¡Buenas!

Como prometí, aquí está el cuarto capítulo y seguramente penúltimo episodio de esta historia, que recuerdo va paralela a "Dos escorpiones", aunque esta última va con otro tiempo más lento (más o menos, un día dura tres capítulos, mientras que en esta son un capítulo por día)

Muchas gracias a todos los que dejáis comentario en la historia y espero que os siga gustando.

¡Un saludo!


4. La tercera misión

Como de costumbre, el gemelo más pequeño por minutos de diferencia en el parto se hallaba pegado a los barrotes de cabo Sunión.

Su hermano y el juez del Inframundo seguían profundamente dormidos hasta que poco a poco fueron espabilando gracias a los rayos del sol que traía el amanecer.
El primero en levantarse fue Saga, quien se estiró en la tabla y caminó hacia su hermano, rascándose la tripa y bostezando.
—Últimamente madrugas mucho— dijo—, es muy extraño en ti. Por lo general soy yo quien tiene que despertarte para que espabiles.

Kanon permaneció con la mirada perdida en el horizonte, escuchando el rumor de las olas del mar Mediterráneo rompiéndose. Parpadeó un par de veces y se mesó la cabellera.
—Quiero salir ya— murmuró el gemelo menor, añorando la libertad de poder ir donde quisiera—. No aguanto seguir aquí. Me trae muy malos recuerdos.
Saga tragó saliva y se sentó a su lado, apoyando su cabeza contra el hombro de su hermano, mirando también al horizonte.
—Ahora entiendo lo cruel que fui contigo…si pudiera manejar el tiempo, creo que hubiera hecho las cosas de otra manera— murmuró al tiempo que retiraba su cabeza del hombro de su hermano—. Kanon, apestas— dijo arrugando la nariz.

El menor alzó una ceja y miró a su hermano.
—Pues anda que tú también echas un tufillo que tira para atrás— respondió con acritud, molesto por la ruptura de aquel momento de fraternal.
Saga alzó su brazo derecho y olisqueó su axila, arrugando de nuevo la nariz.
—Tres días sin ducharme…¡tres!— se lamentó bajando el brazo—. Y encima tampoco puedo cambiarme de ropa. Daría lo que fuera por darme una ducha con jabón y poder quitarme estos trapos— masculló tirando de la camiseta gris que llevaba puesta desde que fue encerrado junto a su hermano y el juez del Inframundo.
Se dirigió a por el pedazo de jabón que había en la cárcel y regresó a la puerta.

Ninguno de los dos había notado que el Wyvern ya se había despertado y se hallaba sentado en su tabla, con cara de sueño y los pelos revueltos. Giró el rostro adormilado hacia los gemelos.
—¿Qué estáis tramando ya, Repetidos?— espetó molesto, mientras agarraba su camiseta negra poniéndosela.
—¿Ya tienes ganas de bronca o qué?— respondió Kanon haciendo crujir sus nudillos—. Hoy nos toca limpiar el reino por tu culpa, así que no me infles las pelotas.
—Por favor, no más peleas— pidió Saga, quitándose la camiseta y sumergiéndola en el agua del mar por entre los barrotes, mientras frotaba el jabón contra ella.

Radamanthys se extrañó ante tal gesto.
—¿Qué haces?— preguntó señalando al hermano mayor.
—Es que mi ropa apesta. Y yo también. Pero no puedo lavarme adecuadamente— respondió el aludido sacando la camiseta y comenzando a escurrirla.
Acto seguido, el inglés se olfateó a sí mismo y sacudió la cabeza.
—Joder, esto de llevar varios días sin ducharnos es terrible— murmuró quitándose la camiseta y arrojándola a una esquina de la cárcel—. Si vamos a estar por allí, deberían darnos algo decente para lavarnos.

De repente, Saga emitió un grito y un "¡No, no, no!", por lo que Kanon y Radamanthys echaron un vistazo a ver que hacía, sólo para darse cuenta de cómo la pastilla de jabón junto a la camiseta eran arrastrados por una ola.
—Ay— suspiró el hermano mayor abatido—, mi única posibilidad…

De repente comenzaron a surgir burbujas del fondo y la nereida apareció ante ellos, con una actitud de lo más coqueta.
—¡Muy buenos días chicos!— exclamó la joven con una amplia sonrisa—. Hoy os toca realizar la misión conmigo. Vaya…—dijo barriendo con la mirada al mayor de los gemelos, que se hallaba sin camiseta.
Saga se ruborizó inesperadamente e infló el pecho tras carraspear un poco al devolver el saludo a la joven danesa.

Kanon lanzó una mirada furibunda a su hermano, mientras que Radamanthys alzaba una ceja sorprendido.
—Tethys, ¿no nos tocaba limpiar hoy el reino?— preguntó por ese cambio de patrón inesperado.

—Sí— respondió ella, abriendo la puerta de la cárcel—, pero eso será por la tarde, al alba ha llegado un aviso de urgencia y tengo que ir a atenderla. Si la realizáis con éxito, se os compensará debidamente. Ah, y deberías ponerte algo encima Saga, donde vamos hace bastante frío— añadió, recorriendo con su dedo índice el torso del caballero.

—Es que una ola se ha llevado mi camiseta, pero de todas maneras aguanto muy bien el frío, no te preocupes pequeña— respondió rápidamente el gemelo, inflando aún más el pecho. Radamanthys bufó media risa mientras Kanon hacía rechinar los dientes aún más.

Con una alegre risa, la muchacha ató a los jóvenes y los hizo salir de la celda, lanzándose al mar.
—Lleváis los pedazos de oricalco encima, ¿verdad?— preguntó Tethys. Ante la respuesta afirmativa de los tres hombres, se sumergió en el agua.

La joven nadaba a toda prisa y guió a su séquito hasta aguas realmente heladas. Al emerger, los tres hombres miraban con extrañeza a la joven.
—¿Por qué no hemos ido primero al reino y nos explicabas allí la tarea que debemos realizar hoy?— preguntó el Wyvern, extrañado ante esa misión tan urgente.
—Bueno— dijo la joven—, como ya os dije es una urgencia y no teníamos tiempo para poder andar bajando, así que Poseidón me dijo que os llevara directamente a estas aguas.
—¿Dónde estamos exactamente?— preguntó Saga tiritando.
—Menos mal que aguantabas bien el frío, ¿eh, hermanito?— remarcó su hermano Kanon, tirando de la ironía. Por respuesta, su gemelo le lanzó una mirada de odio.
—Por favor no peleéis ahora— pidió Tethys con un puchero y acercándose a Kanon, comenzó a acariciarle el cabello húmedo, provocando que el gemelo menor sufriera un escalofrío al sentir los delicados dedos de la muchacha enredándose en su melena. Tragó saliva y el rubor que apareció en sus mejillas provocó que Radamanthys chasqueara la lengua y sonriera de medio lado.
—Desde luego…—murmuró el inglés, quien comenzó a otear por los alrededores, buscando algún lugar para poder subir, pero lo único que pudo ver fue una placa de hielo—. ¿En qué aguas estamos?

—Eso no importa ahora— respondió la muchacha rápidamente—, tenemos que buscar una familia de delfines cruzados, ya que la urgencia era por un parto complicado de una madre. Va a ser un poco difícil localizarlos, aunque Poseidón me dio las coordenadas y deben andar cerca, por lo que sugiero que nos dividamos en dos grupos.
—¡Yo voy contigo!— respondieron a la vez los dos gemelos, que al percatarse de su respuesta clónica, se miraron con más odio.

Ante tal predisposición de los gemelos, Tethys sonrió pero negó con la cabeza.
—Iré con Radamanthys— soltó señalando al inglés, quien se sorprendió ante este hecho—, para evitar peleas. Iréis juntos por ese lado, y nosotros por este otro. Antes de que se me olvide, los delfines cruzados son negros, con un dibujo blanco que cruza su cuerpo. Miden más o menos como nosotros, entre el metro sesenta y el metro ochenta de longitud— dijo conminando al Wyvern a seguirle—. ¡Avisadnos si los véis! ¡No deben andar muy lejos, una hembra tiene que estar pariendo!

Sin decir nada más, los dos rubios se sumergieron en las frías aguas y comenzaron la búsqueda. Con una mirada retadora, los dos gemelos siguieron el ejemplo.

Llevaban buceando un largo tiempo cuando los dos gemelos emergieron a la superficie.
—No veo nada— musitó Saga castañeteando los dientes—. ¿Dónde estarán Tethys y Radamanthys?
—Creo que están allí— respondió su hermano, señalando un punto a lo lejos, donde asomaban dos cabecitas rubias.
Nada más localizarlos, la nereida agitó los brazos en el aire para captar la atención de ambos y que acudieran donde estaban ellos.

Al llegar los delfines nadaban alrededor de ellos, mientras Radamanthys sujetaba a un delfín entre sus brazos.
—Necesito que me ayudéis a sacar a la cría— informó Tethys—, está mal posicionada en el canal del parto y la madre está agotada. Tenemos que sacarla lo antes posible, ¿entendido? Pero con cuidado, tirad con suavidad de la aleta caudal y cuando esté fuera, rompéis la placenta, para después subir al pequeño delfín a la superficie para que pueda respirar, ¿lo habéis entendido?

Los dos gemelos asintieron, sumergiéndose en el agua mientras Tethys se quedaba en superficie junto a Radamanthys, acariciando y calmando a la madre.

Bajo el agua, los hermanos se coordinaron para ayudar a salir al pequeño delfín, siguiendo las contracciones de la madre, hasta que finalmente salió, deshaciéndose rápidamente de la placenta. Kanon recogió al pequeño entre sus brazos y lo subió a la superficie, donde tomó aire por primera vez.
Nada más destaparse el espiráculo, el gemelo menor acercó la cría a la madre, quien recibió a su hijo con un chirrido de alegría.
—¡Excelente trabajo chicos!— exclamó emocionada la nereida, abrazando a los tres hombres—. Ya que hemos solucionado la urgencia, debemos regresar al reino para que comencéis el trabajo allí—dijo separándose de ellos.

Los guerreros se ruborizaron por la efusividad de la joven, mientras se sumergían de nuevo en las heladas aguas para regresar al reino.

Una vez allí, la joven nereida oteó por todos lados y pidió silencio llevándose el dedo índice a los labios.
—Como habéis sido buenos conmigo y habéis realizado la misión con éxito, podéis pedirme lo que queráis que yo os lo concederé— susurró, guiñándoles un ojo.

Los tres hombres se miraron y pidieron poder ducharse y cambiarse de ropa. La joven asintió con una risa.
—Está bien— dijo ella—, os llevaré a las duchas, pero tenéis que ser discretos y no hacer ruido, ¿vale? Este regalo va por mi cuenta, igual que la fruta que os entregué el otro día.

Como si estuvieran hipnotizados, siguieron las instrucciones de la joven, quien tomó de la mano a Saga y lo condujo hasta una parte del templo de Poseidón, reservada a las marinas.
La muchacha volvió a mirar por todos lados y percatándose de que no había nadie mirando, llevó consigo al gemelo mayor hasta una puerta y le indicó que entrara.

Ambos pasaron al interior del baño y la joven cerró la puerta tras de sí. Sobre un mueble se hallaban tres uniformes de soldados marinos, listos para ellos, a excepción de los cascos y protecciones que solían llevar.
—Ahí tienes la ropa para vestirte cuando te duches— susurró la joven, acercándose a Saga y deslizando la mano por el musculoso torso del gemelo mayor, quien tragó saliva. Antes de que pudiera decir nada, los labios de la nereida se posaron suavemente sobre los suyos. Al despegarse, Saga se quedó atónito por lo que acababa de suceder pero antes de que pudiera atrapar a la danesa, ésta se había ido del baño dejando tras de sí una risa.

Cuando el gemelo salió del baño ya vestido con los ropajes, indicó a su hermano Kanon que entrara.

Fue en busca de la nereida, ya que deseaba hablar con ella respecto a aquel inesperado beso que le había plantado sin avisar.
—¿Dónde estás pequeña?— preguntó ávido de la danesa. Sin embargo, tras casi media hora de búsqueda por el reino, la muchacha no daba señales de vida.

Por el contrario se topó con su hermano Kanon, quien merodeaba nervioso por los alrededores.
—¿Qué haces?— preguntó Saga—. ¿Radamanthys se ha duchado ya?— preguntó a su gemelo. Éste dio un respingo al encontrarse con su hermano.
—Está en ello…oye…¿sabes dónde está Tethys?— preguntó inquieto—. Cuando salí no estaba…

Saga miró a su hermano y percibió su estado alterado.
—Yo también la estoy buscando, así que si la ves, dile que quiero hablar con ella— respondió.
—¿Tú?— preguntó de nuevo Kanon sorprendido—. ¿Para qué la quieres? Pues tendrás que esperar que lo mío es más importante— contestó visiblemente molesto.

Su hermano esbozó una sonrisa maligna y comenzó a reírse.
—¿Más importante lo tuyo que lo mío?— y volvió a echarse a reír—. No me vaciles…lo mío es mucho más importante porque me besó. A ti no te tocaría ni con un palo, así que…
—¡¿Cómo que te besó a ti también?!— exclamó Kanon rabioso—.¡De eso nada! ¡Me besó a mí! ¡Estás mintiendo para darme celos porque sabes que me gusta desde hace tiempo!
Saga abrió los ojos como platos y agarró a su hermano de la camiseta.
—El que está flipando aquí eres tú, sé perfectamente lo que hizo y me ha escogido a mí. Así que ahora te jodes y te aguantas, no haberla puteado cuando fuiste general marino.
Kanon se deshizo del agarre de su hermano y gruñó entre dientes.
—Pues tanto no la he puteado cuando se lanzó contra mí y me besó en la boca. ¡Y con lengua!

Antes de que la discusión fuera a mayores, Radamanthys apareció caminando hacia ellos con el rostro completamente colorado.
—Oye Repetidos, ¿habéis visto a Tethys? Llevo un rato buscándola y…
—¡No, no la hemos visto y también la andamos buscando!— exclamaron a la vez los dos gemelos furiosos.
—¿Por qué estás colorado?— preguntó Kanon al percibir el rubor en las mejillas del Wyvern.
—Bueno— respondió el juez del Inframundo—, cuando iba a ducharme ella apareció y tras decirme que tenía la ropa que debía ponerme, trató de darme un beso. Pero soy hombre de una sola mujer así que giré la cabeza y me lo dio en la mejilla.

—¿¡QUE A TI TAMBIÉN TE HA BESADO!?— gritaron los gemelos estupefactos.

Este hecho desencajó al Wyvern por completo y alzó las manos.
—Me lleva mosqueando la actitud de ella durante todo el día— dijo tratando de apaciguar a los gemelos, quienes le miraban con profundo odio y estaban preparándose para saltar sobre él—. No me cuadra su comportamiento con…

—Buenas chicos, ¿qué tal el día?— saludó la voz de la muchacha, quien apareció ante ellos con un peine de Venus entre sus manos.

—¡Tethys!— exclamó Kanon —. ¿Dónde te habías metido? ¡Explícanos ahora por qué…!
—Espera un momento— pidió el Wyvern, al ver la cara de susto de la nereida cuando vio los gestos ofuscados de los gemelos.

La danesa miró a los tres guerreros y señaló el techo acuático.
—Pues…vengo de hacer una misión. ¿A qué viene ese cabreo conmigo?— preguntó la muchacha, agarrando la espinosa concha.

—¿Eso que llevas ahí no es un peine de Venus?— preguntó el inglés, señalando la caracola.

La nereida asintió con una suave sonrisa y se la mostró a Radamanthys.
—La vi en la playa cuando iba a regresar y me la traje, ¿a que es muy bonita?— exclamó la muchacha.
—¡Pero contesta a lo que te he preguntado!— gritó de nuevo Kanon a la muchacha, poniéndose más nervioso. Saga cogió a su hermano del hombro, con la cara desencajada.

—Muy bonita, cierto— respondió el juez del Inframundo—. A Pandora le traje una igual, cuando estuve realizando una misión…en la India.

Los dos gemelos se miraron confundidos. El Wyvern se acercó a Tethys y alargó la mano "¿Me permites?", preguntó pidiéndole la caracola. La danesa se la tendió, aún sin saber qué estaba pasando.

El Wyvern regresó ante los gemelos y blandió la caracola delante de sus caras.
—El peine de Venus sólo se halla en aguas del océano Pácifico e Índico.

Saga se llevó una mano a la boca y tragó saliva, pero Kanon permanecía iracundo.
—¿Y qué me quieres decir con eso Unicejo? ¿Quieres que te de un souvenir de mi parte, en forma de golpe?— gritó, mientras su hermano le sujetaba, tratando de calmarle.
—¿Es que no te enteras, idiota?— exclamó a su vez el Wyvern—. ¡Tethys no ha estado con nosotros! ¿Verdad que no, pequeña?

La nereida agitó la cabeza negativamente.
—Yo he estado toda la jornada con Krishna en el océano Índico, ayudándole con unos asuntos— dijo la joven—. Podéis preguntarle a él si no me creéis.

Kanon empalideció súbitamente y comenzó a respirar agitadamente.
—¿Quién ha estado con nosotros entonces mientras ayudábamos a la madre delfín con su cría?— preguntó Saga con un hilo de voz.
Aún jadeando por el ataque de pánico que estaba sufriendo, el gemelo menor no quería nombrar al candidato de aquella suplantación y comenzó a sentir náuseas. Por su parte Saga exclamó un "¡Qué puto asco!" mientras se pasaba las manos por los labios, tratando de limpiarse el recuerdo de aquel beso.

Radamanthys devolvió la caracola a su dueña y pidió disculpas por el malentendido.
—¿Pero qué ha pasado exactamente? ¿Tan mal lo habéis pasado con Kaça?— preguntó la nereida preocupada por el estado de Kanon.

Al escuchar aquel nombre, los dos gemelos rugieron un insulto al unísono, proclamando una cruel venganza sobre los huesos del general de Lymnades.
Cruzándose de brazos, el juez del Inframundo no hizo ningún ademán por frenar a los hermanos.
—Tú también deberías estar enfadada con Kaça, al fin y al cabo suplantó tu identidad para hacer cosas…bueno…poco propias de ti— informó el Wyvern, caminando hacia el interior del templo de Poseidón—. Será mejor que vaya a informar a tu señor de esto, antes de que ocurra una desgracia.

El rostro de la nereida, usualmente dulce y apacible se tornó iracundo.
—¿Qué demonios habrá hecho Kaça? ¡Chicos!— gritó la muchacha corriendo en la dirección por la que se fueron los gemelos—. ¡Esperadme!

Al entrar en el templo de Poseidón, Radamanthys se acercó al trono y realizó una reverencia ante el dios.
—¿Y tus compañeros?— preguntó—. ¿Dónde están?
—Buscando a Kaça de Lymnades, mi señor. Es una larga y desagradable historia— respondió el Wyvern.

De entre las sombras surgió una sombra y se presentó ante el juez.
—Eres el único que no sucumbió ante mis encantos— dijo Kaça con una desagradable risa—. Pero me he divertido mucho con vosotros.
Poseidón alzó una ceja y miró de soslayo a su general.
—Al menos habéis conseguido que la misión saliera con éxito, aparte de que ya me ha contado que habéis colaborado los tres en perfecta armonía— declaró el dios, jugueteando con la cinta de su tridente—. Eso es bueno, así que esta noche os daré una buena cena.
Radamanthys carraspeó un "gracias, mi señor" y lanzó una mirada desaprobatoria hacia el general del Antártico, quien seguía riéndose entre dientes.

De repente, se escuchó un ruido de pasos y entraron los dos gemelos junto a la nereida en el templo.
—¡Ahí estás, cacho mierda!— exclamó Kanon señalando al general—.¡Me las vas a pagar todas juntas!

Pero antes de que pudieran seguir avanzando, un soldado de Poseidón apareció tras ellos, adelantándose.
—¡Mi señor!¡Noticias del Santuario!— exclamó el hombre, entregándole un sobre al dios. Éste lo recogió entre sus dedos y retiró el sello de lacre.

—Vaya— musitó el Poseidón, esbozando una sonrisa mientras leía la misiva—. Tengo buenas noticias para vosotros— dijo dirigiéndose a los tres guerreros.