2. La presentación
Radamanthys se preparó para ejecutar un poderoso ataque contra el suelo con la intención de abrir un boquete y poder salir de la cárcel de cabo Sunión.
Cuando ya estaba cargándose de energía, escucharon una melodía proveniente de un lugar indeterminado.
Sobre el mar, casi como si estuviera flotando sobre las aguas, Sorrento interpretaba una bella melodía con su flauta travesera.
Radamanthys gruñó una maldición y se agarró a los barrotes.
—¡Oye tú! ¡Que me desconcentras!— gritó furibundo, mientras Saga y Kanon tiraban de sus brazos y le pedían encarecidamente que no hiciera cabrear a aquel hombre.
El austríaco cesó la música y abrió los ojos con suavidad. Torció una sonrisa y se mesó los cabellos.
—Deberías prestar más atención a tus compañeros de celda— dijo con malicia—; no te conviene cabrearme, Radamanthys.
Y volvió a tocar la flauta, ajeno a los improperios que le dedicaba el espectro.
—¡Deja de insultarle, Unicejo idiota!— gritó Kanon, tratando de taparle la boca—. ¡Que es el general y mano derecha de Poseidón, caraculo!
Por respuesta, el espectro le mordió la mano, a lo que el gemelo aulló de dolor. Al ver a su hermano reducido y percibiendo que Radamanthys no entraría en razón, Saga le propinó un puñetazo en el vientre que dobló al inglés en dos. En cuanto pudo reincorporarse, el Wyvern agarró a Saga del cuello y se disponía a estamparle un puñetazo en la cara.
La música de nuevo había cesado y Sorrento observaba los rifirrafes entre los tres con perplejidad.
—¿Podéis parar de pelear por unos instantes? Os tengo que contar algo — gruñó el general cruzándose de brazos.
Finalmente los tres guerreros se quedaron quietos mirando al austríaco.
—Suéltale— ordenó el general dirigiéndose a Radamanthys. Éste miró a Saga y le soltó del cuello con brusquedad, arrojándolo en brazos de su gemelo.
—¿Puedo seguir?— preguntó Sorrento mirando a los tres, que al fin recuperaban la compostura—. Gracias. Bien, os voy a sacar de la celda, pero antes os tengo que poner esto en las muñecas— dijo enseñando una cuerda y acercándose a la cárcel.
El gemelo mayor observó el objeto que sostenía Sorrento con detenimiento.
—¿Una cuerda?— preguntó extrañado—. ¿Para?
—Para uniros a los tres— respondió Sorrento—. Ya se os explicará cuándo tenéis que llevarla atada y de qué manera. Venga, sacad las manos por entre los barrotes.
Radamanthys y Saga sacaron las manos por el hueco de un barrote, mientras que Kanon saco la derecha por un hueco y la izquierda por otro. El inglés aprovechó para arrearle una colleja.
—Idiota, si tienes el barrote en medio no podrá atarte las manos.
El griego gruñó y Saga le replicó que dejara a su hermano menor en paz.
Viendo que de nuevo se iniciaría una gresca entre los tres, Sorrento sopló con fuerza su flauta para reclamar su atención.
—¡Qué paréis ya!— bramó irritado—. Joder, no llevo ni cinco minutos con vosotros y ya estoy hasta las narices. ¡Sacad las manos por un hueco cada uno!
Los tres hombres hicieron lo que les pedía el general y pronto sus muñecas quedaron atadas fuertemente. Sorrento entonces procedió a abrir la celda, pasando la cuerda para evitar problemas y agarrándola con fuerza.
Tiró de ella y salió primero Saga, después Radamanthys y por último Kanon.
—Cierra la puerta— indicó Sorrento al ex general marino, quien la empujó con un pie y sonó un chasquido.
Con los tres reos fuera de la celda, Sorrento tiró de la cuerda para obligarles a seguirle.
—Pero si es una cuerda normal— musitó Radamanthys—. Esto se romperá con facilidad.
—Eso es lo que tu crees— sonrió el general—. Con esta cuerda Poseidón ató a Zeus hace milenios. Es irrompible, sólo podrían deshacerse los nudos. Y créeme, te volverías loco intentando deshacer uno de mis maravillosos nudos marineros— al ver que Kanon mordisqueaba la cuerda, Sorrento dejó de hablar unos instantes—. No sé cómo no puede darme cuenta…
Exhaló un suspiro y tiró de la cuerda, para a continuación pronunciar unas palabras y zambullirse en el agua sin más.
La fuerza de las corrientes submarinas arrastraba a los tres reos, quienes se vieron empujados rápidamente hacia el fondo del mar.
De repente, las aguas cesaron y los cuatro cayeron al centro, justo delante del templo de Poseidón.
El general descendió con gracilidad, mientras que los tres reclusos cayeron estrepitosamente uno encima de otro estampándose contra el suelo.
—Al fin estáis aquí— dijo una voz femenina—. Nuestro señor está dispuesto a recibirles de inmediato.
—Gracias Tethys— respondió Sorrento—. Vamos, levantáos, que tampoco ha sido nada.
Al ser el último en caer, Kanon se incorporó un poco y sacudió la cabeza algo aturdido.
—¡Anda!— exclamó contento—. ¡Si estoy en mi hogar!
—Ni es ni nunca fue tu hogar— dijo la muchacha, quien enseguida se puso en guardia al reconocer a Kanon.
—¡Hola preciosa! ¿Me echabas de menos?— respondió el gemelo menor—. Ven a darme un beso.
—Ni en tus mejores sueños— replicó la nereida poniendo cierta distancia.
—¿Ni por los viejos tiempos? Un abrazo aunque sea— pidió lastimeramente el griego, tratando de alargar el brazo para alcanzar a la joven.
—¡QUE TE QUITES DE ENCIMA!— bramó Radamanthys empujando a Kanon con fuerza, provocándole la caída—. ¡Coño con el repetido de mierda! ¡Me estabas aplastando!
El Wyvern se incorporó de inmediato, sacudiéndose el agua y quejándose por el dolor en el vientre.
—Hola, soy Tethys. Bienvenido al reino de Poseidón. Te conozco de vista, del bar Atlantis— saludó la joven, tendiendo la mano. Kanon iba a cogérsela cuando el juez empujó al griego de nuevo.
—Radamanthys de Wyvern, para servirla. Sí, alguna vez he acudido a ese lugar— contestó el inglés con cortesía—. Si éste imbécil le molesta, hágamelo saber. Estaré encantado de hacerle sufrir.
La nereida sonrió ante la propuesta del Wyvern, sabiendo que tendría a su lado un aliado contra el ex general marino.
El último que quedaba era Saga, quien estaba tumbado boca abajo, incapaz de ponerse de pie por propia voluntad. No sólo había recibido el golpe contra el suelo de lleno sino que había sido aplastado por Radamanthys y por Kanon.
—¿Se encuentra bien?— preguntó la danesa preocupada. Al no obtener respuesta, la muchacha movió el cuerpo del gemelo mayor y dio un respingo.
—¡Si es clavado a Kanon!— murmuró temblorosa, echándose hacia atrás.
—Bravo Tethys, te enteras ahora de que tengo un hermano gemelo— masculló el menor.
Radamanthys pisó a Kanon.
—Menos mal que vuestro carácter es diferente, que si no…
—Idiota, sabía que tenías un hermano, pero desconocía que fueseis gemelos. Nunca he coincidido con él— gruñó la nereida. A continuación Tethys alargó los dedos para retirar unos cabellos azules del rostro de Saga, quien mantenía los ojos cerrados. Se quedó unos segundos observando al gemelo mayor y desviando la mirada para compararlo con su hermano.
Finalmente abrió los ojos con lentitud y parpadeó varias veces.
—¿Dónde estoy?— preguntó con un leve aliento.
—Hola, soy Tethys, bienvenido al reino de Poseidón— saludó la rubia con una sonrisa en la cara al ver que al fin despertaba el hermano de Kanon.
—¿Tethys?— murmuró Saga clavando los ojos en la joven—. Hola…
Sorrento se cruzó de brazos y conminó al caballero de Géminis oficial a incorporarse para poder acudir frente al dios de los mares.
—Venga, que llegamos tarde— dijo el austríaco—. Tethys, haz el favor de avisar al resto para que se reúnan con nosotros en el templo.
La nereida asintió con un cabeceo y salió corriendo a realizar la tarea encomendada.
Mientras tanto, el general de Sirena guió a los tres reos hasta el templo de Poseidón.
Al atravesar la puerta vieron al fondo el trono del dios, quien se hallaba sentado con una expresión neutra en el rostro.
Sorrento colocó a los tres hombres frente a él y les conminó a arrodillarse, obedeciendo al instante, colocándose él junto al dios.
—Bienhallados y bienvenidos a mi reino, espectro , Saga y…bueno, tú no eres bienvenido— dijo dirigiéndose a Kanon—, pero no podía dividir el pack de los gemelos, para mi desgracia.
Los tres saludaron al dios y se quedaron con una rodilla en tierra frente a él.
—Seguramente os preguntaréis que qué diantres hacéis aquí, ¿cierto?— preguntó Poseidón, acomodándose en su trono.
—Pues hombre…— murmuró el juez del Inframundo—, un poquito sí. Lo único que tenemos claro es que esto no serán vacaciones, sino un castigo, si no me equivoco.
—No— respondió Poseidón—. No te equivocas siervo de mi hermano.
—Radamanthys de Wyvern, mi señor—informó el juez—. A su servicio.
—Eso, Radanabis de Wyvern— dijo Poseidón con una sonrisa.
Saga y Kanon se mordieron sus respectivas lenguas para no estallar en carcajadas mientras que el inglés mantenía la compostura frente a la deidad.
Sorrento carraspeó suavemente y se agachó al oído de Poseidón para susurrarle.
—Se llama Radamanthys, señor.
—¿Y qué he dicho?— preguntó el dios.
—Radanabis.
—Oh— murmuró Poseidón—. Disculpe mi torpeza, Radamanthys.
El Wyvern aceptó las disculpas con resignación, porque a pesar de su rectificación, ese nombre quedaría para siempre grabado a fuego en las mentes retorcidas de los gemelos, quienes aún pugnaban por aguantar la risa.
—Bueno, el caso es que estáis aquí como consecuencia de vuestras malas acciones acontecidas tanto en el Santuario de mi sobrina Atenea como en el Inframundo de mi hermano Hades— informó el dios, retomando su expresión neutra—. A dos de vosotros os voy a hacer pagar vuestro atrevimiento, especialmente a Kanon. Ya que Shion fue incapaz de castigaros con mano dura, esta vez es mi turno y pienso cobrármelo todo de una vez.
Ahora los gemelos ya no luchaban por mantener la risa a buen recaudo, ya que sus expresiones se tornaron preocupadas y hasta cierto punto, temerosas.
Radamanthys torció una sonrisa al comprobar los apuros que estaban padeciendo ambos.
—Aún así, mi sobrina me ha llamado y me ha pedido que por favor no sea duro con vosotros. Ha intercedido y le he dado mi palabra de que no os castigaría con brutalidad que es lo que os merecéis por todo lo que me habéis hecho hasta ahora.
Los gemelos suspiraron aliviados y elevaron una plegaria de agradecimiento a su diosa.
—¡Sin embargo!— exclamó Poseidón, jugueteando con la cinta de su tridente—. Le he dado mi palabra de que yo no lo haría…pero no le he prometido nada respecto a mis fieles generales marinos, ¿verdad?— dijo esbozando una siniestra sonrisa en su rostro—. Por lo que serán ellos los que lleven a cabo mi venganza contra vosotros. Lo siento por ti, Radamanthys, que no me has hecho nada directamente, pero le di mi palabra a mi hermano. Me contó ciertas cosas y sinceramente, tampoco es que seas un santo…
Los tres hombres suspiraron resignados ante lo que se les avecinaba.
—Por lo tanto, tendréis que estar a las órdenes de mis generales. Estaréis a su servicio y realizaréis las misiones que se os encomiende. Deberéis colaborar entre los tres, y al final de cada misión, me pasarán un informe detallado de lo que habéis hecho. Si habéis sido buenos, seréis recompensados. Si por el contrario os habéis portado mal, seréis castigados.
Saga parpadeó un par de veces madurando la información.
—Mi señor, no termino de entenderlo…¿no son las misiones el castigo en sí?
Poseidón sacudió la cabeza y cerró los ojos.
—Las misiones que tenéis que hacer son especiales y sí, son una parte del castigo. Pero lo peor vendrá después. Veréis— dijo abriendo los ojos de nuevo—. Como habéis podido comprobar, la celda de cabo Sunión ha sido remodelada de arriba abajo. Es imposible que sea destruida por ninguno de vosotros y de hecho, si intentáis hacer algún ataque, rebotará.
Los gemelos miraron con odio a Radamanthys, quien tragó saliva.
—Esa remodelación tuve que efectuarla con ese ánimo y con el beneplácito de mi sobrina Atenea, ya que originalmente pertenece al Santuario.
—¿Y lo de usarla como bodega entonces?— preguntó Kanon—. Porque dudo que ella te permitiera utilizarla para tal fin.
El dios de los mares se revolvió incómodo en su trono.
—Si bueno, eso…dejémoslo ahí— cortó tajante Poseidón—. Lo importante es que ha sido remodelada y que váis a vivir allí mientras estéis bajo mi tutela. Sólo saldréis de allí cuando tengáis que hacer un servicio con alguno de mis generales. Nada más.
—¡Pero si esa celda no tiene nada!— exclamó Radamanthys—. Ni cama, ni retrete, ni cocina ni ducha.
—Importante lo de la ducha— recalcó Saga—. Es vital para mi supervivencia.
Poseidón sonrió y asintió.
—Las camas están plegadas en las paredes. Hay cuatro. Sois tres. Aunque advierto que son colchones muy rudimentarios, como en las cárceles de los humanos. El retrete es un agujero que hay al fondo de la misma y además contáis con un grifo para lavaros las manos. Hay una sola pastilla de jabón, eso sí. Y papel higiénico. Pero no, no hay ducha.
Saga emitió un grito desgarrador al enterarse de la última noticia.
—¿Qué le pasa? ¿Le molesta más no tener ducha que tener un agujero para hacer sus necesidades?— preguntó Poseidón a Kanon al ver la reacción desquiciada de su hermano.
—Sí, es que mi hermano no es capaz de estar doce horas seguidas sin darse un baño— indicó el gemelo menor.
—¿Se duchaba dos veces al día en mi templo?— gruñó el espectro—. Me va a pagar la factura del agua…
El dios de los mares dejó escapar un suspiro a medio camino con una risa, mientras escuchaba a Saga sollozando y gritando por la mala noticia.
—Increíble…— resopló Poseidón impactado por tales declaraciones—. ¡Bueno ya basta caballero de Géminis!— gritó dando una palmada—. No había espacio para colocar una ducha. Si váis a estar en remojo prácticamente todo el día y eso ya debería contar como una ducha. Además, depende de cómo os portéis tendréis acceso a más o menos privilegios.
En ese momento se escuchó la puerta principal chirriar y aparecieron los cinco generales marinos restantes junto a Tethys, quien se quedó junto a la puerta aguardando pacientemente.
—¡Venid aquí, acercaos!— indicó el dios a sus súbditos, quienes avanzaron por el pasillo con solemnidad—. Como ya os conté anoche, estos son Saga de Géminis, Radamanthys de Wyvern y al otro ya le conocéis de sobra. Os di instrucciones precisas de todo lo que debéis hacer con ellos, así que no quiero que me falléis, ¿de acuerdo? Haced el favor de presentaros.
Los cinco generales asintieron.
Dando un paso, un joven de cabellos verdes y una cicatriz en el ojo izquierdo se colocó frente a los tres hombres.
—Isaak de Kraken, general protector del pilar del océano Ártico.
Tras él, un muchacho de pelo castaño hizo lo mismo al presentarse.
—Baian de Hipocampo, general protector del pilar del océano Pacífico Norte.
Después, otro más. Esta vez un joven con cabellos rosados que a Radamanthys le recordaba a Valentine.
—Io de Escila, general protector del pilar del océano Pacífico Sur.
Antes de que el Wyvern pudiera hacerle una pregunta que le rondaba la cabeza, otro hombre, de tez morena y cresta larga se adelantó para presentarse.
—Krishna de Crisaor, general protector del pilar del océano Índico.
Por último se presentó un ser pálido, con estructura encorvada y de estatura bastante baja para un hombre.
—Soy Kaça de Lymnades, general protector del pilar del océano Antártico.
Poseidón sonrió complacido y se echó hacia atrás en su trono.
—Bueno, presentados todos, ya solo queda comenzar lo que os toque hacer. Espero que…¿sí Radamanthys?— preguntó el dios, al ver al juez del Inframundo con una mano alzada.
—¿Qué pasa con Sorrento? ¿Y no se supone que existen siete generales? Sólo cuento seis.
El aludido frunció el ceño y miró al Wyvern.
—Sorrento de Sirena, general protector del océano Atlántico Sur. Y me encargo de vigilar el del océano Atlántico Norte, en ausencia del general de Dragón Marino. Estamos buscando un sustituto.
—¡Oye! ¡Que yo puedo seguir ejerciendo!— reclamó Kanon apesadumbrado—. ¡Y tú ya sabías que yo era el Dragón Marino!— gruñó Kanon al juez.
La sonrisa maligna de Radamanthys se dibujó rápidamente en su cara.
—Lo sé, pero sólo quería deleitarme con tu cara al conocer la noticia de que están buscando a otra persona. Eres un dragón de pega.
Antes de que se enzarzaran en una escaramuza, Poseidón dio dos palmadas en el aire.
—Está bien, terminemos con todo esto. Vosotros— dijo dirigiéndose a los generales—, me da igual quien comience pero a partir de mañana quiero que os encarguéis de estos tres, ¿de acuerdo?. Tethys, querida— dijo a la nereida, quien se había mantenido en un discreto segundo plano durante la reunión—, quiero que te encargues de llevarles la comida y de otras tareas que ya te iré diciendo. Por ahora quiero que te los lleves de vuelta a su celda. Y no dudes de ejecutar algún poder si se ponen tontitos. Tienes mi permiso.
Poseidón se despidió de los tres hombres, quienes fueron arrastrados fuera del templo por la joven nereida quien tiraba de la cuerda para hacerles caminar y seguirla.
Al subir a la superficie, la muchacha encerró a los tres en la celda.
—Dentro de un rato os subiré algo de comer— informó con diligencia—. Cualquier desperfecto que causéis o si armáis algún alboroto será informado a mi dios. Así que más os vale comportaros como caballeros. Especialmente tú, Kanon— dijo la joven, mientras le desataba la muñeca—. No hagas que me arrepienta de deshacer estos nudos. ¡Quita la mano!— exclamó la muchacha dándole un manotazo en la extremidad.
—Hazlo por mí, reina de los mares— murmuró con un coqueteo el gemelo menor—. Por el tiempo que tuvimos en el pasado— añadió guiñándole un ojo.
—¡Que no inventes!— gruñó la danesa deshaciendo el último nudo y dedicándose al trozo de cuerda que ataba las manos de Radamanthys—. Tú y yo jamás tuvimos nada, de hecho me tratabas fatal— espetó la nereida, terminando de deshacer los nudos que ataban al Wyvern.
—¿Qué yo te trataba fatal?— exclamó el ex general abriendo los ojos como platos—. Pero si estaba colado hasta las trancas de ti.
La nereida liberó a Radamanthys quien le agradeció el gesto y ella pudo comenzar a deshacer los nudos de Saga.
—¡Pues menuda manera de demostrármelo, llamándome niña idiota!— respondió la muchacha, sin apartar la vista de las manos de Saga—. No me vengas con invenciones de tu mente enfermiza, ex general— dijo remarcando las últimas palabras con sorna.
—Vamos peque, te llamé niña idiota de manera cariñosa— trató de nuevo enfilar el gemelo menor, cuando sintió una mano agarrando su cuello.
—Déjala tranquila de una vez, ¿no has escuchado lo que dijo o qué?— gruñó Radamanthys apretando con fuerza. Kanon asintió y pidió al Wyvern que le soltara.
La nereida dirigió una sonrisa cómplice al juez del Inframundo y terminó de deshacer el último nudo, recogiendo la cuerda entre sus delicadas manos.
—Me voy por ahora. Luego regreso con la comida prometida— dijo zambulléndose en el agua.
Radamanthys soltó a Kanon del cuello y se sentó contra los barrotes.
—¿Qué pasa, que no te ha quedado claro que si nos portamos mal ella se lo contará a Poseidón o qué? ¿Y a ti qué te pasa ahora?— gruñó en dirección a Saga, quien se había acuclillado en una esquina.
—Si no os importa, quisiera hacer mis necesidades.
Su hermano gemelo y el Wyvern compusieron una mueca de asco y se dieron la vuelta a ver el mar.
