El sabor del amor
Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.
Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.
Rangos de edad: Kagome – 20, Sango – 22, Miroku – 25, Inuyasha – 26
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Tal para cual
Kagome, Sango, Ayame, Yuka, Eri y Ayumi entraron silenciosamente en la habitación de Ai la mañana del 17 de julio. Intercambiando una mirada maliciosa con Sango, Kagome saltó sobre la cama de Ai y la agarró por las piernas mientras Sango le sujetaba los brazos. Las seis vestían trajes de ninja que les cubrían la boca y sólo mostraban sus ojos. Ai se despertó sobresaltada y estuvo a punto de gritar, pero Ayumi le tapó la boca.
—Hemos venido a rescatarla, princesa Ai —susurró Kagome con voz áspera, muy diferente a la suya. No quería que se descubriera su tapadera. Los truenos aullaban en el exterior, pero eso no iba a impedir las actividades de ese día. Había empezado a tronar y a llover a medianoche, y aún seguía a las 11 de la mañana, hora en la que Kagome y las demás estaban despertando a Ai.
Ai todavía forcejeaba y no escuchaba lo que le decían. Ayumi le destapó la boca y soltó un grito ensordecedor.
—¡MAMIIIIIIIIIIIIII!
Esa era la señal de Miroku y Kouga. Miroku también iba vestido con un traje de ninja que le cubría la boca. Entró corriendo en la habitación, portando una espada de plástico en las caderas y con cara de preocupación.
—Ichi, ¿la tenéis? —le preguntó Miroku a Kagome. Tenían incluso nombres en clave, pero eran muy poco originales. Sólo eran números.
—Así es, Roku. —Kagome había encontrado conveniente que el nombre de Miroku tuviera el número seis japonés.
—Bien —Miroku sonrió al ver la expresión en la cara de su hija—. Ni, suelta a la princesa.
Sango soltó inmediatamente a Ai, que se escapó con lágrimas en los ojos.
—¿Quiénes sois? ¿Dónde están mi mami y mi papi? —Ai estaba sollozando y Sango sentía que su corazón ansiaba abrazar a su hija, pero eso estropearía la sorpresa. Kouga también tenía un traje de ninja, pero junto con su cara cubierta llevaba un turbante árabe.
—San —Miroku se giró hacia Kouga, que arqueó una ceja.
—¿Qué pasa, Roku?
—¿Dónde está Lord Jyuu? —Miroku arqueó una ceja. Jyuu, el número diez, era Inuyasha.
—Lord Jyuu está esperando a la princesa Ai. —Kouga hizo una profunda reverencia y Ayumi se giró hacia Yuka y Eri.
—Shi, Nana y Go… tenemos que vestir a la princesa —les dijo Ayumi a Yuka, Ayame y Eri, que eran los números cuatro, siete y cinco, respectivamente.
—Sí, Hachi —le dijo Yuka a Ayumi, que era el número ocho.
—¿Quiénes sois? —imploró Ai una vez más, sus lágrimas eran cada vez menos al ver que no iban a hacerle daño. Kagome se volvió hacia Ai y le sonrió con cariño, aunque Ai no podía verlo ya que sólo se veían los ojos de Kagome.
—Yo soy Ichi, y estos son mis compañeros, Ni, San, Shi, Go, Roku, Nana y Hachi —dijo Kagome y Ai frunció el ceño, estaba claro que no les creía.
—¡Sois números!
—Es nuestro clan, princesa Ai —dijo Ayame—. Usted tiene que conocer a Lord Jyuu, que la está esperando en el salón.
—¿Dónde están mis padres? —pidió Ai y Kouga soltó una pequeña risa. Fue hacia Ai y la cogió en brazos, apoyándola contra su cadera.
—Se están preparando para el gran festín que se aproxima. Usted, mi princesa, tiene que prepararse. Los ninjas Shi, Go, Nana y Hachi la ayudarán.
—¿Y qué pasa con nosotros? —Kagome enarcó una ceja. Era una actuación muy bien ensayada desde la noche anterior, y cada uno tenía sus propias frases. Si uno de ellos se equivocaba, toda la actuación se desmoronaría y Ai sabría inmediatamente quiénes eran.
—Ichi y Ni —dijo Miroku—, vosotras ayudaréis a San a acomodar a Lord Jyuu. Yo, el gran Roku, custodiaré a la princesa Ai mientras Shi, Go, Nana y Hachi la preparan, por si la malvada reina Kyuu ataca.
Kyuu, el número nueve de la lista, era Kikyo. Kagome asintió y se levantó.
—Ven, Ni —le dijo a Sango—, debemos ayudar a Lord Jyuu.
Kagome, Sango y Kouga salieron corriendo de la habitación mientras Miroku le sonreía a Ai.
—Ahora, princesa —empezó Miroku—, su palacio la espera…
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—Bien.
Kagome se sacó la máscara al llegar al salón donde Inuyasha estaba vestido de príncipe. Era el disfraz de cuando habían ido a visitar la casa del árbol. Sango gruñó al sentarse en el sofá y se frotó la frente mientras Kouga se desplomaba a su lado.
—¿Me recordáis quién es quién? —pidió Inuyasha—. Si se supone que soy el maldito rey, al menos informadme de quién es cada número…
—¿No podríamos haberlo hecho más simple? —gimió Sango y Kagome negó con la cabeza.
—¿Querías inventarte nombres para cada uno de nosotros? Los números están bien.
Kagome se giró hacia Inuyasha y empezó a decirle quién era quién.
—Yo soy Ichi (uno) —dijo Kagome e Inuyasha asintió—. Sango es Ni (dos), Kouga es San (tres),Yuka es Shi (cuatro), Eri es Go (cinco), Miroku es Roku (seis), Ayame es Nana (siete), Ayumi es Hachi (ocho), Kikyo es Kyuu (nueve) y tú eres Jyuu (diez).
—¿Y Daichi, Falcon y Hojo? —Inuyasha arqueó una ceja al pensar en esos tres y Kagome soltó una risita.
—Se supone que son los dioses que bajarán de los cielos para bendecir a Ai. Daichi es Hyaku (cien), Hayabusa es Sen (mil) y Hojo es Man (diez mil).
Inuyasha se rascó la cabeza.
—Me está empezando a doler la cabeza. ¿De quién fue la brillante idea de llamarnos como malditos números?
—Tú estuviste de acuerdo —resopló Kagome e Inuyasha se limitó a poner los ojos en blanco, admitiendo internamente que Kagome estaba muy mona con el disfraz de ninja. Los truenos volvieron y oyeron las gotas de lluvia chocando contra las ventanas. Era una extraña tormenta de verano, pero eso no había entorpecido demasiado sus planes. No habían invitado a los que vivían en el centro de Hong Kong, ya que la casa de verano estaba a cuatro horas de cualquier sitio civilizado o con algo de vida.
—Da igual. —Inuyasha puso los ojos en blanco y volvió a sentarse en el sofá. Kagome examinó el salón. Había globos colgados del techo y las serpentinas bajaban por las paredes. Había un arco hecho con globos rosas y blancos colocado en la puerta y pequeños adornos que parecían no parar de girar colgaban del techo.
En resumen, el salón era como un castillo de fantasía para niños. Hayabusa, Daichi y Hojo estaban cuidando de los demás niños mientras las chicas preparaban a Ai.
—Para el cumpleaños de Hikari —gruñó Kouga—, será mejor que sólo le demos una tarta…
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Las chicas le habían puesto a Ai un precioso vestido blanco que habían comprado Kouga y Ayame la noche antes. Parecía un traje de niña de las flores, pero con un toque de princesa. La parte de arriba del vestido tenía mangas vaporosas que se estrechaban en las muñecas de Ai. La parte de abajo se expandía en círculo, dándole una apariencia de la realeza. Adornando su pelo, que Yuka había cepillado, había una pequeña tiara de flores (eran, obviamente, flores falsas). Ayame le calzó unos zapatos blancos y las cuatro ninjas dieron un paso atrás para admirar su trabajo.
—Princesa. —Todas hicieron una ligera reverencia y Ai abrió los ojos como platos. Miroku entró y contuvo una exclamación al ver cómo se examinaba su preciosa hija.
—Mi señora. —Miroku se inclinó ante ella mientras Ai ahogaba una exclamación. Miroku le entregó un pequeño cetro y se enderezó, seguido de las demás ninjas.
—¿La acompaño a su castillo donde la esperan los demás ninjas?
Ai no tenía ni idea de qué decir, así que dejó que la cogiera en brazos. Esto era tan extraño que Ai estaba segura de que estaba soñando. Pero no era así, sabía que estaba despierta y que era su sexto cumpleaños. A pesar de que ni su familia ni sus amigos estaban por allí, Ai se descubrió sonriendo.
Soy una… ¿princesa?
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Kagome estaba en la cocina con la máscara bajada para poder beber un gran vaso de zumo de naranja. La nevera estaba llena de cerveza y vino, y Kagome sabía que lo habían hecho los chicos para la fiesta que tendrían los adultos después de que los niños se fueran a la cama. Se tragó el zumo y dejó el vaso en el fregadero, subiéndose la máscara antes de darse la vuelta.
Chocó contra el pecho del Lord y arqueó una ceja con diversión cuando él la encerró entre sus brazos y la encimera. La última semana Kagome había estado ocupada preparando la fiesta de cumpleaños de Ai y él no había podido atraparla.
Ésta era la única oportunidad que tenía y no iba a dejarla escapar. Inuyasha alzó una mano, bajó la máscara que cubría la boca de Kagome y sonrió al ver que se lamía los labios, limpiando los restos de zumo de naranja.
—¿Cómo has estado, mademoiselle? —preguntó Inuyasha y Kagome puso los ojos en blanco.
—Perfectamente, Casanova. Tengo una fiesta de cumpleaños a la que asistir, ¿me sueltas?
—No. —Inuyasha se rió por lo bajo mientras se inclinaba para succionar los labios de Kagome, saboreando el zumo que se acababa de beber. Kagome lo apartó con un gruñido y frunció el ceño, haciendo que Inuyasha pusiera cara de confusión.
—¿Y por qué ha sido eso? —inquirió Inuyasha mientras Kagome volvía a colocar la máscara sobre sus labios.
—Te estás comportando como un bastardo estúpido —resopló Kagome—, tienes una novia a la que le ibas a pedir amorosamente matrimonio, sí, Sango me lo ha contado. —Kagome vio la expresión de la cara de Inuyasha—. Y aquí estás, intercambiando saliva conmigo. ¿Es eso justo para Kikyo y para mí? No. Olvida el hecho de que la semana pasada se estuviera besando con aquel dependiente… el karma te ha mordido en el culo, amigo.
—¿A dónde quieres llegar? —gruñó Inuyasha, su ira estaba aumentando ligeramente.
—Kikyo es tu novia —siseó Kagome—, a pesar de lo que todos tus amigos digan de ella, es tu mujer. No yo. Yo sólo estoy aquí con los Lin y, una vez se acabe el verano, me iré con ellos. Probablemente volveré a Japón. —Era una enorme mentira, no iba a volver, pero necesitaba decirle algo a Inuyasha—. Y nunca volverás a verme. Así que deja de hacerme esto y sé feliz con tu maldita novia.
—¿Qué te estoy haciendo? —susurró Inuyasha mientras daba un paso hacia ella. Kagome tragó saliva y lo miró a los ojos.
—¡ICHI! —chilló Sango—. ¡LA PRINCESA ESTÁ AQUÍ!
Al fijar la mirada en la puerta de la cocina, Kagome vio que los demás se apresuraban a reunirse cerca del arco de globos que habían colocado la noche anterior.
—Deja de hacerme querer que me quede —susurró antes de girarse y salir corriendo de la cocina mientras se colocaba la máscara.
Inuyasha no pudo contener la sonrisa que adornó sus labios mientras se pasaba las manos por el pelo.
Ya veo que no soy el único que quiere que se quede, colocó la espada de plástico en su cintura y empezó a caminar, esto debería hacer las cosas diez veces más interesantes…
—Princesa Ai. —Los ninjas numéricos se inclinaron hacia Ai, que parecía estar sorprendida bajo el arco hecho de globos. Hayabusa estaba grabando todo sigilosamente desde un lugar oculto.
—Está usted encantadora, princesa Ai. —Kagome le sonrió mientras se enderezaba, seguida de Sango y Miroku.
—¡NINJAS! —llamó Inuyasha desde su posición en un gran sillón rojo que habían encontrado en una de las habitaciones de la casa de verano. Los ninjas se dieron la vuelta y corrieron hacia Lord Jyuu mientras ahogaban una exclamación. Miroku había cogido a Ai en brazos y la había llevado allí, colocándola delante de Inuyasha. Para ocultar su identidad, Inuyasha también tenía una máscara que le cubría la boca. Se la había puesto al salir de la cocina.
—Vaya, vaya, vaya, princesa Ai —dijo Inuyasha con la voz más maliciosa que pudo poner. Ai parecía asustada a la vez que maravillada y eso hacía que Kagome quisiera chillar con todas sus fuerzas.
—Soy Lord Jyuu —recitó Inuyasha, tal y como había practicado la noche anterior—. Del país de Tama y tú eres la princesa perdida…
Ai chilló al ver que Inuyasha se levantaba. Justo cuando Inuyasha estaba a punto de acariciar la cabeza de Ai, Kikyo entró en escena vistiendo una túnica negra y con una verruga falsa en la nariz. Kagome y Miroku habían tenido que pagarle para que actuara en la celebración del cumpleaños de Ai. Kikyo había recaudado quinientos dólares, doscientos cincuenta de cada uno.
—¡Veo que habéis encontrado a la mocosa! —chilló Kikyo con voz estridente. Ayumi tenía ganas de estallar en carcajadas.
¡Debería llevar siempre la verruga en la nariz! Pensó maliciosamente Ayumi.
—¡AH! —gritó Ai, claramente asustada. Los ninjas se pusieron delante de Ai, sacando las armas. Ai se agarró a la pernera del pantalón de Inuyasha y se escondió detrás de él, asomándose un poco para ver cómo luchaban los ninjas.
—¡Márchese, reina Kyuu! —gritó Kagome y Kikyo resopló.
—¿Y dejar que herede ella el país de Tama? ¡Ni de broma, Ichi!
Ayame sacó una espada de plástico y tocó a Kikyo con ella. Kikyo se hizo a un lado y le sacó la lengua a Ayame.
—¡No puedes derrotarme, Nana! ¡Sólo sois unos molestos ninjas! ¡La princesa Ai y Lord Jyuu serán míos!
—¡No si podemos evitarlo! —intervinieron Daichi, Hayabusa y Hojo. Vestían largas túnicas de color violeta con sombreros de terciopelo. Cada uno tenía un patrón distinto en su ropa. Hojo tenía estrellas, Daichi lunas y Hayabusa relámpagos.
Los truenos seguían resonando en el exterior, pero eso no perturbaba a nadie. Los demás niños estaban en la sala de atrás, esperando su turno. También eran parte de la actuación. Hayabusa había colocado la cámara en un trípode y la había dejado filmando la zona donde se desarrollaba la representación.
—¡Hyaku! ¡Man! ¡Sen! —chilló Kikyo al ver a los tres magos con las manos extendidas. Abrieron los puños delante de sus bocas y soplaron confeti en dirección a Kikyo, que empezó a derretirse en el suelo.
—¡NOOOOOOOOOOO! —chilló Kikyo mientras caía al suelo, su ropa le cubría la cara. Hojo, Hayabusa y Daichi se volvieron hacia Ai caminaron rápidamente hacia ella, con la espalda erguida.
—Princesa Ai —empezó Hojo, bajando la mirada hacia ella—, hoy se une a nosotros para los grandes festejos y le damos la bienvenida.
—Como regalo —Hayabusa dio una palmada—, ¡hemos permitido que vengan sus amigos!
Hojo, Hayabusa y Daichi tenían máscaras cubriéndoles los ojos, así que Ai no tenía ni idea de quiénes eran. Hikari, Ichiro, Kyo y Kasumi corrieron hacia Ai. Ai abrió los ojos como platos cuando Hikari la abrazó.
—¿Qué está pasando? —susurró Ai y Hikari se limitó a sonreír. Le habían dado un trozo de chocolate a cada niño para que no le dijeran nada a Ai.
—¡AHORA! —bramó Inuyasha—. ¡Ninja Ichi y Ninja Roku van a ayudarme a sacar el gran festín! ¡A la cocina real, AHORA!
Miroku y Kagome se levantaron y salieron corriendo detrás de Inuyasha. En la cocina, Kagome sacó la tarta de la nevera; Miroku cogió los platos de papel, los tenedores y los vasos; e Inuyasha cogió dos botellas granes de zumo de naranja, de zumo de manzana y de zumo de uva. Al volver al salón vieron que Sango le había tapado los ojos a Ai con sus manos y Kagome puso la tarta en la mesita de centro. Miroku también había traído una espátula para cortar la tarta.
Kagome le sonrió a Sango y asintió mientras se bajaba la máscara. Sango llevó a Ai detrás de la mesa y dijo antes de destaparle los ojos:
—Ahora liberaré sus ojos, princesa Ai —dijo con firmeza—, pero debe mantenerlos cerrados hasta que Lord Jyuu le diga que los abra. ¿Entendido?
—¡Sí! —chilló Ai mientras Sango le soltaba la cara. Al reunirse con los demás al otro lado de Ai, se bajaron las máscaras y Kikyo también salió y se puso al lado de Inuyasha. Los niños, Hikari, Kyo, Ichiro y Kasumi estaban al lado de Ai y Kagome le dio un codazo a Inuyasha, que asintió.
—Princesa Ai —Inuyasha sonrió—, puede abrir los ojos…
Cuando abrió los ojos, Ai ahogó un grito al ver a su familia y amigos delante de ella…
—¡SORPRESA!
Ai se quedó sin habla, y los adultos se echaron a reír. Kagome fue hacia su ahijada, se inclinó a su altura y extendió las manos.
—¿No me vas a dar ni un abrazo, cariño?
Al saltar a los brazos de su mamá, Ai empezó a reír a carcajadas, abrazándola con todas sus fuerzas. Sonriéndoles a los demás, Kagome vocalizó: ¡Éxito!
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Había llovido y tronado todo el día, pero nadie se había quejado. Habían cortado la tarta y se la habían comido junto con el resto de comida que habían preparado. Esa noche habían alterado el orden de la comida al comer primero la tarta, pero nadie se había quejado. Ai abrió los regalos uno por uno y chilló con todos.
Su tío Inuyasha le regaló el collar dorado que había ido a recoger con Kagome y Kikyo.
Su madrina Kagome le regaló el joyero por el que Inuyasha se había enfadado con ella por haber estado más que amistosa con el dependiente.
Su madre y su padre, Sango y Miroku, le regalaron una bicicleta nueva con pompones a cada lado del manillar y con ruedines de quita y pon. La bici era casi toda rosa y Ai había intentado abrazarla.
Su tío Daichi y su tía Ayumi le regalaron una casa de muñecas que era, posiblemente, más grande que Ai.
Su tío Hojo y su tía Eri le compraron todo un juego de muñecas que incluía cinco muñequitas y su ropa, para que pudiera jugar con ellas en la casa de muñecas que le habían regalado Daichi y Ayumi.
Su tío Kouga y su tía Ayame le habían comprado el vestido que llevaba puesto en ese momento.
Y, por último, su tío Hayabusa y su tía Yuka le habían comprado a Ai una pulsera de oro de verdad que tenía escrito Amor. Kikyo no le había comprado nada a Ai.
Era tarde, casi medianoche, y los niños ya estaban en cama. Ai se había ido a dormir con una de las muñequitas que le habían regalado Eri y Hojo y se había negado a sacarse el vestido. Sango había decidido quitárselo cuando se quedara dormida. La lluvia seguía cayendo con fuerza y Hojo puso los ojos en blanco, tumbado en el sofá con una botella de cerveza en las manos.
Miroku y Sango se habían ofrecido a quedarse sobrios esa noche por si les pasaba algo a los niños. Esa era siempre la regla cuando los amigos bebían de noche en casa. Una pareja siempre se ofrecía a no beber mientras los demás se bañaban en alcohol. Incluso Kagome tenía una lata de cerveza en las manos, era la tercera de esa noche.
—Ffffue —hipó—, divertido…
—¡Mmm mmm! —asintió Ayame mientras se tomaba un vaso de vino. Kouga eructó estruendosamente mientras abría otra lata de cerveza y se tragaba la mitad en quince segundos. Hojo lo miró con cansancio.
—Sigues bebiendo como en el instituto, tío… —Hojo negó con la cabeza mientras le daba un trago a su lata. Ayame y Kouga se levantaron y Kouga trastabilló un poco mientras se agarraba a su mujer.
—Nos vamos… buenas noches… —musitó Kouga mientras se terminaba lo que le quedaba de cerveza y tiraba la lata, intentando subir perezosamente las escaleras con su mujer. Miroku y Sango se miraron con humor.
—¿Somos así cuando estamos borrachos? —le susurró Miroku a Sango, que negó con la cabeza, estaba claro que no quería saberlo…
—Pasadme otra… —dijo Inuyasha, todavía no estaba suficientemente borracho. Daichi le lanzó otra lata de cerveza a Inuyasha, que la abrió inmediatamente y se la bebió de un trago. Quedaban sólo cuatro latas de cerveza y todos sabían que los chicos se las tomarían en un abrir y cerrar de ojos. Kikyo ya se había retirado a su habitación después de dos botellas de cerveza y dormía como una piedra, ni los truenos podían despertarla.
—Hora de dormir… —Ayumi y Yuka de levantaron. Eri tiró de su marido, que cogió otra lata de cerveza antes de seguir a su mujer escaleras arriba. Hayabusa y Daichi se agarraron a sus mujeres y, a pesar de que estaban borrachas, Ayumi y Yuka los llevaron arriba.
—Son borrachos tristes —Miroku negó con la cabeza mientras se levantaba y se estiraba—. Es tardísimo. Sango, deberíamos ir a la cama…
—¿Y qué pasa con estos dos? —dijo Sango, señalando a Inuyasha y Kagome, que estaban sentados en los sofás, bebiendo de sus latas de cerveza. Miroku se limitó a resoplar.
—Dudo que se caigan por las escaleras. A Kagome nunca la he visto borracha, pero Inuyasha sabe controlarse. Ese tipo tiene la mayor tolerancia al alcohol conocida por la humanidad.
Riendo, Sango asintió y se levantó junto con su marido.
—Buenas noches a los dos —se despidió Sango antes de subir las escaleras con Miroku. Inuyasha se volvió hacia Kagome con una coqueta sonrisa en el rostro.
—Es tarde, mademoiselle.
Kagome hipó.
—Lo sé, Casanova.
—¿Quieres ir a la cama?
—Sí… —Kagome no articulaba bien las palabras, pero siguió bebiendo su cerveza. Esta era la primera vez que bebía con tanta libertad sin temer que sus padres pudieran oler el alcohol en su aliento. A nadie le iba a importar, principalmente porque todos estaban bebiendo con ella.
—¿Cuándo?
—Ahora… —Kagome se levantó y volvió a caer en el sofá. Gruñendo, volvió a levantarse y se apoyó en el reposabrazos del sofá en el que estaba sentada. Era tarde, ella estaba cansada y borracha, no era la mejor combinación del mundo.
Kagome dio un paso y sintió como si se fuera a caer, pero notó que Inuyasha la cogía en brazos y la llevaba arriba.
—¿Eh? —Kagome lo miró con los ojos medio cerrados. No tenía ni idea de qué hacía ni de cómo lo hacía. Lo único que le importaba era que iba a llegar a la cama y se iba a acurrucar bajo las sábanas para luego despertar con una resaca de esas que te parten la cabeza en dos.
—Shh, mademoiselle —ronroneó Inuyasha lo mejor que pudo en su estado de embriaguez. Cómo estaba llevando a Kagome escaleras arriba sin matarlos a ambos era un misterio incluso en su ebriedad.
—Te voy a arropar… —En lugar de girar a la izquierda, que sería por donde iría a la habitación de Kagome, Inuyasha giró a la derecha… directo hacia su habitación…
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Souta estaba tumbado en la cama, no era capaz de dormir. Su habitación estaba cerrada con llave desde fuera, al igual que su ventana. El aire acondicionado estaba encendido, así que Souta no tenía mucho calor. Al mirar la foto que tenía en la mesilla de su hermana y él riendo en la playa, Souta soltó un profundo suspiro.
Ese día Akira les había dicho a los de seguridad que aparcaran fuera de la casa de la familia Lin en Hong Kong. Si aparecían señales de Kagome o de los Lin, el guardia de seguridad debía contactar inmediatamente con los Higurashi. Souta se puso de lado y frunció el ceño internamente.
Cualquier padre rico normal se alegraría de que su hija mayor estuviera bailando con Takahashi Inuyasha, pensó Souta para sus adentros, jugueteando con las sábanas de su cama, pero ¿nuestro padre? Oh, demonios, no…
Cerró un poco los ojos, una idea permaneció en la mente de Souta antes de adentrarse en un sueño ligero…
Papá odia a Inuyasha por criticar la industria del cine… especialmente sus películas, por la televisión nacional…
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Inuyasha dejó a Kagome en su cama y ella se acurrucó inmediatamente entre las sábanas. Él se dio la vuelta para ir a cerrar su habitación con llave antes de sacarse la camisa. Kagome bostezó ampliamente y se lamió los labios.
—Arrópame… —gimió e Inuyasha soltó una risita mientras iba hacia ella. Se metió en su cama y se puso a horcajadas sobre ella sin saber si era el alcohol haciendo efecto o sus hormonas. Inuyasha se inclinó hacia delante y presionó fuertemente sus labios contra los de Kagome y ella, una vez más Inuyasha no supo si era el alcohol o sus hormonas, le devolvió el beso.
Kagome se apartó y le sonrió tontamente.
—Kikyo y tú sois tal para cual —le dio un golpecito en su pecho desnudo—, ella va y besa a ese dependiente en esa tienda y tú me besas aquí… ¡en tu cama!
Inuyasha arqueó una ceja con diversión y se cruzó de brazos.
—¿No te gusta que te bese?
Kagome meneó la cabeza.
—No… sí que me gusta… pero está mal… ¿creo?
Su conciencia y su estado de embriaguez estaban empezando a chocar e Inuyasha no sabía si eso era bueno o malo…
—¿Por qué? —ronroneó Inuyasha mientras se inclinaba hacia delante y le lamía la oreja. Kagome ni se molestó en ocultar el estremecimiento, principalmente porque no tenía ni idea de si estaba en la realidad o en el mundo de sus sueños.
—Parece correcto —admitió Kagome con un susurro ronco—, pero lo que haces está… mal…
Inuyasha volvió a lamerle la oreja.
—¿Cómo puede estar mal… si parece correcto?
Kagome se encogió de hombros y se retorció contra él.
—No lo sé… dímelo tú… y ahora déjame dormir, Casa —la interrumpió un bostezo—nova…
Al volver a levantar la cabeza, Inuyasha presionó sus labios contra los suyos antes de apartarse peligrosamente.
—Kagome —murmuró en su oído, ahora sí que no estaba seguro de si el que hablaba era él o el alcohol—, te deseo.
—Y quién no… —Kagome ya estaba medio dormida e Inuyasha sonrió, metiendo la mano bajo su camiseta y subiéndola hasta su pecho. Kagome dio un grito y arqueó el pecho inconscientemente al sentir que sus manos quedaban justo debajo de su pecho izquierdo…
—Te deseo ahora, mademoiselle… —susurró Inuyasha en su oído con voz ronca. Los ojos de Kagome ya estaban completamente cerrados e Inuyasha volvió a rozar sus labios con los de ella. Los truenos y los rayos, junto con las gotas de lluvia no parecían afectarles.
—Mmmm —Kagome estaba borracha y cansada, y no estaba muy segura de si estaba despierta o en un sueño borroso…
—Sólo dime una cosa —murmuró en su oído, su mano hacía a un lado su sujetador para rozar su suave pezón con su encallecido pulgar—, ¿tú también me deseas?
Kagome intentaba apartar su mano y mantenerla ahí al mismo tiempo, sentía cómo le daba placer… nunca había estado tan borracha en toda su vida y era una sensación completamente nueva para ella.
—¿Tú también me deseas? —repitió Inuyasha, sus labios dejaban un cálido rastro de besos en su cuello. Su mano todavía acariciaba su pecho por debajo de la camiseta y sus piernas la clavaban a la cama.
—Sí —dijo Kagome con voz ronca, ni siquiera estaba segura de que esa fuera su voz. Tanto si estaba borracha como si no, ésa era la única invitación que necesitaba Inuyasha.
Presionó sus labios contra los de ella, listo para mostrarle a esta mujer una noche que no olvidaría en mucho tiempo…
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N.A.: Inuyasha y Kagome están borrachos, apenas saben lo que están haciendo. Primero, Kagome piensa que está soñando y, segundo, Inuyasha no distingue si lo que actúa es el alcohol o las hormonas. Ninguno de los dos está en sus cabales para decir que no.
LEYENDA:
Ichi - Uno
Ni - Dos
San - Tres
Shi – Cuatro
Go - Cinco
Roku- Seis
Nana - Siete
Hachi - Ocho
Kyuu- Nueve
Jyuu - Diez
Hyaku – Cien
Sen – Mil
Man – Diez mil
N.T.: Después de traducir este capítulo, casi perderlo, recuperarlo y terminarlo por fin, sólo puedo decir que muchas gracias por los reviews que me habéis dejado en el capítulo anterior. Parece que cada vez me dejáis más y, no nos vamos a engañar, me encanta.
Espero que os haya gustado este y a ver si puedo tener el siguiente pronto (crucemos los dedos). Besoos.
