¡Buenas!

Dejo aquí el siguiente capítulo de esta historia.
Quería agradecer a Victoria Nike, Raixander, Neverdie, Kaito Hatake Uchiha, Tsukihime Pirncess, El Ninja Samurai, Shakary y Lesty por los comentarios vertidos en este fic. Además por seguir la historia o marcarla como favorita a Lule de Zodiak, Megaterio, Saktar y Lilly Jane.

Y gracias al anónimo que me dejó un comentario, me alegra de que te guste la historia :)


2. La primera misión

—Me aburro— gimoteó Kanon, mientras se agarraba a los barrotes de la celda y trataba de salir—. Quiero salir. ¡Sacadme de aquí!
Ni siquiera había amanecido cuando el gemelo menor se empecinaba en intentar salir de nuevo, sin éxito.

Saga se revolvió en su camastro, gruñendo una serie de improperios hacia su hermano gemelo.

Radamanthys se hallaba despierto, sentado en la cama con los pelos revueltos y cara de sueño.
—Dando por culo hasta bien temprano—gruñó el espectro—. ¿Por qué no vuelves a la cama y nos dejas dormir a los demás?

Sin girarse para contestar al inglés, Kanon intentó una vez más mover los barrotes. Al verse imposibilitado, resopló y se dejó escurrir al suelo. Afortunadamente, el agua no cubría el suelo de la gruta, como antaño. El nivel del mar se hallaba unos diez centímetros por debajo del borde de la celda.
El griego apoyó la cabeza entre los barrotes y observó los pececillos que se movían indecisos. Alargó la mano y con sus dedos rozó la superficie, provocando la huida de los animales.

De repente, notó como una fuerza le retiraba de allí y lo cogía en volandas, llevándole directamente de vuelta a su cama.
—¡Y quédate ahí!— amenazó el espectro—. Como te vuelva a oír moverte o bajar de la cama, te reviento.
El juez regresó a su catre y se cubrió con la manta, dándole la espalda al gemelo.

Kanon suspiró con resignación y se quedó unos minutos mirando al techo de la gruta, tamborileando los dedos sobre su vientre. Encima de él, Saga respiraba acompasadamente mientras dormía.

Sus párpados comenzaban a pesarle y bostezó un par de veces, permitiendo que el sueño tomara, al fin, control sobre su cuerpo.
Sin embargo, un chasquido y el ruido del agua al chapotear le desvelaron de nuevo y se incorporó de golpe.

Una silueta se recortaba frente a la puerta de la celda.

—¿Qué te acabo de decir idiota?— gruñó Radamanthys, incorporándose de inmediato y saltando sobre Kanon, blandiendo el puño en alto dispuesto a descargarlo sobre el griego.

—¡Que no fui yo!— replicó el gemelo—. ¡Es esa persona que está ahí!— dijo señalando la puerta.
El espectro alzó la vista y, efectivamente, había alguien donde indicaba el caballero.

Radamanthys bajó el puño y dejó a Kanon en la cama, dirigiéndose a la puerta, donde la figura aguardaba.

—¿Quién eres?— preguntó el espectro—. ¿Y qué horas son estas de despertarnos?

—Je, menos humos espectro, que ahora mismo estáis bajo las órdenes de Poseidón— informó el individuo—. Soy Baian de Hipocampo y vengo a recogeros para realizar la primera misión encargada por mi dios.

—¿Tan pronto?— gimió el gemelo menor—. ¡Si no he pegado ojo en toda la noche!
—¡Si no te hubieras empecinado en intentar salir y despertarnos tanto a tu hermano como a mi, hubiéramos podido dormir todos un poco!— gruñó el espectro.

El canadiense resopló hastiado y sacó el pedazo de cuerda, mostrándoselo a los dos hombres despiertos.
—Venga, que tenéis mucho trabajo por delante— dijo el general—. Y despertad a la bella durmiente.
—Será un placer— replicó Radamanthys, caminando directo hacia el catre de Saga—. ¡Despierta Repetido! ¡Tenemos que irnos!

El caballero de Géminis se revolvió en sueños y su mano se estampó en la cara del juez. Este hecho desembocó en una refriega entre ambos contendientes, al que se sumó rápidamente Kanon en defensa de su hermano.

El general marino se quedó perplejo observando la escaramuza mañanera entre los reclusos, sin saber muy bien qué hacer.
Mesándose la melena castaña, el canadiense parpadeó un par de veces cuando observó que el agua cerca de él se revolvía rápidamente y de ella salía Tethys, quien se encaminó hacia él.

—¿Qué ocurre, que estáis tardando tanto?— preguntó la danesa, preocupada.

—Son ellos, que se lían a tortas a la mínima— declaró su compañero, señalando la masa de tres hombres golpeándose y gritándose improperios.

La muchacha frunció el ceño y apretó los dientes.
—Trae la cuerda— dijo extendiendo la mano y recibiendo el objeto de parte de Baian—. Por todas las criaturas marinas…

Sin decir nada más, la joven entró en la celda, mientras los tres hombres seguían a lo suyo pegándose.
—¡Basta ya!— gritó la mujer. Al ver que ninguno le había hecho caso, Tethys hizo brotar unos corales que provocaron la ruptura de la pelea.

Cada hombre estaba atrapado entre las ramas, imposibilitados de los movimientos necesarios para continuar la reyerta.

Sorprendidos por esto, los tres desviaron la mirada hacia la muchacha, quien se hallaba frente a ellos con las manos en la cadera.
—La próxima vez haré que los corales atraviesen vuestros cuerpos, no os lo diré más— advirtió la joven con dureza—. Mirad que pintas tenéis de buena mañana.

Efectivamente, la pelea entre los tres hombres había dejado a los tres con secuelas en forma de moratones, labios partidos y sangre repartida por doquier.
Tethys suspiró y se acercó a los tres, liberando primero a Radamanthys.
—Espero no tener que volver a intervenir en vuestras disputas— volvió a amenazar la joven—. Recuerdo que vuestro comportamiento será estrechamente vigilado y no pienso callarme otra de vuestras estúpidas peleas— dijo apretando bien el nudo que ataba las manos del espectro.

A continuación liberó a Saga y anudó la cuerda alrededor de sus manos. Finalmente liberó a Kanon, quien había salido peor parado. Un ojo que comenzaba a hincharse le impedía ver con claridad a la joven.
—Antes de que sueltes alguna de tus perlas— murmuró la muchacha—, te advierto personalmente que no dudaré en dejarte el otro ojo en igualdad de condiciones. Tu sabrás.
El gemelo menor dejó escapar una leve risa y se dejó atar por la mujer.

Una vez atados los tres, Tethys tiró de la cuerda y le entregó el extremo a su compañero.
—Aquí los tienes— dijo ella—. Esperaré vuestra vuelta y el reporte. Y no te guardes absolutamente nada, quiero saber todo lo que pase en la misión.

El canadiense asintió y observó cómo la muchacha se zambullía de nuevo en el agua. A continuación se volvió hacia los tres hombres.
—Ya lo habéis oído. ¡Al tajo!— exclamó con una sonrisa perversa el general.

Rápidamente, el general se zambulló en el agua, arrastrando consigo a los reos.

De vuelta en el reino de Poseidón, Baian guió a los hombres por el camino que daba al pilar del Pacífico Norte.
—¿Dónde vamos?— preguntó Saga—. ¿Y cuál será nuestra misión?
El canadiense seguía caminando en dirección al pilar que protegía.
—Ahora lo sabréis.

Sin querer decir nada más, el resto del camino lo hicieron en silencio. Al llegar frente al pilar, Baian se plantó y miró hacia arriba. El techo de agua daba una luz azulada al ambiente, perfecto para que el general pudiera relatar la misión.

—Desde tiempos inmemoriales, el mar ha sido utilizado como destino final de la basura que los seres humanos generan día tras día. Miles de desechos terminan en este gran ecosistema, provocando la contaminación de las aguas y la consecuente destrucción de miles de vidas de los habitantes marinos que las habitan. Especialmente cruda es la problemática de los plásticos, que no son biodegradables y pueden permanecer en los mares durante siglos sin descomponerse. Además, estos residuos son letales para miles de especies de animales que los tragan o los comen, confundiéndolos con sus presas debido a los colores brillantes que muchos de ellos tienen. Una muerte lenta y agónica, puesto que no consiguen digerirlos y bloquean el tracto digestivo. Otros, quedan atrapados entre los plásticos, por ejemplo, las anillas de las latas de refrescos, impidiéndoles abrir las fauces para alimentarse o asfixiándoles.

Los tres hombres se miraron impávidos.
—¿Esto a qué viene?— preguntó Radamanthys, sin terminar de entender la charla ecologista que Baian acababa de decirles—. Quiero decir, qué tiene que ver con nosotros.

El general esbozó una mueca de disgusto.
—¿Acaso no os importa la contaminación continua que reciben los mares? ¿El hogar de mi dios y de los millones de criaturas marinas que habitan su vasto reino?

—No es que no nos importe— dijo Saga—, es que no sabemos el por qué de esta charla.

Al ver que los tres hombres seguían con cierta incredulidad lo que les contaba el general marino, éste decidió que iría directo al grano.
—Bien, es que vuestro cometido de hoy será ayudarme a limpiar la isla de basura que se halla en el Pacífico Norte.

—¡¿Cómo?!— exclamaron los tres guerreros a la vez.
—Sí— prosiguió Baian—; en el océano que protejo existe una inmensa isla de residuos de todo tipo, especialmente de plásticos. Llevo ya mucho tiempo dedicándome a la limpieza, pero por más que retiro basura, más viene. Así que necesito quitar toda esa mierda y garantizar un saneamiento de las aguas.

—Osea— dijo Kanon con media sonrisa—, que quieres que hagamos de basureros.
Aquella idea provocó que el griego comenzara a reírse sin parar.

Sin embargo, el general no compartió la carcajada. Se mantuvo con rictus serio mientras esperaba a que su ex compañero terminara de reírse.
—Exactamente— dijo—. Eso es lo que váis a hacer. Váis a ayudarme en mi tarea diaria de limpieza.

Saga resopló y Radamanthys sacudió la cabeza.
—Así que en marcha, que hay mucho que hacer— anunció el general—. ¡Y tú deja de reírte!— exclamó al ver que Kanon seguía sin dejar de reír—. No sé cómo pude creerte en el pasado…

El general marino buscó la ruta más cercana hacia el lugar, pidiéndole permiso a Poseidón para poder encaminarse lo más rápido posible. Además, recogió una serie de sacos de tela y unas mascarillas antes de partir.

Gracias a las corrientes marinas, pronto los cuatro estuvieron en la famosa isla de basura.

Al salir a la superficie, un intenso aroma a vertedero provocó las arcadas a los allí reunidos. Baian se encaramó al islote, tirando de la cuerda y haciendo subir a los demás. Inmediatamente, desató a los reos.
—Lo malo de esto es el olor— indicó colocándose una mascarilla cubriendo su nariz y boca y entregándoles a los otros el mismo objeto—. Tomad y ponéoslas.

—Esto es denigrante— musitó Kanon, pateando una botella de plástico—. En lugar de hacer misiones interesantes, tenemos que quitar esta porquería.

—¿Decías algo?— preguntó el general, dándole un saco de tela—. Más te vale permanecer calladito, de lo contrario informaré a Tethys de tus tonterías.

—¿Y qué?— soltó contrariado el gemelo menor—. Es mi problema, pero yo paso de recoger la basura de los demás. Que no enguarren. No voy a rebajarme a hacer algo que no quiero.

Al escuchar esto, Saga arrojó su saco al suelo.
—Si él no limpia, yo tampoco— dijo cruzándose de brazos—; comparto su punto de vista, esto es un insulto para los caballeros de oro. Somos guerreros, no limpiadores.

El canadiense miró de reojo a los dos gemelos, mientras estos se plantaban frente a él. Echó un vistazo al espectro, quien se hallaba un poco alejado, recogiendo diligentemente la basura.
—Radamanthys— llamó Baian—, acércate un momento, por favor.

A la orden, el juez del Inframundo se acercó cargando su saco.
—¿Qué pasa?
—Estos dos, al parecer se les caen los anillos por limpiar— dijo señalando con la barbilla a los griegos—. ¿Qué opinas?

El inglés se quedó unos segundos dubitativo y resopló.
—Que hagan lo que les salga de la peineta, es imposible dialogar con ellos, así que te recomiendo que te quejes directamente a Tethys y a Poseidón.
Una sonrisa se esbozó en la boca del canadiense.
—¿Habéis oído?— dijo señalando al espectro—. Me recomienda que os denuncie ante Tethys y mi señor.

—Pues hazlo— respondió agriamente Kanon—. Me da igual que me castiguen, estoy más que acostumbrado a llevarme palos una y otra vez…ya ves tú, qué diferencia haría entre que me castigue Poseidón o que lo haga el Patriarca.

Baian depositó la mirada en su hermano, quien reiteró las palabras dichas.

—Está bien— dijo suavemente el general de Hipocampo—. No trabajéis. Vosotros sabréis qué es lo que más os conviene.

Y dicho esto, el canadiense prosiguió recogiendo basura ayudado por Radamanthys en todo momento.

A medida que pasaban las horas, los sacos iban llenándose hasta que estuvieron todos repletos.
Kanon y Saga permanecieron inactivos aquellas horas, ayudando lo mínimo posible y pasando más tiempo nadando o buceando en los alrededores.

Cuando Baian cerró el último saco, decidió que era el momento de marcharse de allí.
—Hemos limpiado bastante— dijo refiriéndose al espectro—. Gracias a tu ayuda, he podido eliminar buena parte de los residuos, pero como ves, es una tarea ardua. Es increíble que toda esta basura sea capaz de sostenernos, ¿verdad?

El Wyvern asintió y recogió varios sacos, colocándoselos a la espalda. Pero al ver que los gemelos seguían a su rollo, les gritó que al menos ayudaran a cargar la basura.
Con cierta reticencia y tras varias amenazas, los dos cargaron con algunos sacos, y así regresaron todos al pilar del Pacífico Norte.

Una vez en el reino de Poseidón, dejaron los sacos en el suelo.
—¿Qué piensas hacer con toda esa basura?— preguntó el espectro.
—Voy a llevarlo a una empresa de reciclaje— respondió el general—. Pero de eso me encargaré luego, ahora vamos a ir a ver a Tethys y a mi señor, que estarán ansiosos por saber qué habéis hecho. Lo siento, pero tengo que ataros de nuevo. Órdenes expresas.

Dicho y hecho, los tres guerreros fueron atados de nuevo y juntos fueron guiados por el canadiense hasta el templo de Poseidón.

Allí, el dios de los mares reposaba tranquilo, sentado en su trono y sujetando el tridente.
A su derecha, Tethys jugaba haciendo crecer corales en sus manos y deshaciéndolos rápidamente.

—Buenas noches— saludó el general de Hipocampo, entrando en el templo y realizando una reverencia —. Mi señor, Tethys, os traigo a los tres encarcelados para que estime oportuno su recompensa.

La joven se acercó hasta los tres hombres y pidió a Baian que relatara lo sucedido durante la misión.
Mientras el canadiense hablaba, ella iba tomando notas en un papel, sonriendo misteriosamente mientras escribía.
Al terminar el relato, la danesa agradeció a su compañero la información otorgada y se encaminó de nuevo hacia su dios.

—Aquí tiene— dijo entregándole el papel.

A pesar de que Poseidón había escuchado el relato, releyó de nuevo lo que Tethys había escrito. El dios frunció el ceño y mandó a Saga y Kanon que dieran un paso al frente.

—¿Por qué no habéis ayudado a limpiar?— recriminó el dios, esperando una respuesta que jamás sería convincente para él—. Hablad.

Los gemelos esgrimieron sus argumentos que, tal y como esperaban, no provocaron que el dios se conmoviera.

—Sois muy egoístas, habéis permitido que Radamanthys y Baian se encargaran de todo el trabajo sucio y vosotros felices, disfrutando de la estancia en ese lugar. No me queda más remedio que castigaros— dijo Poseidón, acariciando su tridente.

—Preferimos el castigo a tener que rebajarnos de esa manera— espetó Kanon, desafiante.

Poseidón lanzó una mirada de reojo al ex general marino y esbozó media sonrisa.
—Me lo suponía— murmuró—. Por ello, esta noche os quedáis sin cenar. Además, ordenaré que retiren los colchones de vuestros catres. Dormiréis sobre una tabla de madera o en el suelo.

Saga y Kanon se miraron y se encogieron de hombros.
—Podemos aguantar una noche sin comer— dijo el mayor sin darle mucha importancia, a pesar de que sus tripas rugían escandalosamente—. Y lo de la cama…pues bueno, tampoco es que vaya a hacer mucha diferencia.

—Además, subiré el nivel del agua, por lo que entrará a vuestra celda, cubriendo el suelo unos centímetros— añadió el dios.

Los gemelos siguieron sin inmutarse.

—¿En serio os da igual?— preguntó Poseidón, sin dejar de esbozar una sonrisa—. Pues no sabéis lo mejor: los tres váis a sufrir el castigo.

—Un momento— dijo Radamanthys—, ¿cómo que los tres? Serán ellos dos…

El dios sacudió la cabeza negativamente.
—Este castigo pretendo que sea ejemplarizante— resolvió, acariciando el tridente—, porque según el Patriarca y mi hermano, tenéis cierta…tendencia a la desobediencia y el egoísmo. Y para combatir ambas actitudes negativas, debo ser firme en mis castigos.

—¡Pero si yo no he hecho nada!— exclamó el espectro—. ¡Ha escuchado al general, he recogido basura y me he comportado! ¡Han sido ellos los que no han dado un palo al agua! ¡Castígueles a ellos!

Poseidón se incorporó del trono y se dirigió con pasos decididos hacia donde estaban los tres guerreros. Apuntó a Saga y a Kanon con el tridente y realizó una descarga sobre ellos.

Los gemelos gritaron de dolor al recibir el ataque del dios, mientras Radamanthys observaba la escena con preocupación.
—Esto es su castigo individual— indicó Poseidón, dándose media vuelta y regresando a su trono—. Pero el castigo colectivo es el otro. Si uno de vosotros se niega a colaborar o hace mal su trabajo, no sólo recibirá mi castigo personal, sino que arrastrará a sus compañeros con él.

Los gemelos se incorporaron jadeando y doloridos, alzando la vista hacia el dios.
—¿Qué quiere decir…?— preguntó entrecortadamente Saga.

—Es muy sencillo— habló esta vez Tethys—, lo que cada uno haga implicará al resto. Con lo cual, os conviene colaborar entre vosotros en lugar de ir cada uno por libre. Esta noche los tres os quedáis sin cenar y dormiréis donde podáis porque os quitaremos los colchones.

—Osea, que por culpa de estos dos— dijo Radamanthys señalando a los gemelos—, me quedo sin poder cenar ni dormir en condiciones, a pesar de que he cumplido mi cometido, ¿verdad?

La danesa asintió y sonrió más abiertamente.
—Bueno, veo que está todo aclarado, así que si no hay nada más que hacer, os llevaré de vuelta al cabo. Mi señor, solicito su permiso para retirarnos.

—Permiso concedido— dijo el dios, recostándose en su trono con una sonrisa en los labios—. Que paséis buena noche.

Tethys agarró el extremo de la cuerda y salió del templo de Poseidón, acompañada de Baian, quien se despidió de ellos nada más salir.
Por su parte, la danesa dirigió a los tres guerreros al lugar acordado y tras desatarles, cerró la puerta con barrotes.
—Buenas noches, caballeros y espectro— dijo la muchacha despidiéndose de ellos—. Veo que han sido raudos en retirar vuestros colchones…disfrutad de vuestra nueva estancia. ¡Hasta mañana!

Tethys se zambulló en el agua de nuevo, dejando solos a los tres hombres.

Radamanthys, quien había permanecido con un rictus serio todo el trayecto de vuelta, se quedó en la puerta, de espaldas a los gemelos. Kanon tocaba la plancha de madera donde debería dormir y gimoteó incómodo, tratando de recolocarse, mientras que las tripas de Saga rugían por él.

Primero escucharon un crujido. Después otro. El espectro se dio media vuelta y golpeó con su puño recién chasqueado la palma de su mano.

—¿Quién de los dos se ofrece voluntario?