¡Buenas!
Regreso con el cuarto capítulo de este fic.
¡Muchas gracias a los que seguís y comentáis esta historia! ¡Espero que os esté gustando!
Antes de que alguien diga algo al respecto: según el manga todos los caballeros de bronce son hermanastros, hijos del mismo padre, es decir, Mitsumasa Kido. Aún me pregunto cómo era la madre de Ichi de Hidra...porque por narices tuvo que salir a ella.
Respondo a los que no tenéis cuenta:
Takumi033: me alegro mucho de que te guste la historia y de que te haga tanta gracia :) Respondiendo a tu pregunta, no específicamente. Algo se dejará caer, pero no directamente. Este no es un fic romántico, por lo que si hago mención a la pareja AioriaxMarin será de pasada. ¡Gracias por el comentario!
Bolichan92: XD hombre, algún día dejaré de escribir fanfiction. Cuando me canse de hacerlo, mas aún queda un poco de cuerda para rato. Pero tengo vida social, sobre todo últimamente, así que publicaré con menos frecuencia. ¡Gracias!
Sslove: Gracias, espero que te siga gustando esta historia ^^
¡Que disfrutéis del capítulo!
4. El legendario orgullo de Escorpio
Apenas el sol comenzaba a asomarse por el este cuando Jabu escuchó la puerta principal del templo de Escorpio chirriar. A continuación un par de pasos metálicos ligeros y tras él, otros más pesados, arrastrando los pies.
—Esto es cruel, maestro— susurró una voz, aguantando el bostezo.
Jabu abrió los ojos y se incorporó en el colchón, tratando de discernir aquellas voces.
—No es crueldad— replicó la otra voz, más grave—. Es que no entiendo cómo os puede gustar dormir tanto.
—Y yo lo que no comprendo es por qué a ti te encanta madrugar— dijo la primera voz, bostezando abiertamente esta vez—. ¿Qué te cuesta esperar un par de horas? Que son las seis de la mañana…
Y los pasos se alejaron escaleras arriba.
Jabu se tapó de nuevo con el edredón, pero cuando escuchó un grito proveniente del piso de arriba lo retiró rápidamente hacia atrás y salió de su habitación, con el corazón latiéndole como un tambor.
Corrió escaleras arriba y al abrir la puerta vio a su maestro tiritando de frío, tratando de envolverse en su edredón.
A su lado, Camus observaba la escena desencadenada por él mismo, con media sonrisa siniestra congelada en su rostro. Y a un lado de la puerta Hyoga se mantenía en pie como podía, a pesar del sueño que tenía.
—¿Qué pasa?— preguntó el japonés a su hermanastro—. ¿Qué gritos son éstos?
Hyoga señaló a Milo, quien maldecía a Camus en griego, mientras el francés trataba de arrebatarle el edredón de encima.
—Fue tu maestro quien gritó— dijo bostezando—. Es que el mío tiene la manía de despertarlo con una ráfaga helada y claro…
—¡Camus hijo de puta!— bramó el caballero de Escorpio arrebatándole el edredón a su amigo—.¡Me tienes hasta la punta del nabo de que me despiertes de esta manera! ¡Llevo dos resfriados seguidos gracias a ti!
—¡Pues ponte el despertador a las seis menos cinco de la mañana!— respondió el francés—. Y yo estoy harto de tener que despertarte, que tendrías que hacerlo tú solito. ¡Eres un holgazán! ¡Menudo ejemplo para tu alumno!
—Eh, no— interrumpió el japonés—. Señor Camus, a mí no me meta en medio, que aunque me guste madrugar, no creo necesario despertarnos tan temprano.
Camus se quedó quieto unos instantes, momento que aprovechó Milo para apoderarse de su edredón y envolverse con el.
—Si a él no le importa— declaró el griego, abullonando la almohada—, prefiero no tener que madrugar. Y mira a Hyoga, que también se cae de sueño— dijo señalando al ruso, quien hacía lo imposible por mantenerse despierto.
El caballero de Acuario miró con desdén a los tres compañeros y emitió un suspiro.
—Está bien— dijo alzando las manos en son de paz—. Vosotros ganáis. Pero luego no quiero quejas ni reproches si no encontráis sitio para entrenar.
Y dicho esto se dirigió a la puerta para salir.
—Hyoga, vámonos— ordenó a su alumno, quien se frotó los ojos.
El ruso miró con añoranza la cama de Milo, donde el caballero de Escorpio estaba posicionándose para seguir durmiendo.
—Maestro— gimió el caballero de Cisne—. Tengo muchísimo sueño…
Camus se quedó quieto, apretando los dientes.
—Hyoga, ¿qué es lo que te he enseñado?— preguntó sin girarse.
—Que la pereza y la holgazanería no te hacen caballero— respondió rápidamente el ruso.
—Bien. Pues no te comportes como estos dos o jamás serás un buen caballero.
—Yo soy perezoso y soy buen caballero— espetó Milo desde su cama.
—¡Milo, que no embauques a mi alumno!— gruñó Camus iracundo. A continuación se giró hacia Hyoga—. ¡Vamos!
Jabu se percató de la mirada lastimera de su hermanastro y le agarró de un brazo.
—Señor Camus, déjenos dormir un par de horas más. Sólo hasta las ocho de la mañana. Nada más. Mira las ojeras que tiene mi hermano— dijo señalando los surcos oscuros bajo los ojos azules del ruso—. ¿No es necesario estar descansado y despejado para ser buen caballero?
Las palabras de Jabu removieron por dentro a Camus quien resopló hastiado por la situación.
—Desde luego…esto es increíble…— bufó indignado—. Está bien, pero a las ocho regresaré a por los tres. Y como alguno remolonee o pida más tiempo para dormir, le tengo corriendo alrededor de la palestra toda la tarde. Avisados quedáis los dos. Y en cuanto a ti— dijo dirigiéndose a Milo, quien observaba la escena ocultando la sonrisa con el borde del edredón—, ya hablaremos más tarde y en privado. Como te pases de la raya, te las verás con el Patriarca.
Sin añadir nada más, Camus cerró la puerta de la habitación de Milo y éste conminó a los dos jóvenes a dormir con él en la cama.
—¡Pero sin mariconeos!— recalcó el caballero de Escorpio—. Y no invadáis mi cacho de cama. Vosotros dos en ese lado y yo en este— dijo mientras acaparaba todo el lado izquierdo, hundiendo su rostro en la almohada.
Los dos alumnos saltaron por encima del caballero de Escorpio y se metieron en la cama, quedándose fritos rápidamente.
Pasadas las dos horas concedidas por el caballero de Acuario, éste cumplió su amenaza y despertó a los tres a golpe de helada.
Espabilaron rápidamente y pronto los tres estuvieron listos para acudir al entrenamiento diario en la palestra.
A esas horas sólo vieron a tres muchachitos trotando alrededor.
Aldebarán se hallaba situado en una esquina, con los brazos cruzados, observando a sus terneros recorriendo el perímetro de la palestra.
Los jóvenes trotaban a paso ligero, pero comenzaban a dar signos de cansancio.
—¡Vamos, vamos!— bramó el brasileó dando un par de palmadas para animarles—. ¡Venga, ahora id de lado y cambiando!
Y dada la orden, los pequeños se pusieron de lado a correr.
Al ver a sus dos compañeros con sus respectivos alumnos, el caballero de Tauro los saludó con efusividad, sin perder de vista a sus tres alumnos.
—¡Talion, que te estoy viendo caminar!— gritó a uno de ellos, quien dio un respingo y siguió trotando—. ¡Buenos días Camus y Milo! ¡Y acompañantes!
—Buenos días Aldebarán— respondió el francés con una inclinación de cabeza en señal de respeto—. Venimos a entrenar un poco, no parece que haya mucha gente— dijo mirando alrededor.
—Qué va, parece que se les han pegado las sábanas a todos— dijo el caballero de Tauro—. Es un poco raro, pero en fin, aquí estamos.
—¿Raro?— murmuró Milo frunciendo el ceño—. ¡Lo raro es entrenar un sábado! Yo quería tener un día tranquilo, pero nada.
—¿Cómo?— exclamó Aldebarán—. ¿Hoy es sábado?
De repente, los tres alumnos del caballero de Tauro frenaron en seco, quedándose quietos mirando en dirección a su maestro.
—¿Seguro que es sábado?— preguntó Aldebarán, rascándose la cabeza confuso.
Milo asintió con la cabeza.
—Vaya— respondió el brasileño y dio unas palmadas—. ¡Enanos! ¡Dejamos el entrenamiento para el lunes! ¡Lo siento, creí que era viernes!— gritó a sus alumnos quienes suspiraron aliviados.
—Yo creía que nos había castigado por acabarnos la botella de cachaça— susurró Talion a su compañero Simón. Éste pidió que bajara la voz.
—Te dije que no se enteraría, no vayas a cagarla ahora— gruñó agarrando al más pequeño de los tres, Kayafa.
Los tres terneros se reunieron junto a su maestro y desaparecieron de la palestra.
—¿Y bien Camus?— gruñó Milo, cruzándose de brazos—. ¿Entrenamos o qué hacemos?
El francés dedicó una mirada helada a su amigo.
—Que sea sábado no implica que debamos descansar. Además— dijo señalando a un par de puntos a lo lejos—, allí vienen Seiya y Marin. Es el momento de que tu alumno demuestre lo que sabe hacer.
Jabu observó el punto que señalaba el caballero de Acuario y, efectivamente, aparecieron ambos personajes en escena.
—¡Buenos días!— dijo alegremente Marin—. ¡Qué madrugadores! ¿Ves Seiya?— dijo dirigiéndose al caballero de Pegaso—. Ellos han madrugado. Y tú querías quedarte en la cama hasta las diez.
—No estamos aquí por gusto— musitaron Hyoga y Jabu a la vez.
—¡Ah, Marin, buenos días!— exclamó Camus—. Al fin alguien sensato que madruga para entrenar a su alumno y que le da igual que sea sábado. Dime, ¿qué te parece si para calentar Seiya se enfrenta a Jabu?
La amazona de Águila miró a Milo. Después a Jabu. Rregresó la mirada a Milo y se dirigió a éste.
—Así que los rumores eran ciertos…— murmuró la mujer—. Por cierto, ¿qué le has hecho a Shaina, que no para de blasfemar en tu contra?
Milo esbozó una sonrisa al conocer la rabia que carcomía a la amazona de Ofiuco.
—Darle de su propia medicina. Por marimandona— espetó el caballero de Escorpio—. Y sí, ahora soy el maestro de éste— dijo señalándole, a lo que el japonés gruñó un "¡No soy éste, soy Jabu!".
—Entonces, ¿hace un combate?— retó la amazona tendiendo la mano derecha para sellar el trato.
Milo miró a Seiya, quien se hallaba parloteando con Hyoga, mientras que Jabu hacía crujir sus nudillos.
—Por mí vale— alegó el griego, encogiéndose de hombros—. Así sabré qué es lo que sabe éste.
—¡Que no soy un objeto! ¡Que soy un humano! ¡Apréndete mi nombre!— gruñó el caballero de Unicornio molesto.
—Que sí, que sí— respondió Milo, empujándole hacia colocarle junto a Seiya—. Venga, vosotros dos, a combatir.
Seiya le preguntó a su maestra sobre ese hecho y ella asintió con la cabeza, cruzándose de brazos.
Hyoga deseó suerte a ambos contrincantes y se situó junto a su maestro, quien se dirigió a su vez al lado de Milo y de Marin.
—Verás que somantapalos le va a caer a Jabu— vaticinó Camus, con media sonrisa.
—Gracias por el voto de confianza— gruñó Milo—. Me vengaré por esto, que lo sepas.
—Siempre dices lo mismo— replicó el francés, para pincharle.
Antes de que ambos se enzarzaran en una pelea verbal, Hyoga pidió ayuda a la amazona, quien con un simple carraspeo provocó que ambos caballeros dejaran de picarse mutuamente.
Así pues, comenzó el combate entre ambos caballeros de bronce.
Los dos jóvenes se enzarzaron en una pelea sin parangón, donde los puñetazos se repartían a ritmo vertiginoso, pero Seiya teniendo más experiencia en tal aspecto, pronto puso en aprietos a Jabu.
—¡Prepárate Jabu y encaja esto! ¡Meteoros de Pegaso!— exclamó descargando su ataque sobre el caballero de Unicornio, quien a duras penas pudo resistir el ataque.
Aguantó con entereza, pero sus fuerzas flaquearon rápidamente. Haciendo acopio de fuerza, devolvió un contraataque con "Galope del Unicornio", golpeando a Seiya en la cabeza con una fuerte patada.
Sin embargo, el caballero de Pegaso se repuso con agilidad y agarró a Jabu, elevándolo por los aires y ascendiendo, cayendo a continuación en picado. A punto de estrellarse contra el suelo, Seiya se deshizo de Jabu y saltó para ponerse a salvo del impacto. Sin embargo su hermanastro recibió de lleno el golpe, quedando definitivamente derrotado.
Milo torció el gesto resopló.
—Parece que voy a tener que enseñarle unas cuantas cosas a este niño.
Marin le dio un par de palmadas en la espalda para animarle.
—Ten en cuenta que Seiya tiene más nivel que Jabu, al fin y al cabo alcanza el Séptimo Sentido— dijo a modo de burla y salió corriendo hacia su alumno, acompañada de Hyoga.
Camus miró de soslayo a su amigo.
—¿No vas a ayudar a Jabu?
—No— respondió abruptamente el griego.
—¿Y eso?
—Que venga él aquí— dijo Milo—. Ha perdido y me ha defraudado. Por lo que no espere que vaya a consolarle.
Aguantando la respuesta, el francés dejó a su amigo a solas y se reunió con los cuatro.
Al cabo de unos minutos, Jabu se acercó cabizbajo hacia donde estaba su maestro con los brazos cruzados.
—Lo siento— musitó el japonés.
—No lo sientas— replicó Milo—. Eres débil, eso está claro.
El joven caballero de Unicornio apretó los dientes con rabia.
—Será mejor que lo dejemos por hoy— añadió su maestro, dándose media vuelta—. Puedes ir donde quieras. Tienes el día libre.
Y sin esperar a que le acompañara, el griego desapareció de la palestra.
Jabu se quedó en el mismo lugar, luchando para evitar que las lágrimas aflorasen.
—No se lo tengas en cuenta— dijo Seiya apoyando su mano sobre el hombro de su hermanastro—. Se le pasará el enfado.
—Sí— añadió Hyoga—. No suele estar enfadado durante mucho tiempo, ¿a que no, maestro?— dijo dirigiéndose a Camus.
El francés respondió un "sí" por lo bajo, pero mantuvo un semblante serio.
—¿Qué te preocupa?— preguntó Marin al percibir esa sensación por parte del caballero de Acuario.
—Su orgullo ha sido herido— respondió—. Y tardará en reponerse.
La amazona se mordió el labio inferior.
—¿En serio crees que su orgullo ha sido herido? Si no ha sido él quien ha combatido contra Seiya.
El caballero de Acuario asintió con un leve cabeceo.
—Cierto. Pero hay una razón por la cual Milo jamás quiso tener un alumno. Y tiene que ver con esta situación.
—Explícate— pidió la mujer.
—Tener un alumno es una responsabilidad muy grande. Tú y yo lo sabemos, porque se espera que nuestros alumnos nos superen. No hay nada más emocionante para un maestro que verse superado por su propio alumno. Jabu puede que porte la armadura de Escorpio algún día, y como tal, Milo desearía que fuera un caballero digno de portarla. Y al ver el combate, ahora piensa que Jabu es débil y que jamás será capaz de llevar la armadura que le correspondería. Por lo que se siente defraudado.
Marin asintió y se pasó la mano por la barbilla.
—Supongo que el Patriarca le dio demasiadas esperanzas, ¿no?
—Sí— respondió el francés—. Aunque Milo se negara en principio, si le mandan hacer algo, lo hace hasta el final y espera resultados excelentes. Si no lo consigue, se frustra. En este caso, se enfada. Pero no con Jabu, sino consigo mismo.
—Comprendo— murmuró la amazona—. En fin, espero que se le pase pronto el cabreo y le de una oportunidad a Jabu. No es mal chico y sinceramente tiene potencial. Pero es deber de Milo de explotarle al máximo.
Los dos maestros observaron como Jabu se deshacía de las manos de Hyoga y Seiya y se marchaba en dirección contraria a los templos con rapidez.
Sus alumnos regresaron junto a ellos.
—¿Qué le pasa?— preguntó Camus a los dos jóvenes.
—Está enfadado consigo mismo— respondió Hyoga rápidamente—. Nos ha dicho "dejadme en paz" y se ha largado.
Camus cruzó una mirada cómplice con la amazona.
—Dios los cría…
—…Y ellos se juntan— completó la frase Marin, dejando escapar una risa—. O más bien, Shion los junta.
Los dos maestros se despidieron y marcharon cada uno por su lado.
Camus miró a su alumno.
—Yo iré a hablar con Milo. Ve en busca de Jabu.
Hyoga asintió y partió en la dirección por la que su hermanastro había desaparecido, mientras su maestro hacia lo propio con su amigo.
