormes relojes de arena contra la pared que enfrenta la puerta de entrada. El vestíbulo queda decorado por los distintos colores de los diamantes que descansan en sus interiores.

-Es increíble-comenta un chico de la casa de Helga, viendo bajar unos cuantos rubíes a la parte inferior-. La magia es lo mejor que le ha pasado a este mundo.

-Estoy de acuerdo-asiente un compañero, también maravillado con los relojes-. Me alegré tanto el día que me enteré que podría hacer magia. ¡Si yo creía que era todo un cuento! ¡Imagínate!

Alguien se ríe a sus espaldas. Los alumnos se dan media vuelta.

-¿Y a ti que te pasa?-le espeta el primero.

-¿Tu amigo no sabía que era mago?-se burla. Lleva una bufanda verde, lo que indica que es alumno de Salazar.

-Eso no es de tu incumbencia-le dice el segundo Hufflepuff.

Al joven Slytherin se le transforma la cara.

-¿Cómo te atreves a hablarme así?-dice con una mueca de asco-. Tú, que tienes la sangre sucia, no puedes hablarme así.

-Él te habla como quiere, porque es tan mago como tú-asegura el primer Hufflepuff. Pero ya está un poco asustado-. Vámonos, Pietro.

Pero Pietro y su amigo no llegan a salir del vestíbulo. El alumno de Salazar lo apunta con su varita en cuento le da la espalda. Pietro vuelva por los aires, choca contra la pared que tiene enfrente y se parte la nariz. El joven Slytherin y sus amigos ríen. El Hufflepuff va a ayudar a su amigo. Lo hace ponerse de pie y lo dirige a las mazmorras, donde está su casa.

-Te arrepentirás de esto-promete, antes de marcharse, con Pietro a rastras.

Pocas horas después, Helga irrumpe en la sala que comparten los fundadores. Salazar y Godric, que estaban hablando tranquilamente, se sobresaltan.

-¡Helga!-exclama el último-. ¿Qué formas de…?

-Uno de tus alumnos ha atacado a uno mío, Salazar-dice ella, furiosa-. Y exijo que sea castigado.

El aludido alza las cejas.

-Lo será, por supuesto-asiente-. Pero, ¿cuál fue el motivo? ¿Lo provocó tu alumno, Helga?

-No. El tuyo simplemente lo atacó porque sus padres son muggles.

La expresión de Salazar se endurece.

-Ah… En ese caso, no puedo hacer nada.

-¿Cómo que… cómo…? ¡Tienes que castigarlo, Salazar! ¡Atacó a mi alumno!

-Tranquila, Helga-le pide Godric-. Pero tiene razón, Salazar. Debes castigarlo.

-Amigos míos, no se puede castigar a alguien solo porque no se comparten sus ideales-les dice él con tranquilidad.

-¿Ideales!-grita Helga, cada vez más enojada-. ¡No son ideales, Salazar! ¡Lo atacó!

-Entiendo tu enojo. Pero insisto, no haré nada al respecto.

-Pues entonces, lo haré yo.

Helga se da la vuelta y se dirige a la puerta a grandes zancadas.

-Ni se te ocurra, Helga-dice Salazar. Ella voltea para decirle que no puede detenerla; entonces ve que la apunta con la varita. Ella saca la suya. Godric está horrorizado-. No tienes derecho a castigar a mis alumnos.

-Y tus alumnos no tienen derechos a atacar a los míos-repone ella.

-Calmaos-ruega Godric.

-¿Me estás apuntando con la varita?-pregunta Salazar con una sonrisa burlona-. ¿Acaso piensas pelear conmigo? ¿Tú? ¿Una simple cocinera?

-Te olvidas, Salazar, que además soy una gran bruja. Tuve al mejor maestro-señala en dirección a Godric, que se apresura a negar con la cabeza, queriendo quedar fuera de toda disputa.

-Tranquilos. Salazar, solo haz lo que pide y…

-No, Godric-lo corta él-. Porque esos son también mis ideales.

-Me das asco-dice Helga.

-Salazar-insiste Godric.

Pero es demasiado tarde. Helga ataca y Salazar se defiende. Y viceversa. Destruyen cada objeto dentro de la sala, mientras Godric solo puede protegerse a sí mismo e intenta hacerlos razonar. Su enojo hacia Salazar también va creciendo de a poco.

Quizá si Salazar no dudara por un segundo antes de devolver un último ataque, ganaría. Pero duda. Helga aprovecha esa fracción de tiempo para tirarle un poderoso hechizo. Salazar sale despedido por los aires y cae al piso, provocando un fuerte ruido.

-Eso te enseñará a no meterte con quienes son distintos. Por eso, Salazar, no significa que sean inferiores a ti. Nadie lo es.

Y dicho esto, se va de la sala, pisando con fuerza.

Salazar dirige una mirada a Godric, pidiéndole ayuda. Pero este niega con la cabeza.

-No puedo creer que hayas dicho eso-le dice con decepción-. Está claro que nuestros caminos se han separado hace tiempo.

Lo mira por última vez y cruza la puerta por la que, segundos antes, se marchó Helga.