El sabor del amor

Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.

Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.

Rangos de edad: Kagome – 20, Sango – 22, Miroku – 25, Inuyasha – 26

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El castillo secreto

Ai y Hikari entraron en la habitación de Kagome ya entrada la mañana siguiente para ver cómo estaba. Ai intentó mirar por encima de un lateral de la cama mientras caminaba silenciosamente hacia su madrina, pero fue inútil.

—¡No puedo verla, Hikari! —le susurró Ai a su amiga y Hikari frunció el ceño.

—Súbete a mis hombros —murmuró Hikari y Ai asintió. Al intentar darle impulso, Hikari perdió el equilibrio y Ai cayó sobre su espalda.

—Itai… —gimió Ai. Al intentar volver a ver a su madrina, Ai trató de escalar la cama, pero falló cuando…

Te pillé.

—¡AHHHHHHHHHHHHHHH! —chilló Ai al ver que su madrina torcía el gesto formando algo similar a un feo gremlin. Kagome le enseñó las garras a Ai, que saltó y gritó, saliendo corriendo por la puerta. Hikari le lanzó una mirada a Kagome y sus ojos se abrieron como platos.

—¡MAMIIIIIIIIIIIIIII! —gritó Hikari y salió corriendo por la puerta. Kagome corrió detrás de las dos, sonriendo, soltando risitas. Mientras corría por los pasillos de la gran casa de verano, Kagome saltó sobre un bulto de la alfombra y se lanzó hacia Hikari, que iba unos pasos por detrás de Ai.

—¡KYO! —chilló Hikari al ver que su amigo entraba en el salón con un polo en la mano. La noche anterior habían llegado Hojo, Yuka, Daichi, Ayumi, Hayabusa y Eri con sus hijos.

Los ojos de Kyo se abrieron desmesuradamente al mirar a su amiga y ver a Kagome sentada a horcajadas sobre Hikari, haciéndole cosquillas sin piedad.

—¡AI! ¡KYO! —gritó Hikari mientras Ai saltaba sobre la espalda de Kagome, intentando apartar a su madrina de su mejor amiga.

—¡LEVÁNTATE DE HIKARI! —bramó Kyo, su voz era más bien un chillido mientras tiraba su polo y saltaba sobre la espalda de Kagome.

Puff. —Kagome se rindió y cayó al lado de Hikari. Aprovechando la oportunidad para salir de en medio, Hikari chocó contra dos largas columnas negras. Al alzar la vista, vio que era su tío Inu, sosteniendo a Kasumi entre sus brazos y con Ichiro detrás de él.

—¡Tío Inu! —chilló Hikari mientras le abrazaba la pierna. Él sonrió, acariciándole la cabeza antes de observar divertido cómo Kyo y Ai se encargaban de una chillona Kagome.

—¿Te diviertes, Kagome? —Arqueó una ceja y Kagome le sonrió.

—Desde luego —respondió descaradamente mientras se contoneaba para escapar de Ai y Kyo antes de levantarse y sacudirse. Caminó hacia Inuyasha ahogando un bostezo y cogió en brazos a Kasumi.

—¿Cómo estás, cariño? —arrulló, besando la frente de la niña de dos años. Kasumi soltó una risita mientras abrazaba fuertemente a Kagome, acurrucando la cabeza en su hombro.

—¿Qué hora es? —Kagome arqueó una ceja en dirección a Inuyasha.

—Casi mediodía. Sus padres, —Inuyasha señaló a los niños—, están comiendo en el cenador del patio trasero. Aparentemente volvemos a hacer de niñeras.

Kagome puso los ojos en blanco y le guiñó un ojo a Ichiro, que se asomó por detrás de las piernas de Inuyasha que estaban cubiertas con un pantalón negro de deporte. Ichiro volvió a esconderse detrás de Inuyasha, sonrojándose tiernamente y Kagome se volvió a mirar a Inuyasha a los ojos.

—¿En serio? —inquirió Kagome—. ¿Y están tan ocupados comiendo que no pueden cuidar de sus cinco monadas?

—Es cosa de Falcon, Fujii, Lin y Lang —bufó Inuyasha y Kagome se rió mientras acariciaba la espalda de Kasumi.

—Oh, deja en paz a los chicos… juraría que quieres hablar de fusiones de negocios y propuestas, teniendo en cuenta que eres tan conocido mundialmente.

—Exactamente, mademoiselle Higurashi —bromeó, meneando las cejas.

Definitivamente, alrededor de los niños es otro tipo. Pensó Kagome, un sonrojo subió a sus mejillas cuando Inuyasha acercó su cara demasiado a la de ella.

—Estoy tan metido en los negocios y soy tan conocido mundialmente que preferiría no endosarme en los negocios… ¿sabes?

Kagome luchó por contener su sonrojo mientras daba un paso atrás, con Kasumi todavía en sus brazos. Este hombre era imprevisible, erótico, misterioso, sexy y excitante, todo en uno. Kagome nunca antes se había sentido así por un hombre y le asustaba muchísimo. Le dirigió un pequeño guiño mientras se alejaba unos cuantos pasos de Inuyasha.

—Tengo que prepararme, monsieur. —Eso hizo que Inuyasha arqueara una ceja, haciendo que Kagome soltara una risita—. Sí, de hecho, sé francés y tú me prometiste que nos llevarías a los niños y a mí a tu castillo secreto.

La risa bailó en los ojos de Inuyasha cuando se dio cuenta de a dónde quería llegar Kagome.

—Bueno, ¿por qué no vas a preparar al príncipe y a la princesa mientras mademoiselle Kagome prepara su delicada persona? ¿Te parece justo? —Kagome sonrió con picardía.

—Bastante, mademoiselle —bromeó y Kagome puso los ojos en blanco.

—Por consiguiente, monsieur, le digo adieu.

Inuyasha dejó que la mujer resoplara en broma al coger a Kasumi de entre sus brazos. Entonces se dio cuenta…

Esa… mujer…

Inuyasha había perdido oficialmente la apuesta.

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Tomando una rápida ducha, Kagome bajó las escaleras con unas deportivas Nike negras, unos pantalones color caqui y una camiseta amarilla con una chaqueta vaquera oscura por encima sin abrochar. Su pelo estaba recogido en una húmeda y descuidada coleta.

Inuyasha se había puesto unos pantalones de camuflaje marrones con una camiseta negra. Su pelo estaba recogido en una coleta baja y también se había puesto unas deportivas. Los niños llevaban las camisetas y pantalones que se habían puesto por la mañana.

—Bonita ropa, Casanova. —Kagome le sonrió y él simplemente puso los ojos en blanco, sin sonreír.

—No puedo decir lo mismo de ti, mademoiselle.

Chasqueando la lengua, Kagome terminó de bajar las escaleras, cogió a Kasumi en brazos y le acarició la espalda mientras reunía a los niños a su alrededor.

—Bien, niños —empezó—, vuestro tío Inu nos ha prometido que hoy nos llevaría a su castillo secreto para conocer al príncipe y a la princesa. —Kagome vio la mochila a los pies de Inuyasha—, ¡así que vamos a tener un gran festín allí!

—Hay un problema —dijo Inuyasha en un susurro bajo y todos tuvieron que acercarse para oír lo que decía.

—¿Qué pasa? —murmuró Ai cuando Inuyasha se acercó. Sonriéndoles a los niños, Inuyasha rodeó los hombros de Kagome con un brazo y los dos se pusieron de rodillas.

—Aquí está la Bruja mala del oeste.

Kagome alzó las cejas.

—¿La Bruja mala del oeste? Casanova, no estamos en el país de Oz.

—Pero eso no significa que la Bruja no pueda venir aquí, mademoiselle.

—¿Quién es, tío Inu? —Hikari le tiró de la pernera del pantalón e Ichiro se agarró a la pierna de Inuyasha como si su vida dependiera de ello.

—Tengo miedo, tío Inu —gimió Ichiro e Inuyasha le sonrió paternalmente al niño.

—No pasa nada, Ichi —murmuró Inuyasha—, una princesa y un príncipe viven en mi castillo secreto y nos salvarán.

—Así que deberíamos irnos antes de que nos encuentre la bruja —afirmó Kagome mientras Inuyasha y ella se levantaban.

—¿Después de ti, mademoiselle?

—Vaya, gracias, Casanova.

Cuando estaban a punto ir hacia el patio, la bruja mala del oeste chilló:

—¡CARIÑO!

Kagome se encogió mientras le lanzaba a Inuyasha una mirada amenazadora.

—¡No me dijiste que había vuelto! ¡No voy a traerla a una salida con niños inocentes con ojos vírgenes!

—Pero que te he dicho que estaba en casa —se defendió Inuyasha, una lenta sonrisa crecía en sus labios. Kagome arqueó una ceja.

—¿Oh, de verdad? ¿Cuándo?

—¿No acabo de decir que la Bruja mala del oeste estaba aquí?

Kagome se detuvo unos treinta segundos antes de estallar en carcajadas. Inuyasha sonrió un poquito antes de contenerse cuando entró Kikyo. Había algo en Kagome que le hacía querer sonreír, pero Kikyo le causaba un completo rechazo.

—¡Qué malo eres! ¡Es tu novia! —siseó Kagome mientras Ai y Hikari se enganchaban a sus piernas. Inuyasha cogió a Kyo y a Ichiro en brazos mientras los dos se daban la vuelta y veían a Kikyo entrando en el salón con zapatos de tacón de aguja de unos quince centímetros de alto, una ajustada minifalda vaquera y un top ajustado blanco.

—¡Oh dios mío! ¡Esto es para mayores de 18! ¡Apartad la mirada! —Kagome se dio la vuelta, asegurándose de que Ai y Hikari no miraran a Kikyo.

Frunciendo el ceño en dirección a su novia, Inuyasha bajó a Ichiro y a Kyo y Kagome fue hacia ellos, agachándose de forma que le estuvieran dando todos la espalda a Kikyo. Inuyasha caminó, bastante enfadado, hacia su novia.

—¡¿Qué te hace pensar que puedes llevar ropa de discoteca en casa donde hay tantos niños?! —siseó Inuyasha mientras la cogía fuertemente del brazo. Gruñendo, Kikyo se apartó.

—¡Se suponía que iban a ser nuestras vacaciones juntos! No es mi problema que esos mocosos no puedan soportar a una tía buena si pasa delante de ellos desnuda.

Kagome gruñó y se levantó, bajando a Kasumi y poniéndola al lado de Ai antes de ir hacia Kikyo. Inuyasha quería ver qué iba a pasar y le divirtió un poco cuando Kagome agarró a Kikyo bruscamente por el cuello.

—Retira eso —susurró Kagome amenazadoramente—, sólo porque sean bebés normales mientras que tú estuviste sometida a pornografía infantil de internet, no tienes que ser odiosa.

—Suéltame, Higurashi. —Kikyo se apartó el pelo—. Al menos yo soy modelo. Tú ni siquiera tienes cuerpo para ser una persona normal.

—¿Ah sí? ¿Tú idolatras a Miko? —Kagome arqueó una ceja y tanto la mirada de Inuyasha como la de Kikyo se posaron en ella.

—Sería una estrella del porno impresionante, eso se lo concedo. —Kikyo sonrió—. ¿Por qué?

—Oh, por nada, sé perfectamente que Miko te odiaría.

—¿Ah sí? —Kikyo arqueó una ceja—. Bueno, Miko y yo somos mejores amigas… Yo nací al mismo tiempo que ella y siempre me pide consejo.

Kagome quiso reír ante la ironía y a Inuyasha le pareció divertido. Él sabía que Kikyo no conocía a Miko y Kikyo sólo mentía cuando se sentía amenazada. Esto era muy divertido.

—¿Ah sí? —imitó Kagome a Kikyo—. ¿Quieres que te cuente una cosita?

—Ilumíname.

Kagome soltó a Kikyo mientras ponía los ojos en blanco.

—Mejor no, puede que te sorprenda tanto que no duermas en semanas y tendrás bolsas bajo tus ojitos sexys.

—¡Pruébame!

—Mejor no. —Se giró hacia Inuyasha y Kagome sonrió—. ¿Vamos?

Con los ojos brillando con la risa, hizo una reverencia, aceptando la de ella y cogiendo la mano que le había extendido, para ira de Kikyo.

—Vamos, ¿quieres ir en coche?

—¿Con Kasumi e Ichiro? Mejor no, ¿tienes otros medios de transporte?

—Tengo carritos de golf, podemos llevarlos a la base de la colina y luego subir hasta el castillo.

—Suena bien. —Kagome sonrió y Kikyo tuvo ganas de destrozarle la cara.

—¡YO TAMBIÉN VOY! —chilló de repente Kikyo. Kagome e Inuyasha se detuvieron, se dieron la vuelta y la miraron. Kagome, divertida, alzó una ceja con la boca ligeramente abierta.

—¿Disculpa?

—He dicho que yo también voy.

—Oh, ya te oí la primera vez, cariño. —Kagome sonrió con maldad—. Sólo me preguntaba si te habías vuelto loca o no. Tú, andando, ¡¿con nosotros?!

—Ya me has oído, perra.

—Ajá —Kagome chasqueó la lengua—, no digas palabrotas delante de los niños.

Aunque era un poco injusto y malo que se metieran con su novia, Inuyasha lo encontraba muy divertido. Nadie tenía nunca las agallas para enfrentarse a ella. Los chicos nunca querían hacerlo por la extravagante personalidad de Kikyo y por su habilidad para pulverizarlos en un abrir y cerrar de ojos, y las chicas nunca querían hacerlo porque estaban acostumbradas a su estupidez.

Kagome era la primera. De algún modo, Inuyasha la admiraba.

—¿Vas a detenerme? —Kikyo arqueó una ceja.

—Ya lo he hecho, ¿podemos irnos ya? —Kagome se volvió hacia Inuyasha, dirigiéndole una mirada de cachorrito desamparado. Se contuvo para no sonreír, asintió, volvió a extender la mano y Kagome la cogió.

—¿Los demás saben lo del incidente de ayer? —Kagome arqueó una ceja y Kikyo frunció el ceño, yendo detrás de ellos. Quería saber de qué estaban hablando y por qué Inuyasha dejaba que Kagome lo tocara.

Nadie tocaba a Inuyasha Takahashi además de ella.

Nadie.

—No se lo he contado. —Inuyasha se encogió de hombros. Kagome alzó una ceja.

—¿Y por qué no, Casanova?

—No quiero que los Lin y los Lang me persigan con amenazas de muerte. Fue un accidente, y lo siento, desde el fondo de mi roto corazón. —Inuyasha le guiñó sutilmente un ojo a Kagome, que gruñó y puso los ojos en blanco.

—Deja en paz las letras de los Back Street Boys, Casanova, y llévanos rápido. ¡Estamos esperando por nuestro festín!

Meneando la cabeza, se dio la vuelta y miró a su novia. Kikyo puso los ojos en blanco y siguió caminando detrás de ellos, planeando cómo humillar a Kagome Higurashi. Kagome soltó el agarre de Inuyasha y se metió en medio de los niños, todos balbuceaban, hablando en su propio idioma de lo que fuera que hablaban los niños.

Kikyo lo tomó como una oportunidad y agarró fuertemente la mano de Inuyasha, casi cortándole la circulación. Inuyasha hizo una mueca de dolor al sentir que sus uñas se clavaban en su brazo, pero no comentó nada mientras seguía caminando, mirando de vez en cuando a Kagome.

—Voy a contarles a Sango y a Ayame lo que pasó ayer —dijo Kagome mirando a Inuyasha con obvios tintes burlones en su voz—. Me gustaría verlas asesinando al todopoderoso Takahashi Inuyasha.

—Me gustaría verte intentarlo.

—¿Es una apuesta, Casanova? —inquirió Kagome.

—Creo que sí, mademoiselle.

Gruñendo para sus adentros, Kikyo odió la familiaridad de la interacción entre Higurashi y su Inuyasha. Tiró de Inuyasha para que se detuviera a unos pasos delante de Kagome y de los niños, intentaba atraer la atención de Inuyasha, pero lo que no sabía era que estaba fallando miserablemente. Inuyasha, que llevaba puesta la mochila, seguía con la mano estirada detrás de él, y los niños se turnaban para chocarla.

Sí, oficialmente, Kikyo ya no era el centro de su atención.

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Cogieron dos carritos de golf. En uno iban Kagome, Hikari, Ai y Kasumi, y en el otro iban Inuyasha, Kikyo, Kyo e Ichiro. Detuvieron ambos coches delante de una colina pequeña y Kagome salió, alzando una ceja.

—No veo ningún castillo —dijo e Inuyasha sonrió con suficiencia. Kikyo ahogó una exclamación de sorpresa.

Él nunca sonríe. Pensó Kikyo para sus adentros, su ira hacia Kagome crecía a cada minuto. Kagome era la primera mujer que le hacía sonreír. Maldita sea la muy zorra.

—Simplemente sígueme, mademoiselle, y verás tu castillo. —Inuyasha cogió en brazos a Ichiro y a Kasumi, y tomó la delantera mientras empezaban a subir la colina. Kyo estaba acurrucado en los brazos de Kagome mientras que Ai y Hikari corrían entre Inuyasha y Kagome, bromeando sobre cómo iban a saludar a la princesa y a abrazarla y a preguntarle si podían usar las espadas del príncipe y esas cosas.

Kikyo suprimió un grito al empezar a subir la colina, ya que tenía grandes dificultades con sus tacones y su minifalda. La tierra estaba húmeda del rocío, lo que se lo ponía más difícil dado que sus tacones no paraban de enterrarse en el suelo. Alzó la mirada y frunció el ceño al ver que Inuyasha y Kagome ya estaban a mitad de camino.

En un intento por correr, el tacón de Kikyo se enterró en un punto blando y cayó de cara, gritando en el proceso. Inuyasha y Kagome se dieron la vuelta con los ojos abiertos como platos, pero en un momento, la risa melódica de Kagome llenó el bosque, seguida por las de Ai y Hikari. Kyo, Ichiro y Kasumi chillaron de risa e incluso Inuyasha rió un poco. Bajó la colina hasta su novia y se agachó, mirándola con ojos tiernos.

—Buen trabajo —llamó Kagome desde lo alto de la colina—, ¿Higurashi no le había dicho a Hiromi que no se pusiera tacones para caminar con Takahashi?

—¡CÁLLATE! —gritó Kikyo mientras se levantaba. Su tacón volvió a quedarse atrapado en el barro y cayó, otra vez, haciendo que la risa de Kagome continuara.

—¿Necesitas ayuda? —llamó Kagome desde arriba y Kikyo le hizo el corte de manga. Frunciendo el ceño alegremente, Kagome arqueó una ceja.

—¿Y? Es tu dedo del medio, ¿tiene que significar algo? —bromeó Kagome y la ira de Kikyo alcanzó niveles inimaginables.

—JÓ…

—Ya basta, Kikyo —dijo Inuyasha firmemente—, no sueltes la boca delante de los niños.

Kikyo frunció el ceño.

—¡¿POR QUÉ NO TE CASAS CON ELLA?! ¡PARECE COMO SI LOS DOS FUERAIS UNOS SANTOS CUANDO SE TRATA DE LOS JODIDOS NIÑOS!

Kagome ahogó alegremente un grito.

—¿Eso crees? ¡Oh, mis sueños se han hecho realidad!

—Cállate, Kagome. —Inuyasha puso los ojos en blanco y Kagome se rió mientras se daba la vuelta y recorría lo que le quedaba de colina. Inuyasha, lentamente, subió la colina con su novia.

Llegaron a lo alto e Ichiro y Kasumi soltaron una exclamación al ver el enorme castillo delante de ellos. Kyo se escapó de los brazos de Kagome y corrió a la base donde una escalera de cuerda conducía a una magnífica mansión.

—Vaya —Hikari se rió—. ¿No fue el tío Miroku el que construyó esto?

—¡Shh! ¡Es un castillo! —Inuyasha sonrió ampliamente y Ai soltó un gritito.

—¿Es cierto que ahí vive una princesa?

—Sí… Kagome, ¿qué te parece si vas a buscar a la princesa? Llévate la mochila y dale la tiara dorada.

Riendo, Kagome cogió la mochila que le daba él y entró en el gran castillo situado en un viejo roble.

—Es una maldita casa en un árbol, Inuyasha —bufó Kikyo—, los niños se divierten tan fácilmente.

—¡Es un castillo en un árbol! —defendió Ai—. ¡Mi papi y el tío Sesshomaru lo construyeron!

El castillo, en realidad, era una casa en un árbol que Sesshomaru y Miroku habían hecho cuando nacieron Ai y Rin. Era una casa del árbol enorme de dos plantas y una escalera que subía hasta una trampilla.

Kikyo simplemente puso los ojos en blanco. Inuyasha estaba a punto de decir algo cuando la voz de Kagome atravesó el aire.

—¡Inuyasha! ¡Al príncipe le da vergüenza salir, ayúdame a convencerlo!

—¡Voy! —Inuyasha sonrió mientras subía por la escalera y entraba en la casa a través de la entrada del suelo. En cuanto estuvo arriba, vio que Kagome se había puesto el vestido de princesa, un vestido amarillo claro sin mangas que fluía elegantemente. Una tiara de plástico adornaba su pelo y se había puesto largos guantes de princesa.

—Van a saber que somos nosotros. —Kagome puso los ojos en blanco mientras Inuyasha sacaba la capa que iba a juego con su traje.

—¿Y? Les diremos que tenemos sangre azul.

Kagome se dio la vuelta mientras Inuyasha se cambiaba de pantalones y se ponía la parte de arriba antes de atar la capa alrededor de su cuello. Cogió su corona y se la puso en la cabeza.

—Bien —dijo y Kagome se giró. Se rió en voz baja mientras caminaba hacia él.

—Tu pelo no pega nada así. Prueba esto —dijo mientras le recogía el pelo en un moño antes de colocarle la corona en lo alto, haciendo parecer que tenía el pelo corto. Dio un paso atrás y lo examinó.

—Te queda mucho mejor el pelo corto —rió y él puso los ojos en blanco.

—Vamos, mademoiselle —dijo mientras le tendía la mano—, hay un balcón aquí que da directamente a donde están los niños.

Apartando una cortina, Inuyasha y Kagome salieron al balcón, donde oyeron que Ai gritaba.

—¡MIRAD! ¡SON ELLOS!

Kagome alzó la mano y saludó lentamente mientras Inuyasha sonreía ampliamente.

—¡BIENVENIDOS A MI PALACIO! Entrad bajo vuestra cuenta y riesgo. Recordad, un pie detrás del otro en la escalera. Empezamos con la más joven, la señorita Kasumi.

Kasumi subió por la escalera de cuerda y Kikyo, aunque no le gustaban mucho los niños, la ayudó a subir. No quería que Inuyasha le gritara si Kasumi se caía. Kagome fue hacia la trampilla y ayudó a subir a Kasumi en cuanto estuvo lo suficientemente alta.

—EL SEGUIENTE ES… ¡SIR ICHIRO!

Ichiro empujó a Kikyo cuando se le acercó para ayudarle, y Kikyo gruñó.

—Menudo agradecimiento obtengo por ayudarte, pequeño mocoso.

Ignorándola abiertamente, Ichiro subió por la escalera y miró a la princesa, sorprendido.

—Y ahora, Sir Kyo.

Sonriendo, Kyo subió corriendo la escalera para conocer a los verdaderos príncipes.

—Lady Hikari.

Hikari le sacó la lengua a Ai mientras se dirigía a ascender por la escalera.

—¡Y la mayor, la joven Lady Ai!

Riendo, Ai subió la escalera bastante bien. Inuyasha asintió en dirección a Kikyo, que bufó, se sacó los tacones y subió por la escalera justo detrás de Ai. Sentados en círculo, Hikari y Ai miraron con escepticismo a los príncipes.

—¿Mamá? —Ai arqueó una ceja. Kagome sonrió e hizo una reverencia.

—Inuyasha y yo tenemos un secreto —susurró Kagome—. Somos la familia real del antiguo y místico país de Shikon.

—¿Shikon? —repitió Hikari.

—Sí. —Inuyasha hizo una reverencia, una espada de plástico colgaba de su cintura—, esta es mi espada, Tetsusaiga, y yo salvo a la princesa a menudo de una persona malvada y traicionera.

—¿Quién? ¡QUIÉN! —exigió Kyo y tanto Inuyasha como Kagome se miraron antes de murmurar al unísono…

—La bruja mala del oeste.

Los niños soltaron una exclamación mientras Kikyo ponía los ojos en blanco con impaciencia. Qué estúpido. ¿No saben que parecen marionetas?

—Nos habéis planeado un festín, ¿no? —preguntó Kagome, sentándose al lado de Inuyasha. Inuyasha sacó la cesta de picnic de la mochila y la abrió, revelando sándwiches de atún, tortitas de arándanos, tarta de manzana y cartones de zumo de naranja.

—¡Oh, vaya! —exclamó Kagome alegremente—. ¡Un festín digno de una princesa!

—Y de un príncipe —completó Inuyasha y Kagome le sonrió. En menos de un segundo, todos saltaron a por la comida, excepto Kikyo…

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Kagome e Inuyasha se sacaron los disfraces y bajaron la colina el uno al lado del otro con los niños corriendo a su alrededor. Kikyo iba unos pasos detrás de ellos. Ai le dio la mano a Kagome y alzó la mirada hacia su madrina, sonriendo con inocencia.

—¿El tío Inu es tu príncipe, mamá?

—Así es, cariño —contestó Kagome, una pequeña sonrisa se formaba en sus labios.

—Entonces estáis enamorados, ¿no?

Esto atrajo la atención de Kikyo.

—Sí, niña. —Inuyasha sonrió mientras rodeaba juguetonamente la cintura de Kagome con su brazo.

—Entonces, si os queréis, —continuó Ai con su parloteo—, como mi mami y mi papi, y como la mami y el papi de Hikari… entonces hacéis lo que hacen las mamis y los papis, ¿no?

Kagome carraspeó y apartó la mirada de la sonrisa burlona de Inuyasha.

—Claro. —Meneó las cejas en dirección a Kagome, que le dio un puñetazo en el brazo.

A Kikyo no le gustó esa interacción.

—Entonces, tío Inu —siguió Ai, poniéndose al lado de su madrina—, ¿puedes besar a mamá como besa mi papi a mi mami?

Kagome se detuvo e Inuyasha palideció visiblemente. Hemos caído de lleno. Pensaron ambos y a Kikyo se le inyectaron los ojos en sangre.

—¡NO VA A BESUQUEARSE CON ELLA!

—¡POR FAVOOOOOOOOOOOOOR! —rogó Ai—. ¡Sólo un beso!

—Pero Ai-nee-chan —balbuceó Kyo adorablemente—, ¡tito Inu va a coger piojos!

—¡Mi mamá no tiene piojos! —defendió Ai—. Y es… ¿cómo lo llamó la tía Ayame? ¿Nomántico?

—¡No! Era romántico. —Hikari puso los ojos en blanco. Kagome tragó saliva.

—Ehh, no podemos besarnos —afirmó—, porque eso va contra… las reglas de las princesas, sí… No puedo besar a mi príncipe en público o perderé mi corona.

A Ai empezaron a humedecérsele los ojos.

—¡Pero yo pensaba que si querías a alguien como mi papi quiere a mi mami y hacías lo que mi papi hace con mi mami y puedes besar a mi mamá porque acabas de decir que quieres a mi mamá como mi papi quiere a mi mami! ¡Me has mentido, tío Inuyasha!

Inuyasha se encogió. Ai nunca lo llamaba tío Inuyasha, sólo tío Inu. Miró a Kagome, indefenso, y sus ojos se abrieron como platos. ¡NO! Vocalizó mientras Kikyo gruñía.

—¡No! —exigió Kikyo a la vez que Inuyasha veía a Ai gimoteando y caminando al lado de Kagome.

—No llores, niña —dijo con tono tranquilizador mientras se dirigía a cogerla en brazos. Kasumi estaba acurrucada en el pecho de Kagome, ya dormida.

—¡NO! —chilló Ai. Los niños se enfadaban con tanta facilidad.

—Vale, bien —suspiró Inuyasha en señal de derrota—, sólo un beso, pero no llores, ¿vale?

—¡YUPI! —chilló Ai. Él se giró hacia Kikyo y le dirigió una mirada deliberada, Inuyasha miró a Kagome y se inclinó hacia delante, dándole sólo un beso en los labios. No era un gran beso, y Kagome se giró hacia Ai sonriendo.

—¿Contenta?

—¡Nop! Mi papi y mi mami hacen algo raro con los labios cuando terminan y ambos se ponen rojos.

Kagome sintió que se moría allí mismo. ¡¿Quiere que nos demos un FRANCÉS?!

—Ése es un beso especial que no se puede dar en público —lo intentó Kikyo.

—No vale. Mi mami y mi papi lo hacen —declaró Ai.

—¡Los míos también! —aportó Hikari.

—¡Hacedlo! ¡Hacedlo! ¡Hacedlo! ¡Hacedlo! —corearon Hikari y Ai. Sin saber qué estaba pasando, Kyo e Ichiro se unieron, creando alboroto. Si no les daban lo que querían a los niños, entonces tendrían a un motón de niños llorando entre sus brazos.

Y eso no era algo que Kagome e Inuyasha quisieran.

—Bien, solo un beso. —Inuyasha miró a Kagome—. Y entonces tendréis que dejar de quejaros y meter el culo en los carritos. ¿Entendido?

—¡SÍ! —gritaron los niños. A Kikyo le salió humo por los ojos al ver a Inuyasha inclinándose hacia delante. En un abrir y cerrar de ojos, sus labios se posaron en los de ella, dándole dos ligeros besos antes de separarse, Kagome estaba fuertemente sonrojada.

—Ya está, vámonos —murmuró Inuyasha mientras daba unos pasos por delante de Kagome. Kikyo iba a tener una pequeña charla con Inuyasha.

¡No puede ir por ahí besando a zorras delante de mí! Pensó amenazadoramente. Era una pena que sus pensamientos fueran totalmente opuestos a lo que estaba pensando Kagome.

¿Los pensamientos de Kagome? No me puedo creer que me haya besado.

Pero eso no era todo…

No me puedo creer que no quisiera que se detuviera.

Ahora era el turno de Kagome de probar un poco del sabor… del amor.

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Y hasta aquí por hoy. Sé que ha pasado muchísimo tiempo pero, como expliqué en el otro fic, la Universidad consume todo mi tiempo. Espero que os haya gustado.

Nos vemos pronto,

Minako k