El sabor del amor

Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.

Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.

Rangos de edad: Kagome – 20, Sango – 22, Miroku – 25, Inuyasha – 26

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Explicarse como ningún hombre lo ha hecho antes

Inuyasha le había dicho a Kagome que fuera a la recepción del hotel mientras él iba a aparcar el coche. Asintiendo, Kagome salió mientras sostenía la tarjeta de crédito de Inuyasha en la mano. Parecía ser que podía cargar en ella la mejor habitación. Inuyasha ya había puesto sus nombres en la lista de espera para cualquiera de las suites privadas.

Al ver que Inuyasha entraba en el aparcamiento subterráneo, Kagome suspiró y entró en el hotel, notando que toda la gente iba vestida con ropa sofisticada. Comparada con ellos, ella parecía insignificante. Se dirigió directamente a la mesa de recepción y se puso en la fila, detrás de una mujer algo rolliza.

Tiempo después, la mujer se marchó y le llegó el turno a Kagome. La recepcionista le sonrió.

—¿En qué puedo ayudarla hoy?

—Takahashi —masculló Kagome con inseguridad, y la mujer clicó en el ordenador y asintió al ver que Takahashi estaba, efectivamente, en la lista de espera por una habitación a su elección.

—De acuerdo… Bien, ¿qué habitación le gustaría? —La recepcionista arqueó una ceja y Kagome recordó lo que Inuyasha había afirmado con rapidez en el coche. Sonriéndole profesionalmente a la mujer, se agarró lentamente al mostrador y empezó a hablar.

—La suite privada, planta treinta con piscina interior.

La recepcionista arqueó una ceja y pulsó sobre el nombre de la suite. Se preguntaba qué demonios le había pasado a Inuyasha para pedir una habitación tan cara, Kagome se tensó al sentir que un brazo le rodeaba la cintura. Giró la cabeza a un lado y se relajó visiblemente al ver que sólo era su marido.

—¿Y su relación con Takahashi? —preguntó la recepcionista sin ni siquiera levantar la vista.

—Es mi esposa. ¿A qué vienen esas preguntas? Ha pedido una habitación, dásela —gruñó Inuyasha y la recepcionista pareció horrorizada. Extendió la mano temblorosamente hacia las llaves y se las dio a los recién casados mientras Kagome deslizaba la tarjeta de crédito. Pasó el cargo e Inuyasha asintió mientras, con la mano todavía en la cintura de su esposa, caminaba hacia el ascensor.

—Envía arriba nuestras cosas —ordenó como si ese lugar le perteneciera…

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—¿La suite privada con piscina interior? —chilló Kagome mientras entraban en la habitación—. ¿Eres mentalmente inestable? Sólo vamos a estar aquí unos días antes de que salga nuestro vuelo de vuelta a Hong Kong. ¿Qué sentido tiene gastar tanto dinero?

—¿Qué? —Inuyasha sostuvo las manos en alto con actitud defensiva—. ¡Eso era calderilla!

—¡No me importa! ¡Podrías haberlo usado en algo más útil! No me habría importado que nos alojáramos en un motel barato… vale, no en uno barato, pero sí en uno moderadamente caro, pero ¡ya sabes lo que quiero decir! —gruñó Kagome mientras se tiraba en un sofá blanco de cuero. Sonriendo con suficiencia, Inuyasha se sentó a su lado.

—Para ser una modelo de clase alta, sí que tienes gustos de clase media.

—Los moteles moderadamente caros no están tan mal —se quejó Kagome—. Este sitio es demasiado caro para una estancia de tres noches.

—Maldición —Inuyasha le guiñó un ojo a Kagome—, vas a ser una esposa tacaña.

—Cállate —murmuró Kagome mientras examinaba la habitación. Sí que era una habitación de once estrellas. Alfombras afelpadas blancas adornaban con gusto una habitación rosa pálido, mientras que los sofás de cuero blanco se disponían delante de una gran pantalla de televisión de cincuenta y una pulgadas. Casi al otro lado de la habitación había una piscina interior.

—Pero esta habitación vale su peso en oro. —Kagome soltó una risita—. Supongo que ser tu esposa tiene sus ventajas.

Inuyasha puso los ojos en blanco.

—Podrías haberte permitido esto como Miko.

—No como Higurashi Kagome —le recordó Kagome.

—Cierto… pero como Takahashi Kagome sí que puedes.

—Cállate —le soltó Kagome mientras se levantaba y caminaba hacia la cama.

Espera…

—¡NO ME DIJISTE QUE ESTA SUITE SÓLO TENÍA UNA MALDITA CAMA!

Inuyasha sonrió.

—¡Mi casa de verano tenía más de una cama, pero tú terminaste de algún modo en la mía!

—¡CÁLLATE, TAKAHASHI!

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Inuyasha dejó que su enfadada esposa se calmara y salió un poco para encontrarse con unos socios japoneses. Sentados en una cafetería cercana, los tres empresarios sorbían su café mientras, con ropa informal, empezaban a charlar.

—Hemos oído del círculo que Onigumo va a presentar un caso en tu contra —dijo Saito Kenji, uno de los socios más cercanos de Inuyasha, mientras sorbía su café.

Inuyasha frunció el ceño y se recostó en el respaldo de la silla.

—Aún no sabía nada.

El otro hombre, vestido con pantalones negros y una camiseta ajustada blanca, mordió un croissant mientras asentía.

—Sí, yo también lo he oído —dijo Arai Takuma—. Algo sobre irrumpir y secuestrar a su prometida y, por último, posesión de armas de fuego.

Inuyasha podría haberse reído.

—¿Desde cuándo demonios llevo yo armas?

Takuma se encogió de hombros.

—No lo sé, pero eso es lo que he oído.

—Ese idiota va a entrar en tal bancarrota que juro por Dios que su madre se suicidará —gruñó Inuyasha y Kenji alzó una ceja.

—Una gran amenaza, ¿eh?

—Tengo bastante contra Onigumo.

—¿Como por ejemplo?

—Recuerda, el padre de Aiko es mi socio. —Inuyasha sonrió y Kenji rió.

—Ah, sí, el babuino violador, como dijo amablemente Aiko.

—Pero le sienta perfectamente bien. —Inuyasha se encogió de hombros mientras se terminaba su café y estrujaba el vaso de poliestireno. Kenji se encogió de hombros e Inuyasha se levantó.

—Takahashi —dijo Takuma—, ¿puedo decir algo?

Inuyasha asintió.

—Hace no mucho estabas ah… cómo lo digo… no tan amable o tolerante… pero últimamente… bueno, espero que entiendas lo que quiero decir.

Era cierto. Hubo un tiempo en que Inuyasha ni siquiera sonreía, ¿pero ahora? Se reía, sonreía y soltaba chistes que no eran sarcásticos. Inuyasha simplemente se rió entre dientes.

—¿No lo sabías, Takuma? —Inuyasha avanzó unos pasos hacia su coche—. Me he casado.

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Kagome se zambullía sobre un cuenco de helado justo cuando su marido entraba en su habitación de hotel. Alzó la mirada hacia él antes de devolver toda su atención a su cuenco de helado. Una gran montaña de helado de vainilla con sirope de chocolate que goteaba por los lados. A Kagome ya se le estaba haciendo la boca agua.

Inuyasha negó con la cabeza ante la niña que había en su esposa mientras Kagome metía la cuchara en la gran montaña para después metérselo en la boca. En un abrir y cerrar de ojos ya tenía otra cucharada en la boca.

—Se te va a congelar el cerebro, mademoiselle.

Bo bi 'orta, Casha-nava

—¿Qué? —Inuyasha se sentó a su lado mientras Kagome tragaba el helado que tenía en la boca.

—He dicho: No me importa, Casanova.

Inuyasha chasqueó la lengua, cogió la cuchara de la mano de Kagome y la hundió en la pila de helado que se derretía lentamente. Tras sacar una buena cucharada, se la metió en la boca antes de que Kagome cogiera la cuchara y siguiera comiendo.

—Eres tan rara. —Inuyasha negó con la cabeza y Kagome le lanzó una mirada amenazadora.

—Tú también. ¿Qué demonios te poseyó para casarte conmigo? ¡Y más te vale asegurarte de que nadie lo descubra!

Inuyasha se rió con nerviosismo. Bueno, acababa de decírselo a Kenji y a Takuma…

—Naraku lo sabe, se lo va a decir a todo el mundo. —Inuyasha se dio una palmadita en la espalda por esa respuesta tan ingeniosa.

—¡No me importa! —chilló Kagome—. Si se lo dices a alguien te arranco los huevos.

La mano de Inuyasha cubrió instantáneamente sus partes masculinas.

—¡Yo quiero a este bebé!

—¡No me importa! —Kagome bajó su cuenco de helado mientras se ponía cara a cara con su queridísimo marido—. Y ahora, ¡EXPLÍCATE!

Inuyasha hizo una mueca. Sí, no iba a salir fácilmente de esta.

—Bueno… descubrí que eres Miko y me sorprendí, pero luego pensé que, bueno… no sé lo que pensé, pero decidí traerte de vuelta y la única forma de apartarte de un matrimonio era casándome contigo, así que hice que Sango falsificara los documentos y como que volé hasta aquí para traerte, y aquí estamos y te estoy explicando esto y en serio necesito respirar. —Inuyasha se detuvo mientras jadeaba y Kagome levantaba una ceja.

—Bueno, pues sí que te has explicado como ningún hombre lo ha hecho antes, pero en realidad no has explicado nada, ¿sabes? —Kagome se cruzó de brazos e Inuyasha resopló.

—¿Qué demonios quieres saber?

—¿Por qué casarte conmigo?

Inuyasha suspiró.

—Me imaginé que, como tu familia es tan todopoderosa en la industria del cine, la única forma de sacarte de verdad de un matrimonio arreglado con un violador en grupo era insinuar ya el hecho de que estabas casada. El que yo esté tan arriba en el mundo de los negocios, haría que Naraku y tu padre no pudieran cuestionarme teniendo en cuenta mi poder.

Kagome asintió.

—De acuerdo. ¿Los certificados matrimoniales?

—Tu padre, obviamente, quería pruebas y yo lo anticipé. Así que hice que Sango falsificara los documentos.

Kagome volvió a asentir.

—El que sepas que soy Miko…

—No cambió nada. Lo ocultaste porque tenías que hacerlo. Yo no era nadie para ti cuando me conociste, así que no era algo que quisieras compartir abiertamente.

Un arrebato de orgullo accidental atravesó el corazón de Kagome. Estaba casada con un genio. Bueno, casada.

—Estás saliendo con Kikyo…

—Rompí con ella antes de volar aquí heroicamente para salvar a mi esposa.

Kagome arqueó una ceja.

—¡Ibas a pedirle matrimonio!

—Bueno, ella me engañaba con ese dependiente que vimos cuando fuimos a preparar el cumpleaños de Ai.

—No es que tú seas mucho mejor —resopló Kagome—. ¡Pero sigo enfadada contigo por casarte conmigo!

—Eso suena raro —masculló Inuyasha.

—¿Y qué, si puedo preguntar, sacas tú de todo este episodio? —Kagome tenía curiosidad sobre por qué hacía eso.

—Una esposa. —Inuyasha le guiñó un ojo a Kagome y ella puso los ojos en blanco y le dio un empujón en el brazo. Él se limitó a echar la cabeza hacia atrás y reír mientras Kagome giraba la cabeza.

Kagome suspiró y se quedó mirando el helado que se estaba derritiendo, sus pensamientos ya iban en dirección a su padre. Él era un hombre poderoso y, al igual que Inuyasha había podido apartar a Kagome de Akira, Akira podía alejar a Kagome de Inuyasha. Eso causaría un gran daño… tanto a Inuyasha como a Kagome.

Por no mencionar a su bebé que aún no había nacido.

Kagome se abrazó y tuvo ganas de llorar. Romperse y sollozar por todo lo que estaba pasando. A Inuyasha no le pasó desapercibido el estremecimiento que contuvo Kagome. Al acercarse más, Inuyasha rodeó a Kagome con su brazo.

—Oye, ¿qué pasa?

—No me toques —siseó Kagome con frialdad—. Todo esto es culpa tuya.

—¿Culpa mía? —farfulló Inuyasha—. ¿Cómo demonios va a ser culpa mía?

—¡Si tú no existieras ahora estaría en casa de Sango y Miroku en Hong Kong!

—Señorita, ¡si yo no existiera, estarías viviendo felizmente y para siempre con Naraku!

—¡No, no es verdad!

—¿Quién lo dice? —exigió Inuyasha.

—¡Lo digo yo! ¡Ahora estaría con Sango y con Miroku!

—¡Estarías jugando a ser la novia feliz en la casa de Onigumo mientras sus colegas te follaban cada noche!

Kagome alejó a Inuyasha de ella.

—¿Crees que me quedaría? Saldría corriendo más rápido de lo que puedes decir babuino.

—¿Igual que lo hiciste la primera vez? —Inuyasha arqueó una ceja y supo que eso había tocado la fibra de Kagome—. Y luego te encontrarían y te forzarían a hacer lo que sea que quisieran. Dime, ¿querrías eso?

Kagome permaneció en silencio.

—Al menos conmigo sabes que todavía puedes conservar el respeto por ti misma. Yo no voy a decirles a mis colegas que te inyecten sus mierdas inútiles. —El tono de Inuyasha permaneció fuerte mientras ella le lanzaba una mirada asesina.

—¿Respeto por mí misma? Gracias por pensar en eso la noche en que te acostaste conmigo.

—¡Ni que hubieras dicho que no!

—¡Dije que no! ¡Juraría que ya hemos tenido esta maldita conversación por la mañana, maldición! —Kagome estaba enfadada y tenía ganas de darle una patada a Inuyasha.

Mierda. Sensibilidad por embarazo…

Las lágrimas empezaron a bajar por el rostro de Kagome mientras apartaba a Inuyasha, que parecía haber cambiado su personalidad de idiota egoísta a marido amoroso.

Gilipollas de dos caras. Pensó Kagome mientras se abrazaba a sí misma, estremeciéndose.

—¿Por qué yo? —susurró—. De toda la gente que hay en el mundo, ¿por qué demonios tengo que ser yo?

Inuyasha suspiró mientras se agachaba delante de Kagome, intentando ver un poco de su cara.

—Escucha —susurró—, los que sufren mucho al principio de su vida después consiguen muchas satisfacciones. Por lo que te está pasando ahora, no esperes problemas después de que te cases y tengas un par de niños.

Kagome miró a Inuyasha con los ojos hinchados.

Usando la yema de su pulgar, Inuyasha le limpió las lágrimas.

—Vas a tener un marido cariñoso, lindos mocosos corriendo por ahí y vas a vivir en una casa enorme con montones de empleados que te hagan el trabajo. Seguirás siendo modelo mientras que tu marido hará algo grande, un tipo rico supongo. Llegarás a casa todos los días del trabajo y verás que ha alimentado a los niños y que te ha puesto la mesa, y vivirás cada día de tu vida pensando que nada podría ser más perfecto. Pero te darás cuenta de que sí, que cada día de tu vida, las cosas se vuelven cada vez más perfectas —susurró Inuyasha en tono suave, consolando a Kagome como mejor podía.

Kagome se sorbió la nariz y ladeó ligeramente la cabeza a un lado.

—¿Lo prometes, Casanova?

Inuyasha se rió entre dientes y envolvió a Kagome en un abrazo.

—Te lo prometo, mademoiselle.

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Los tres días se acabaron bastante rápido para los dos. Inuyasha se había ofrecido galantemente a dormir en el sofá y Kagome había aceptado inmediatamente. No necesitaba dormir con el padre de su bebé.

Eso sí que sonaba raro.

Negando con la cabeza, Kagome iba cogida del brazo de Inuyasha cuando abandonaron la suite, sus maletas estaban en las manos de Inuyasha. Habían enviado un coche de empresa de la empresa de Kenji para llevarlos al aeropuerto para el vuelo de regreso a Hong Kong.

Tras asentir en dirección a la recepcionista, Inuyasha y Kagome salieron del hotel y se encontraron con una limusina aparcada enfrente con el conductor sosteniendo la puerta.

—¿Qué le ha pasado a tu coche? —le susurró Kagome a Inuyasha, que la ayudó a sentarse dentro.

—Es el coche de un socio.

Kagome asintió y se sentó en la limusina mientras Inuyasha hablaba con el conductor sobre cuándo llegarían al aeropuerto. El conductor cogió sus maletas con un asentimiento e Inuyasha se sentó en la limusina, al lado de Kagome.

—Bueno, nos vamos a casa y todavía no hay noticias de tu padre —reflexionó Inuyasha al sentarse junto a su esposa.

—Está planeando algo. Lo conozco —murmuró Kagome—. Solo espero que Souta esté bien.

—Oh, lo está. —Inuyasha hizo un ademán—. Tengo guardaespaldas de incógnito en tu casa. El chef es uno de mis hombres. Tiene el ojo puesto en Souta.

Kagome abrió los ojos como platos.

—¡¿EN SERIO?!

Riendo, Inuyasha asintió.

—Sí. Y el portero. Era mi antiguo portero, pero tuvo que retirarse por problemas personales. Buscaba un trabajo cuando volaba a Japón a buscarte y le dije que podía intentar trabajar para los Higurashi… creo que lo vi como portero cuando llegué.

Kagome soltó una risita y le dio un codazo a Inuyasha.

—Así que que me casé con un genio.

—¿Alguna vez lo has dudado?

—Montones de veces, Casanova.

Inuyasha se rió y cruzó su pierna derecha sobre la izquierda mientras recostaba la cabeza. Al mirar su figura, Kagome escondió una pequeña sonrisa.

Sin duda su hijo tendría una apariencia alucinante. Su padre, un impresionante empresario y su madre, una modelo sexy…

Sí, la hermosura correría por los genes de su bebé.

Supongo que tengo que decirle lo de nuestro bebé. Si voy a vivir con él unos cuantos meses, no puedo usar la excusa de engordar… pensó Kagome con frialdad. Tocó ligeramente a Inuyasha y éste abrió un ojo y la miró.

—¿Mmm?

—Cuando lleguemos a Hong Kong… Tenemos que hablar…

Inuyasha ahogó una exclamación en broma.

—¿Vas a romper conmigo?

Kagome gruñó y miró por la ventanilla.

—Nah —contestó después de un buen rato—, primero tengo que usar las ventajas de ser la señora de Inuyasha Takahashi…

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Y aquí está, en medio de un mini descanso que tengo, el nuevo capítulo. Mis exámenes se terminan la semana que viene, así que espero poder hacer actualizaciones al menos semanales a partir de entonces.

Muchas gracias por seguir la historia, y por agregarla a vuestros favoritos y alertas, me alegran mucho el día ^^