¡Buenas!
Muchas gracias a todos los que estáis siguiendo las andanzas de Jabu y de Milo en el Santuario ^^ Gracias a BparaisoAS, FJKimi, Tsukihime Princess, Victoria Nike, Kitterys, lilly Jane, Yolandachiku, Dakota Spencer, Kaito Hatake Uchiha y Megaterio por marcar o seguir esta historia, además de los comentarios que dejáis ^^
Aparte agradecer a sslove, bolichan92, Takumi033 y MadameHeinstein por los comentarios, que al ser anónimos no puedo mandaros privados.
Contesto a los anónimos:
sslove: un poquito de ternura sí, pero sin pasarse, que me indigesto XD es normal que entre hermanastros traten de llevarse bien :) ¡Gracias por tus palabras!
bolichan94: ajajjaja de repente todo el mundo defiende a Jabu XD pues anda que no le queda padecer ni nada XDD ¡Gracias por el review!
Madame Heinstein: sí, soy española. Bueno, el tema de los "horrores ortográficos" como tú los llamas es inevitable. Yo cometo a veces errores gramaticales, así que indícamelo si ves algo. Respecto al lenguaje…por lo general entiendo el español de Sudamérica, salvo alguna expresión concreta o alguna palabra, pero ya me encargo de preguntarlo :)
Agradezco mucho tus palabras, aunque no merezco tanto. Al fin y al cabo no soy escritora. Pero sí te pediría un poquito de respeto hacia otras personas, ¿de acuerdo? No te lo tomes a mal, es que no me gusta que critiquen a la gente sin que estén presentes y no puedan defenderse. Si tienes algún problema con esa autora, házselo saber a ella, no a mí porque es un tema que no me incumbe. ¡Gracias por tus palabras!
En fin, os dejo con el nuevo capítulo. ¡Que lo disfrutéis!
5. Lo que Shion no quiso contar
—¡Que me dejéis en paz!— exclamó Jabu cuando Hyoga se acercó a verle—. ¡No quiero saber nada de nadie! Por favor…
El caballero de bronce se había refugiado bajo unos pedruscos, para evitar el sol y poder estar a solas, lejos de la gente. Y sobre todo, de su maestro.
Sin embargo, conociéndole un poco, Hyoga no había tardado en encontrarle sentado en aquel hueco, lanzando piedrecitas al suelo. Se acuclilló a su lado para iniciar una conversación, pero fue abruptamente cortado.
El ruso chasqueó la lengua y se sentó a su lado, a pesar de que Jabu le había pedido que se marchara.
—No es que quiera defender a Milo pero…— comenzó de nuevo Hyoga—, es que tienes que entenderle.
El japonés miró sorprendido a su hermanastro.
—¿Qué tengo que entenderle?— preguntó molesto—. No quiere ser mi maestro y punto. Y por mi mejor, que yo tampoco pedí ser su alumno. Ya fui entrenado para obtener la armadura de Unicornio y es lo que me basta— dijo golpeando la pechera de su armadura con orgullo.
—¿Y no tienes la ambición de llegar algún día a ser caballero de oro de Escorpio?— preguntó asombrado Hyoga—. Pertenecer a la élite del Santuario…
Jabu negó con la cabeza.
—Mis sueños son pequeños. No pude con Seiya, soy un desastre— replicó el japonés, mirando al horizonte y arrojando otra piedrecita—. Normal que Milo me repudie.
Rascándose la cabeza por no saber muy bien qué contestar, Hyoga imitó a su hermanastro y arrojó una piedra lejos. Se escuchó un ruido metálico y un quejido proveniente de un lugar cercano.
Los dos jóvenes se llevaron la mano a la boca y se incorporaron rápidamente para ver a quién había acertado con el pedrusco Hyoga.
—¿Quién cojones me ha lanzado una piedra?— rugió una voz conocida para ambos caballeros, quienes al ver al caballero de Leo aproximándose mientras se frotaba la cabeza y sujetaba el casco con la mano libre.
Al ver a los dos muchachos con cara de susto, Aioria frunció el ceño y se acercó raudo a ambos.
—¿Quién de los dos ha sido?— preguntó escudriñando las caras de ambos jóvenes—. ¿Hyoga? ¿Jabu?
Pero los dos muchachos mantuvieron los labios sellados a cal y canto.
—Así que no pensáis decírmelo, ¿eh?— musitó el caballero de Leo—. Muy bien, puesto que Jabu me debe una por robar MI colchón, supondré que ha sido él. ¿Me equivoco? Eres de la piel de Milo. Seguro que te instruye para sacarme de quicio como sólo él sabe hacerlo…
Hyoga fue a abrir la boca, pero Jabu se adelantó.
—Fue sin querer, estaba jugando con la piedra y se me escapó— soltó rápidamente para proteger a Hyoga—. Y efectivamente, te quitamos el colchón, pero eso fue idea de Milo. Conste que yo dije que no me parecía correcto, pero siendo él mi maestro, le debo obediencia.
Aioria sopesó unos instantes lo que le había dicho el muchacho y se encogió de hombros.
—Pues dile a tu maestro que voy a cobrarme ese robo de una manera u otra. Y la próxima vez apunta bien cuando lances una piedra. Otra no te la toleraré. Tienes suerte de que tienes una excelente reputación y considero tu ataque como un descuido. Confío en tu palabra.
—Sí señor— respondió Jabu tragando saliva.
Cuando el caballero de Leo se alejó de allí, los dos jóvenes respiraron aliviados.
—¿Por qué no le has dicho la verdad?— preguntó Hyoga alarmado.
—Porque a ti te hubiera destruido de un golpe. Sé de sobra que tú participas de las bromas que Milo planea para joderle.
El rostro del joven ruso se tornó colorado y sonrió escuetamente.
—No en todas, pero es que se le ocurren unas cosas a tu maestro que…
Jabu miró de soslayo a su hermanastro y esbozó media sonrisa.
—Tú te pareces más a Milo que a Camus.
—Y tú te pareces más a mi maestro que a Milo— dijo soltando una carcajada el ruso.
Lejos de aquel lugar, Milo subía las escaleras de tres en tres, atravesando los templos sin ni siquiera saludar a los inquilinos ni pedir permiso.
Esto provocó las iras de algunos, quienes recriminaron su falta de educación. La mirada iracunda del caballero de Escorpio provocó que aquellos que le increpaban retrocedieran acobardados.
Conocían de sobra que cuando su compañero estaba cabreado hasta la médula era más inteligente no prender la chispa.
Cuando atravesaba las escaleras de Piscis al Templo del Patriarca, Milo levantó una tormenta que despejó el camino de rosas que Afrodita había realizado con todo su amor.
—¡Serás cabrón!— aulló el caballero de Piscis al ver todo el sendero libre de flores—.¡Milo! ¿Por qué has hecho eso? ¡Vas a pagar cara tu afrenta!
Por su parte, el griego dejó de subir las escaleras y se dio media vuelta.
—Afrodita, no me hinches las pelotas, te lo advierto. No estoy de humor— gruñó mientras volvía la vista al frente y seguía subiendo.
Pero el sueco no se dio por vencido y arrojó una rosa negra que cayó como una flecha frente al caballero de Escorpio.
—¡Exijo una explicación!— reclamó el caballero de Piscis.
La chispa se prendió y sin esperar un solo segundo, el griego alzó su dedo índice y acumuló energía para disponerse a disparar sus letales aguijones.
Antes de que descargara su ataque, escuchó la voz de Camus pidiéndoles que pararan.
Afrodita y Milo miraron en dirección al caballero de Acuario recién aparecido, quien alzó las manos en son de paz.
—Vale ya. Los dos— dijo con voz grave—. Esto no es el comportamiento esperado de nosotros. Afrodita, por favor, regresa a tu templo. No tiene nada que ver contigo, ya te explicaré en otro momento.
El sueco apretó los labios y miró primero a Camus y después a Milo.
—De esta te acuerdas— amenazó a éste último, antes de darse media vuelta y encerrarse en su templo, tal y como le había ordenado el francés.
Una vez a solas, los dos caballeros restantes se quedaron unos segundos estáticos en el sitio.
—Milo— llamó Camus con tono conciliador—, escucha…sé que estás cabreado, pero no lo pagues con los demás.
El griego se mantuvo callado escuchando a su amigo.
—Sólo quiero hablar con el Patriarca— respondió el griego, aún con dureza en sus palabras.
—Antes de que hagas algo de lo que te arrepientas, mi deber es informarte de las consecuencias que acarrearían lo que sé que estás pensando hacer— dijo Camus pausadamente—. He hablado con Isaak.
Esta revelación provocó el interés del caballero de Escorpio, quien descendió unos escalones para acercarse a su amigo, conminándole a proseguir.
—Me ha dicho que Saga, Kanon y Radamanthys están encerrado en cabo Sunión y que no salen de allí ni para comer. Sólo para realizar unas misiones— relató el caballero de Acuario—. Y aquí viene lo importante, puesto que en esa celda, hay una cama más.
Milo alzó una ceja confuso por tal información.
—¿Y?— musitó sin entenderlo—.Mejor para ellos, así no se pelearán.
El francés sacudió la cabeza.
—Es que esa cama está reservada para cualquier otro dorado que se pase de la raya esta semana.
—¿Cómo?— exclamó Milo contrariado—. ¿Me estás diciendo…?
—Sí, Milo— asintió Camus—. Aunque parece que el castigo del Patriarca ha finalizado, realmente estamos todos en la cuerda floja. Cualquiera de nosotros que se pase un ápice, será enviado a cabo Sunión para reunirse con ellos. Y eso supone estar bajo las órdenes de Poseidón…
El caballero de Escorpio se pasó una mano por la flequillo y exhaló.
—Básicamente, ser su esclavo y encargarse de todos los marrones que nadie quiere hacer.
Camus asintió con un gesto afirmativo e indicó a su amigo para que descendiera el resto de escalones.
—Así que será mejor que no nos metamos en ningún jaleo, de lo contrario…
—Pobres Saga y Kanon— murmuró Milo—. Realmente desconocen lo que se les viene encima— dijo recordando algunas misiones que Isaak les había comentado.
Los dos amigos emprendieron el descenso hacia sus respectivos templos, temerosos de la información que compartían.
Mientras tanto, en el despacho del Patriarca.
—Mi señor, ¿está usted seguro de esto?— preguntó Arles, mirando los papeles que había leído previamente.
—Por supuesto— afirmó Shion, esbozando una sonrisa siniestra—. Ahora sí que van a comportarse de buenas maneras.
Arles resopló inseguro por aquellas cláusulas que llevaban el sello del dios Poseidón, sin estar muy convencido.
—No sé— murmuró—. ¿No crees que deberíamos informarles al menos? No creo que deban permanecer ajenos a esto. Tenga un poco de compasión por ellos.
—No— cortó tajante el Sumo Sacerdote—. Me tienen harto. Pensé que con la ausencia de Saga y Kanon en el Santuario sería feliz, pero siento que dentro de poco volverán los problemas. Ya lo creo que sucederán. Y es entonces cuando a aquel caballero dorado que acumule más puntos negativos en mi lista, será enviado a ocupar la cama vacía de la celda de cabo Sunión.
Shion comenzó a reírse de manera maléfica mientras que Arles releía con inquietud los papeles.
—Y yo que creía que a usted le carcomía la conciencia por dentro por enviar a los gemelos allí…
