El sabor del amor

Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.

Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.

Rangos de edad: Kagome – 20, Sango – 22, Miroku – 25, Inuyasha – 26

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Comprando cosas de bebés

—¿Casanova?

A sólo tres días del juicio, la pareja Takahashi se estaba poniendo nerviosa e inquieta… junto con la ansiedad que tenía por su futuro hijo. Inuyasha estaba en camiseta de tirantes y pantalones cortos de seda, corriendo en la cinta de su gimnasio interior. Su pelo estaba trenzado, gracias a su esposa, y tenía el estéreo encendido con canciones que hacían vibrar las paredes.

Inuyasha no oyó a su esposa llamándolo y siguió corriendo a velocidad excesiva. Kagome frunció el ceño, fue hacia su sistema de sonido y lo apagó, eliminando las melodías que tanto estaba disfrutando Inuyasha. Inuyasha gruñó, esperando que fuera un trabajador el que había tocado su bastante caro equipo y apretó el botón de stop de la cinta, listo para liberar su ira.

Le sorprendió ver que era su esposa, de pie alegremente al lado del equipo, de brazos cruzados sobre su abultado vientre. Inuyasha sonrió de manera insinuante mientras caminaba hacia ella. Miroku había explicado que no pasaba nada por tener sexo durante el embarazo, pero Kagome quería restringirlo… no quería arriesgarse. Inuyasha respetaba su decisión, pero… era, después de todo, un hombre. La deseaba, pero dentro de unos meses. Inuyasha podía contenerse, o eso esperaba.

Cómo quiero a esta chica, se había dicho un día, ¡¿qué clase de hombre puede retener el sexo durante nueve meses?! ¡Es sexo!

—¿Qué pasa, mademoiselle? —preguntó Inuyasha mientras cogía su toalla y empezaba a secarse el sudor del cuerpo. Había estado corriendo cuarenta y cinco minutos seguidos, sin interrupción. Inuyasha asumía que necesitaba un descanso… más o menos…

—Sango ha llamado —dijo Kagome mientras Inuyasha se ponía la toalla alrededor del cuello. Sus manos se dirigieron suavemente a su cintura y la atrajo hacia él. Kagome se inclinó hacia delante y apoyó la cabeza en su pecho, su estómago abultaba por delante. Inuyasha le acarició la cadera, su barbilla estaba apoyada en lo alto de su cabeza.

Kagome oía el latido del corazón de Inuyasha, ralentizándose lentamente…

Pumpumpumpumpum

—¿Qué quería? —murmuró, el olor de su champú de mandarina asaltaba sus sentidos.

—Quería ir de compras —susurró Kagome—, al parecer no puede esperar unos meses más a que determinemos el sexo. Quiere que hoy compremos lo básico, ya sabes, el cambiador, una cuna, puede que algunos juguetes… —Kagome suspiró—. Yo tampoco puedo esperar…

Inuyasha se rio entre dientes mientras apartaba a su esposa de su agarre. La miró a los ojos y vio que estaban emocionados y ansiosos al mismo tiempo. Se había estado estresando por el juicio desde hacía mucho tiempo y él odiaba que estuviera bajo tanta presión en una etapa tan delicada de su vida. Necesitaba esta salida con Sango y él se aseguraría de que la tuviera…

—Puedes ir —asintió— con Sango, pero tengo unas pocas condiciones.

Kagome asintió, lista para escucharlas.

—Tu móvil y el de Sango estarán encendidos y disponibles en todo momento, en caso de emergencia.

Kagome asintió.

—Esto también se lo diré a Sango, pero no puedes caminar durante mucho tiempo.

Kagome puso los ojos en blanco.

—Lo sé.

Inuyasha la ignoró mientras continuaba con su lista de condiciones.

—Puedes llevar mi tarjeta platino de la empresa, es ilimitada, y puedes cargar cualquier cosa que necesites. La factura va a la cuenta de la empresa, así que no pasará nada. No se te denegará nada.

Kagome sonrió.

—¡Punto!

Inuyasha se rio mientras volvía a atraerla hacia él.

—Y por último y definitivamente más importante… voy a mandar a dos guardaespaldas. —Inuyasha sintió que Kagome se tensaba, así que continuó rápidamente—. No van a estar cerca, pero sí a una distancia segura. Con todo esto del juicio, Naraku o tu padre pueden hacer cosas, y no quiero que tú —Su mano se deslizó a su estómago—, o el bebé os hagáis daño. ¿Sí?

Kagome suspiró, entendiendo su lógica.

—Supongo.

Inuyasha se rio.

—Entonces eso es todo. Llama a Sango, podéis llevaros la limusina al centro comercial.

Kagome sonrió adorablemente, ladeando la cabeza.

—Eres… el mejor.

—Naturalmente. —Inuyasha le dio un pequeño beso en los labios antes de apartarse—. Ve a prepararte y yo seguiré entrenando. Avísame antes de que te vayas, ¿de acuerdo?

Kagome asintió.

—Entendido.

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—Estos… ¡son malditamente monos! —chilló Sango al ver un vestido al estilo de un tutú para un bebé. Era rosa pálido y ponía La princesa de papá por delante. Kagome abrió la boca en silenciosa apreciación mientras tocaba la suave tela de algodón.

—Ojalá supiera el sexo. —Kagome hizo un puchero mientras Sango y ella compraban en una tienda de bebés bastante conocida y muy cara. Con la tarjeta de la empresa de Inuyasha, Kagome y Sango no temían que les denegaran nada de su compra (aunque por qué iba a pasar eso con una de las tarjetas de Inuyasha, siendo él uno de los hombres más ricos del mundo, no podían comprenderlo).

Sango asintió, mostrando su acuerdo, mientras dejaban el artículo y seguían comprando cosas de bebés. Kagome estudiaba las cunas… sus opciones se redujeron a una cuna de corte victoriano con bordes de encaje y una cuna con dosel, con formas modernas pintadas en las barras que mantenían al bebé dentro de los confines de la zona donde se dormía.

—La del dosel es bonita —afirmó Sango. Kagome asintió.

—Pero también lo es la de estilo victoriano… —Kagome frunció el ceño y miró a Sango. La madrina del niño tenía una mirada desesperada.

—¡Ahh! ¡Qué difícil!

Kagome hizo un puchero y sacó el móvil. Tras pulsar unos botones, estaba llamando al móvil de su marido…

—¿Qué pasa, nena?

—¿Cuna victoriana o una con dosel? —inquirió Kagome sin añadir más información mientras Sango examinaba todos los detalles de la ropa de cama. Esto tenía que ser perfecto.

—Eeh… coge ambas.

Kagome se quedó con rostro inexpresivo.

—¡¿AMBAS?!

—¡Pues sí! —Inuyasha parecía emocionado—. Dependerá del humor en que estemos nosotros o el bebé. Tengo suficiente espacio para varios cuartos para los niños, así que, ya sabes, puedes crear temas específicos para las diferentes habitaciones para que hagan juego con la cuna en cuestión.

Kagome hizo una pausa y quiso discutir con él, pero… no estaban tirando el dinero. Era su primer hijo.

—Vale, ¿pero cuántos cuartos para los niños podemos tener?

—Según mis planes tres. Cuatro si tengo suerte.

—Guarda el cuarto —dijo Kagome—, conviértelo en una sala de juegos. No para diseñarlo para Ai o los demás, sino uno lo suficientemente seguro para el bebé.

—¿Sí?

—Creo que será lo mejor. Tres habitaciones de niños, una al lado de nuestra habitación, una al lado de la habitación de invitados de Sango y una en la planta baja, al lado de tu gimnasio.

—Parece que tenemos un plan.

—¡Genial!

—Divertíos…

Kagome colgó y miró a Sango, que la estaba observando.

—¿Y bien?

—Inuyasha dice que compremos tres cunas para tres posibles habitaciones para los niños.

Sango chilló.

—¡Perfecto! ¡Había estado mirando esa cuna de Mickey Mouse muchísimo tiempo!

Kagome sólo pudo menear la cabeza con diversión mientras continuaban comprando.

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Inuyasha se desplomó en el sofá, comiendo un bocadillo que le había preparado la cocinera. Después de dejar a Sango en la casa Takahashi, Miroku había decidido quedarse un rato, ya que su hija estaba en clases de ballet con Hikari y después irían a casa de Kouga. Mientras Inuyasha veía una telenovela, Miroku había decidido ir a hacer… caca.

Inuyasha masticaba un trozo de tomate antes de oír que le sonaba el móvil…

Era Miroku.

—¿Qué pasa? —gruñó Inuyasha al descolgar… lo que lo saludó, le sorprendió.

—¿Inuyasha?

—¡¿Qué demonios, Kagome?!

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Kagome estaba examinando los carritos y los andadores para el bebé cuando su teléfono empezó a sonar. Arqueó la ceja y vio que era el número de Miroku, descolgó. Justo cuando lo hacía, la saludó su marido.

—¿Qué pasa?

Kagome frunció el ceño.

—¿Inuyasha?

Inuyasha hizo una pausa.

—¡¿Qué demonios, Kagome?!

—¡Hola, chicos! —llegó la voz de Miroku y Kagome tosió. Miró a Sango, que estaba al otro lado de la tienda y vio que también estaba al teléfono…

—¿Sango? —inquirió Kagome.

—Yo también estoy aquí… ¿qué demonios pasa, Miroku? —maldijo Sango a su marido.

—Cómo estáis…

—Estamos genial, pero por qué estás… ¿haciendo una llamada a cuatro? —preguntó Kagome.

—Porque es retrasado, por eso —maldijo Inuyasha y Kagome frunció el ceño.

—Nada de lenguaje vulgar, por favor. Eso afecta al bebé.

Sango soltó una risita.

—Lin, ¿qué quieres? —preguntó Inuyasha y Kagome volvió a examinar el cochecito.

—Papel higiénico.

Sango y Kagome se incorporaron e hicieron contacto visual a la vez que decían:

—¡¿Papel higiénico?!

—¡Sí! Veréis, el tema es que quería llamar a Inuyasha para decirle que se había quedado sin papel y que la mierda de mi culo se estaba secando, pero sin querer activé el modo conferencia y entraron los primeros dos números de mi móvil…

—Pero… estás… en el váter… ¡¿cagando?! —gruñó Sango—. ¡Oh, qué asqueroso! —Y colgó.

—Dale papel higiénico —ordenó Kagome y también colgó.

—Meh, deja que se te seque la mierda y te pele el culo —masculló Inuyasha y le colgó a su amigo.

Miroku abrió los ojos como platos.

—¡¿QUÉ?! INUYASHA, ¡SÉ BUEN AMIGO Y DAME EL MALDITO PAPEL HIGIÉNICO! ¡ESTO ES MUY INCÓMODO!

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Kagome y Sango entraron en la mansión una hora después, llevando varios recibos. Les entregarían la mercancía al día siguiente y tendrían que enseñarles los recibos a los repartidores. Inuyasha estaba en el sofá, mirando un programa de negocios y, en cuanto vio a su mujer, se levantó y fue a saludarla…

—Hola, mademoiselle. —La besó en los labios. Kagome sonrió.

—¿Dónde está Miroku?

Inuyasha tosió.

—Ehh… ¿sigue en el baño?

Sango estalló en carcajadas mientras Kagome negaba con la cabeza.

—Serás… ¡Yoko! —llamó Kagome a la doncella más cercana—. ¿Puedes decirle a uno de los chicos que lleve papel higiénico a…? ¿A qué baño, Inuyasha?

—Segunda planta, en el ala derecha —terminó Inuyasha. Estaba apoyándose en Sango, intentando mantener el equilibrio. Estaba riéndose demasiado por la situación.

Yoko, con expresión indecisa, asintió y se dio la vuelta para ir a buscar a alguno de los empleados para que llevaran papel higiénico al baño…

—¿Por qué eres tan cruel? —Kagome meneó la cabeza en dirección a su marido, lo que hizo que Sango y él se rieran aún más fuerte.

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Miroku estaba lanzándole dagas con la mirada a Inuyasha en una pacífica cena. Su culo tenía un sarpullido, gracias a su amoroso y preocupado amigo, y Miroku no podía hacer otra cosa que moverse constantemente para rascarse el culo.

—La pasta sabe genial —alabó Kagome.

—Mi culo sabría genial si alguien me hubiera traído papel higiénico.

—Nadie se va a comer tu culo, cariño —masculló Sango—, es antihigiénico.

—Sí —se burló Inuyasha—, pueden salirnos ladillas por comerte el culo, cariño.

—Inuyasha —Sango negó con la cabeza—, mi comentario no contenía ninguna referencia sexual, ni nada parecido.

—Con Inuyasha cualquier cosa es, puede ser y será una referencia sexual —resopló Kagome mientras masticaba contenta su pasta.

Lo único que pudo hacer el empresario Takahashi fue sonreír de forma sarcástica.

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—¿Y cuál es la noticia? —le preguntó por teléfono esa noche Sesshomaru a Inutaisho. Kagura estaba muy cerca de dar a luz y pronto volverían a ser padres, asombrosamente. Kagura estaba durmiendo y Sesshomaru tenía puestos pantalones de algodón y una fina camiseta de tirantes, comprobando cómo estaba Rin mientras estaba al teléfono con su padre, hablando sobre Inuyasha. Al ver que Rin estaba durmiendo profundamente, Sesshomaru empezó a caminar hacia su habitación, susurrando en su conversación con Inutaisho.

—Akira busca su redención, ha descubierto que sus actuaciones eran erróneas y va a trabajar con nosotros para exponer a Naraku —expuso Inutaisho mientras Sesshomaru entraba en su habitación.

—¿Sí?

—Sí. Quiero que llames a Aiko como testigo para el juicio y que no se lo digas a Inuyasha o a Kagome.

Sesshomaru frunció el ceño.

—¿Por qué?

Inutaisho se encogió de hombros.

—Las sorpresas siempre son divertidas.

Sesshomaru se rio entre dientes mientras se metía lentamente en cama, al lado de su mujer. Sesshomaru apagó la lámpara de la mesilla con cuidado de no despertarla.

—Bien. Lo que tú digas, llamaré a Aiko por la mañana.

—Gracias. —Inutaisho suspiró y le dio las buenas noches a su hijo.

Sesshomaru colgó. Supongo que la vida de Inuyasha no está tan patas arriba.

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Lo siento muchísimo, muchísimo. No tengo ninguna excusa válida, sólo espero que os guste el capítulo lo suficiente para que podáis perdonar tanta espera.

Un beso y hasta la próxima.