Disclaimer: Hetalia no me pertenece es obra de Himayura-sensei.

Advertencias: semi-nyotalia y alguna que otra pareja crack. UK en su versión original y nyotalia.

Gun in the heart.

Bala I.

Era totalmente normal sentir miedo en presencia de Iván Braginski, el aspecto del joven era ya de por sí, muy imponente. Era alto, altísimo. Tenía el cabello rubio muy claro, algo grisáceo, sus ojos eran violetas y tenían un brillo muy extraño. Siempre llevaba en la cara una sonrisa infantil, tanto, que era hasta cierto punto tétrica. Y, a pesar de tener una nariz un tanto grande, era bastante atractivo.

Por eso mismo el pobre ayudante de su medio hermano le miraba asustado. A Iván le encantaban esas situaciones. El menudo y huesudo ayudante tembló cuando Iván apoyó las manos en la mesa y lo miró con su típica sonrisa infantil. El hombrecillo se levantó tartamudeando algo sobre de que iría a avisar al señor Arlovski. Pasado unos minutos el ayudante le comunicó que podía pasar. Cuando Iván desapareció por el pasillo el empleado suspiró aliviado.

Para ser sinceros, a Iván le asustaba un poco la idea de pedirle algo a su medio hermano, es más, aunque fuese más pequeño que él, Vladimir Arlovski era la única persona por la que sentía cierto temor. Su hermano era amenazante por tener una cara bastante inexpresiva y fría como el hielo, pero esa no era la razón de su pequeño miedo... la razón de su temor era totalmente distinta, Vladimir estuvo obsesionado por él unos años y le acosaba a todas horas. Lo único bueno era que esa mal sana obsesión parecía haber desaparecido.

Entró sin llamar al pequeño despacho de Vladimir. Su hermano era un poco más bajo que él, tenía los ojos azules oscuros y su pelo, de un rubio platino casi blanco, era algo largo. A pesar de no parecerse demasiado ambos atraían a las mujeres bastante, ya fuese por unas cosas u otras. El menor alzó la mirada y en sus frío rostro se apreció durante un segundo un brillo de admiración que puso algo nervioso al mayor.

—Tenemos trabajo, Vlad —comentó mirándolo desde la puerta—. Después de conseguir los pasaportes nos vamos a Estados Unidos, vete preparando.

Vladimir asintió levemente e Iván se dio la vuelta para abandonar la sala, aun así, antes de irse le dijo a su hermano:

—En cinco minutos te quiero en ver en el centro de cautivos, iremos por nuestra carta del triunfo.

Tras decir esto dejó la sala con tranquilidad.


Al día siguiente de la muerte de Marilyn el revuelo era aún mayor. La mayoría de los establecimientos en diversas partes de Estados Unidos habían cerrado por falta de clientela, el Mirage no era una excepción.

A pesar de estar cerrado la dueña y el cocinero se encontraban en su lugar de trabajo aprovechando para limpiar e intentar reparar la gramola para no gastar dinero de más en otra que a la larga les resultaría peor. Toris era el encargado de arreglar el aparato musical e Isabel estaba terminando de limpiar las ventanas por dentro.

La radio sintonizaba un dial musical que emitía un maratón de música jazz. Isabel y Toris parecían bastante relajados y el ambiente que se respiraba era agradable.

La jefa dejó de limpiar al notar que llamaban a la puerta, levantó levemente la persiana y vio a una Emily con cara de pocos amigos. Abrió la puerta para dejar pasar a la rubia, que entró lo más rápido que pudo. Toris e Isabel la miraron expectantes durante unos segundos y antes de que Emily abriera la boca para explicar la razón de su enfado tres personas entraron aprovechando que Isabel no había cerrado la puerta del todo.

—¡Dejad de seguirme! —gritó Emily—. ¡No necesito escolta, me valgo yo sola para protegerme!

Entonces Isabel y Toris comprendieron la situación, la dueña aprovechó para cerrar la puerta de nuevo y se sentó mirando a los individuos —o al menos la espalda se estos— que supuso que habían contratado para proteger a Emily, tanto de los posibles peligros como de los ciudadanos curiosos, por culpa de la muerte de la sex symbol del momento. Toris, que podía verles perfectamente la cara aprovechó para analizarlos detenidamente mientras uno de ellos discutía con Emily. Los tres eran rubios y uno de ellos, mujer.

La chica parecía la más joven, su cabello rubio era largo y estaba recogido en dos coletas, sus ojos eran verdes y portaba unas gafas color rojo. Además, a pesar de parecer muy joven debido a su cuerpo menudo y de escasas curvas, su cara seria y madura demostraba lo contrario. Llevaba un traje de falda y corbata color verde oscuro.

El que parecía mayor también era el más alto. Su pelo rubio, ligeramente ondulado, era largo y estaba recogido en una pequeña coleta, sus ojos eran azules y tenía un inicio de barba en el mentón, dándole un toque seductor. Estaba trajeado, el traje, el chaleco y la corbata eran negras y la camisa de color azul prusiano.

Por último, el que discutía con Emily se parecía muchísimo a la chica. Tenía el pelo algo desordenado y un poco largo, pero mucho menos que el otro, sus ojos eran verdes claros y lo que realmente resaltaba de su aspecto eran sus grandes cejas. El traje de este era también negro, pero no llevaba chaleco, la corbata era verde oscura y la camisa de un blanco inmaculado.

—Arthur tiene razón, Emily —reprochó con acento británico Alice Kirkland, la rubia y hermana pequeña del mencionado—. Has sido muy irresponsable al intentar despistarnos.

Emily la miró indignada, con ganas de asesinar tanto a Arthur como a Alice Kirkland.

—Ya, ya, ma chérie Alícia —comentó divertido Francis Bonnefoy con su marcado acento francés—. Tampoco ha sido para tanto.

Isabel se levantó de repente de la silla provocando que esta cayera al suelo y causara un ruido seco que hizo que los presentes la mirasen.

—¿Fran? —preguntó sin poder creérselo—. ¿Francis Bonnefoy?

El aludido también parecía sorprendido.

—¿Isa? ¿Isabel Fernández Carriedo? —dijo acercándose un poco, los apellidos de Isabel sonaban graciosos al pronunciarse con acento francés.

Los presentes quedaron muy confusos, creyendo que esos dos empezarían a pelear sin saber bien el motivo, aunque Alice y Arthur sospechaban de que si llegaban a pelearse sería por culpa de su pervertido compañero francés. Para sorpresa de todos Francis e Isabel se abrazaron dando pequeños saltitos, el rubio aprovechó para meterle malo a Isabel, cosa que los demás notaron pero que la implicada pareció no notar.

—¿Os... conocéis? —consiguió articular Emily.

Dejaron de saltar y rompieron el abrazo.

—¡Pues claro! Isabel y yo trabajamos juntos hace unos años.

A pesar de que la confusión creció notablemente dejaron el tema de lado y volvieron al tema principal, la razón por la que Emily estaba huyendo de ellos.

Los seis presentes se sentaron al rededor de una mesa del local. Toris e Isabel sirvieron café para todos menos para los hermanos Kirkland, que preferían beber té. Después de unos minutos de silencio Arthur decidió hablar:

—Veréis, Alice, Francis y yo somos agentes de la Interpol —empezó con tono serio—. Nos han asignado la tarea de proteger a Emily.

Toris los miró extrañados.

—¿Y por qué no asignan a agentes de la CIA o el FBI? —preguntó.

Arthur sonrió con ironía unos segundos y se pasó una mano por el pelo. Dudaba si contárselo o no a dos civiles. Francis notó su contradicción y decidió que él mismo diría el motivo, pues sabía que tanto Isabel como Toris eran confiables... bueno en realidad no conocía a Toris, pero si Isabel le había contratado sería alguien de fiar.

—Porque están demasiado ocupados intentando detectar espías de la URSS.


Tal y como Iván había pedido, Vladimir se encontró con él en el centro de cautivos. Su hermano estaba esperándolo en la puerta con una oscura sonrisa infantil. Eso solo podía significar que iban a torturar a alguien, seguramente a su presa favorita, Julchen Beilschmidt, una joven de la RDA que se dedicaba a sacar a personas del bloque comunista hacia el bloque consumista.

Iván le hizo una señal al menor y ambos pasaron dentro del edificio, por el camino varias personas los saludaron algo temerosos. Tras varios minutos de pasillos y celdas llegaron a su destino, una celda bastante apartada del resto. La celda en cuestión era bastante pequeña, oscura y húmeda, fría en invierno y en verano al mínimo indicio de calor, la humedad y la temperatura hacía insoportable la estancia.

Una joven de largos cabellos albinos miró a los recién llegados con odio nada disimulado. Si toda la suciedad, heridas y hematomas desapareciesen de su cuerpo, se notaría que era bastante hermosa a pesar de la cicatriz en forma de cruz que le surcaba una de sus mejillas. Sus ojos carmesí brillaban con arrogancia, odio y sarcasmo, dando a entender que no temía a ninguno de los dos llegados y que los despreciaba.

Iván mantuvo su sonrisa infantil mientras miraba a su víctima favorita, Julchen, con un brillo un tanto sádico en los ojos, a su lado Vladimir la observaba con cierto odio por acaparar la atención de su querido hermano. Sin cortar el contacto visual, el ruso abrió la puerta de la celda y se acercó lentamente a Julchen. Cuando llegó a su lado la agarró del pelo sin delicadeza alguna y la levantó de forma limpia hasta que quedaron cara a cara. Julchen contuvo una mueca de dolor por estar suspendida en el aire a costa de su pelo.

—Mi querido conejito blanco... tengo un trabajo para ti. Es un trabajo muy importante, así que si te resistes o no lo haces bien te cortaré los dedos uno a uno, da?

Ella sólo emitió un gemido, esbozando una mueca de asco y desprecio, no dijo nada, se quedó callada mirando con fijeza a Iván y apretando los labios para contener los gritos de dolor... sentía pinchazos en la cabeza, como si en cualquier momento todo su cuero cabelludo fuera a desprenderse. El dolor se calmó cuando Iván la soltó y calló al suelo de forma aparatosa. Julchen susurró un "vete a la mierda" en alemán, Iván consiguió escucharlo.

—Veo que así no lograré hacerte hablar... —comentó el gigante ruso, fingiendo desasosiego—. Habrá que buscar otro método. Vlad, trae a uno de esos niños a los que nuestra conejita intentó sacar del país, a ver si así se digna a responder.

Antes de que el menor de los hermanos soviéticos pudiera salir de la celda, la chica emitió una maldición con la voz ronca.

—¿Qué es lo que quieres que haga? —preguntó midiendo la tonalidad de su voz.

Iván sonrió de forma infantil, dio media vuelta y se encaminó a la salida. Vladimir comprendió el gesto y se acercó a Julchen, mirándola con asco. La cogió de mala manera, pues sabía muy bien que ella no se podía ni tener en pié. Y así los tres salieron de la prisión.


Ya había pasado un buen rato desde que Emily y Toris se habían marchado a sus casas. Alice y Arthur también lo habían hecho, asegurándose de que Emily no volviera a escaparse de ellos. Pero Isabel y Francis seguían en el Mirage. Ambos estaban en la trastienda de la cafetería, fuera de los posibles ojos curiosos que pudieran espiar a través de las persianas, preguntándose si el local abriría el día siguiente.

El café había sido sustituido por una botella de vino que la española guardaba para las ocasiones especiales y a pesar se que se había reencontrado con uno de sus mejores amigos, esa situación no tenía nada de especial. Era algo trágico, en realidad.

Cuando Francis anunció que se quedaría a acompañar a Isabel para ayudarla a terminar de limpiar y que después la acompañaría a casa, Arthur protestó. Al final el francés le convenció de que no podía dejar que Isabel volviese sola a casa por la noche, alegando que podría ser victima de alguna agresión. Algo falso en realidad, porque Francis era consciente de que Isabel podría darle una paliza a cualquiera... incluyéndose a él mismo.

Ahora todo el buen humor que le habían mostrado a los demás no estaba. Era una de esas extrañas ocasiones en las que la seriedad reinaba con ellos presentes.

—¿Has vuelto a saber algo de Julchen? —preguntó la mujer, preocupada—. Desde que sacamos a la familia Klausen de la RDA... no he tenido noticia de ella.

Francis negó, consciente de lo delicado de la situación. Después de la extraña desaparición de la alemana, él había sido el que obligó a Isabel a dejar de colaborar con la Interpol, sacando a la gente de la RDA. No quería que la española desapareciese del mapa también.

—Ni siquiera los informantes han descubierto algo... a pesar de que ya han pasado dos años sigo con la investigación, pero el jefe insiste en que lo haga en secreto. Ni Arthur ni Alice sabe quién es Julchen, tampoco te conocen a ti. Toda referencia a vosotras a sido eliminada del historial.

Isabel cerró los ojos mientras procesaba la información. Después dio un sorbo de vino.

—¿Y mi hermano?

—Antonio sigue colaborando con nosotros, gracias al cielo nadie cercano a Franco se ha dado cuenta de que ayuda a las personas a escapar a Francia —Francis sonrió de forma ladeada—. No se sospecha tan fácilmente de un Guardia Civil, Isabel. Tu hermano está a salvo y es muy cuidadoso.

Isabel asintió, confiaba plenamente en Francis. El francés sonrió de manera tranquilizadora y se terminó la copa. Antes de que alguno hablara, el teléfono sonó. La dueña del local se levantó y fue a cogerlo.

La persona al otro lado del aparato pronunció un saludo. Isabel abrió los ojos de la sorpresa.

—¿Jul-Julchen? —preguntó con un hilo de voz, Francis se levantó de la silla sorprendido y se acercó al teléfono con rapidez.


—¡Sois un coñazo! —gritó Emily lanzando un zapato hacia Arthur.

El agente gruñó mientras se frotaba la nariz adolorida. Alice reprimió un sonrisa.

—¡Y tú una malcriada, Jones!

Ese fue el panorama que Bonnefoy se encontró al abrir la puesta de la casa de la familia Jones, o al menos el piso de protección que los habían asignado. Rió con ganas y se acercó a Alice, pidiéndole una explicación.

—Arthur la ha llamado amante de la comida basura —aclaró un tanto divertida.

Tendría que hablar con Arthur y Alice en privado, encontrar un momento para hacerlo. Porque sería el último momento de paz antes de la tormenta.


Siento mucho la tardanza, las pocas apariciones de Emily y que Isabel y Francis hayan tenido más protagonismos, ¡pero tiene se explicación!

¡Nos vemos en el próximo capítulo!