El sabor del amor

Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.

Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.

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Je t'aime

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—¡Lo veo! —Kagome sonrió como una niña de dos años. Inuyasha se rio entre dientes al oír a su esposa gritando como Ai y Hikari. Todos se habían quedado dormidos en los cómodos confines del bus alquilado, dejando a Kagome e Inuyasha despiertos. Esto les daba mucho tiempo juntos… ya que no habían podido estar así desde antes del juicio.

—Actúas como si fuera el castillo de la Bella Durmiente, o algo así. —Inuyasha sonrió, divertido. Kagome le lanzó una mirada juguetona a su marido.

—¿Quién dice que no lo es?

Inuyasha bufó y miró por la ventanilla, viendo que el autobús giraba a la izquierda en dirección a su castillo.

—Si fuera, de hecho, el castillo de la Bella Durmiente, entonces tendrías que estar maldita durante cien años y yo tendría que encontrarte y despertarte con un beso.

Los ojos de Kagome brillaron con diversión.

—Puedo pasar de lo de los cien años. ¿Que tú me despiertes con un beso? Inténtalo el resto de mi vida.

Inuyasha no pudo evitar reírse. Kagome, a pesar de su encuentro con Kikyo la semana anterior, estaba empezando a volver a su antiguo yo: la misma mujer que había conocido el verano anterior. Era un febrero invernal, por lo que tendrían que quedarse dentro, lo que significaba que no podrían ir a su playa privada ni a montar a caballo…

No es que les importara demasiado.

—Mmm… ¿ya hemos llegado? —gimió Hayabusa, estirándose después de su siesta.

—Diez minutos más —afirmó Inuyasha y Hayabusa volvió a acurrucarse con su mujer. Kasumi, Kyo e Ichiro tenían sus sillitas y estaban profundamente dormidos, al igual que Ai y Hikari en brazos de sus respectivos padres.

Kagome se acurrucó al lado de Inuyasha, trazando arabescos en su muslo. Él sonrió, pasando los dedos por su pelo, amando la forma en que caía en cascada por su espalda, haciéndole cosquillas en las puntas de los dedos. Solo el olor de su pelo era suficiente para excitar a Inuyasha… una mala excitación. Sabía que Kagome estaba boicoteando el sexo hasta que su estómago volviera a estar plano…

Lo estaba deseando…

—¿Por qué te casaste conmigo? —preguntó Kagome de repente e Inuyasha bajó la mirada hacia ella…

—Ya te lo expliqué hace seis meses, mademoiselle —murmuró embobado, sus dedos trazaban los rasgos de la cara de Kagome: desde la columna de su cuello hasta el arco de sus cejas e incluso la curva del lóbulo de su oreja—. Lo hice porque era la única excusa válida que tenía para apartarte del matrimonio con Onigumo.

Kagome puso los ojos en blanco.

—Podrías haber dicho prometida… o persona importante… concubina también habría sido suficiente.

Inuyasha resopló.

—¿Y dejar pasar la oportunidad de atar a Miko en matrimonio? ¡Sí, claro, Kagome!

—Bueno, nos habría ahorrado un juicio por bigamia.

—Fue divertido, además, ese bastardo no estaría tanto tiempo en la cárcel si no hubiéramos cambiado las tornas en el último minuto. —Inuyasha miró por las ventanillas tintadas, su brazo se ajustó alrededor de los hombros de Kagome—. Sango es una abogada impresionante, ¿por qué no ejerce profesionalmente todavía?

Kagome sonrió, mirando a su mejor amiga, dormida en los brazos de Miroku.

—Quería quedarse en casa para hacer de madre… desde que éramos pequeñas. Los ingresos de Miroku son suficientes para sacar adelante a la familia, sólo tiene la carrera porque sí.

Inuyasha encontró la explicación horrible.

Keh… es como decir que yo tengo las empresas Takahashi porque y que no pretendo ni ahora ni nunca llevar mi propio negocio. Estudió la carrera porque quería ser abogada…

Kagome se encogió de hombros.

—Es su vida, no seas dictador. ¡Sólo tienes derecho a dirigir tu propia vida, me oyes!

Él sonrió con suficiencia, presionando un amoroso beso contra su sien.

—Y las vidas de mi esposa e hijo.

—De eso nada, Takahashi Kagome tiene voluntad propia.

—¿Le pedirá permiso a su marido?

Kagome puso los ojos en blanco.

—No soy una niña.

Inuyasha resopló.

—Y yo no soy un esnob.

—Pero sí que lo eres. —Kagome le dio un golpecito en la nariz.

—Lo que constituye el hecho de que tú eres una niña.

Kagome hizo una repentina pausa…

—¿Cómo es que he perdido?

Inuyasha sonrió.

—No puedes compararte con la capacidad mental de Takahashi Inuyasha. Soy incomparable.

Kagome quiso estallar en carcajadas y no parar nunca.

—Tú… ¡¿listo?! ¡Tienes el nivel de pensamiento del pomo de una puerta!

—…No tienen.

—Exactamente, Casanova.

—¿Por qué eres tan mala? —Inuyasha acercó su cara muchísimo a la de su mujer, sus labios se rozaban contra su mejilla—. ¿Qué te he hecho?

Kagome se lamió los labios, deseando saborear a Inuyasha.

—¿Dejarme embarazada?

—Eso debería ser un honor.

—Oh, lo es, sólo esperemos que el pequeño no tenga tu chulería.

Inuyasha sonrió pasando los labios por el lóbulo de Kagome.

—Pero podemos esperar que si es niño, ¿tenga mi pene*?

Pausa.

CÁLLATE. —Kagome le dio un empujón a Inuyasha. Estalló en carcajadas al observar a su mujer arder de vergüenza. Se había metido de lleno en la trampa ella sola. Inuyasha simplemente había aprovechado la oportunidad y había dicho verdades…

Su propio niño no era exactamente un niño…

—¿Por qué negar la verdad?

—¿Porque es pervertido?

Inuyasha sonrió.

—No era eso lo que pensabas.

—¡Oye! —replicó Kagome—. ¡Estaba borracha!

—Eso dicen todas. —Sonrió con suficiencia—. Además, ríndete… hemos llegado y no tienes ninguna réplica ingeniosa.

Kagome masculló palabras incoherentes mientras Inuyasha la ayudaba a levantarse. Entonces, lentamente, empezó a despertar a sus amigos, anunciando que habían llegado a la Mansión de Verano de los Takahashi. Sango había sido la primera en despertarse y empezó a ayudar a Inuyasha a desalojar el bus mientras Kagome descansaba… a pesar de que había estado sentada durante cuatro horas…

—¡Nos vemos en una semana, Ken! —Ai y Hikari se despidieron con la mano del conductor antes de que saliera para seguir con su vida. Las dos niñas echaron una carrera hasta la puerta principal, chillando de emoción, sus chaquetas les hacían parecer a) un gran trozo de chicle y b) un pomelo grande…

—¡Cuidado! —llamó Ayame—. ¡Os vais a caer!

Kagome sonrió, sus dedos se entrelazaron con los de Inuyasha.

—Igual que en los viejos tiempos, ¿eh?

Él sonrió.

—Bastante… menos porque tu estómago es más grande que tu cabeza.

Kagome le dio un golpe en la cabeza.

—¡No lo es!

—Eso lo dices tú.

—…Te odio.

Inuyasha abrió la puerta principal, riendo, y todos entraron. Dentro de la mansión, como había señalado convenientemente Inuyasha mientras despertaba a sus amigos, todo estaba limpio, saneado y sin polvo. La cena ya estaba servida para los muchos miembros de la familia y los trabajadores de la casa estaban por allí: el chef en la cocina, el jardinero en el salón, regando unas plantas de interior y la jefa de las doncellas se estaba asegurando de que la comida estuviera perfecta.

—¡Bienvenidos a casa! —corearon y a todos les divirtió ver a algunas de las doncellas que trabajaban a tiempo parcial sonriendo y saludándolos.

—¡Gracias! —corearon Ayame, Ayumi y Kagome. Sango sonrió, saludándolos con una mano y Ai y Hikari corrieron en su dirección, abrazando a las mujeres que veían cada verano.

—¿Tuvieron un buen viaje? —inquirió Sayuri, una de las doncellas a tiempo parcial. Kagome asintió mientras los mayordomos aliviaban a sus maridos de su equipaje para una semana. Todos siguieron a Sayuri hacia la mesa donde Ichiro, Kyo y Kasumi estaban situados en sus tronas. Los adultos se sentaron y se prepararon para la deliciosa cena.

—Qué cálida bienvenida —repitió Eri—. ¡Ojalá nuestra familia tuviera esto!

—Pero no lo tiene. —Inuyasha le guiñó un ojo—. Y por eso lo consigues de nuestra familia.

—Nos haces parecer pobres e indignos —afirmó Daichi, y Miroku le dio un empujoncito.

—Eso es porque lo somos, Dai.

Kagome soltó una risita mientras mordía una gamba enorme.

—Somos familia, chicos. ¿Por qué creéis que Inuyasha os ha arrastrado aquí toda una semana?

—Cierto, —Sango guiñó un ojo—, y él sabía que si no lo hacía, su esposa le arrancaría todo el pelo.

Inuyasha sonrió con remordimiento.

Eso es cierto, ¿verdad, mademoiselle?

—Cómete la gamba —ordenó Kagome e Inuyasha bajó la mirada.

—Sí, jefe.

La pequeña payasada hizo que muchos de sus amigos estallaran en carcajadas. Los niños se caían de sueño, así que los padres decidieron meterlos en la cama. Daichi ayudó, ya que Hayabusa tenía dos hijos. Las mujeres permanecieron en la mesa con Inuyasha y Kagome. Sango masticó una chuleta de cerdo antes de tragar y aclararse la garganta…

—Inuyasha…

Alzó la mirada hacia ella y arqueó una ceja.

—¿Sí?

Sango tragó saliva.

—Ahora estás casado, feliz… con un hijo en camino, así que supongo….

—¿Qué? —presionó Inuyasha.

—Hay algunas cosas de Kikyo que no sabes…

Las chicas supieron inmediatamente de qué estaba hablando. Inuyasha frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

Sango miró su plato.

—Fue hace tiempo y te lo ocultamos porque, en ese momento, parecía que la querías. No queríamos hacerte daño, pero…

—¿Pero qué?

—Sabes que Miroku y Kikyo se acostaron, ¿verdad?

Inuyasha asintió.

—El tema es… que ella lo drogó esa noche y se aprovechó de él.

Inuyasha se detuvo, sus ojos se clavaron en los de Sango. Todos lo miraron expectantes, pero no dijo nada. Kagome siguió comiendo lentamente… sin saber qué hacer o qué decir. No se había esperado que Sango revelara esa información tan de repente, pero de alguna forma tenía sentido. Kikyo estaba, en ese momento, fuera de sus vidas e Inuyasha estaba comprometido con otra persona…

—También intentó matarme —chilló Ayame—, mientras estaba comprometida con Kouga… y vosotros estabais saliendo…

—¡¿QUE ELLA QUÉ?! —bramó Inuyasha, levantándose—. ¡¿Él lo sabe?!

Ayame asintió, ocultando los ojos.

—Sí… ella se acabó rindiendo cuando no… morí.

—¡¿POR QUÉ NO ME LO DIJISTEIS?!

Eri tragó saliva.

—Estabas enamorado de ella…

—A la mierda con eso —gruñó Inuyasha—. ¡Si trata de matar a mis amigos es que hay un problema!

—Estabas en Japón… —intentó Ayame, pero a Inuyasha se le oscurecieron los ojos.

—¿Y? ¿Y si hubiera tenido éxito? ¡Maldición, Ayame, intentó matarte mientras estabas comprometida y nosotros estábamos saliendo! ¡¿No debería significar algo eso?! —afirmó Inuyasha y Ayame suspiró.

—Lo hecho está hecho, Inuyasha. Yo estoy viva, Miroku no tiene ETS y tú estás casado… olvídalo y sigue adelante —afirmó Ayame e Inuyasha gruñó, apartando su silla a un lado.

—Me voy a la cama.

Hubo silencio durante unos cinco minutos antes de que volvieran los maridos. Kagome tenía lágrimas en los ojos por la reacción de Inuyasha. No se esperaba eso y, de alguna manera, le hacía sentir que él todavía tenía sentimientos por Kikyo… mientras que Kagome estaba desesperadamente enamorada de Inuyasha.

—¿A dónde fue Yash? —preguntó Miroku y Sango suspiró.

—Le conté… los pecados de Kikyo.

Miroku frunció el ceño.

—¿Eh?

—Que se acostó contigo y que intentó matarme —afirmó Ayame y a Kouga se le oscureció la mirada. Daichi, Hayabusa y Hojo se sentaron mientras que Miroku y Kouga permanecieron de pie.

—Estalló y se fue a la cama, diciendo cosas como que por qué no se lo habíamos dicho antes. —Ayame le quitó importancia—. Nada, en realidad.

Kagome permaneció callada todo el tiempo y todos los notaron. Miroku puso una mano en su hombro.

—¿Quieres ir a la cama?

Kagome suspiró.

—Sí… estoy cansadísima.

—Estoy seguro de que sí, cariño, deja que te ayude —afirmó Kouga mientras le rodeaba los hombros con su brazo y la guiaba hacia las escaleras. Una de sus manos se agarró a su brazo y la otra se agarró al pasamanos mientras se arrastraba a ella y a su bebé por el largo tramo de escaleras. Todos los observaron…

—Su reacción le ha afectado —afirmó Eri.

Ayumi asintió.

—A mí también me afectaría si mi marido reaccionara así sobre su exnovia.

Yuka se estaba mordiendo el pulgar.

—¿Podemos rezar al menos para que su matrimonio dure lo suficiente para criar nietos?

—Y probablemente también bisnietos —dijo Sango en voz baja, dejando que los adultos se rieran para aliviarse. La tensión les estaba afectando.

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Kagome abrazó a Kouga y se despidió de él antes de entrar en su habitación. Inuyasha ya estaba acostado en la cama, leyendo Matar a un ruiseñor. Arqueando una ceja, Kagome cerró la puerta y caminó hacia el armario, lista para coger su pijama.

—¿No has leído ya bastantes veces ese libro cuando eras un adolescente? —inquirió Kagome. Inuyasha negó con la cabeza.

—No, nuestra novela de estudio de último año fue Cumbres Borrascosas.

Kagome arrugó la nariz.

—La mía fue Las crisálidas. Juro por todo lo sagrado que no me gustó ese libro… nada de nada.

Inuyasha arqueó una ceja.

—Mi padre me obligó a leerlo, fue… interesante, la verdad.

—Apuesto a que sí, ¿cómo están tus padres? ¡¿Y qué hay de Kagura?! No he sabido nada de ellos desde hace tanto… ¡¿niño o niña?!

Inuyasha sonrió.

—Gemelos. Rin está más que contenta. Se han mudado a Canadá con los niños por negocios. Mis padres emigraron a China sin decirnos nada… me lo dijo Sesshomaru la última vez que nos mandamos un correo.

Kagome arqueó una ceja.

—Interesante. ¿Cómo se llaman?

—Suoh y Zen… sí, lo sé. —Inuyasha sonrió al ver la expresión que tenía Kagome.

—¡¿Suoh y Zen?! Zen como el… ¡¿jardín pequeño con un estanque y los peces koi?!

Inuyasha estalló en carcajadas.

—Eso es exactamente lo que dije yo.

—Tengo que gritarle a Kagura. —Kagome negó con la cabeza mientras se desnudaba y se ponía un camisón largo. Tras acostarse al lado de Inuyahsa, se pasó los fríos dedos por su expuesto vientre.

—¿Cómo quieres llamarla?

Llamarlo —corrigió Inuyasha.

—Ya —Puso los ojos en blanco—, y yo me disfrazaré de puercoespín.

—¡Pero sí que vas a hacerlo! —insistió y Kagome le sacó la lengua. Cerró el libro, riéndose entre dientes y se acostó adecuadamente, poniendo una mano sobre su estómago y sintió inmediatamente una patadita. Sonriendo, se empujó para ponerse al nivel de su vientre y depositó un beso en él.

—Papá te quiere —susurró contra su estómago—, y apuesto a que serás fuerte y listo e igual de malvado que yo para hacer que tu mamá se disfrace de puercoespín.

—¡Para de corromperla! —Kagome apartó la cabeza de Inuyasha y éste rio, volviendo a acostarse a su lado.

Kagome suspiró y sacó el tema.

—¿Qué fue lo de antes?

—¿El qué? —Frunció el ceño.

—Lo de… eh, Kikyo —explicó Kagome e Inuyasha se apartó lentamente de ella. Kagome decidió decir lo que pensaba, hacer lo contrario siempre traía problemas, como había descubierto durante ese año—. Parecía como si aún…

—No la quiero —interrumpió Inuyasha su frase—. Sólo estaba sorprendido de que hubiera intentado matar a Ayame por Kouga mientras nosotros estábamos saliendo y ellos comprometidos. Si hubiera sabido que era tan psicópata, la habría dejado… si no fuera por ti, es probable que ahora estuviera casado con ella y arrepintiéndome inmensamente… arg —gruñó—, otros han visto su vagina.

Kagome estalló en carcajadas.

—¡Estás de broma! ¡¿De entre todas las cosas te quejas de su trabajo?!

—¡Es una idea asquerosa!

—Ni que tú no lo hicieras —Apretó su barbilla con gesto acusador—, el porno es como una religión masculina.

—Eso es sólo para Miroku.

Kagome le dio un puñetazo en broma en el pecho.

—Entonces no sigues… ¿queriéndola?

—Creo que nunca lo hice —explicó sinceramente—, creo que fue como una… fase de mi vida.

—¡¿Qué fase?! —jadeó Kagome con malicia—. Eres un viejo, a punto de entrar en los treinta, mientras que yo estoy en la flor de mi vida.

—Mujer, ¡tienes veintiuno!

—Sí, ¡y tú tienes veintiséis para veintisiete!

—Haces que parezca un mojigato.

—Lo eres.

—No me hagas hacer algo de lo que no me arrepentiré.

Kagome sonrió.

—¿Como qué?

Inuyasha se volvió a acostar, ya que se había levantado sobre un codo para bromear con su mujer.

—Olvídalo, no me aprovecho de mujeres embarazadas.

—Eso espero —rio—. ¡En fin, nombres! ¡No hemos pensado nombres!

—Llamémosle Daisuke.

Kagome arqueó una ceja.

—Bien, incluso si fuera un niño, ¡nunca lo llamaría Daisuke!

Inuyasha se cruzó de brazos.

—¡Daisuke es un buen nombre!

—Prefiero Muteki.

Inuyasha se toqueteó la barbilla.

—Es bonito… o podemos llamarlo Takeshi.

Kagome puso los ojos en blanco.

—¡¿Takeshi Takahashi?! No, gracias, suena mal.

—¿Taro?

—Suena a luchador de sumo.

—¿Kaoru?

—Eeh…

—¡¿Bob?!

Kagome compuso un rostro inexpresivo.

—¡¿Bob?!

Inuyasha se encogió de hombros.

—¿No es un buen nombre?

—¡Buddha, no!

Inuyasha se rio, dándole un beso en la sien.

—Bien, entonces Muteki, pero yo le pondré el nombre si es niña.

Kagome sonrió.

—De acuerdo… dígame, señor Takahashi.

Inuyasha le acarició la mejilla con la nariz.

—Yo la llamaría Sakura, porque sería tan guapa como su madre y más hermosa que un cerezo en flor.

Kagome le sonrió ampliamente a su marido.

—Es perfecto…

Inuyasha pasó los labios de su mejilla a sus labios, donde la atrapó en un generoso beso. Su lengua pasó por su labio inferior, pidiendo entrar. Plegándose a sus deseos, Kagome le permitió entrar, le permitió que la dominara. Se levantó sobre las dos manos, una a cada lado de Kagome. Sin embargo, su cuerpo permanecía a un lado, ya que tenía demasiado miedo de poner peso sobre su esposa.

Kagome gimió de placer cuando sus lenguas empezaron a bailar una melodía nunca oída. Sus corazones latían al unísono y sus labios trabajaban en perfecta sincronía. Su mano estaba colocada en su vientre, donde sentía al niño dándole pataditas. Su corazón se llenó de orgullo tanto por su mujer como por su hijo, mientras continuaba dándole su amor a Kagome. Quería darle tanto y más…

Oro riquezas, placer, felicidad, recuerdos… quería darle a Kagome todo lo que tenía en su poder. Si hacer feliz a Kagome significaba que tenía que ser pobre, entonces Dios lo ayudara porque también lo haría… ella era su todo, todo lo que siempre había querido, todo lo que siempre había necesitado… allí estaba, envuelto a la perfección, yaciendo bajo él, pasando sus dedos por su melena.

—Kagome —susurró y ella no respondió, seguía besándolo. Pasó la lengua por su labio antes de que sus dientes lo mordieran, empujándolo a que siguiera besándola. Siguió dándole lo que quería, lo que deseaba, queriendo reírse al mismo tiempo de su ternura.

Mademoiselle —susurró otra vez y ella abrió un ojo. Estaba respirando pesadamente, igual que él…—. Mademoiselle Miko… —volvió a murmurar.

—¿Sí? —susurró en respuesta, quería que siguiera con sus besos celestiales.

Je t'aime…. —susurró, sus ojos clavados en los de ella. Los ojos de Kagome no se movían, no parpadearon al oír las palabras que ansiaba a través de los labios de su marido. Aunque no eran en japonés… seguía siendo un idioma que entendía…

Je t'aime —repitió y Kagome reforzó el agarre sobre su torso. Estaba esperando una respuesta y ella lo sabía…

E iba a dársela…

Je t'aime aussi —murmuró, mirando cómo sus ojos se abrían con asombro. Sonrió, alzando la mano para acariciarle la mejilla.

—Yo también te quiero…

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Je t'aime – Te quiero

Je t'aime aussi – Yo también te quiero

*Es un juego de palabras en inglés: cockiness es chulería, acortado queda cock.