El sabor del amor

Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.

Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.

Rangos de edad: Kagome – 20, Sango – 22, Miroku – 25, Inuyasha – 26

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El rey en persona, Inuyasha

Tras un movido pero, según Kagome, corto viaje, el avión aterrizó en el aeropuerto de Hong Kong, el piloto dijo sus bien ensayadas frases sobre la temperatura en Hong Kong, que esperaba que hubieran disfrutado del vuelo y las demás cosas que tenía que decir el piloto. Kagome parpadeó un par de veces, despertándose de su corta siesta, las lágrimas ya se habían secado y habían desaparecido. Se levantó, sacó su bolso de viaje del compartimento superior y salió del avión, siguiendo una fila de a uno.

En cuanto Kagome salió del avión, sacó su móvil y se encontró con que no tenía cobertura. Frunció el ceño mientras se dirigía hacia un teléfono público y metía una moneda en la ranura, luego marcó apresuradamente el teléfono de Sango.

Su mejor amiga descolgó tras un solo tono.

—¿Hola?

—Sango-chan —dijo Kagome en tono exhausto.

—¿Cuándo aterrizaste? —preguntó Sango urgentemente, esperando saber cuánto tiempo iba a esperar Kagome en el aeropuerto.

—Ahora mismo, conseguí localizar un teléfono público y ahora tengo que pasar por las aduanas y demás antes de salir del aeropuerto.

—Bien, estaremos ahí en media hora. Si me necesitas, llama al móvil de Miroku, tienes su número, ¿verdad?

—Sí, está guardado en mi móvil… oh, por cierto, mi móvil no tiene cobertura.

—Vale… ¿cuánto tiempo te vas a quedar aquí?

Mucho tiempo —murmuró Kagome, rascándose la cabeza, sintiendo que se acercaba una lejana migraña.

—Entonces tendremos que cambiarte de operador a uno chino para que tu teléfono pueda funcionar. Pero eso después, ya vamos ahora, ¿vale?

—Gracias —susurró Kagome y colgó. Se dio la vuelta y empezó a caminar por el aeropuerto, preguntándose cómo estaba Japón en ese momento pero sin arrepentirse por haberse marchado.

Kagome no iba, nunca, nunca, no en su vida, a volver a cederle su vida a una cosa híbrida de sapo y jerbo como el tal Naraku.

Nuestros hijos parecerían retrasados… Kagome se estremeció mientras le enseñaba su pasaporte a un hombre alto y anciano que pasó las hojas, lo selló y, básicamente, hizo su trabajo.

Tras diez minutos de caminata por el aeropuerto y después de alimentarse, Kagome salió de allí y se sorprendió al descubir que estaba lloviznando en Hong Kong. Sin embargo, Kagome le daría quinientas veces antes la bienvenida a la lluvia que a Naraku.

Kagome se giró y estaba a punto de volver a entrar en el aeropuerto cuando la detuvo un bocinazo. Se dio la vuelta y encontró a sus dos mejores amigos, Miroku y Sango, dentro de un Mercedes Benz azul marino con una niña de brillantes ojos marrones y pelo rizado y corto en el asiento trasero, saludándola. Las lágrimas le llenaron los ojos mientras corría hacia el coche, Sango saltó de él al mismo tiempo.

—¡Kagome! —gritó Sango y Kagome envolvió los brazos alrededor de sus hombros, su cuerpo se estremecía. Sango frotó la espalda de Kagome de arriba abajo, intentando tranquilizarla mientras Miroku salía también del coche para coger el bolso de viaje de Kagome.

Miroku Lin era un médico considerado como uno de los mejores de Hong Kong, había sido amigo de la familia de Sango Lin, su esposa (anteriormente Sango Yue), y de la de Kagome Higurashi. El hecho de que fuera cinco años mayor que Kagome y tres años mayor que su mujer no les había importado a ninguno, ya que todos se llevaban muy bien.

Sango era ama de casa, con lo que estaba conforme ya que el sueldo de Miroku era más que suficiente para llevar la familia, sin embargo, Sango había acabado derecho y, si quisiera, bien podría hacer prácticas en una pequeña firma.

Su hija, Ai Lin, tenía cinco años e iba al colegio. Ai había nacido cuando Sango tenía 17 años porque Miroku y ella habían decidido ponerse traviesos. Miroku se había desmayado de la felicidad cuando su novia de 17 años le había dicho que estaba embarazada y, en lugar de tener un largo compromiso, como habían planeado previamente, habían tenido una temprana boda (con Kagome como dama de honor). Miroku y Sango se casaron tan pronto ella cumplió los 18, que fue cuando estaba embarazada de 5 meses de Ai.

—¿Qué pasó, cariño? —preguntó Sango mientras Kagome se secaba los ojos.

—Deja que lo explique en casa —dijo Miroku mientras ponía un brazo alrededor de los hombros de Kagome—, parece cansada y no creo que pueda con las explicaciones.

—Doctor Lin, si le acaricias el trasero, te pondré una demanda —bramó Sango mientras se dirigían al coche. Kagome se puso al lado de Ai, quien le sonrió y la abrazó.

—¡Tía Kagome! —chilló Ai y Kagome no pudo contener la sonrisa que adornó sus labios.

—¡Te he echado de menos!

Kagome se rió mientras ponía a Ai en su regazo.

—Yo también te he echado de menos, cariño.

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Llegaron a la casa de los Lin y Kagome estalló en carcajadas al ver su casa. Aunque eran una familia de la más alta clase de abogados y médicos (aunque Sango había dejado de ejercer, todavía era muy conocida), vivían en una pequeña casa de cuatro habitaciones. Pero era una casa bastante mona, en opinión de Kagome, y no se sentiría tan vacía como su mansión, que tenía más de siete habitaciones.

El camino de entrada era largo, Kagome sabía que a Sango le gustaban las entradas largas, sin embargo la casa era perfecta. De ladrillo gris y contraventanas negras, un garaje de dos puertas negras que estaba pintado de blanco y una puerta principal negra. Kagome salió del coche y Ai corrió tras ella, cogiendo la mano de su tía. Kagome siempre había estado ahí para Ai, cuando Ai había estado enferma en el hospital el año pasado, Kagome lo había dejado todo y había volado a Hong Kong para quedarse con Sango y Miroku por Ai.

Cuando llegó el quinto cumpleaños de Ai, Ai había llamado personalmente a Kagome, rogándole que fuera. Kagome le había dicho, para darle una sorpresa, que no y Ai había parecido triste. Pero Kagome estaba planeando ir tres días antes para quedarse hasta el día después de la fiesta de Ai. Cuando hizo eso, Ai le había dado un fuerte abrazo y le había dicho que se habría enfadado si Kagome no hubiera ido.

Para Ai, aparte de su madre y su padre, Kagome era lo siguiente mejor del mundo.

Y por ello, Sango y Miroku habían elegido a Kagome como madrina de Ai.

—¿Quieres enseñarme la casa? —Kagome arqueó una ceja hacia su ahijada. A decir verdad, Kagome sabía cómo era exactamente la casa por las muchas veces que había ido, pero cada vez que lo hacía, el médico y la abogada habían cambiado su mobiliario o la habían renovado de modo que los interiores eran completamente diferentes y Kagome necesitaba un tour cada vez debido a sus locos amigos.

—¡Vale! —chilló Ai—. ¿Podemos ir primero a mi habitación? ¡Es la mejorcísima de toda la casa!

Kagome sonrió.

—¡Vale! Doctor Lin —Giró la cabeza hacia su mejor amigo—, sería genial que pusieras mis cosas en mi habitación. —Miroku puso los ojos en blanco mientras Sango se reía. Kagome estiró la mano y Sango la cogió, haciendo que Kagome estuviera en el medio y que las Lin estuvieran a cada lado de ella.

—Vamos señoritas. —Kagome sonrió mientras caminaban hacia la puerta principal, dejando a un estupefacto Miroku junto a su coche.

Oh sí, pensó mientras cerraba el coche, definitivamente necesito un hijo y más amigos…

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Ai arrastró a Kagome a su habitación, Kagome ya había llegado a atisbar un poco del salón y le divirtió encontrar un estilo contemporáneo. Había conseguido ver sofás de color blanco crema delante de una gran televisión de plasma de alta definición y una mesita de café de roble. Había un jarrón con dos rosas sobre la mesita de café. Debajo del televisor estaba una alfombra beige con tonos abstractos más oscuros que contrastaban con la habitación. La pared estaba pintada de un color beige cremoso y había una lámpara alta en la zona más a la izquierda de la habitación, delante de las ventanas gemelas que se ocultaban detrás de unas cortinas de color dorado pálido.

—Bonito salón —le susurró Kagome a Sango, que sonrió.

—Gracias, esta vez lo elegí yo.

Al fin llegaron a la habitación de Ai y Kagome se desmayó literalmente al ver la habitación de su ahijada. La cama de Ai era de estilo victoriano con cuatro postes y un gran dosel blanco de volantes. El dosel se extendía hacia abajo, creando un efecto de cortina alrededor de su cama. Estaba situada en una abertura de la habitación, creando un cuarto perfectamente cuadrado, en lugar de un cuadrado con un hueco. Había una gran alfombra circular en medio de la habitación situada encima de auténtica madera noble. Enfrente de la cama estaba un pequeño tocador, también de estilo victoriano. La pared contigua al tocador de Ai era una gran ventana que se ocultaba detrás de unas cortinas blancas decoradas con pétalos de cerezo. En medio de la habitación, justo encima de la alfombra, había una lámpara baja de araña.

—Qué habitación tan adulta. —Kagome asintió mientras entraba—. Me gusta. Éste es, de lejos, mi estilo favorito.

Ai chilló:

—¡YUPI!

—¿Tú crees? —Sango arqueó una ceja—. Miroku y yo tuvimos una discusión sobre el dormitorio, así que elegimos el que le gustaba a ella.

—Excelente —Kagome tocó la nariz de Ai—, muy moderna, cariño.

Ai soltó una risita mientras Kagome volvía a darle la mano.

—¿Dónde están todos sus juguetes? —Kagome arqueó una ceja cuando Sango señaló lo que solía ser el antiguo armario. Kagome abrió la puerta, que estaba al lado de la cama, y encontró estantes con todos los juguetes de Ai.

—Bien… entonces, ¿dónde está su ropa? —Kagome se volvió hacia Sango, quien asintió en dirección a un gran armario que estaba al lado de la ventana. También era de estilo victoriano. En la parte de arriba del armario estaban colgados todos los vestidos de Ai, los dos cajones de abajo eran para sus camisetas y pantalones.

—Estás malcriando a tu hija. —Kagome meneó la cabeza mientras Sango reía, las dos se dirigieron hacia la cama de Ai, que era lo suficientemente grande para que se sentaran, pero sólo lo suficientemente grande para que una persona durmiera en ella.

—¡Es mi única hija! —se defendió Sango—. ¿Qué puedo hacer?

Kagome simplemente se rió entre dientes mientras Sango miraba a su hija.

—Cariño, ¿puedes ir con tu padre? Tu tía Kagome y yo tenemos que hablar de cosas de mayores.

Ai asintió y abrazó a su madre, luego a Kagome, antes de salir corriendo de la habitación, con bastante facilidad, ya que llevaba puestos pantalones cortos y una camiseta blanca.

Entonces, Sango se giró hacia Kagome y frunció el ceño.

—Ahora, explica.

Kagome respiró hondo y empezó su historia…

—Bien, mis padres, ya conoces a mis padres. —Kagome suspiró—. Querían extender el nombre de los Higurashi y hacer una gran familia de cine o algo de ese estilo, así que hicieron lo que hacen los típicos padres ricos… Quieren hacer una fusión al casar a su hija mayor.

Sango frunció el ceño.

—Continúa…

—Así que, ayer, llegué a casa del trabajo, vi allí a gente desconocida y la pregunté a Souta quiénes eran, no lo sabía. Los saludé, ya sabes, por eso de ser educada, antes de ir a darme una ducha, Souta vino conmigo porque aquello era terriblemente aburrido. Te lo digo yo, —Kagome hizo una pausa antes de continuar—: bien, bueno, Souta y yo estábamos hablando cuando entró mi madre e hizo que Souta se fuera. Luego se puso en plan "Kagome, te tienes que casar con Naraku" y bla, bla bla…

—Espera, ¿has dicho Naraku? —Sango empezó a moverse con nerviosismo cuando Kagome asintió.

—Sí, ¿por qué?

—Bueno, verás, él es del mundo de los negocios, así que no puedes saber mucho de él. Los amigos de Miroku son todos del mundo al que nos gusta llamar "Negocios", así que nos mantenemos al día de estas cosas. Aparentemente, Naraku se ha casado con cuatro mujeres y todas se han divorciado de él. Tiene una reputación asquerosa de sólo estar casado durante un mes antes de que su esposa se divorcie de él.

Kagome arqueó una ceja.

—No te burles de mí.

—Hablo en serio —dijo Sango, asintiendo—. Su última esposa, Aiko Nakamura, ni siquiera duró una semana antes de divorciarse diciendo que su amor propio era mucho más importante que complacerlo a él. Esa frase estuvo en el mundo de los negocios durante semanas porque Aiko es la hija del socio mayoritario de Takahashi Inuyasha.

Kagome soltó un silbido bajo.

—Mierda…

—Sí, así que continúa…

—Básicamente, mi madre quería que me casara con Naraku para agrandar nuestro apellido, los Onigumo y los Higurashi, socios en el cine y los negocios.

—¿No te dejó elección?

—Si lo hubiera hecho, ¿estaría aquí?

Sango no tenía nada que decir a eso.

—Prácticamente le prometió a Naraku que me casaría con él y ya estaban planeando una fiesta de compromiso. Justo después de decírmelo, bajó las escaleras y me dejó para que pensara en ello. ¡Oh! Y tuvo las narices de decirme que estaba orgullosa de mí por decir que sí.

A Sango le empezó un tic en una ceja.

—Después de eso bajé arrastrándome por las escaleras y llamé a Souta para contarle toda la historia. A partir de ahí, planeamos mi valiente huida en menos de cinco segundos y aquí estoy. Según Souta, que fue del último que tuve noticias en Japón, madre y padre dispersaron a toda la policía por Japón. Y Japón no es que sea diminuto, así que apuesto a que estarán ocupados durante medio año antes de que vayan a los países vecinos.

Sango asintió.

—Sí, además es bueno que te escaparas. No hubiera querido que te casaras con Naraku.

—Yo tampoco lo querría. Su padre parece un jerbo y su madre una rana.

Sango sonrió ligeramente.

—Entonces, ¿piensas quedarte aquí hasta que tus padres lo reconsideren?

—Sí, con un poco de suerte no pasará mucho tiempo. Empezaré mañana a buscar apartamento. Odio depender de la gente, ya lo sabes.

Un fuego se disparó a través de los ojos de Sango.

—No —dijo Sango con severidad y Kagome arqueó una ceja.

—¿No?

—Ya me has oído. Tú eres como mi hermana y nunca permitiría que te quedaras en un apartamento en un país extranjero tú sola mientras yo estoy aquí. Tengo una habitación de sobra y no te atrevas a decir que es una carga. A Miroku y a mí nos encantaría que te quedases aquí.

—Pero Sango…

—No me pongas peros, Kagome —dijo Sango con tono estricto—. Ai te adora y creo que sería genial que su madrina se quedara aquí unos meses.

—Pero…

—No. Puedes conseguir trabajo si quieres, no evitaré tu independencia, pero no vas a mudarte.

—Bien, con una condición —dijo Kagome.

—¿Cuál es?

—Yo pago la mitad de los gastos en comida y tenemos un trato.

Sango se rió mientras abrazaba a su amiga.

—Me alegro de que no hayas dejado que manden en tu vida —dijo Sango mientras se apartaba—, casarte con Naraku habría sido lo peor que podrías hacer con tu vida.

—Es como entregarle mi vida al demonio.

—Excepto que es diez veces peor. —Sango asintió con la cabeza.

—Señoritas, ¿estáis listas? —dijo Miroku mientras entraba en la habitación de su hija. Se había puesto, evidentemente, ropa más cómoda. Llevaba puesta una camiseta interior negra, pantalones de hacer ejercicio y, por supuesto, calcetines negros.

—¿Te va el estilo gótico? —Kagome arqueó una ceja.

—No, éste es el único conjunto que tengo que está limpio, —Miroku le lanzó una mirada juguetona a su mujer—, a alguien se le olvidó hacer la colada.

—Limpia tú tu topa interior —bufó Sango—, yo tengo bastantes cosas que hacer.

—¿Por ejemplo?

—Hacer tu comida, limpiar tu casa, cuidar tu jardín, cuidar de tu hija, planchar tu ropa que se lavó ayer, hacer de tu secretaria cuando tus pacientes llaman preguntando por ti.

Kagome contuvo la risa mientras Miroku se movía nerviosamente.

—¿Ves? Por eso quiero contratar a una sirvienta. Pero noooo, la señorita Lin no cree que haga falta una sirvienta.

—Cierto… —se metió Kagome.

—Y además —Sango puso los ojos en blanco—, ¿miraste en el armario? Doblé toda tu ropa y la metí ahí.

Los ojos de Miroku se abrieron como platos.

—¿Tenemos un armario?

Kagome estalló en carcajadas mientras Sango le daba una patada a la espinilla de su marido.

—¿Por qué me casé contigo?

—¿Porque soy adorable?

—Ya —masculló Sango sarcásticamente mientras se levantaba y ponía las manos en las caderas—. Hoy vamos a cenar lasaña. —Vio que ya eran las siete de la tarde—. Miembros de la casa Lin, —le sonrió a Kagome—, lavaos e id al comedor a paso ligero. O sino, nuestro hermoso Miroku comerá hasta reventar, y no nos dejará nada a las mujercitas.

Kagome se rió mientras se levantaba e iba hacia su habitación que, como siempre, estaba al final del pasillo. Entró y le divirtió encontrar que la habían dejado como a ella le gustaba, excepto que la habían renovado, claro.

En el centro del cuarto había una gran cama tamaño reina y el dormitorio era de roble. A la derecha de la habitación había unas grandes ventanas dobles que conducían a un balcón. Unas cortinas blanco suave estaban descorridas, dejando que la luna iluminara su habitación. Paralelo a la ventana estaba un tocador grande y, al lado del tocador, estaba el baño. A los pies de la cama había una pequeña alfombra negra de forma oval y las paredes estaban pintadas de un amarillo muy pálido con listas de estampado de cachemir horizontales al zócalo de la pared.

Los Lin son definitivamente raros… ¡en el buen sentido! Kagome sonrió ligeramente para sí mientras iba a asearse.

Eran más parecidos a una familia de lo que nunca podría serlo la suya… salvo Souta.

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Kagome se reía con la familia mientras escuchaban a Ai que estaba haciendo su parloteo diario. Les estaba contando la historia de cómo uno de los niños de su clase le había dado una manzana a la profesora y dentro tenía un gusano.

—¡Qué clásico! —explotó Miroku—. Una de las muchas razones por las que no escogí la profesión de la enseñanza.

Sango se rió.

—Cierto… además los profesores no hacen nada comparado con tus habilidades médicas.

—Yo diría que sólo se convirtió en médico para poder poner un estetoscopio debajo del pecho de una mujer sin que le dé una bofetada. —Kagome sonrió.

Sango escupió su lasaña para poder reír mejor y Ai inclinó la cabeza a un lado.

—¿Qué es tan divertido? —preguntó Ai con inocencia mientras Kagome se reía.

—Sólo nos estamos burlando de papá. Ríete con nosotras para que se sienta todavía peor… —dijo Kagome cómicamente. Sólo la forma en que lo había dicho Kagome fue suficiente para que Ai se riera y para que Miroku se sonrojara de la vergüenza.

—No fue por eso por lo que me hice médico, aunque debo decir que a mí vienen más niños que mujeres adultas… creo que se debe a los médicos pervertidos que vayan al ginecólogo, la mayoría de los ginecólogos son mujeres.

Kagome asintió en confirmación.

—Entonces, tu sueño de tocar a mujeres se ha visto aplastado.

—Yo toco a Sango a diario —bufó Miroku y Kagome se atragantó con la lasaña mientras Sango se sonrojaba. Ai se divertía con sólo ver a los adultos actuando como niños.

Mientras los nervios remitían, Sango metió un poco de lasaña en la boca y miró a Miroku.

—Oye, ¿qué día es mañana? —Alzó una ceja mientras Miroku se paraba a pensar.

—3 de junio, ¿por qué?

Los ojos de Sango se abrieron como platos.

—Mañana es la fiesta de Inuyasha.

Kagome arqueó una ceja.

—¿Conocéis a Inuyasha?

Miroku miró a Kagome.

—Sí… ¿sabes el hospital que abrió?

Kagome asintió.

—Fue porque yo lo había pedido hace dos años. Después de eso, él y yo hemos tenido algunos encuentros, nos invitó a algunas de sus fiestas y nos hicimos íntimos. Ahora nos invita a todas las fiestas porque somos unos de sus mejores amigos.

La boca de Kagome formaba una perfecta O mientras le guiñaba un ojo a Ai, que se rió mientras bebía su leche.

Miroku volvió a mirar a su mujer.

—Me olvidé de lo de su fiesta…

—Yo también. —Sango frunció el ceño—. No quiero dejar a Kagome… ¿no podemos cancelarlo?

Kagome movió la ceja nerviosamente.

—¿Perdón? ¡No me tratéis como si tuviera cinco años! Para eso ya está Ai.

Sango se rió y negó con la cabeza.

—No, tonta… No quiero dejarte sola en tu momento de necesidad.

Kagome sonrió suavemente.

—¡No te preocupes! Tengo a Ai y eso nadie me lo puede discutir. Nos divertiremos sin vosotros dos, ¡así que id a hacer cosas de mayores!

Miroku arqueó una ceja.

—Ahora tengo miedo de dejarles la casa a mi hija de cinco años y a mi amiga de veinte.

Kagome le sacó la lengua y Sango miró a Kagome.

—¿Estás segura?

—¡Sí! Segura. No dejéis que os arruine vuestras actividades diarias. Id, estaremos bien. Además, sé vuestro número de móvil y vosotros sabéis el teléfono de casa, ¡así que llamad por lo menos cada cinco segundos mientras estéis allí!

—Kagome, ¿estás segura? —repitió Sango.

Kagome gruñó.

—Si no vais, ¡me mudaré y me iré a vivir con un vagabundo!

Miroku sonrió mientras Kagome jugueteaba con los dedos de Ai.

—Bien, iremos, pero volveremos a casa pronto.

—Mientras vayáiiiiiiiiiiis —canturreó Kagome. Sango le sonrió a su mejor amiga y se alegró de que se hubiera ido de casa. Su espíritu infantil vería aplastado si se casaba con un hombre como Naraku. Kagome todavía tenía mucho que hacer con su vida y nunca antes se había enamorado.

Higurashi Kagome nunca se había enamorado.

Sango, al igual que los amigos íntimos de Kagome, querían que experimentara el amor más que nada y, con Kagome en Hong Kong lejos de sus exigentes padres, a lo mejor… ¿puede que probara por primera vez el sabor del amor?

Eso era lo que esperaban Sango y Miroku.

—Bien, tú ganas. —Sango suspiró en derrota y Kagome chilló.

—¡Ai! —Se volvió hacia su ahijada—. ¡Vamos a divertirnos mucho mañana nosotras solas!

Miroku asintió hacia el llavero.

—Tenemos tres coches, el Benz es mío, Sango tiene un Nissan y tenemos un Ferrari… que puede ser tuyo para usar y destruir a placer.

Los ojos de Kagome se abrieron como platos.

—No puede ser…

—Sí puede ser, ¡ahora termina de comer! —dijo Sango con severidad—. ¡Hemos estado aquí sentados durante dos horas sólo hablando!

Ai, Kagome y Miroku se rieron ante la preocupación de mamá Sango y siguieron comiendo, hablando un poco de vez en cuando.

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—¿Alguna noticia? —le preguntó Akira a un policía calvo y regordete que comía un donut en su sofá.

—Nada de nada, pero acabamos de empezar. No hemos cubierto ni la mitad de Tokio y todavía nos queda el resto de Japón.

—¿Cuánto llevará cubrir todo Japón? —Korari alzó una ceja.

—Más de siete meses, supongo, si quieren que se haga una búsqueda en profundidad —dijo el policía con comida en la boca. Souta sonrió para sus adentros, sabiendo que ése era tiempo suficiente para que, con un poco de suerte, los Onigumo hicieran que Naraku se casara en otra parte. Además, si por alguna casualidad Naraku no estaba casado, la posibilidad de que encontraran a Kagome en Hong Kong sería escasa porque Souta se habría puesto en contacto con ella de antemano y ella, probablemente, habría vuelto a abandonar el país.

Akira gruñó:

—¿Qué? ¿¡¿Siete meses?

El hombre asintió.

—Ustedes pidieron lo mejor y lo mejor lleva su tiempo.

—¿Y se le pasa algo? —susurró Korari.

—Tiene veinte años —dijo Souta en voz alta—. No creo que le pase nada demasiado serio. Además, estamos hablando de Nee-chan. Debe de haber encontrado algún medio de vida y se estará aprovechando o algo así.

Akira examinó a su hijo.

—¿Tú sabes algo?

Souta negó con la cabeza.

—No, ¿debería?

Akira frunció el ceño.

—Sabes mucho para un niño que no tiene ni idea de adónde ha ido su hermana.

—Crecí con ella —masculló Souta—, si no supiera cómo piensa, ¿quién lo iba a saber?

—Entonces, ¿podrías decirnos adónde crees que fue tu hermana? —preguntó Korari, esperanzada.

Souta meneó la cabeza.

—Ni idea… Sí, pienso como ella, pero no soy idéntico a ella. Si me escapara, probablemente iría a casa de un amigo pero ya habéis probado con sus amigos… ni siquiera su jefa sabe dónde está y las dos estaban muy unidas.

Akira suspiró con molestia.

—Da igual… Souta, puedes irte, agente, puede retirarse…

Souta subió a su habitación sonriendo para sus adentros. ¡Vamos, Kagome! Apoyó a su hermana internamente.

Estaba orgulloso de ella por marcharse. Souta disfrutaba actuando, así que sus padres no le fastidiaban, pero su hermana odiaba todo lo relacionado con las películas de Hollywood y sus padres le estaban encima constantemente. Se alegraba de que fuera a un lugar donde sería feliz.

Además, siete meses era tiempo suficiente…

Al menos, eso esperaba Souta…

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Kagome se había levantado temprano aquella mañana, sintiéndose más ligera y feliz como no se había sentido en muchísimo tiempo. Sí, sus mejores amigos eran famosos, pero no tenían el estilo de celebridad donde había fans chillones. Con su madre, su padre e incluso con Souta, dondequiera que fueran, los fans chillaban e intentaban tocarles las manos. Si Kagome salía alguna vez con ellos, se ponía gafas de sol bastante grandes para que nadie de su vida diaria (como su encargada) la reconociera.

Y le había dejado claro a su familia que si alguna vez salía con ellos, la llamarían por su nombre de modelo, Miko, en vez de Kagome.

Pero sus amigos, ellos eran famosos de una forma diferente. Eran social y económicamente famosos. Conocían a gente rica, se asociaban con gente rica y vivían como gente rica.

Y eran gente rica que era rica en el mundo de los negocios, no en el mundo del cine. Y en el mundo de los negocios, la gente no tenía fans chillones… salvo Inuyasha, pero él era un caso diferente. Era un rico hombre de negocios que tenía un aspecto extremadamente divino (según la mayoría de sus fans), por eso tenía fans chillonas, pero probablemente era el único del mundo de los negocios.

Kagome se dio una ducha corta y se vistió con unos Capri blancos y una camiseta rosa sin mangas. Su pelo estaba despeinado y ligeramente húmedo. Se puso sus zapatillas amarillas y bajó las escaleras para descubrir el pelo de Sango con rulos y una pasta de aguacate en su cara.

—¿Sabes que esa cosa de tu cara se puede usar como salsa? —Kagome sonrió. Miroku ya había dejado a Ai en el colegio (ya que era viernes) y Sango ya se estaba preparando para la fiesta.

—¿Y? mi cara sabrá bien cuando Miroku me bese —replicó Sango secamente y Kagome se rió, sentándose al lado de su mejor amiga. Encendió la televisión y le divirtió encontrar una de las antiguas películas de su hermano, cuando tenía diez años, en vez de los quince que tenía ahora.

—¿Qué ponen? Oigo algo conocido —preguntó Sango, ya que tenía rodajas de pepino en los ojos.

Mancha de sangre —recitó Kagome el nombre de una antigua película de su hermano.

—¡Oh! ¿Esa película en la que Souta obtenía una mancha de sangre en su pecho que no salía, sin importar cuánto lo intentara?

—¡Sí! ¡Oh Dios mío me encanta ésta, es una de sus mejores películas! —Kagome se rió mientras cruzaba las piernas en el sofá mientras Sango se quitaba los pepinos de los ojos y también empezaba a ver la película.

A mitad de la película, Miroku atravesó la puerta con una bolsa en sus manos. Ya era mediodía y Ai llegaría a casa dentro de una hora. Kagome lo miró y arqueó una ceja.

—¿Qué es eso? —dijo, señalando dos perchas en su manos que estaban cubiertas con papel de seda.

—Nuestra ropa —dijo Miroku—, tuve que recogerla del sastre.

Kagome sonrió con suficiencia.

—¿Vosotros confeccionáis vuestra ropa?

Sango dio un grito ahogado en broma.

—¿Tú no?

Kagome puso los ojos en blanco mientras Miroku ponía las perchas en el sofá.

—Voy a ir a recoger a Ai, apura y vístete, Sango, tenemos que irnos en cuanto Ai llegue a casa… nos esperan temprano.

Sango asintió mientras se levantaba, dirigiéndose a aclararse la cara.

—¿Dónde estaría Ai si yo no estuviera aquí? —preguntó Kagome mientras Miroku se dirigía a la puerta.

—Habríamos contratado a una niñera —respondió—, ¡gracias por ahorrarnos el dinero! —Sonrió y Kagome bufó.

—Idiota…

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Ai había llegado a casa y había abrazado a Kagome mientras Miroku iba arriba a ponerse su esmoquin. Mientras Miroku subía las escaleras, Sango las bajaba, llevando un hermoso vestido azul marino oscuro sin tirantes que abrazaba sus curvas y se ensanchaba al pasar sus caderas. Había un corte que subía por su pierna y terminaba justo encima de su rodilla. Tenía un cinturón de cadena blanco que colgaba de forma floja alrededor de su cintura. Llevaba una pulsera dorada alrededor de su muñeca y su bolso colgaba de su hombro.

—¡Estás impresionante! —la halagó Kagome mientras Ai apretaba su mano alrededor de la de Kagome.

—Mami, ¡estás muy guapa! —chilló y Sango se rió.

—¡Gracias a las dos!

Justo entonces, Miroku bajó por las escaleras y Kagome sonrió.

—Dr. Lin, usted tampoco está la mitad de mal.

Miroku se rió mientras besaba la mejilla de Kagome y la frente de Ai.

—Cuidaos, y no queméis mi casa…

Kagome le guiñó un ojo a Ai, que sonrió.

—¡Intentaremos no hacerlo! —dijeron al unísono y Sango puso los ojos en blanco.

—De tal madrina, tal ahijada… ¡sois demasiado parecidas!

Kagome se rió mientras sacaba a empujones a sus dos amigos de casa.

—¡Id, sed viejos y dejad que nosotros los jóvenes hagamos lo que hacemos mejor! ¡Divertirnos!

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—Takahashi —habló un hombre alto, su voz era suave y a la vez ronca, y sus ojos se dirigieron hacia los demás hombres de la pequeña habitación de la mansión Takahashi.

—¿Sí? —Un hombre de 1'88 de alto arqueó una ceja mientras sacaba el cigarro de su boca y expulsaba un poco de humo.

—¿Por qué organizó esta fiesta tan pronto? —preguntó.

Inuyasha Takahashi era el mayor hombre de negocios que alguna vez hubiera pisado la tierra. Él siempre era severo, siempre parecía cruel y nadie le había visto esbozar una sonrisa, ni siquiera con su novia, la estrella del porno Kikyo Hiromi.

—Había negocios que necesitaban atención, el Dr. Miroku Lin va a venir con los papeles del hospital y vamos a tener que brindar por eso. Los demás son sólo actividades sociales.

El hombre asintió mientras Inuyasha miraba por la ventana para encontrar un Benz acercándose. El coche de Miroku, pensó mientras se disculpaba. Él también llevaba puesto un esmoquin, excepto que era como su atuendo de la inauguración del hospital. Pantalones negros de vestir, camisa abotonada por fuera del pantalón con los dos botones superiores desabrochados, y una americana negra en vez de una chaqueta de traje.

Inuyasha se dirigió hacia la puerta principal y la abrió antes de que los Lin llamaran al timbre.

—Buenas tardes —saludó Miroku. Eran bien pasadas las cuatro, ya que Miroku había tenido que desviarse, se había metido en un atasco y su coche se había quedado sin gasolina, todo a la vez.

—Es bastante tarde —masculló Inuyasha secamente y Miroku se sonrojó de la vergüenza.

—Perdón, pasaron muchas cosas.

Sango puso los ojos en blanco.

—Y que lo digas —le dijo a su amigo—, si alguna vez quieres que vayamos a una fiesta, manda un chófer. Miroku es el peor conductor que te puedas imaginar.

Inuyasha asintió.

—Lo recordaré.

—Incluso cuando eres estoico, suenas como si fueras sarcástico. —Miroku se movió nerviosamente al pasar al lado de su anfitrión.

Inuyasha movió nerviosamente la ceja mientras se daba la vuelta, Sango estaba de pie a su lado.

—¿Trajiste los documentos? —le preguntó y ella arqueó una ceja.

—¿Qué documentos?

Inuyasha frunció el ceño mientras miraba a la forma caminante de Miroku.

—¡Miroku! —dijo sonoramente y el médico se dio la vuelta.

—¿Sí?

—¿Trajiste los documentos?

Miroku se puso visiblemente pálido.

—Sabía que me olvidaba de algo… —masculló e Inuyasha tuvo ganas de darle una paliza.

—¡Nunca puedo depender de ti! —gruñó mientras Miroku se encogía ante él.

—¡Iré a por ellos! —dijo Miroku y estaba a punto de salir por la puerta, pero Inuyasha le bloqueó el paso.

—No, yo iré. Los idiotas de esta fiesta me están molestando. Necesito dar una vuelta, ¿dónde están? ¿La niñera de Ai sabe dónde están los papeles?

—Ai no tiene niñera —dijo Miroku tontamente.

—¿Entonces está en casa sola? —Inuyasha frunció el ceño y Sango negó con la cabeza con fastidio.

—Mi mejor amiga está cuidando hoy de Ai. La llamaré y le diré dónde están los papeles y ella te los dará, ¿de acuerdo?

Inuyasha asintió mientras salía por la puerta, Sango sacó el móvil de Miroku de su bolsillo y llamó a su casa.

—¿Hola? —Kagome sonaba como si estuviera jadeando.

—¿Qué pasa? —Sango arqueó una ceja.

—Es difícil pillar a tu hija.

Sango se rió al oír asomarse a la niña interior de su amiga.

—Escucha —dijo y Kagome recobró la compostura—. Miroku se olvidó de unos papeles e Inuyasha va a pasarse por ahí para recogerlos.

—¿Vale?

—MIROKU, ¿dónde están los papeles? —Sango le dio un codazo a su marido.

—En la mesa de la cocina.

Sango volvió su atención al teléfono.

—Deberían estar en la mesa de la cocina.

Kagome sostuvo el inalámbrico contra su oreja, fue a la cocina y encontró una carpeta azul encima de la mesa.

—Sí, aquí está.

—De acuerdo, dáselo cuando llegue… y no te enamores de él —bromeó Sango y Kagome bufó.

—Ya, sigue soñando…

-x-

Inuyasha subió por el camino de entrada de sus amigos, su pelo negro estaba recogido en una coleta. Detuvo el coche delante de la puerta y salió, dejándolo encendido y con el motor en marcha.

¿Cuándo llegó la amiga de Sango? Pensó para sus adentros mientras llamaba al timbre, esperando una respuesta. Se quedó allí de pie durante cinco minutos, su molestia se estaba incrementando.

Volvió a llamar al timbre y frunció el ceño al oír gritos dentro. Justo cuando estaba a punto de volver a pulsar el timbre, la puerta se abrió de golpe mostrando una chica sujetando una carpeta azul y a Ai agarrada a su pierna.

El aliento de Inuyasha se quedó atascado en su garganta.

Era la mujer más guapa sobre la que había puesto los ojos en su vida… en apariencia, era más sexy que su novia y estrella del porno, Kikyo.

—¿Hola? —Kagome alzó una ceja pero Inuyasha no dijo nada.

Él estaba demasiado ocupado admirando sus exquisitas curvas, sus perfectos atributos, la curva de sus labios, su pelo largo… sus delgados dedos… y especialmente el tamaño de su pecho.

—¡TÍO INU! —chilló Ai mientras se lanzaba hacia él. Eso le tomó por sorpresa, saliendo se su ensoñación a tiempo para coger a la niña.

El único momento en que Inuyasha sonreía, era con los niños.

Aparte de eso, nunca había sonreído.

Sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba al ver a la pequeña delante de él.

—Hola, Ai —saludó mientras ella sonreía.

—¿Qué haces aquí? ¿No tenías que estar en esa fiesta a la que fueron mami y papi? —cotorreó.

—Sí, pero tu papi se olvidó de algo aquí… así que he venido a recogerlo de parte de la señorita… —miró a Kagome, quien sonrió.

—Kagome —se presentó—, Higurashi Kagome.

—Takahashi Inuyasha. —Extendió su mano y Kagome la estrechó con firmeza.

A Inuyasha le encantó lo suaves que sintió sus manos.

Kagome apartó la mano y le dio la carpeta.

—Siento la estupidez de Miroku.

Inuyasha le quitó importancia.

—No pasa nada, todos estamos acostumbrados.

Kagome soltó una risita mientras volvía a meter a Ai en casa, apartándola de Inuyasha.

—Vamos Ai, tenemos que terminar nuestro juego del pilla-pilla. Si no recuerdo mal, ¡te toca pillarme!

—¡Pero mamá! —lloriqueó Ai.

Como Kagome era su madrina, Ai a veces le llamaba mamá, otras veces tía Kagome. A Kagome no le importaba demasiado porque Ai llamaba a su madre mamá o mami, de forma que nadie podía diferenciar a quién llamaba.

[N.T.: madrina en inglés es godmother.]

—¿Mamá? —Inuyasha arqueó una ceja.

Ai soltó una risita.

—¡Tía Kagome es mi madrina!

Kagome se rió.

—¡Silencio! —Metió a la niña en casa y se giró hacia Inuyasha.

—A veces me llama mamá porque soy su madrina. Bueno, ¿no tienes una fiesta a la que volver?

Inuyasha asintió y Kagome sonrió.

—Diviértete, encantada de conocerte.

—Oh, no te preocupes, —él asintió mientras le estrechaba la mano una vez más—, el placer es definitivamente todo mío.

-x-

Aquí tenéis el capítulo dos. Muchas gracias por los reviews que he recibido, a pesar de haber sido poquitos, me han alegrado el día. Esperaré vuestros comentarios sobre esta parte.

Besos.