Disclaimer: Hetalia no me pertenece es obra de Himayura-sensei.

Advertencias: semi-nyotalia y alguna que otra pareja crack. UK en su versión original y nyotalia.

Gun in the heart.

Bala II.

Después de que Emily conociera a los tres agentes de la Interpol, su día a día cambió. No veía a su padre desde la muerte de Marilyn, es más, no había vuelto a pisar por su casa. Tenía claro que el piso de protección tendría que convertirse en su nuevo hogar por el momento. ¿Sinceramente? No le había importado mucho el cambio. Era más divertido que vivir sola en una casa enorme.

La relación con los policías ya había mejorado bastante, hasta podría decirse que se había compinchado con Francis para hacer locuras, le había cogido cariño al idiota de Arthur y era agradable tener a Alice cerca. En dos semanas solamente ya los veía como los hermanos que nunca tuvo, alguien que no fuese ni Toris ni su primo Matthew a quien contarle sus problemas. Y a pesar de que Isabel no era tan mayor, era como la madre a la que nunca conoció. Irónico, Francis y Arthur eran mayores que la española.

La hora de la comida en el piso era un caos total, los hermanos británicos cocinaban espantosamente y Francis, que el único que hacía platos deliciosos, prefería pasarse todos los días el almuerzo en el Mirage, por lo que los de habla inglesa se veían obligados a comer el la cafetería de Isabel. Las cenas ya eran otra historia, puesto que Francis mostraba sus grandes dotes culinarias. Emily no se quejaba para nada, estaba empezando a adorar esa rutina.

Le encantaba ver cómo Toris e Isabel se relacionaban con sus nuevos guardaespaldas. Su mejor amigo tenía entretenidas conversaciones con la seria británica, aprendía recetas del pervertido francés y ayudaba al inglés cejón a que su instinto asesino no se hiciera presente. Por otra parte Isabel molestaba a Arthur a menudo, le estiraba los mofletes a Alice alegando que era una monada y parecía una niña traviesa que planeaba jugarretas cuando estaba con Francis.

Otra de las rutinas que habían adquirido era espiar a Isabel y a Francis cuando estos se iban a hablar en privado. Al principio eran dos, ella y un obligado Toris, al que no le hacía mucha gracia espiar a su jefa. Al rato se les unió Alice, negando que fuesen los celos los que motivaban su participación. Arthur los solía regañar, pero con el paso del tiempo al más serio también le entró curiosidad por saber qué era tan importante.

Varias veces había ido de compras con Alice, alegando que no podía ir sola y que sólo ella podía acompañarla, dado que Arthur se quejaba con mucha frecuencia y Francis era demasiado pervertido para acompañar a una chica en su odisea por las tiendas de ropa. Lo que Alice no sabía era que en realidad Emily la usaba como una muñeca, probándola todo tipo de prendas con la escusa de que necesitaba ropa más informal para no llamar la atención. Una chica tan joven con traje era algo llamativo.

Claro que extrañaba a su padre, o que deseaba que su primo viniese de Canadá. Necesitaba algo de cariño de su familia de sangre a pesar de que no quisiera admitirlo. Aunque la nostalgia se acababa cuando Alice le daba clases de: "cómo ser un buen agente de la ley, versión para hiperactivos" o cuando Francis y ella misma intentaban que la inglesa le hiciera más caso al francés.

Definitivamente Emily estaba empezando a amar su nuevo estilo de vida.

Sólo había un pequeño problema, los dos intentos de asesinato hacia su persona. Obviamente los culpables habían sido detenidos. Al primero lo detuvo Arthur, después de correr tres manzanas en una persecución en la que el criminal no había salido muy bien parado. Y el segundo lo había atrapado ella misma con una contundente patada en los genitales, después de eso Francis estuvo riéndose dos días.

A pesar de los dos atentados contra su persona Emily sabía que era feliz y que recordaría esos días con gran cariño.


Iván cada vez tenía menos paciencia a pesar de que pronto viajarían a Estados Unidos. Julchen les había asegurado que para sacar a alguien del país se necesitaban meses y que era un milagro que les fuesen a dar los pasaportes en tan sólo unas semanas. Tendrían los pasaportes esa misma tarde, pero las dos semanas de espera se hicieron eternas.

Lo único que el ruso quería era terminar de una vez con su misión y regresar a la URSS de inmediato. Ni siquiera quería llegar a pisar suelo estadounidense pero el deber iba primero. Como agente de la KGB, no podía vacilar en su trabajo. Era inadmisible.

Él se tomaba su trabajo muy enserio, los valores que le habían inculcado. Por eso la gente como Daniel Héderváry le enfermaba, gente que había deshonrado a la KGB... cuando recordaba al húngaro la sangre le hervía. En realidad la razón por la cual a Iván le encantaba torturar a Julchen no era por toda esa gente que había escapado gracias su ayuda, sino su relación con Daniel. Eso era lo que más le molestaba.

Dejó de lado los recuerdos y se concentró en terminar de preparar la misión. Saldrían al día siguiente y tenía que estar todo listo. Al principio su hermanastro se quejó de que Julchen fuera con ellos, pues creía que nada pisar tierra norteamericana se rebelase y los delatara, pero Iván sólo sonrió. Ya tenía planeado algo para que la albina no los traicionara... porque si lo hacía los niños de la prisión terminarán muertos.

Siguió planeando, buscando la manera más eficiente de terminar con el encargo y poniendo todo su esfuerzo en ello. Aun así, todavía no entendía cómo la muerte de una chiquilla, que sólo era dos años más joven que él, podría ser la carta del triunfo. Por muy hija de político que fuese, con veintidós(*) años la chica era una mujer más en el mundo, no muy conocida para los medios.

Nunca lo entendería, pero acataría las ordenes sin dudarlos.

Escuchó que llamaban a su puerta y tras unos segundos respondió un "adelante". La puerta se abrió y una joven de cabello corto y grandes pechos entró. Yekaterina, su querida hermana mayor.

—Vanya —lo llamó, con voz suave y calmada—. ¿Es realmente necesario que mates a esa chiquilla?

Iván miró a su hermana y asintió. La única razón por la que había entrado en la KGB al principio no fue por el honor familiar, sino para proteger a Yekaterina de los pretendientes interesados. Ellos sólo la haría llorar y, como su hermano menor, debía evitar que la rompiesen el corazón, pues la joven era muy frágil y tendía a llorar con facilidad. En esos instantes, ella ya había soltado un par de lágrimas.

—Es una niña a la que todavía le queda mucho por vivir —dijo, mientras se secaba los ojos con el dorso de la mano—. ¿Por qué tiene que morir? Ella seguramente no ha hecho nada malo.

Iván cambió su tétrica sonrisa infantil por una pequeña sonrisa más verdadera. Se levantó y le revolvió el pelo a Yekaterina.

—Lo siento, сестра, pero es mi obligación —respondió con un tono calmado—. No puedo fallarle a mi patria.

Iván le dio un beso en la coronilla a su hermana y salió de su despacho. Yekaterina quedó sola y empezó a llorar de nuevo. Odiaba que su hermano se manchase las manos con la sangre, ya fuera inocente o no.

—Aveces servir a la patria no es la correcto, mi pequeño Iván —Yekaterina se llevó una mano al corazón, deseando con todas sus fuerzas que su hermano no siguiera asesinando en nombre de una bandera manchada de sangre.


Ese día Francis e Isabel no fueron los únicos que se comportaron de forma extraña, los rubios británicos se sumaron a la nueva tendencia de preocupación que se respiraba en el ambiente. Toris y ella se preguntaban la razón.

Y hablando de sus guardaespaldas, Francis se encontraba desaparecido y los hermanos Kirkland hablando de una forma relativamente tranquilos, sentados en el sofá del piso de protección.

Emily miró atentamente a Arthur y a Alice pensando en lo parecidos que eran. Si Alice no tuviera veintitrés y su hermano fuera tres años mayor, la gente pensaría que eran gemelos o mellizos. Luego pensó que la chica que saliera con el mayor de los Kirkland sería afortunada a pesar de tener que aguantar su mal humor y su pésimo talento culinario.

Sí, había contemplado la posibilidad de tener al rubio como novio, pero luego llegó a la conclusión de que no funcionaría y descartó la idea tan rápido como le había surgido. Ella no había tenido suerte en el amor, a pesar de considerarse una persona enamoradiza.

Sus "escasas" relaciones amorosas no habían resultado nada buenas. En algunas quedó con el corazón roto y en otras se decepcionó. Aún recordaba la patada en los genitales que había recibido su último ex-novio por parte de Isabel, cuando ambas lo descubrieron besando a una chica en el Mirage, después de semejante patada, la española la invitó a una gran copa de helado de chocolate y a una hamburguesa y Toris pasó el resto de la tarde consolándola.

No hace falta decir que su ex no volvió a pisar por esa cafetería.

En esos momentos buscaba a un chico que se pareciese a Toris, a alguien con quien poder hablar de todo, sin discutir demasiado. Lo que Emily no sabía, era que eso se alejaba totalmente de la realidad.


Vladimir frunció el ceño una vez más. Para que Iván no la tocase y la volviera ha herir, Julchen había quedado a su cuidado. Maldijo su suerte mentalmente, sin cambiar la expresión fría de su cara. La alemana sólo era una carga, una molestia del bando de los capitalistas.

La odiaba.

Pero, al contrario de lo que la gente pudiera pensar, no la odiaba por ser él agente de la KGB y ella una simple delincuente. Ella robaba parte de la atención de su hermano. Eso era imperdonable. Iván no podía estar tan pendiente de una estúpida traidora.

Además, Iván sabía controlarse cuando la situación lo requería, pero siendo Julchen su juguete favorito, sus superiores no quisieron arriesgarse y la pusieron al cuidado de Vladimir, el serio. Sin embargo, el bielorruso también era peligroso y eso era algo que tuvieron en cuenta, pidiendo a Yekaterina que también cuidase de la albina.

De todas formas, no se fiaba de ella, ¿quién decía que no iba a delatarlos? Dudaba de que el tener amenazado a los niños de la prisión consiguieran callarla. Tuvieron que hacer malabares para controlar la llamada de teléfono a su contacto en Estados Unidos. Se negaba a confiar en su silencio.

Él no iba a descuidarse, estaría atento y protegería a su hermano y a su misión. Una estúpida rebelde no iba a hacer que todo se arruinara.

Ante esa situación, Julchen no estaba nada cómoda: ambos eran hermanos del ruso maniático. A lo mejor Yekaterina no era mala persona, pero mantenía sus dudas con respecto con Vladimir. Él era alguien impredecible y la odiaba. Ella sabía que la odiaba.

Por eso mismo, tanto Vladimir como Julchen deseaban partir de viaje cuanto antes, para no tener que aguantarse el uno al otro y que la sangre no llegase al río. Con Iván de por medio no se matarían entre ellos, el bielorruso para no decepcionar a su hermano y la alemana porque estaría ella sola con los dos soviéticos.


Lo que ni Iván ni Emily sabían era que a partir de ese día sus vidas cambiarían de forma drástica —comentó la anciana, de forma jovial—. Para serte sincera, ninguno lo sabía y eso, queridos míos, es algo que tenéis que tener por seguro.

La mujer se sentó de manera elegante, delante de los reporteros. Nunca se esperó tener delante de su puerta a dos jóvenes estudiantes de periodismos, interesados en una historia de más de cincuenta años. Se habían presentado en su casa, alegando que para su trabajo de fin de carrera querían escuchar la historia de la extraña desaparición de Emily F. Jones e Iván Braginski y que las pistas los habían llevado hasta ella, que fue amiga de ambos. Enternecida y sabiendo que sus amigos estaban fuera de peligro, accedió a contarles la historia.

¿Y qué paso cuando Iván y Emily se encontraron? —preguntó una de los dos jóvenes.

La anciana sonrió.

Eso, queridos, os lo contaré el próximo día. Es tarde y mi marido y mis nietos están apunto de llegar para la cena.

Omake I: "Sueño hecho realidad"

Una Alice de diecinueve años se alisó la falda de su traje con las manos. Estaba nerviosa, mucho, había pasado una entrevista muy importante y necesitaba conocer los resultados. A decir verdad no había muchas mujeres en la Interpol o la policía, pero ese era su sueño y quería trabajar codo a codo con su hermano, justo del mismo modo que cuando eran pequeños y resolvían "grandes misterios" juntos.

Y hablando de Arthur, el ya había conseguido entrar un año antes.

Cerró los ojos intentando serenarse, necesitaba parecer tranquila. Controló su respiración y pensó en té y scones. De repente sintió una respiración cerca de su cara, por lo que abrió los ojos con rapidez. A unos pocos centímetros de su rostro encontró a un joven rubio de ojos azules. Contuvo los impulsos de soltarle un golpe.

—¿Alice Kirkland? —preguntó él, con un marcado acento francés. Ella asintió—. Mi nombre es Francis Bonnefoy, el responsable de seleccionar nuevos agentes. Felicidades, ha sido aceptada.

La rubia inglesa soltó todo el aire de golpe, sintiendo como la emoción recorría sus venas. Unos pasos apresurados la sacaron de su mundo.

—¡Diablos! ¡Aléjate de mi hermana, maldita rana pervertida!


Lamento la tardanza, la Universidad me consume demasiado.

Como veis los hilos comienzan a moverse y, en el próximo capítulo, sucederá el encuentro entre nuestro ruso y nuestra americana favoritos.

La idea de los omakes se la debo a mi hermana, Mademoiselle Noir y en ellos se irá mostrando el pasado de algunos personajes de forma corta. El primero es de la menor de los Kirkland, espero que les haya gustado. Y lo que está antes de los omakes es algo que tenía planeado poner en el siguiente.

Aclararé que la historia en sí la cuenta uno de los personajes, en el futuro. Poco a poco iré revelando más información.

*Veintidós años: en el prólogo se dice que Emily tiene unos veinte años, pero en este capítulo se aclara cuantos tiene exactamente.