El sabor del amor
Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.
Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.
Rangos de edad: Kagome – 20, Sango – 22, Miroku – 25, Inuyasha – 26
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Fiesta sorpresa
Quedaba exactamente una semana para el sexto cumpleaños de Ai. No habían recibido ninguna noticia de Japón en las últimas dos semanas y eso había tranquilizado ligeramente los nervios de Kagome, pero todavía se asustaba cada vez que sonaba el teléfono.
Ayumi se había ofrecido la noche anterior para preparar una fiesta sorpresa para Ai, ya que quedaban exactamente siete días para su sexto cumpleaños y todos estaban bastante emocionados porque iba a empezar en Primaria. Ese día, Miroku y Sango iban a hacer planes con el chef para ver qué cocinaría para su fiesta. Ayame, Kouga, Hayabusa y Yuka planeaban la decoración y los demás iban a mantener ocupados todo el día a los niños.
Kagome, Inuyasha y Kikyo habían decidido ir al centro a comprar los regalos de Ai. Al día siguiente irían otros tantos hasta que todos le hubieran comprado regalos. Justo antes de que Kagome, Inuyasha y Kikyo se fueran, Sango se llevó a Kagome aparte.
—Vigílala, ¿eh? —le susurró Sango mientras Inuyasha y Kikyo salían de la casa. Kagome arqueó una ceja en dirección a Sango.
—Mmm… ¿vale?
—No, en serio —le susurró Sango a su mejor amiga—, siempre que estabas cerca de ella nos tenías a uno de nosotros. Kagome, ella no es normal.
—Ya lo sé, Sango —susurró Kagome, pero Sango negó con la cabeza.
—No, escucha, nadie sabe esto, pero ella se acostó con Miroku…
Kagome abrió los ojos como platos y se olvidó de respirar. La mirada que le dirigía Sango era de seriedad, tan… tan sombría que Kagome supo que Sango no estaba para nada de broma. Frunció el ceño tras la sorpresa inicial y abrió la boca para decir:
—¿Cómo… es que no me lo has dicho antes?
Sango suspiró.
—Queríamos mantenerlo en secreto…
—Espera, —Kagome interrumpió a Sango—, ¿cuándo?
—Cuando estaba embarazada de tres meses de Ai… —susurró Sango y Kagome se sorprendió todavía más.
—¡¿Quieres decir que estabais casados?!
—Ella lo drogó. —Sango tragó saliva—. Esa mujer hace cualquier cosa para conseguir lo que quiere… también quería a Kouga y no te creerías lo que hizo sólo para acercarse a él… Kagome, por tu bien, he visto que te has vuelto más cercana a Inuyasha… por tu bien y por el suyo, no te pongas en su contra.
Kagome sintió que la parálisis se extendía en su interior al recordar lo que había pasado el día que Inuyasha y ella habían compartido un beso por primera vez delante de Kikyo. Con los ojos puestos en Sango, Kagome preguntó lo que había hecho con Kouga.
—Intentó hacer daño físicamente a Ayame. Estaban comprometidos y ella intentó atropellar a Ayame. Al final, acabó rindiéndose con Kouga ante la terquedad de Ayame y se volvió hacia Inuyasha, que en ese momento estaba soltero. Como nadie se interponía en su camino, lo consiguió…
Kagome sintió como si fuera a caerse. Así que la dulce e inocente estrella del porno tenía un secreto enorme. Muy interesante, la verdad. Asintió y abrazó a su amiga antes de dar un paso atrás y dirigir la mirada hacia la puerta por la que habían salido Inuyasha y Kikyo momentos antes.
—¿Él lo sabe? —preguntó Kagome girándose hacia Sango.
—¿Inuyasha? Sabe que Miroku se acostó con ella, pero no sabe que Kikyo lo drogó. Inuyasha piensa que Miroku estaba borracho cuando pasó. En cuanto al caso de Kouga y Ayame, no tiene ni idea. Él estaba en Japón cuando pasó y decidimos no contárselo para protegernos de los gritos. De todas formas, no nos habría creído. —Sango respiró hondo—. Según Miroku y Kouga, tenía pensado pedirle matrimonio.
Kagome abrió aún más los ojos, si es que eso era posible, y Sango asintió.
—Sí, así que no te pongas en su contra. No me habría preocupado tanto si uno de nosotros fuera a ir contigo, pero sólo con Inuyasha y Kikyo, bueno… si necesitas a alguien llámanos, ¿vale?
Kagome asintió y abrazó a su amiga antes de salir corriendo al exterior y ver a Inuyasha en el asiento del conductor y a Kikyo en el del copiloto. Inuyasha arqueó una ceja en su dirección, pero Kagome no respondió mientras corría hacia el coche y se sentaba en el asiento de atrás, cerrando la puerta antes de que Inuyasha arrancara.
Algunos fragmentos de su corta conversación con Sango picaban en su interior mientras Kagome miraba a Kikyo.
¿De verdad es capaz de hacer eso?
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Fue un viaje largo, cuatro horas, ya que la casa de verano de Inuyasha estaba a las afueras de la ciudad. Al detenerse en un semáforo en rojo, Kagome se maravilló con las luces y el ajetreo del centro. La gente vendía baratijas en diferentes puestos en la acera, y otros cantaban y bailaban por dinero… se sentía como si volviera a estar en el corazón de Tokio.
Inuyasha se acercó lentamente a una tienda y aparcó el coche para que se bajaran los tres. Encendió la alarma y entraron en la tienda, que tenía puesto el aire acondicionado, mientras Kikyo se cogía del brazo de Inuyasha. Al darse cuenta de que su novia se estaba agarrando a él, la mirada de Inuyasha se posó en Kagome, que estaba pasando una mano sobre un precioso joyero.
—Kagome —la llamó y ella vio por encima de su hombro que Kikyo e Inuyasha se dirigían al otro lado de la tienda—, si nos necesitas llama, ¿vale?
Kagome asintió antes de volverse hacia lo que había estado mirando. Era un joyero tallado en madera de roble con una pieza de cristal en la parte superior, lo que permitía que el dueño viera el interior de la caja, que estaba revestido de terciopelo. Había una separación para los anillos, otra para los collares y las pulseras e incluso había otro compartimento para aros para la nariz y pendientes.
Es precioso. Pensó Kagome mientras abría la bella caja. El fresco aroma a roble llenó sus fosas nasales mientras examinaba el interior. Era hermoso, al igual que el joyero, y Kagome sabía que Ai era una fanática del maquillaje y de las joyas, lo que lo convertía en el regalo perfecto para un niño de parte de su madrina. Un vendedor se acercó a Kagome, era un hombre alto y de apariencia amable que llevaba puestos unos pantalones flojos de color caqui y una camiseta negra.
—Buenas tardes, señorita —la saludó mientras Kagome sonreía.
—Buenas tardes. ¿Cuánto cuesta esto?
—Está en rebajas por sólo cincuenta dólares, pero por diez dólares más puede ponerle un nombre en la tapa con caligrafía dorada.
—¿De verdad? —murmuró Kagome volviendo la vista a la caja—. ¿Cuánto tardaría eso?
—Podemos hacerlo ahora —El hombre sonrió—, puedo hacérselo ahora mismo mientras le echa un vistazo a la tienda. ¿Qué nombre sería?
Kagome sonrió.
—Ai. Que sea Ai.
—Ah. —El hombre soltó una risita por lo bajo—. Qué nombre tan maravilloso. ¿Puedo asumir que es el suyo?
—Oh no, mi ahijada. Va a cumplir seis años la semana que viene.
El hombre le sonrió, cogiendo el joyero de la estantería.
—Tiene suerte —comentó—. Vuelvo ahora. Si me necesita, dígale al cajero que llame a David.
Kagome asintió y el hombre desapareció detrás de una cortina de hilos, dirigiéndose a una sala trasera donde Kagome asumía que hacían los ajustes finales a sus juguetes y baratijas. Se dio la vuelta y empezó a vagar sin rumbo por la tienda, descubriendo las cosas maravillosas que tenían expuestas.
Había una capa principesca expuesta en un conjunto de príncipe: un báculo, una corona y un cinturón multiusos. Se rió para sus adentros y Kagome lo admiró, descubriendo que le quedaría muy mono a Ichiro, ya que le gustaban las cosas feudales.
Puede que en otro momento. Pensó, sabía que sería injusto para los demás niños que le comprara algo a Ichiro así como así y a los demás no. Al darse la vuelta para mirar si David había terminado con su joyero, vio que Inuyasha y Kikyo estaban en la caja registradora, pagando lo que habían comprado. Caminó hacia sus dos conocidos, le sonrió al cajero y se volvió hacia Inuyasha y Kikyo.
—¿Encontrasteis algo? —Arqueó una ceja en dirección a Inuyasha que asintió, sonriendo.
Le extendió una pequeña caja de terciopelo y Kagome la cogió y la abrió, ahogando una exclamación al ver la brillante joya que había dentro. Inuyasha le había cogido a Ai un pequeño collar de diamantes con las letras A e I salteadas de diamantes. Formando la palabra Ai, era un pequeño collar que podía llevar al cuello en todo momento.
—Lo pedí hace unos días y tenía que venir hoy a recogerlo —dijo mientras se metía la caja en el bolsillo.
Miró a Kikyo y Kagome arqueó una ceja.
—¿Y tú que le has comprado?
Kikyo resopló y se apartó el pelo de la cara.
—Yo no me voy a molestar en comprar nada para los niñatos.
Una sombría expresión cruzó por los ojos de Kagome e Inuyasha al oír eso. Ai era muy querida por ambos y los dos odiaban que alguien hablara mal de ella o de cualquiera de los demás niños. Kagome abrió la boca para contestarle, pero se detuvo al ver al vendedor de antes caminando hacia ella con la caja envuelta pulcramente en papel de regalo rosa.
—Aquí tiene, señorita —dijo sonriendo y tendiéndole la caja a Kagome. Kagome le dirigió su más glamurosa sonrisa estilo Miko y le dio las gracias.
—¡Muchas gracias! ¡Incluso lo has envuelto!
—Es lo menos que puedo hacer por una mujer hermosa.
Sintiendo que comenzaba a fraguarse un gruñido en su garganta, Inuyasha colocó una mano en el hombro de Kagome, para disgusto del hombre y de Kikyo.
—Kagome, tenemos que irnos pronto.
Asintiendo, Kagome se giró hacia el cajero y pagó lo que debía. Justo cuando se giraba para marcharse con Inuyasha y Kikyo, el vendedor corrió hacia ellos y alcanzó a Kagome en la puerta de la tienda.
—Tome —dijo mientras le tendía un trozo de papel—, digo, por si alguna vez se aburre.
Con los ojos abiertos como platos, Inuyasha agarró a Kagome del brazo y la llevó fuera. Kikyo ahogó una exclamación al sentir que la sacaban a la calle por la fuerza. Kikyo todavía estaba agarrada a Inuyasha, por lo que la arrastraba a dondequiera que fuera.
—Oh, te llamará, ¡me aseguraré de ello! —le dijo Inuyasha, su voz tenía un fuerte tono de sarcasmo. Kagome ya tenía un sermón preparado mientras le lanzaba una mirada asesina a Inuyasha, que la llevaba al asiento trasero del coche. Encendió el coche inmediatamente y dio marcha atrás con destreza para luego arrancar.
—¡Oh! ¡Inu! ¡Inu! —chilló Kikyo e Inuyasha la miró.
—¿Qué?
—¡Para un segundo! ¡Tengo que ir a esa tienda! —Kikyo estaba señalando una tienda que tenía la colección de Kikyo, Flecha purificadora. Gruñendo, Inuyasha aparcó a un lado de la carretera y Kikyo salió y entró en la tienda. Se creó un silencio incómodo, así que Inuyasha decidió hablar primero.
—No me ha gustado cómo has coqueteado con él —gruñó y Kagome alzó las cejas.
—¿Y eso viene de un hombre que me viola los labios continuamente cuando su novia está en casa?
Inuyasha giró la cabeza mientras gruñía y perforó a Kagome con la mirada.
—Le estabas prestando mucha atención.
—¿YO? —chilló Kagome—. ¡¿Yo o ÉL?! Quién le dio a quién su número de teléfono, dime, Takahashi.
Oh, estaba enfadada. Más que enfadada. Nunca lo llamaba por su apellido y allí estaba ella, no lo llamaba Inuyasha, ni Casanova sino Takahashi. Ocultando una mueca, Inuyasha descubrió sus colmillos mientras gruñía.
—Diste a entender que él te gustaba.
—¡Yo no di a entender nada!
Ya no lo aguantaba más, así que Kagome abrió la puerta de golpe y salió, fulminando con la mirada a Inuyasha con todas sus fuerzas.
—¡Vete a casa con ella! ¡Yo puedo caminar, maldición!
Se dirigió a la tienda en la que había entrado Kikyo, iba maldiciendo las agallas de ese tipo por lo bajo. Ella no era su amante, ni su esposa, ni su novia, ni su puta. No tenía ningún derecho a controlarla cuando ya tenía novia. Era completamente obvio que Kagome no había estado coqueteando con David, pero un hombre del estilo de Inuyasha siempre observaba una situación desde más de una perspectiva. La que más le convenía.
Inuyasha frunció el ceño y salió del coche de un salto, listo para cantarle las cuarenta a Kagome. Contento de que se hubiera detenido en la entrada de la tienda, Inuyasha abrió la boca para decir algo, pero la cerró inmediatamente. La mirada de Kagome estaba fija en una única cosa.
Kikyo.
Inuyasha abrió los ojos como platos y sintió que se le aceleraba el corazón ante lo que tenía delante. Justo al otro lado de la tienda, Kikyo estaba con un hombre que tenía el uniforme del comercio, besándolo apasionadamente.
Oh, Dios mío. Pensaron a la vez Inuyasha y Kagome.
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Kouga, Ayame, Hayabusa y Yuka habían decorado completamente la habitación de juegos y Kouga la cerró detrás de él, guardándose la llave. Las serpentinas y el confeti estaban bien colocados y habían decidido que la mañana de la fiesta hincharían globos de helio. Al volver a la habitación principal, a Ayame le divirtió encontrar a Hojo llevando a Hikari a caballito.
—¿Te diviertes, Asuki? —bromeó Kouga al ver a su hija sonreír desde encima de Hojo. Sonriendo, Hojo se levantó, bajando con esfuerzo a Hikari, que se reía como una loca.
—Mucho —respondió Hojo mientras Daichi hacía girar a Kasumi, que daba palmadas al sentir que una ola de emoción la recorría.
—Son como niños. —Eri puso los ojos en blanco al ver a su Hojo jugando con Hikari y con Kyo.
—¿Dónde están Sango y Miroku? —preguntó Hayabusa y Ayumi se encogió de hombros.
—La última vez que los vi estaban en la cocina.
—¡Pensamientos sucios! ¡Arg! ¡Oh, Dios! —Kouga se agarró la cabeza y su mujer le dio una colleja.
—Eres igual de hentai que Miroku. Y eso no es nada bueno —bromeó Ayame, haciendo que los demás estallaran en carcajadas.
—Iré a ver qué hacen —gruñó Kouga mientras se dirigía a la cocina. Riendo, Ayame siguió a su marido, dejando que Hayabusa y Yuka se unieran a Ayumi, Daichi, Eri y Hojo para entretener a los niños.
—¿Quién quiere jugar a las casitas? —propuso Daichi, y todos los niños gritaron "¡YO!" a coro.
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Kagome parpadeó varias veces para asegurarse de que no se lo estaba imaginando e Inuyasha, en vez de sentir enfado como le había pasado con Kagome y el dependiente, tuvo ganas de reírse ante la ironía. Allí estaba él, desarrollando sentimientos por la mejor amiga de la mujer de su mejor amigo (Miroku y Sango) y pensando que estaba poniéndole los cuernos a su novia a quien había planeado proponerle matrimonio y, ¡tachán!, la ironía se había retorcido y había mordido a Inuyasha en el culo al presenciar a su novia intercambiando saliva con el dependiente de la tienda.
—Y eso —murmuró Kagome— es ironía en su máximo esplendor.
Al darse la vuelta, Kagome alzó una ceja ante la sonrisa bobalicona que esbozaba Inuyasha. Le dio un golpe en las costillas para atraer su atención y él le rodeó los hombros con un brazo, señalando a Kikyo.
—¿Te has dado cuenta de cómo inclina la cabeza a un lado cuando se lía con ese tipo? Su cabeza nunca se mueve, yo nunca lo he notado.
Kagome empujó a Inuyasha mientras cogía aire y se giraba para ir hacia su coche.
—Eres perturbador —murmuró mientras se dirigía a abrir la puerta para entrar en el coche. Inuyasha se sentó riendo en el asiento del conductor. De alguna forma se sentía más ligero que antes al saber que Kikyo no estaba, obviamente, unida emocionalmente a él.
—¿No deberías estar asombrosamente cabreado ahora que has descubierto que tu novia te engaña? —Kagome arqueó una ceja e Inuyasha se encogió de hombros.
—Nop. No tengo ni idea de por qué no lo estoy. No puedo decir que yo sea mucho mejor que ella. Yo también lo he estado haciendo.
Le guiñó un ojo a Kagome a través del retrovisor. Kagome gruñó, asqueada, mientras ponía los ojos en blanco.
—¡Oh, señor! Y yo he tomado parte en ello… Zeus, dispárame un rayo, ¡ahora!
—Me temo que eso no va a ser posible —bromeó— si te vas, ¿quién se va a vestir de puercoespín?
Antes de que Kagome pudiera responder, una sonrojada Kikyo volvió a entrar en el coche y se sentó en el asiento del copiloto.
—Oh, vaya, —se abanicó, intentando calmar la rojez de su rostro—, hacía tanto calor en la tienda.
Resoplando, Kagome miró por la ventanilla.
—Claro que sí, Kikyo —murmuró, preguntándose qué estaba pensando Inuyasha respecto de Kikyo y ella.
Kikyo es su novia, pensó para sus adentros, pero está claro que le importó más cuando David estaba coqueteando conmigo que cuando descubrió que su novia lo engañaba… lo engaña.
Observó a Inuyasha mientras conducía, y Kagome sintió que se le aceleraba el corazón. ¿Qué es lo que quiere de mí exactamente? ¿Y de Kikyo…?
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—¿Dónde está tu hermana? —le preguntó Akira a Souta, que estaba sentado en su habitación mirando con miedo a su padre. Su padre nunca le había pegado y nunca lo haría, pero la ira que irradiaba de él estaba muy cerca de parecer una bofetada física.
Los padres de Souta le habían cortado la línea telefónica y habían enviado a un guardaespaldas bastante personal para que fuera donde fuera Souta. Souta tenía terminantemente prohibido usar cualquier teléfono o similar y sus padres habían recolocado todos los teléfonos de la casa para que estuvieran cerca de su habitación de forma que, si Souta tenía que usar alguna vez el teléfono, un sirviente, un guardia o sus padres lo vieran.
Souta no se había puesto en contacto con su hermana. No podía hacerlo.
—¡Ya sabéis dónde está! —bramó en respuesta, con atrevimiento. Si Kagome había estado bailando con Takahashi Inuyasha, entonces era obvio que estaba en Hong Kong, eso era un hecho. Pero en qué parte de Hong Kong, eso no lo sabía nadie. Akira se había imaginado que, dado que Sango y Miroku vivían allí, Kagome estaría viviendo con ellos, así que había enviado a sus hombres a la residencia de los Lin.
Allí no había nadie.
Todos los días durante la última semana y media, sus hombres comprobaban la casa para ver si llegaba alguien, pero nadie había hecho acto de presencia.
—¡¿Dónde está?! —exigió Akira, su voz se iba alzando con cada sílaba.
—¡No lo sé! —contestó Souta, su tono también iba subiendo. ¿Qué podía hacer su padre? ¿Pegarle? Entrar en un set de rodaje con un ojo morado haría que surgieran preguntas por parte de su director y de su productor.
—¡NO USES ESE TONO CONMIGO! ¿SI TU HERMANA NO ESTÁ EN CASA DE MIROKU, ENTONCES DÓNDE MÁS PODRÍA ESTAR?
La ira atravesó a Souta mientras surgía un sentimiento de protección hacia su hermana.
—No lo sé, papá —susurró Souta con aire letal—, ¡sin ninguna clase de contacto con el mundo exterior no creo que pueda AVERIGUAR ni remotamente adónde ha ido Kagome!
—¡ERES SU HERMANO! —bramó Akira, Korari se detuvo en la puerta—. ¡LOS DOS TENÉIS UN VÍNCULO! ¡DIME DÓNDE ESTÁ!
—Pero tú eres su padre —contestó Souta, una vez más en tono amenazador—. ¿No tienes un vínculo paternal con ella? ¿Y qué hay de madre?
Korari hizo una mueca. Sabía que Akira probablemente se estaba pasando, pero no intervino en ningún momento.
—Mocoso insolente —siseó Akira mientras giraba sobre sus talones y abandonaba la habitación. Korari negó con la cabeza en dirección a su hijo.
—Deberías habérselo dicho, Souta —murmuró.
—¿Por qué? —arqueó una ceja—. ¿Para que podáis entregarle su vida al diablo? Asumidlo, incluso si supiera dónde está Nee-chan, nunca os lo diría. Ella es lo bastante mayorcita para tomar sus propias decisiones, así que dejad de ordenar su vida.
Korari fulminó a su hijo con la mirada antes de girarse y marcharse, siguiendo a su marido. Souta fijó la mirada en el techo mientras se tiraba en la cama.
Estés donde estés, Nee-chan, pensó, por favor, ten cuidado.
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Y hasta aquí uno más. Muchas gracias por leer y comentar, os adoro.
Besoos
