El sabor del amor
Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.
Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.
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Altercado
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—Maldita sea… —gimió Kagome, saliendo a rastras de la cama, intentando mantener bajo control su hiperactiva vejiga. Llegó al baño corriendo lo más rápido que puede correr una embarazada y, antes incluso de que se sentara, su vejiga cedió y liberó una carga enorme de orina. Miró el reloj de su baño privado y notó que eran poco más de las dos de la mañana.
Culpa al mocoso, se frotó el estómago con cariño mientras su orina seguía cayendo al váter en lo que parecieron segundos eternos. Al fin, después de que su vejiga estuviera vacía, se limpió y se levantó del váter, gruñendo en el proceso. Seré diez veces más feliz cuando me vuelva diez veces más ligera.
Se lavó las manos y se miró su bronceado rostro en el espejo. No hacía ni un año, su padre estaba tramando contra ella y estaba atada a un falso matrimonio urdido por su mejor amiga y su marido. Hacía menos de un año odiaba el nombre de Takahashi Inuyasha, principalmente porque era su marido…
Hacía menos de un año, no estaba esperando un hermoso bebé. Su propio hermoso bebé. Sonriendo alegremente, se acarició el estómago y sintió una patética patadita. Se rio ligeramente y siguió frotándose el vientre con cariño, diciéndole a su bebé a su manera que lo quería. Sea lo que sea el niño…
—¿Estás bien, amor? —La voz de Inuyasha llegó desde detrás de ella. Ahogó una exclamación al verlo apoyarse contra la puerta del baño. Caminó sonrojada a sus brazos.
—Sólo… emocionada… y con muy poco incontroladora de mi vejiga.
Inuyasha se rio, abrazándola con todas sus fuerzas.
—Incontroladora no es una palabra.
—Calla, Casanova —masculló contra su pecho desnudo, amando la forma en que olía masculinamente sin ni siquiera intentarlo. Inuyasha pasó los dedos por el pelo de ella y saboreó el momento en su baño, a las dos de la mañana, con su mujer. Por muy extraña que sonara la situación, Inuyasha no podría verla más perfecta de lo que ya era.
Su esposa.
Su hijo.
Demonios, ¡incluso su propio baño! No podía esperar hasta abril, que era cuando Kagome saldría de cuentas… sería padre, dirigiría su imperio con su mujer a su lado, siguiendo su carrera como modelo, como Miko Takahashi en vez de solo Miko…
Su vida parecía perfecta.
—¿Quieres volver a la cama? —murmuró contra su pelo y la sintió asentir. Inuyasha la guio hacia su cómoda cama de plumas y la acostó antes de arrastrarse a su lado. Le rodeó los hombros con un brazo y frotó la nariz contra su mejilla.
—¿Puedo decirte algo? —susurró y ella inclinó la cabeza en su dirección.
—¿Qué?
—Te quiero.
Depositó un beso en la punta de su nariz, riendo.
—No tanto como yo te quiero a ti.
—Es difícil de creer —bufó Inuyasha en broma—, este sentimiento es incomparable.
Kagome le dio a su marido el beneficio de la duda y se limitó a acariciarle la mejilla, mirándolo a sus amorosos ojos. Sonriendo, Inuyasha depositó un último casto beso en sus labios antes de enterrar su rostro en el hueco de su cuello, donde permanecería mientras viviera…
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—¡Odio el embarazo! —gritó Kagome mientras se lanzaba al baño a las diez de la mañana. Ayame y Sango no pudieron evitar reírse mientras Kagome iba a vaciar la vejiga por quinta vez en media hora. Inuyasha se estaba preocupando mucho por su constante micción y estaba tentado a llamar al médico…
—¡Yo soy médico! —bramó Miroku e Inuyasha le dio un golpe en la cabeza.
—De bebés. Es obvio que mi mujer no es un bebé.
—¡Bueno, pero sí que está embarazada de tu hijo! ¡Y hacer pis a menudo no es malo!
—Eso lo dices tú.
—¡Yo soy el que tiene aquí el doctorado en medicina!
Inuyasha resopló.
—Sí, y supongo que también querrás la licenciatura.
Miroku se cruzó de brazos.
—En realidad ya tengo la licenciatura… ¡cinco, de hecho!
Hojo resopló.
—No ha entendido la broma, ¿verdad?
—Nop. —Hayabusa meneó la cabeza—. Para nada.
Kagome salió caminando con dificultad del baño y le lanzó dagas con los ojos a su marido.
—Vuelve a dejarme embarazada otra vez y vivirás para arrepentirte. ¡Ningún bebé más hasta dentro de diecisiete años!
Inuyasha sonrió.
—¿Podemos hacer lo que hace venir a los bebés?
—¡Siempre y cuando tengáis látex! —aportó Sango y Kagome le lanzó una mirada asesina.
—¿No fue así como concebisteis a Ai? —se burló Kagome—. ¿Con látex roto?
Eri ahogó una exclamación.
—¡¿Ai no fue planeada?!
Sango se rio, no le importaba que su pequeño "secreto" hubiera sido revelado.
—Un error absolutamente hermoso y perfecto. Sí, el condón se rompió… ¿y qué?
—Igual que el joven Takahashi es el producto de una ebria seducción —se burló Kouga—, menuda historia que contar cuando el niño pase la pubertad. Insertar nombre —A Kouga le lanzaron un cojín por esa afirmación—, tus padres te tuvieron porque estaban borrachos y sin ropa interior y no distinguían la izquierda de la derecha, arriba de abajo y coño de pene.
—Para ya con la vulgaridad. —Daichi echaba chispas por los ojos en dirección a Kouga—. ¡Mis oídos vírgenes!
—Oh, sí, claro —bromeó Kagome—. Ayumi y tú probablemente habéis tenido más acción que todos nosotros juntos.
—Sin contar con que la señora Takahashi la tuvo, literalmente, una vez —tosió Yuka y Kagome arqueó una ceja.
—¿Nos has estado observando a Inuyasha y a mí?
Fue el turno de Yuka de sonrojarse mientras los adultos se reían de su apuro. Intentando cambiar de tema, escogió un asunto de mucho debate y gran diversión:
—¡¿Y cómo vamos a llamar al pequeño?!
Kagome sonrió.
—Ya tenemos una lista de nombres. ¡He escogido Muteki si es un niño!
—Y Sakura si es niña —apuntó Inuyasha, pero recibió una expresión extraña de Miroku.
—¡Qué nombre más común! No podríais haber escogido algo exótico como… como… ¡¿Cleopatra?!
Inuyasha resolpló.
—Es japonesa, no egipcia.
—Explotación cultural. —Miroku sonrió—. Además, llamadla algo así como… oh, no sé, ¿Suriya?
Kagome abrió los ojos como platos.
—¡En realidad es bastante mono!
Miroku sonrió con suficiencia.
—Era lo que yo había escogido para el nombre de Ai, pero Sango me ganó.
—Es mono, pero Ai no me tenía cara de Suriya —admitió Sango—, ¿qué tal Sakina?
—Nah —Kouga meneó la cabeza—, la primera niña de esos dos no puede ser una Sakina. No les pega… qué tal… ehh. —Kouga miró a la expectante pareja un buen rato antes de chascar los dedos—. ¡Akimi!
—¡Oh, buu! —soltó Eri—. ¡¿Akimi Takahashi?!
—¡Oye! —se defendió Kouga—. ¡Suena genial!
Inuyasha y Kagome intercambiaron miradas. Al mirar a Marika, la doncella principal, le preguntó en silencio cómo estaban los demás niños. Ella afirmó que estaban bien y que estaban en la sala de juegos, divirtiéndose. Kagome le dio instrucciones a Marika para que les llevara unas galletas y leche. Asintiendo, Marika se dirigió a realizar sus deberes…
Y los adultos aún no habían terminado de deliberar.
—Ehh… ¿es nuestro hijo? —dijo Kagome dubitativa—. ¡¿No creéis que somos nosotros los que decidimos?!
—¡NO! —dijeron a la vez Sango, Ayame, Eri, Yuka y Ayumi. Kagome tragó saliva.
—Digo…
—¡Escogemos Sayuri! —eligió finalmente Ayame e Inuyasha arqueó una ceja.
—¿Esa no es la protagonista de Memorias de una Geisha? —inquirió y Kouga asintió. Eri asintió.
—¡Sí que lo es! Pero es un nombre bonito, Sayuri Takahashi.
Kagome puso los ojos en blanco.
—No. ¿Qué tal Akiko?
Inuyasha se negó inmediatamente.
—¡Cielos, no! ¿Qué tal Anzu?
Hojo entrecerró los ojos.
—¿Estás fumado, tío? ¿Qué tal suena Akane?
—Suena a una zorra de anime —masculló Eri enigmáticamente—, no me gusta. ¿Qué tal Hatsumi?
—¡¿Hatsumi Takahashi?! —Hayabusa tenía ganas de reírse—. ¡Suena a bailarina exótica!
—Gracias —Eri se cruzó de brazos—, mi confianza acaba de multiplicarse por diez.
—Ningún problema. —Hayabusa le levantó los pulgares antes de dirigirse a la pareja Takahashi—. Elijáis el nombre que elijáis, tiene que adaptarse a los dos. Sólo estamos aquí para dar inspiración… y obviamente no está funcionando. —Hayabusa rio al ver a Inuyasha negando con la cabeza—. Ya habéis oído nuestra contribución y, al final, vosotros tenéis que elegir.
—¿En qué nombre piensas tú, Busa? —inquirió Kagome, colocando una mano en su estómago. Hayabusa sonrió sinceramente.
—Yo digo Sachiko —afirmó Hayabusa—, ¿porque significa hija de dicha y sería esa mierda irónica sobre que no habría sido concebida en tiempos de dicha pero es por ella que los dos estáis en paz? —Hayabusa se encogió de hombros—. Y además, el nombre de la tátara-tátara-tatarabuela de Yasha era Sachiko-Hana Takahashi… esa mujer era una bestia, te lo digo yo.
Kagome se giró hacia su marido.
—¿Sí?
Inuyasha asintió.
—Sí, la abuela Hana dirigió el imperio sola después de la muerte del abuelo, crio sola a siete hijos, soportó la muerte de cinco de ellos y casó a los dos restantes con familias apropiadas. Murió a los ciento doce años y vivió para ver muchos kilómetros de tierra… hay quien dice que era el epítome de la felicidad porque incluso tras la muerte del abuelo Takahashi, sus cinco hijos y llevar una empresa casi en bancarrota de vuelta a la cima, permaneció tan feliz como el día en que conoció al abuelo. —Inuyasha miró al techo—. Ella es la razón por la que los Takahashi están hoy aquí.
Kagome siguió mirando a su marido antes de juntar las manos.
—¡Está decidido!
Todos la miraron.
—No le pondremos nombre al niño hasta que nazca… sino empezaremos batallas innecesarias entre nosotros. —Se levantó, sonriendo descaradamente—. Y ahora, madame Takahashi se muere de hambre y desea llevar a sus mejores amigas a comer alta cocina. Monsieur Casanova puede quedarse en casa y entretener a sus invitados.
—¡No vas a ninguna parte! —Inuyasha se levantó, gruñendo. Sango puso los ojos en blanco.
—Venga ya, Inuyasha —arrastró el ya unos segundos—. Está con nosotras. ¿Quieres dejar que se divierta un poco? Prometemos traerla a casa antes de las cinco de la tarde.
Inuyasha miró a todas las mujeres amenazadoramente antes de permitir finalmente que su esposa saliera con ellas.
—Con la condición de que llevéis al conductor que yo diga y un guardaespaldas que yo escoja.
Sango puso los ojos en blanco mientras Kagome se cruzaba de brazos. Miroku tuvo que saltar en defensa de su amigo:
—¡Sólo está preocupado por su mujer! Si yo fuera tan rico e influyente como él, ¡habría enviado guardaespaldas y conductores para que persiguieran a Sango por todas partes mientras estaba embarazada de Ai!
—¡Habrías estado preocupado por el gasto! —chilló Sango mientras Kagome se levantaba con esfuerzo. Inuyasha ayudó a su mujer en su misión de ponerse recta. Inuyasha sacó su móvil e hizo unas llamadas antes de sonreírle a su esposa.
—Todo listo, la limusina está fuera.
Kagome chilló, dándole un beso a su marido en la mejilla antes de seguir a sus amigas al mundo exterior.
—Tened cuidado —llamó Inuyasha al ver a las mujeres saliendo de su mansión. Se giró suspirando y se desplomó en el sofá.
—Odio el embarazo —masculló y Kouga le dio un puñetazo en broma.
—Hubo una vez en la que lo odiabas todo menos las relaciones sexuales.
Inuyasha resopló.
—Sigo disfrutando de las relaciones sexuales. —Hizo una pausa dramática y les sonrió a sus amigos—. Siempre y cuando sea entre las piernas de mi esposa.
—Y no una mujer que presuma de su… ¿tejido vaginal? —Miroku arqueó una ceja y Hayabusa le dio un coscorrón.
Inuyasha se incorporó de golpe, sentándose con la espalda recta y los ojos bien abiertos.
—Os dije que vimos a Kikyo en la conferencia de prensa, ¿verdad?
Miroku frunció el ceño.
—No.
Todos los hombres se reunieron alrededor de Inuyasha, que entrecerró los ojos.
—Ella… simplemente apareció, ¿sabéis?
—¿Cómo pudiste casarte con una mujer cuando ibas en serio con otra? A eso se le llama poner los cuernos, Inuyasha.
Todos se callaron y siguieron el sonido de la voz. Kagome se levantó con los ojos bien abiertos e Inuyasha presentaba una expresión fría en el rostro.
—Kikyo…
—Respóndeme —dijo Kikyo, vestida con unos vaqueros flojos y una camiseta demasiado grande—. ¿Cómo pudiste? Eso es poner los cuernos… estabas liándote con ella mientras salíamos.
—Y tú te liabas con vendedores mientras estabas saliendo conmigo —contrarrestó Inuyasha.
—Al menos yo no me casé con ellos.
—Hubiera sido mejor que lo hubieras hecho.
Kikyo dio otro paso adelante.
—¡Yo te quería! Por qué me dejaste… incluso traté de recuperarte… diciéndole a Naraku tu paradero… ¿por qué? ¡¿Por qué me dejaste por esa niña insolente?!
Los ojos de Inuyasha se pusieron vidriosos mientras miraba con frialdad a su exnovia.
—Porque… ella tiene algo que tú nunca tendrás.
Kikyo frunció el ceño.
—¿Qué?
—Inocencia y dignidad…
Kikyo frunció el entrecejo.
—¡Te recuperaré! ¡No puedes usarme y tirarme!
—Adivina —susurró Inuyasha—, lo hice.
Las lágrimas bajaban por los ojos de Kikyo mientras se daba la vuelta y salía de la sala. Tras bajarse del podio, Inuyasha ordenó que se detuviera todo y dijo que necesitaba llevarse con él a su fatigada esposa. Su sangre bullía de ira, ya que sabía que su enfrentamiento con Kikyo haría que los tabloides gritaran algo.
—Maldición —silbó Hojo—, ¿sigue pillada por su amor perdido?
Inuyasha frunció el ceño.
—¿Algo así?
—¿Pero por qué vestía ropa holgada? —Daichi arqueó una ceja mientras todos los hombres asentían para mostrar su acuerdo—. Es una estrella del porno… ¿no debería vestirse con ropa minúscula?
—Tiene sentido. —Hayabusa se giró hacia Inuyasha—. ¿Crees que tiene un secreto o que trama algo?
—Podría tener una cantidad ilimitada de chupetones. —Miroku se encogió de hombros y Kouga le dio un empujón.
—¡Cállate, en serio!
—¡Lo digo en serio! —se defendió Miroku—. ¿Y si es el nuevo juguete sexual de Naraku?
—Está en la cárcel —señaló Hojo e Inuyasha puso los ojos en blanco.
—Probablemente tiene un novio nuevo que abusa de ella. —Inuyasha se encogió de hombros—. Es una psicópata, haría cualquier cosa, por lo que sé, para conseguir al hombre que quiere.
Kouga abrió los ojos como platos.
—¿Cualquier cosa? Inuyasha…
El empresario se giró hacia su amigo.
—¿Qué?
—Cualquier cosa… probablemente esté observando lo que hacemos ahora mismo… y que tu mujer embarazada de seis meses ha salido.
Inuyasha se levantó de un salto, con los ojos muy abiertos al entenderlo.
—¡JODER! ¡Coged el maldito coche! —bramó mientras corría hacia la puerta principal. Miroku corrió en dirección opuesta para llegar al garaje subterráneo. Los demás corrían, poniéndose los zapatos y llamando a sus mujeres para saber dónde estaban.
—¡Ayame no contesta! —exclamó Kouga, entrando en pánico.
—Eri tampoco —susurró Hojo mientras Hayabusa tragaba saliva.
—Ni Yuka.
—¿Y Ayumi? —Inuyasha se giró hacia Daichi, que negó con la cabeza.
Salió por la puerta, gruñendo. Mierda.
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—Mmm. —Kagome sonrió cuando entraron en Miura, un pintoresco restaurante de sushi—. Sushi…
—Estoy lista para babear. —Ayame sonrió, saliendo de la limusina detrás de su mejor amiga.
—Yo estoy babeando —resopló Eri y salió de la limusina. Las chicas entraron en el restaurante en masa, sus voces hablaban en una animada charla. El restaurante estaba bastante vacío, lo que era aún mejor para las seis mujeres.
—¡Sushiiiii! —canturreó Sango. Sacó el móvil para hacerle saber a su marido dónde estaban, frunció el ceño.
—¿No hay señal?
—Lo siento. —La camarera hizo una sentida reverencia—. Esta tienda no tiene señales de satélite… los dispositivos móviles no funcionan aquí.
—No pasa nada. —Ayame le quitó importancia con un gesto—. Sólo estamos aquí por un poco de sushi… ¡y yo quiero uno de verduras!
Kagome bufó.
—¿Arg?
—¡Salmón! —chilló Eri y Ayumi y Yuka mostraron su acuerdo.
Tras sentarse en una pequeña mesa, las chicas empezaron inmediatamente otra vez a charlar mientras la camarera cogía un bolígrafo y una libreta, preparada para tomarles nota.
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—¿Wacdonalds?
—Cállate, Daichi —Inuyasha puso los ojos en blanco—, ¡mi mujer no come en Wacdonalds!
—En realidad… —Miroku hizo una pausa mientras Inuyasha giraba repentinamente a la izquierda—, le encanta.
—Nadie te ha preguntado, Lin —masculló Inuyasha amenazadoramente—. ¡¿A dónde han podido ir?!
—¿Burger King?
—¡Daichi! —gruñó Hayabusa—. ¡No comen comida rápida!
—Intenta llamar a Sango —indicó Inuyasha y Miroku asintió, sacando el teléfono.
Ring.
Ring…
—¿Hola?
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—Mierda, mi cartera está en la limusina… dadme un segundo —informó Sango mientras se levantaba de su sitio y comenzaba a caminar hacia la limusina que estaba aparcaba a unos metros del restaurante. Tras salir de la tienda y llegar a la limusina, su móvil vibró en el bolsillo de atrás. Frunciendo el ceño, lo sacó.
—¿Hola?
—¡¿Dónde estáis?! —sonó la voz de su marido con tono preocupado.
Sango sonrió.
—En Miura, ¿por qué?
—¡Sango! ¡Ten cuidado!
Sango frunció el ceño, estaba a punto de abrir la puerta de la limusina (el conductor se había ido a fumar un cigarrillo), pero se detuvo inmediatamente.
—¿Qué ha pasado? ¿Miroku?
—¡Sango, vuelve ahora mismo a la mansión!
—Miro… —Sango soltó el teléfono con un grito ahogado, su brazo derecho le estallaba de dolor. Se dio la vuelta y abrió los ojos como platos al ver a Kikyo apuntándole con un revólver, llena de odio.
—Kik…
Las otras cinco mujeres salieron corriendo del restaurante junto con la camarera y el chef.
—¡SANGO! —gritó Kagome y quiso correr hacia su amiga, pero las demás y su estómago se lo impidieron.
—No te muevas —susurró Kikyo, apuntando el arma hacia Kagome—, o tú serás la siguiente.
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