Capítulo 2: Lucy.
29 de septiembre de 2021.
Zia McLaggen hacía su acostumbrado camino al Gran Salón, ansiosa por encontrarse con sus amigas. Su cabello rubio iba atado en una prolija coleta alta, que hacía resaltar su rostro en forma de corazón y sus ojos celestes.
Esa mañana en particular, estaba de un excelente humor. Rose Weasley le había informado el día anterior que empezarían con las sesiones del Club de encantamientos y eso bastaba para tenerla de buen humor durante toda la semana. Se estaba volviendo loca en Hogwarts sin tener nada que hacer, de forma que agradecía a todos los dioses y a Rosebud, de paso, el finalmente tener ocupados sus días.
Entró al Gran Salón y saludó a lo lejos a su mejor amiga, Samantha Malfoy, que venía caminando entre las mesas a su encuentro. Llevaba en su perfecto rostro de muñeca una sonrisa radiante y, ya con el uniforme de Slytherin puesto, apuraba el paso para llegar hasta su amiga.
— ¡Mira por dónde andas, estúpida! — el grito de Lucy Weasley resonó por todo el lugar, mientras empujaba a la rubia Malfoy y observaba los daños a su túnica.
Como si su vida dependiera de eso, Zia corrió hasta donde la rubia y la morena permanecían, echando humo de la furia.
Podía escuchar a la niñata Weasley chillar que ahora tendría que ir a cambiarse, debido al jugo derramado en su uniforme, y solo lograba enfurecerla más. Nunca toleraría que alguien le hablase mal a sus amigas, pero menos aún Lucy Weasley, por quien profesaba un profundo odio desde los once años.
— Si no tuvieras la cabeza tan llena de aire, hubieras visto que Sam se acercaba a ti, idiota.
La morena giró de inmediato, reconociendo la voz. Con una mano en su perfecta cintura, miró a la rubia de arriba abajo antes de elevar una negra ceja perfectamente depilada.
— Y dime… — comenzó la chica, bajando considerablemente el tono de voz y acercándose de manera que McGonagall, quien comenzaba a notar disturbios entre los alumnos, no notara que peleaban. — ¿Quién llamo a la defensora de asquerosas mortífagas?
El sonido de la cachetada se hubiera escuchado en todo el Gran Salón si Molly Weasley, la hermana de la morena, no hubiese aparecido en ese momento y chillado el nombre de su hermana escandalizada.
Todo había pasado tan rápido, que Samantha apenas estaba terminando de levantarse cuando las hermanas Weasley comenzaron a discutir en voz baja, intentando no alertar a los profesores.
— ¡Te quiero en diez minutos en la oficina de la directora, Lucy! — le gruñó la mayor, controlándose para que su tono de voz no se alterara. — Y me importa muy poco si tienes clases, si no apareces allí, te iré a buscar yo misma.
— ¡¿A mí me pegan y tú me castigas?! — le chilló la chica, girándose encolerizada. — ¡¿Qué mierda pasa contigo?!
— En diez minutos. — fue su ultimátum. Verde y marrón se enfrentaron, ambas con miradas feroces, y finalmente Lucy bufó y salió del comedor, golpeando a todo aquel que pasaba a su lado.
Sam reaccionó justo a tiempo, tomando a su amiga del brazo y tirando de ella hasta la mesa de su casa. Lo último que necesitaban era que la Premio anual y Prefecta de Ravenclaw decidiera castigarlas a ellas también.
Se dejó arrastrar por su amiga y se sentó entre los alumnos de Slytherin despotricando por lo bajo. Hacía ya tiempo que la gente había dejado de sorprenderse cuando Zia dejaba su mesa con los leones y se sentaba entre sus amigas, que eran todas serpientes.
— No vale la pena, Zi, simplemente ignórala. — recomendó Malfoy, siendo escuchada por oídos sordos.
Cuando la rubia se ponía en ese estado, había muy pocas cosas que la calmaban. Se reprendía mentalmente por no tener algo de chocolate en el bolso: eso siempre lograba relajar a la chica.
— Estúpidos Weasley, que se creen los putos reyes de Hogwarts… — criticaba por lo bajo, destrozando su pedazo de pan.
— ¿Tan temprano y ya hablando mal de mi familia?
Roxanne Weasley apareció frente a ellas, luciendo una sonrisa impecable. El pelo azabache perfectamente lacio y los ojos del mismo color, casi que se camuflaban con su uniforme. Era la viva imagen de su madre, con su piel morena y sonrisa blanca perla.
A su lado, Juliette Denvert las miraba con una sonrisa conciliadora, mientras extendía una taza con chocolate caliente.
— Imaginamos que tus nervios estarían por los cielos. — comentó mientras Zia tomaba rápidamente la bebida.
Al igual que sus otras dos amigas, Juliette tenía un pelo rubio barbie, solo que a diferencia de Sam y Zia, que destacaban por sus perfectos lacios, la chica tenía incontables ondas y algunos rulos por todo el cabello.
Se sentó junto a Roxanne, quien ya estaba atacando los cereales con leche que los elfos habían dejado en la mesa, y rodó los ojos cafés al ver la actitud de su amiga.
— ¿Qué hizo mi prima esta vez? — preguntó la morena, aún con la boca llena.
— ¡Roxanne, traga antes de hablar! — le retó Julie a su lado, mirándola indignada.
— Ya, Jul, nadie le está prestando atención a mis modales en la mesa. — respondió la aludida, rodando los ojos y volviendo su atención a las otras dos rubias sentadas enfrente a ella.
— Lucy me-creo-genial-y-soy-una-estúpida Weasley empujó a Sam y la idiota de su hermana fingió castigarla solo para quedar bien ante todos. — bufó la chica, tomando su chocolate caliente indignada.
Si había en el colegio alguien que odiara a ambas hijas de Percy Weasley, esa era sin duda Zia McLaggen. Sam, a su lado, seguía repitiendo que no era para tanto pero enseguida Juliette la cortó indignada, totalmente de acuerdo con la Gryffindor. Nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a molestarla.
— Ya, Zi, entiendo que odies a Lucy, después de todo ella es una perra. — admitió Roxie y la rubia dejó entrever una pequeña sonrisa. — Pero Molly es la persona más justa que conozco y te puedo asegurar que si dijo que la iba a castigar, lo hará sin importar que sea su hermana.
La rubia, que anteriormente estaba complacida con las palabras de su amiga, volvió a bufar. Estaba harta de todos los alumnos de Hogwarts que idolatraban a la Weasley mayor y no paraban de decir que justa, moralista y comprensiva que la morena era.
Cuando les contaron como Lucy había llamado asquerosa mortífaga a Sam, poco faltó para que Juliette se lanzara cual bestia a por Weasley. Camille Zabini, que venía llegando, la frenó justo a tiempo mientras Roxie miraba a las dos rubias que tenía enfrente sin poder creer lo que sus oídos escuchaban.
El primer reflejo de la Weasley había sido disculparse en nombre de su prima, pero Malfoy enseguida la había cortado, asegurando que no era su culpa.
Una cosa era que su prima fuera una perra y se creyera superior a todos los demás mortales, pero otra cosa mucho más distinta era que insultara de esa manera a una de sus mejores amigas.
Zabini no tardó demasiado en indignarse, ya que ella también había sufrido los insultos de unos pocos idiotas, que parecían vivir en la pre-historia. La diferencia era que ella no se quedaba callada y sabía contestar todas y cada una de las bravuconerías mientras que Sam simplemente ignoraba a todos, con la cabeza en alto y el orgullo intacto.
— Le romperé la cara a esa niñata estúpida. — escupió Juliette, mientras Zia asentía frenéticamente a su lado. La cachetada no le había alcanzado.
— ¿Para qué son brujas, ustedes dos? — les reclamó Camille, clavando sus verdes ojos en los azules de Sam, que miraba a todas apenada: lo último que quería era generarles problemas a sus amigas. — Le cortaré la lengua, se la daré de comer al calamar gigante y luego la hechizaré para que le aparezca en la frente "GRAN PERRA". — narró con rapidez, mientras se ataba el castaño cabello, totalmente acelerada de la furia. — Y tú, Sam, no te atrevas a sentirte culpable por eso. Esa idiota nos debe unas cuantas.
Samantha miraba a Roxanne suplicante, esperando que la morena reaccionara y detuviera a sus amigas antes de que hicieran una locura. Sabía que generalmente no podía confiar con la racionalidad de la Weasley, pero en ese caso rogaba que el vínculo familiar con Lucy la hiciera entrar en razón.
Sin embargo, los dioses no estaban escuchando sus plegarias, y Roxanne tardó solo unos minutos en reaccionar y apoyar a sus amigas en la idea de la venganza. Todavía no podía creer que su propia prima, con la cual prácticamente se había criado, hubiera dicho tal barbaridad sobre la dulce e inocente Samantha.
Nadie se merecía ser llamado mortífago por el pasado errante de sus padres, pero Sam se lo merecía aún menos. Era la bondad y dulzura personificada y nadie que la conociera podría decir que la rubia tenía algún gramo de maldad. En las palabras de la propia Camille "la prueba real de que no todos los Slytherin son unos hijos de puta".
Fred Weasley se acercó a donde las cinco estaban, deteniendo la discusión de las dos rubias sobre cuál sería la mejor venganza. Roxanne levantó la vista de inmediato hacia su hermano pero, para su sorpresa, él estaba mirando a Zia.
— Pequeña McLaggen, tenemos un problema. — anunció, obteniendo la completa atención de la rubia.
— ¿Tú ya no saludas ni a tu hermana?
— Ya, Rox, no te pongas celosa. — bromeó el moreno, besando la mejilla de su hermana menor. — Los horarios de Zia están logrando que James, Rose y yo enloquezcamos.
— ¿Qué sucedió? — preguntó la aludida, dejando de lado su taza de chocolate.
— No encontramos manera humanamente posible de que asistas a tus clases, a los entrenamientos de Quidditch y a las sesiones del club de duelo y encantamientos. — explicó Fred, aun conservando la sonrisa en su rostro. — No sin dividirte, al menos, en dos.
— Increíble. Segunda vez en la mañana que un Weasley intenta cagarme la existencia. — gruñó la chica, levantándose de la mesa. — Arreglemos esto, por favor.
Con un gesto de cabeza, la chica emprendió el camino fuera del comedor. Roxanne observó la cabellera rubia de su amiga y la morena de su hermano desaparecer antes de girar a observar a sus otras tres amigas.
En ese momento, eran Julie y Cami las que discutían sobre qué hacer con su prima. La castaña Zabini quería ir de inmediato a la biblioteca y buscar los mejores - o peores, dependiendo de la perspectiva - hechizos para usar contra la morena y Juliette afirmaba que un rato de humillación pública y una paliza al estilo muggle las haría sentir muchísimo mejor.
Si bien la propuesta de la rubia era tentadora, alguien podría delatarlas o incluso algún profesor podría verlas y eso equivaldría a la expulsión, como bien Sam había señalado. Sabía que intentar convencer a sus amigas de no hacer nada era en vano, por lo cual al menos intentaba evitar que cometieran una locura.
— Decidirán esto luego. — determinó la rubia Malfoy, poniéndose de pie. — Llegaremos tarde a transformaciones, por favor.
Compartir esa clase con los Gryffindor era una verdadera suerte, porque significaba que ellas cuatro y Zia no se verían separadas. A veces era realmente difícil pasar tiempo juntas, con las interminables actividades que Zia y Juliette tenían, los interminables entrenamientos de Roxie y Camille, los horarios diferentes de clases y perteneciendo a diferentes casas. Pero, de una manera u otra, lograban compartir momentos e intentaban que esos pequeños ratos juntas valieran cada segundo.
Padma Patil, la profesora de transformaciones, los esperaba sentada detrás de su escritorio, mientras corregía algunas tareas. Roxanne les había contado que la profesora y su hermana habían sido compañeros de sus padres y tíos e incluso habían ido al Baile de navidad con su tío Harry y su tío Ron.
Las clases con la mujer solían ser realmente interesantes y Zia amaba esa materia, por lo cual Malfoy tenía la esperanza de que eso calmase a sus amigas. No era ni la primera ni sería la última vez que algún alumno se metía con ella, ya fuese por su familia o por esa aura de fragilidad que la acompañaba siempre, pero no quería que sus amigas se metieran en problemas por eso.
Desde un primer momento había sido así: sus amigas siempre se encargaban de protegerla de bravucones y niñas insolentes. Podía tener todo el orgullo que los Malfoy poseían pero, lamentablemente, este nunca salía en modo de acciones. Las princesas no pelean, simplemente levantan la cabeza y demuestran cuán superiores son a la opinión del resto. Las palabras de su madre, Astoria, resonaban en su mente cada vez que un episodio similar al del desayuno se presentaba.
— Malfoy, ¿Tienes un momento?
Molly Weasley la interceptó mientras salía de su clase, tomándola desprevenida. Con su metro sesenta y pico, su pelo moreno y sus grandes ojos verdes, intimidó levemente a la chica, que de inmediato pensó que la castigarían por la escena de esa mañana.
Zia se paró de inmediato a su derecha y Juliette a su izquierda, formando un extraño escudo rubio de protección. Roxanne y Camille, algo más atrasadas, observaron con confusión la escena.
— Tengo clase de encantamientos en quince minutos, pero… ¿Qué necesitas? — cedió finalmente, clavando sus celestes ojos en los verdes de ella.
— Vine aquí a disculparme por lo que mi hermana dijo hoy en el desayuno. — expresó, sorprendiendo a las tres rubias y a la castaña. Roxie sabía que, tarde o temprano, Molly haría eso. — Está pasando por una etapa… complicada. Es como si lo único que quisiera fuera disgustar a mis padres y… Ninguno de nosotros pensamos eso de ti ni de tu hermano, solo que mi hermana es demasiado orgullosa como para decirlo. O como para reflexionar sobre ello. — admitió esto último casi como si se lo estuviera diciendo a ella misma y, a continuación, le sonrió. — De todas maneras, simplemente siento el mal rato que te hizo pasar.
Y luego de dirigirle una sonrisa, se giró y dirigió a donde Ashley Brown, su mejor amiga, la esperaba.
Zia bufó y rodó los ojos.
— Que haya hecho algo bueno, no quita que sea una idiota—afirmó, logrando la risa entre sus amigas.
— Ni que aún tengamos una venganza pendiente para la Weasley menor. — agregó Camille, mientras una sonrisa maquiavélica, en opinión de Samantha, se extendía por su rostro.
Si tenía la más mínima esperanza de que las disculpas de Molly hicieran cambiar de parecer a sus amigas, estas se habían evaporado en ese mismo instante.
La clase de Defensa contra las Artes Oscuras de sexto año mantenía una conversación constante y en grupos. El profesor, Hunter Mirto, les permitía charlar entre ellos siempre y cuando trabajaran mientras lo hacían.
Gryffindors y Ravenclaws estaban agrupados en parejas, practicando hechizos de duelo, e iban cambiando de posición cada diez minutos, provocando que no siempre se enfrentaran a la misma persona.
Hunter, un hombre de unos cuarenta años, pelo cobrizo y ojos de un llamativo gris, generó un sonido de cañón con su varita y las parejas del lado derecho se movieron un lugar hacía la izquierda, rotando las ubicaciones.
Albus y Dominique se vieron enfrentados, al igual que Hollie y Rose. Ambas pelirrojas suspiraron, casi sincronizadamente, sabiendo lo eternos que esos diez minutos se les harían.
— ¿Qué pasó contigo y mi hermano? Parecían llevarse perfecto durante todo el verano y ahora no puedes ni verlo.
Albus fue el encargado de lanzar el primer golpe y Dominique se mordió el labio inferior. Por ese tipo de preguntas, tan directas y sorpresivas, era por lo que muchas veces la pelirroja odiaba a su primo. Ni siquiera le había dado algunos segundos para prepararse.
— No estoy esquivándolo.
El azabache levantó una ceja, incrédulo, y lanzó un Expelliarmusque la chica desvió con facilidad.
— Tarde o temprano tendrás que enfrentar lo que sea que te tenga así, Rosie.
La rubia conjuró un Protego, para evitar que el hechizo aturdidor que su amiga había lanzado como respuesta la alcanzara. Rose Weasley tenía el pelirrojo cabello atado en un rodete y los ojos color chocolate entrecerrados, casi como si fueran dos rejillas. Estaba ya algo agotada y roja por el esfuerzo, pero más aún por tener que concentrarse en evadir las preguntas de su mejor amiga mientras se defendía y atacaba, como el profesor les había ordenado.
— No sé de qué estás hablando. — contestó finalmente, esquivando el hechizo de Hollie.
— Nos estás ignorando, Rosie. — recriminó la chica, desviando el Petrificus totalus de la pelirroja. — ¡Hace semanas que no hablamos!
— Estuve muy ocupada. — respondió agitada, girando hacia un lado para evitar el hechizo de su amiga.
A su lado, Albus y Dominique seguían con el duelo, cada vez más y más agresivos.
Potter no paraba de hacer preguntas y Nique las respondía a base de hechizos que el oji-verde no tenía problemas en esquivar, desviar o devolver.
— ¡Por enésima vez, Potter, nada pasó! — chilló Dominique, lanzando un confundusa su primo.
— ¿¡Entonces por qué están actuando tan extraños!? — devolvió Albus, generando un bufido frustrado en la pelirroja.
— ¡No actuamos extraños!
— ¡Si lo hacen!
Un ruido seco y fuerte se escuchó por todo el salón y Dominique suspiró agradecida. El cañón finalmente había sonado y ya no debería soportar las preguntas de Albus.
Se giró, dispuesta a hacer su rotación, chocándose de lleno con el cuerpo de Hollie Northman. La chica había sido expulsada por un hechizo que no había podido desviar y ahora estaba estampada contra una de las columnas del aula, semi-inconsciente.
— ¡Hollie!
Albus y Scorpius llegaron a su lado de inmediato, teniendo pegados detrás a Lysander, mirando a la chica preocupado. Dominique miró la escena sorprendida: su prima ni siquiera se había inmutado y, por el contrario, se alejaba pacientemente en busca de sus cosas, como si no le importara el estado de la oji-azul.
El profesor Mirto se abrió paso entre la multitud de alumnos que observaban a la rubia con curiosidad y, luego de aplicarle un Enervate, le ordenó a Scamander que la llevara de inmediato a la enfermería para asegurarse de que el golpe no hubiese dejado secuelas.
— Si bien este no era el objetivo, le agradecemos a la señorita Weasley por demostrar los peligros de un duelo real. — el profesor se giró, clavando su mirada glacial en Rose. — La clase ha terminado, pueden retirarse.
Albus y Scorpius necesitaron solo de una mirada antes de salir a paso rápido detrás de la pelirroja. Una cosa era que se comportara como una idiota, pero otra muy diferente era que atacara a su propia amiga.
La hija de Hermione y Ron Weasley apuró su paso, en un intento de evadir al rubio y el azabache. Lo último que quería en ese momento era un estúpido sermón sobre cómo estaba comportándose. Giró a la derecha en el pasillo y estaba a punto de alcanzar el sanitario de mujeres cuando un brazo se atravesó, impidiéndole el paso.
La tenían acorralada: Scorpius le cortaba el paso por delante y Albus se mantenía impasible detrás suyo, dejándola sin salida.
— Llegó la hora de hablar, Rosie.
La chica clavó sus chocolates ojos en los grises de Malfoy antes de ponerlos en blanco.
— Debo pasar por el baño y llegar a tiempo a mi clase de runas así que si me disculpan, hablaremos luego.
Dando media vuelta, se chocó de lleno con su primo cuando intentó salir.
El azabache la miraba incrédulo, sin poder creer que esa voz y palabras tan frías habían salido de la boca de la buena y comprensiva Rose Weasley. La miraba de arriba abajo, como si no la reconociera. Como si esa no fuera la niña que corría con él por la madriguera, escapando de los molestos Fred y James.
— ¿Qué sucede contigo, Rose?
Se sintió tan indefensa cuando Albus clavó sus ojos verde esmeralda en ella, que estuvo a punto de ponerse a llorar. Solo el Potter mediano tenía esa habilidad de desarmar a cualquier persona con una mirada.
No lo pensaba de una manera amorosa, para nada. Amaba a Albus como podía amar a Hugo, su hermano, o incluso a sus tíos y demás primos. Era un amor fraternal, de cuidado y fidelidad eterna. Pero a veces odiaba que Albus fuera capaz de mirar a las personas con tanta intensidad, con tanta fuerza.
Por primera vez, mirando de esa manera los profundos ojos de su primo, entendía por qué muchas chicas perdían la cabeza, y algunas prendas, por él. A pesar de nunca haberlo mirado de esa manera, entendía finalmente que veían las chicas de Hogwarts en él.
— Nada sucede conmigo y este constante acoso se está volviendo realmente irritante. — escupió la chica, rompiendo el contacto visual.
Chocó contra el hombro de su primo, mientras se aferraba a su bolso y recorría a paso veloz los pasillos del castillo. Por mucho que deseara saltarse la clase de runas y encerrarse en su cuarto, sabía que no podría hacerlo. Tenía responsabilidades y debía cumplirlas, sin importar qué a su alrededor todos parecieran querer verla fallar.
Scorpius y Albus miraron por unos segundos como la pelirroja desaparecía por los pasillos. El rubio negó con la cabeza y, palmeándole la espalda a su amigo, lo incitó a emprender camino a su siguiente clase, Aritmancia.
— Ella ya entrará en razón. — intentó reconfortarlo.
— Eso espero.
Albus Potter aún no podía creer cuánto se había distanciado de su prima y mejor amiga. Ellos dos eran, entre todos los primos Weasley, los más unidos. Desde pequeños. Desde siempre. Estar separados de esa manera era algo que simplemente no podía soportar.
Y dolía. Dolía demasiado.
El espejo del baño de las chicas de Hufflepuff devolvía su miraba segura y calculadora, mientras terminaba de aplicarse brillo labial y hacía la mueca de un beso frente al reflejo.
Llevaba el pelo castaño oscuro, casi azabache, suelto y con ondas sobre la espalda, mientras que sus ojos marrones se encontraban delineados y con algo de rímel, dándole más volumen a sus pestañas.
La aburrida y negra túnica del colegio se encontraba tirada a un lado, a la espera de que algún elfo la recogiera y lavara. En su lugar, llevaba unos jeans ajustados y una remera blanca con un Please, bitch estampado en negro, que iban a la perfección con sus vans.
Chequeó su reloj de mano, comprobando que faltaban cinco minutos para su cita, y se miró por última vez al espejo antes de salir del baño. Sus amigas posiblemente estuvieran abajo, en el Gran Salón, comiendo con el resto de Hogwarts, pero sus planes eran otros.
Tomó su chaqueta de cuero y puso su mejor cara de afligida antes de enfrentarse con los fríos pasillos que rodeaban la Sala común de los tejones. Tal como pensaba, todos los alumnos estaban cenando, por lo cual no fue difícil encontrar su objetivo.
Edward Hastings estaba exactamente donde ella le había pedido que estuviera, frente al cuadro de frutas que llevaba a las cocinas.
Aún iba con el uniforme del colegio, en el cual es escudo de Slytherin resaltaba. Sus ojos cafés recorrían el pasillo con algo de nerviosismo: No era muy afín a eso de esperar, menos aún a una chica dos años menor que él mismo. El pelo castaño estaba levantado y peinado en todas direcciones, seguramente con la ayuda de algún hechizo o poción, pese a que fingiera que era natural.
Tenía la angulosa mandíbula tensionada, aunque eso cambió rápidamente al ver a Lucy Weasley acercándose a él. Le dedicó una simpática sonrisa, una de lo cual no muchas podían presumir haber recibido, y volvió a fruncir el ceño al notar la expresión de la castaña.
Cualquiera que conociera las verdaderas intenciones de la Weasley, podría decir en ese exacto momento que la chica era una excelente actriz, ya que ni siquiera Edward, quien destacaba por su intuición y su gran conocimiento en cuanto a las hijas de Percy Weasley, había notado lo falsa que su tristeza era.
— Lucy, ¿Qué sucedió? — le preguntó preocupado, acercándose a ella.
— Yo…
Y ante la mirada sorprendida y algo desesperada de Hastings, la chica rompió en llanto. Un excelentemente bien actuado llanto.
Soy algo nueva en esta página, así que no sé como responder los comentarios y eso.
Se agradecen todo tipo de consejos, críticas y opiniones.
¡Besos!
