El sabor del amor
Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.
Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.
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Defensa
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—No te muevas —susurró Kikyo, apuntando el arma hacia Kagome—, o tú serás la siguiente.
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Miroku palideció visiblemente mientras se quedaba mirando el teléfono que yacía en la palma de su mano. Había oído gritar a su mujer…
Y se había cortado la línea.
—¿Qué pasa? —preguntó Inuyasha, mirando a su amigo, que se había quedado inusualmente callado.
—Están en… Miura. —Miroku se contuvo—. Y creo que a Sango… le han disparado…
Kouga abrió los ojos como platos mientras las cabezas de Hojo, Hayabusa y Daichi giraban en dirección a Miroku. Inuyasha fortaleció su agarre sobre el volante, intentando mantener la voz lo más firme posible.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió, deseando que Miroku hubiera tenido interferencias en su conexión con Sango y eso le hubiera hecho oír un disparo cuando en realidad no lo había habido.
—¡¿Cómo lo sé?! —bramó Miroku—. Oí un disparo y mi mujer gritó, ¡¿qué otra puta cosa quieres que diga?! ¡A mi esposa le acaban de disparar, a tu esposa probablemente le van a disparar!
—Veinte pavos a que es Kikyo —murmuró Hojo mientras Inuyasha hacía un peligroso giro en U antes de lanzarse en dirección al aislado restaurante, Miura.
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—¡¿QUÉ DEMONIOS TE PASA?! —bramó Ayame mientras daba un paso hacia Kikyo. En un abrir y cerrar de ojos, Kikyo apuntó a la pierna de Ayame y le disparó en la rodilla. La mujer cayó, agarrándose la pierna en la que le había disparado, sus manos estaban empapadas de sangre roja.
Kikyo reposicionó lentamente el arma, apuntando al corazón de Kagome.
—Creo que lo que hago es perfectamente razonable, ¿no crees?
A Kagome le latía con fuerza el corazón, sus manos rodeaban su estómago a modo de defensa sobre su bebé. Eri, Yuka y Ayumi estaban paralizadas. Yuka se puso directamente delante de Kagome y Eri ayudó a Ayame. Los ojos de Ayame no paraban de moverse entre el arma y el cuerpo dolorido de Sango, apoyado contra la limusina.
—¿Dónde está el guardaespaldas? —siseó Eri y Kikyo se rio.
—Lo maté.
Los ojos de Kagome se movieron de sus amigas al cañón de donde se disparaban las balas. Su vida empezó a pasarle, un poco nublada, ante sus ojos. La imagen de Kikyo burlándose de ella, apuntando la peligrosa arma al centro de su corazón, lista para quitarle la vida a ella y al bebé, rondaba la visión de Kagome. ¿Y por qué era todo? … ¿Por qué? ¿Inuyasha?
—¿Por qué haces esto? —susurró Kagome y Kikyo sonrió con suficiencia, sus ojos nublados de locura. Aferró el arma con ambas manos, intentando dejar de temblar. ¿Nerviosismo o felicidad? Kagome no podía precisar por qué Kikyo se estaba estremeciendo.
En un abrir y cerrar de ojos, Kikyo disparó y Kagome gritó, sólo para darse cuenta de que Kikyo había disparado a la camarera del Miura. Había salido corriendo detrás de las chicas tras oír la conmoción. Su cuerpo cayó encogido, su sangre se derramaba hacia donde estaba Kagome, paralizada.
—¿Por qué? —Kikyo se rio como si estuviera loca—. Te diré por qué. Porque Inuyasha es mío, por eso. Yo lo tenía antes de que tú existieras, estuve con él antes de que tú aparecieras en escena y se suponía que yo iba a ser su mujer… ¡mucho antes de que tú lo sedujeras, jodida zorra!
—¿Zorra? —Kagome no pudo mantener la boca cerrada—. Yo no presumo de mi coño para ganarme la vida.
—¡Bien que lo haces, golfa! —chilló Kikyo, agitando el arma, haciendo que Kagome diera un paso atrás.
Las chicas miraban con sufrimiento, sabiendo que si hacían algún movimiento brusco, Kikyo dispararía contra ellas o contra Kagome. Las lágrimas empezaron a nublar el ángulo de visión de Kagome, envió una oración silenciosa a Dios deseando que, aunque no fuera ella, el bebé fuera a estar bien. Aun así, en su interior sabía que su bebé no sobreviviría sin su vientre.
—¿De eso es lo que va esto? —A Kagome le temblaba la voz—. ¿De un hombre que te dejó?
—¡YO LO AMABA, GOLFA! —bramó Kikyo—. LO AMABA CON TODA MI ALMA Y TÚ TE LO LLEVASTE… ¡ME LO ROBASTE!
Los ojos de Kagome taladraron los de Kikyo.
—¿Sí? ¿Por eso le ponías los cuernos con aquel hombre de la tienda? ¿El dependiente?
Kikyo gruñó mientras apretaba el gatillo y disparaba al hombro derecho de Kagome. Sango gritó, intentando moverse hacia su amiga, pero Kikyo dirigió la vista hacia ella. Kagome cambió de postura y se agarró el hombro sin dejar de mirar a Kikyo.
—¡ERES UNA PSICÓPATA! —gritó Eri y Kikyo la miró.
—Yo no sería tan atrevida… o tu cerebro será el siguiente.
—¿Quién intenta matar a una mujer embarazada? —siseó Ayame, agarrándose la pierna—. Drogas a Miroku para acostarte con él, intentas atropellarme por Kouga… ¿y ahora? ¡¿Amenazas a una mujer embarazada porque su marido te dejó?!
—Cállate. —La voz de Kikyo goteaba malicia y Kagome tuvo que hablar.
—Yo no le obligué. Había vuelto a casa… él vino detrás de mí.
—¡Probablemente lo embrujaste! —soltó Kikyo. Kagome frunció el ceño.
—Claro, como hago magia… —El sarcasmo resonaba en el tono de voz de Kagome.
—Si vuelves a hablar te mato a ti, a tus amigas… —El arma de Kikyo se movió hacia el estómago de Kagome. El miedo atravesó inmediatamente a Kagome, de dentro a fuera—. Y a tus mocosos.
El dedo de Kikyo cogió el gatillo a cámara lenta y empezó a apretarlo. Los ojos de Kagome se abrieron como platos y las chicas no pudieron registrar a tiempo lo que estaba pasando. El dedo de Kikyo presionó el gatillo y la bala voló, salió un poco de humo del cañón. Kagome cerró los ojos, rodeando su estómago con las manos, y esperó el impacto…
No llegó nunca.
Al abrir los ojos vio a Inuyasha delante de ella, la bala en su brazo izquierdo.
—Kikyo —gruñó, amenazante. Al levantar la mirada frenéticamente, Kagome vio que Hayabusa, Daichi, Miroku, Kouga y Hojo tenían a Kikyo rodeada, estaban remangados. Miroku salió del círculo para ir a ayudar a su mujer y Kouga se quedó mirando a Ayame, deseando ir a ayudarla pero sabiendo que si abandonaba el círculo alrededor de Kikyo, haría una locura.
—¡Inuyasha! —Kagome sollozó, corriendo hacia su marido. Él rodeó su cintura con un brazo y la besó varias veces en el pelo.
—Shh, no pasa nada, estoy aquí… ¡¿joder, te disparó?! —gruñó al ver que le salía sangre por delante. Kagome asintió y señaló su hombro.
A Inuyasha le bulló la sangre.
—Maldito pedazo de mierda sin corazón —siseó en dirección a Kikyo—, ¿¡cómo demonios le disparas a una mujer embarazada!? ¡¿Cómo demonios disparas contra nadie?!
—¡Inuyasha! —gritó Kikyo—. ¡Fue por ti! ¡Porque te quiero!
—Y una mierda —gruñó Inuyasha—, si me quisieras, no me habrías puesto los cuernos.
—Tú también me pusiste los cuernos. —Kikyo movió el arma y los demás se prepararon para saltar—. ¡Con esa zorra! Solías… besarla y… ¡todas esas tonterías cuando pensabas que nunca lo sabría!
Inuyasha no tenía respuesta a eso y la sonrisa maníaca de Kikyo se amplió.
—¿Nada que decir? ¿He tocado tu punto débil? ¡Mientras tú trepabas, yo también lo hacía!
—¿Qué tiene que ver eso con nada? —dijo Inuyasha lentamente y Kikyo empezó a reírse, por supuesto, excéntricamente.
—¡Mira! —Tiró el arma y usó su mano libre para levantarse su camiseta floja.
Inuyasha
Se había grabado su nombre en la piel. No se lo había tatuado. Sino grabado. Kagome hizo una mueca al ver el nombre de su marido formando una costra en la normalmente pálida piel de la estrella del porno. Inuyasha abrió los ojos como platos.
—Eres una psicótica.
—¡Lo hice por ti! —Kikyo empezó a reírse—. ¡Todo por ti!
—Ha perdido la cabeza —gruñó Hojo—. Inuyasha, ¡se ha vuelto completamente loca!
Kouga dio un paso hacia Kikyo pero, antes de que se diera cuenta, le disparó. Consiguió mover el cuerpo a tiempo para que la bala diera en su omóplato en vez de en donde apuntaba Kikyo.
—Que nadie me provoque —siseó Kikyo—, o dispararé a cualquiera… en cualquier parte.
Kagome se escondió detrás de Inuyasha, el miedo subía en la bilis de su estómago. Tenía un muy mal presentimiento…
—Deja a la zorra… y ven conmigo —Kikyo miró a Inuyasha—, y los dejaré marchar a todos. ¡Lo prometo! Sólo, sólo… vuelve a ser mío.
Inuyasha se la quedó mirando. Kikyo frunció el ceño y amagó hacia la izquierda. Inuyasha mordió el anzuelo y se movió, haciendo que Kagome estuviera descubierta en un momento. Kikyo aprovechó la oportunidad y soltó el gatillo.
Kouga se lanzó hacia Kikyo, más rápido que la luz, placándola contra el suelo…
—¡KAGOME!
Kagome había caído al suelo…
La bala había dado en su estómago.
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Kagome abrió los ojos, estaba en estado de estupor, bebiendo de sus blancos alrededores. ¿Estoy muerta? Abrió los ojos como platos, las manos volaron a su estómago.
Plano.
¡MI BEBÉ!
—Está despierta, señora Takahashi… ¿Cómo se siente? —Un hombre anciano con un estetoscopio colgado del cuello sonrió mientras entraba en la habitación. Kagome estaba a punto de hablar pero se dio cuenta de que tenía una máscara de oxígeno colocada firmemente alrededor de la boca. Movió la mano para sacársela y se dio cuenta de que tampoco podía hacerlo.
Había cables e intravenosas en su mano derecha. Su mano también tenía una intravenosa que le suministraba sangre.
El médico se estiró hacia delante y le sacó la máscara de oxígeno.
—¡Mi bebé! —dijo Kagome inmediatamente. El hombre sonrió con ternura.
—Tuvimos que hacer un parto de emergencia. Ya se lo he explicado a su marido… desafortunadamente ahora no está aquí para verla despertar, pero está en otra habitación.
Kagome frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Cuando la bala le dio a usted, no le dio en el vientre por un poco. Conseguimos sacarla, pero tuvimos que realizar un parto de emergencia. Pusimos a los bebés en una incubadora donde estarán durante un mes, hasta cuando se habría producido un parto normal. —El médico señaló hacia su estómago—. Fue por cesárea, por supuesto. Conseguimos extraer la bala a tiempo. Perdió mucha sangre en el proceso pero —señaló la bolsa de sangre que colgaba de la intravenosa—, lo estamos enmendando. A sus amigos y a su marido ya les han extraído las balas… pero el señor Takahashi tiene el brazo en cabestrillo.
Kagome ni siquiera lo escuchaba. Se había quedado con una frase.
—¿Bebés?
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La mano de Inuyasha estaba apoyada contra una pared de cristal, su corazón bombeaba de emoción y alivio. Después de que disparara el arma, Kouga le había hecho un placaje a Kikyo y le había aprisionado las manos por detrás del cuerpo. Inuyasha había corrido hacia Kagome y, justo cuando lo hacía, había llegado la policía y la ambulancia: los hombres los habían llamados justo antes de llegar a Miura. A Kagome la habían llevado inmediatamente al hospital y a Kikyo a la cárcel.
A Inuyasha le informarían sobre Kikyo en cuanto la policía y los psiquiatras descubrieran qué le había pasado…
Lo único que podía hacer Inuyasha era fijar la mirada…
Fijar la mirada en la belleza que tenía delante. Su mano izquierda estaba en cabestrillo, pero no podría haberle importado menos.
—¿Señor Takahashi? —Inuyasha se dio la vuelta y vio a una enfermera.
—Lo llama el doctor Kyoto… su esposa está despierta.
Inuyasha le dio las gracias con los ojos abiertos como platos antes de salir corriendo hacia la habitación de Kagome. Su esposa estaba despierta…
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—¡Inuyasha! —Kagome sollozó al ver a su marido entrando en la habitación. Él corrió hacia delante y la envolvió en un fuerte abrazo, teniendo cuidado con los cables que la rodeaban. Depositó un largo beso en sus labios, Inuyasha se apartó.
—¿Cómo estás?
Kagome se mordió el labio inferior, intentando evitar llorar.
—Estoy bien pero, el médico… —No podía decir esa palabra.
Bebés…
El médico se había negado a explicárselo, diciendo que su marido se divertiría mucho más contándoselo. Era bastante locura, pero Inuyasha le había dicho al médico que quería contárselo él a su mujer. Kagome se aclaró la garganta.
—El médico no… bebés… ¿Inuyasha?
Inuyasha sonrió con suficiencia, pasando su mano buena por el pelo de su mujer. El medico se tomó la libertad de abandonar la habitación.
—¿Inuyasha? —repitió Kagome, sin saber por qué su marido no le contestaba—. ¡¿Inuyasha?! ¡¿Bebés?! ¡¿Estaba embarazada de más de uno?!
—Bueno —Inuyasha acarició la mejilla de su mujer con la nariz—, algo así.
—¿Algo así?
—No estabas embarazada de uno.
El cuerpo de Kagome se tensó de emoción.
—¿Gemelos?
Inuyasha se rio entre dientes.
—Nop.
Kagome frunció el ceño y apartó a su marido de ella con la poca fuerza que tenía.
—¡Respóndeme claramente! ¿Cuántos bebés tenemos y cuál es el sexo y cuándo demonios puedo verlos?
Inuyasha sonrió con suficiencia y le respondió empezando por la última.
—Puedes verlos cuando quieras… están en incubadoras, ya que nacieron prematuros.
Kagome asintió y se sintió exhausta, pero se negó a dejar que Inuyasha se diera cuenta. La emoción corría por sus venas. No tenía uno, ¿sino dos?
Inuyasha dijo que no cuando pregunté por gemelos… se recordó.
—Continúa —apremió.
Inuyasha depositó un beso cerca de la comisura de su labio antes de moverse hacia su oreja, susurrando en voz baja:
—Hemos tenido tres. Trillizas.
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