El sabor del amor
Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.
Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.
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C'est la fin
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—… No —gruñó Inuyasha, levantándose y fulminando con la mirada a la mayor de las trillizas: su hija de dieciséis años, Sayuri. Sayuri era la única de las trillizas que se hacía llamar por su segundo nombre: Ayana. Las otras dos, Sayuki y Sayumi, se hacían llamar por su primer nombre (o Yuki y Yumi si hablamos de apodos).
—¡¿Pero por qué?! —gimió Ayana, cepillándose su revuelto pelo corto.
—Porque es entre semana y, bueno… ¡No me gusta Kyo!
Ayana arqueó una ceja.
—¡Sólo es el hijo de tu mejor amigo!
—¡Mío no! —Inuyasha alzó las manos en señal de defensa—. De tu madre.
Ayana puso los ojos en blanco.
—Bueno, ¡pues esta noche voy a salir con Kyo!
—¡No!
—¡Sí!
—¡No!
—¡SÍ!
—¡NOO!
—¡SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ!
Inuyasha se frotó las sienes.
—¡¿Por qué no puedes ser como Sayumi?! Esa niña está… descubriendo… la kriptonita ¡y tú vas por ahí intercambiando saliva con Kyo!
Ayana arqueó una ceja.
—¡¿Kriptonita?! ¿Es lo mejor que se te ha podido ocurrir?
—¿La verdad? —Inuyasha suspiró—. Sí.
Ayana caminó hacia su padre y lo abrazó con fuerza.
—Te estás haciendo demasiado mayor para esto, padre.
Él se crispó.
—¡Oye! Solo tengo… cuarenta y ocho años…
Ayana puso los ojos en blanco.
—Sí, viejo. —Acarició la cabeza de su padre, estirándose para llegar a su tremenda altura—. Pero por eso te queremos. Ahora, vamos a volver a intentarlo… ¿puedo, por favor, salir esta noche con Kyo? —dijo con voz dulce—. Prometo estar en casa antes de las siete…
—¡NO LO HAGAS, PAPÁ! —Muteki entró corriendo en la habitación, sosteniendo su mochila—. ¡Es todo un truco! No conoces a las mujeres, son todas… brujas.
Ayana fulminó con la mirada a su hermano.
—Piérdete, mocoso.
—Oblígame, bruja.
—¡Mocoso!
—¡Bruja!
—¡Mocoso!
—… ¡Sacerdotisa fea y vieja de la época feudal con bolsas arrugadas sobre los ojos y a la que le hacen falta cinco bastones para dar dos pasos!
Ayana e Inuyasha se quedaron mirando a Muteki, que sonrió.
—¡Estúpida mujer humana! ¡No entiendes la belleza del Japón feudal! SENGOKU JIDAI POR SIEMPREEEEEE.
Y se fue corriendo.
—Vaaaaale… —Inuyasha estiró la palabra antes de volverse hacia su hija. Antes de que pudiera abrir la boca, su otra hija, Sayuki, entró corriendo en el salón, arrancándose el jersey y ¡revelando una camiseta azul floja!
—¡Papá! ¡Voy a salir esta noche con Ichiro!
Inuyasha fulminó con la mirada a su otra hija.
—¡¿Por qué demonios queréis salir con los hijos de los amigos de la familia?! Lo juro, ¡creo que Sayumi está soltera porque no hay más chicos con los que salir!
—Ja… ja… —resopló Sayumi, entrando en el salón y sacándose su bata de laboratorio—. Saqué un ciento tres en mi parcial de química.
Ayana se crispó.
—¡¿Cómo?!
Sayumi se encogió dehombros.
—Pregunta extra… Me voy a hacer los deberes de matemáticas…
Ayana se quedó mirando a Sayumi mientras subía las escaleras. Se giró hacia su padre y su hermana.
—¡¿A quién se parece?! ¡Mamá y papá no estudian tanto!
Inuyasha puso los ojos en blanco.
—Tu madre tiene cinco cerebros, simplemente decide no usarlos.
—¡Takahashi! —bramó Kagome, entrando en la sala hecha una furia—. ¡Para de degradarme delante de tus hijas!
—¡MAMÁ! —Ayana y Sayuki corrieron hacia su madre—. ¡¿Podemos salir hoy?! Prometemos estar en casa a las siete… ¡siete y media como mucho!
Kagome sonrió.
—Claro, llevaos la limusina, un guardaespaldas cada una y aseguraos de estar antes de tiempo en casa.
—¡¿POR QUÉ LAS DEJAS IR?!
—¿Porque son lo suficientemente maduras como para manejar situaciones de la vida real con chicos a los que hemos ayudado a criar? —Kagome arqueó una ceja ante su marido idiota. Él se limitó a fulminarla con la mirada.
—Se supone que tienes que estar de mi parte. Yo soy el padre sobreprotector, ¿recuerdas?
—Y yo soy la madre permisiva que contrarresta cada acción sobreprotectora que promulga el padre sobreprotector.
—¿Por qué no puedes estar de mi parte por una vez?
—Siempre lo estoy… sólo que de un modo distinto. —Kagome le sonrió a su marido, que resopló. Ayana y Sayuki chocaron los cinco.
—¡PUNTO! —Ayana sonrió—. A lo mejor Sayumi nos ayuda con la ropa.
Sayuki se cruzó de brazos.
—Está investigando las propiedades químicas del… uranio, o algo así…
Ayana resopló.
—Necesita una vida…
Kagome arqueó una ceja en dirección a sus otras dos hijas.
—Sed más tolerantes con ella, niñas —riñó—. Sayumi es modelo, diseña ropa, es la mejor estudiante de su colegio y además va dos años adelantada, es secretaria interina en la empresa de vuestro padre, cuida niños a tiempo parcial, es química los fines de semana en el laboratorio que compró vuestro padre y aun así tiene tiempo para su familia…
Ayana se estremeció.
—Yumi… necesita una vida.
—Tú —ladró Inuyasha— tienes que ser más como ella, no ejercitar tus labios con… Kyo.
—Kyo era uno de tus favoritos mientras crecía —señaló Kagome—, deja de tener tantos prejuicios sólo porque esté saliendo con tu hija.
—¡Mujer! Yo ayudé a criar al niño, también fui quien… eh… ¡se aprovechó de ti en un momento de desventaja! ¡¿Qué dice eso de mí?! ¡A lo mejor a Kyo se le ha pegado algo de mi estupidez! —Inuyasha se sacudía como un pez. Kagome se cruzó de brazos.
—Entonces las niñas habrán heredado mis cinco cerebros. Eso cancela la estupidez, ¿verdad, niñas? —Kagome les sonrió a sus dos hijas, que se estaban riendo. Las tres sabían perfectamente que no habían sido planeadas, pero bromeaban con ello todo el tiempo… la mayoría de las veces.
Inuyasha suspiró en señal de derrota y señaló la puerta.
—Volved a las siete… o sino enviaré a los perros para que os busquen por el olfato y os arrastren a casa, ¿entendido?
—¡Sí, señor! —Las niñas saludaron a su padre y procedieron a correr hacia su habitación (obviamente compartida, ya que así lo habían decidido) para prepararse. Inuyasha fulminó a su mujer con la mirada.
—¡¿Por qué eres así?! ¡Podrían violarlas!
Kagome puso los ojos en blanco.
—Para empezar, salen con Ichiro y Kyo, niños que hemos visto desde que nacieron. Segundo, no quiero que tengan la vida que yo tuve. Ya sabes —Kagome se encogió de hombros—, confinada en tu habitación y cosas así.
Inuyasha se cruzó de brazos.
—Tienen dieciséis años y cada una tiene novio.
—Novios que conocemos —Kagome golpeó a Inuyasha en la cabeza—. Casanova, son buenos chicos.
—Lo sé, pero sigo siendo el padre.
Kagome puso los ojos en blanco.
—Nah, sólo eres un Takahashi, sois todos así. Que Dios ayude a mi Muteki.
Muteki bajó las escaleras con su hermana Sayumi detrás de él, como si lo hubieran llamado. Ella, obviamente, lo perseguía y él se reía como una hiena.
—¡Cógemee! —se burló mientras Sayumi se lanzaba sobre el sofá, riéndose visiblemente, y placaba su hermano pequeño.
—Tú —jadeó, revolviéndole el pelo—, eres un mocoso. ¿Estás listo?
Muteki asintió y caminó hacia sus padres.
—¡La sacerdotisa Sayumi-onee-chan y yo vamos a asistir a la sala de las películas gigantes y a entretenernos con la compra de palomitas y bebidas carbonatadas!
Inuyasha se quedó mirando a Muteki.
—Niño, ¿por qué no te pareces más a mí?
Kagome se rio, besando la mejilla de Muteki.
—Divertíos… volved para las siete, ¿vale?
Sayumi asintió, abrazando a su madre.
—Adiós, mamá.
Inuyasha vio a Sayumi y a Muteki irse antes de girarse hacia su esposa.
—¿A dónde?
—Cine —aclaró Kagome mientras pasaba al lado de su marido y se dirigía hacia las escaleras—. ¿Vienes? Todos los niños se van… —En ese mismo momento, Ayana y Sayuki salieron corriendo por la puerta, ambas con ropa aceptable para el gusto de Kagome.
Si fuera por Inuyasha, las envolvería en gasas de momificación y les pondría un jersey antes de dejar que se fueran.
Era… protector.
—Justo detrás de ti. —Sonrió con suficiencia, persiguiendo a su esposa escaleras arriba.
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Ocho años después…
—¿Tú, Arai Sakamoto, tomas a Sayumi Hikaru Takahashi, como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?
Brillantes ojos azules, pelo rubio ceniza repeinado y labios llenos sonrieron.
—Sí, quiero.
—¿Tú, Sayumi Hikaru Takahashi, tomas a Arai Sakamoto, como tu legítimo esposo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?
La más joven de las trillizas sonrió ampliamente.
—Sí, quiero.
En cuestión de minutos, los anillos se deslizaron en los dedos y la novia y el novio se sumergieron en su primer beso de casados. Ayana y Sayuki fueron las que más fuerte aplaudieron (ya que eran las damas de honor y las hermanas de la novia). Ayana se inclinó sobre Sayuki.
—Es gracioso, ¿eh? Que la última en conseguir un hombre fuera la primera en casarse… ¡y con su primer novio!
Sayuki chilló.
—¡Es tan bonito! Para de hacer que parezca un gran acontecimiento… yo sigo con Ichiro. Demonios, ¡estamos prometidos!
Ayana resopló.
—Bueno, ¡yo estoy hermosamente soltera y pretendo permanecer así!
—Veinte pavos a que vuelves con Kyo antes de que Yumi y Arai se quiten los pantalones. Los dos habéis estado de aquí para allá desde hace… nueve años…
—Cállate. —Ayana miró amenazadora a su hermana antes de darse cuenta de que Yumi y Arai estaban abandonando el sitio de la boda—. ¡Arroz! —siseó mientras ella y su hermana corrían hacia Yumi con una pequeña bolsa de arroz, siguiendo a amigos y familia.
Sayumi había encontrado al hombre de sus sueños: un biólogo que estudiaba la actividad de plantas en planetas más allá de la tierra, cuando había cumplido los diecisiete. Habían salido siete años antes de que él se le declarara. Obviamente Inuyasha, siendo Inuyasha, no había estado de acuerdo… al principio, pero había visto la luz. Sayumi asumía que su madre tenía algo que ver…
Puede que un poco de sexo…
Pero esa era una idea perturbadora. Eran sus padres…
Muteki salía con Katie, la hija pequeña de Miroku y Sango Lin. Iban en serio desde hacía tres años y, por lo que le habían dicho a Inuyasha, Muteki iba a pedirle matrimonio después de que Sayumi se casara. Muteki había tomado el control del imperio de Inuyasha con sus otros dos primos, Suoh y Zen. Los tres compartían partes continentales de su empresa, y Kaoru Ehime le había vendido todo su imperio a los Takahashi.
Suoh concentraba Norte y Sudamérica, mientras que Zen tenía África y Europa. Muteki tenía Asia y Oceanía como continentes. Sesshomaru y Kagura se habían mudado a Italia y su hija Rin, que se había casado con un prestigioso abogado, se había mudado a Nueva York. Suoh estaba prometido y vivía con su hermana y su cuñado en Nueva York, mientras que Zen estaba divorciado y vivía en Sudáfrica.
Arai cogió a Sayumi en brazos y caminó con ella hasta la limusina. Sayumi le sonrió a sus padres al pasar a su lado: Os quiero. Vocalizó y Kagome se secó una lágrima.
—Oh, Dios —susurró Kagome, apoyándose contra Inuyasha—. Juraría que nació ayer.
Inuyasha rodeó con un brazo los hombros de su esposa.
—Y ahora nuestra pequeña se está casando… estoy orgulloso de ella.
Kagome sonrió con tristeza.
—Voy a echarla de menos… oh, la casa va a estar ahora tan en silencio.
Inuyasha se estremeció.
—Mujer, tenemos otras dos más, Muteki y su pareja… ¡¿de verdad crees que va a estar muy en silencio?!
—¡Es una forma de hablar, retrasado! Oh, Dios mío, no has cambiado desde que eras joven… sólo tienes unas arrugas más. —Kagome le dio un golpecito en la mejilla con un dedo.
Inuyasha cogió sus dedos.
—Tú sigues igual de hermosa que el primer día en que puse mis ojos en ti…
Kagome se sonrojó mientras apoyaba la cabeza en su hombro. Las lágrimas empezaron a bajar por su rostro. Iba a echar de menos a Sayumi…
—No pasa nada —susurró Inuyasha—, así es la vida, tú dejaste a tu familia… ella tiene que dejar a la suya…
Kagome fulminó a Inuyasha con la mirada.
—Menuda consolación, ¡mi familia era horrible! Al menos la de ella era… aceptable.
Inuyasha arqueó una ceja.
—Disculpe, mademoiselle, Takahashi Inuyasha es su padre: ¡no podría haber tenido otro mejor!
—Fuiste tan protector mientras crecían. —Kagome puso los ojos en blanco.
—¡Parad de pelear y saludad! —siseó Muteki mientras le daba un empujón a su padre—. Mamá siempre tiene razón y tú siempre te equivocas… ¿habéis estado casados veinticuatro años y aún no os habéis dado cuenta?
Inuyasha fulminó a su hijo con la mirada antes de devolver su atención a la limusina… era la última vez que veía a su hija como Takahashi Sayumi Hikaru. De hoy en adelante era Sakamoto Sayumi Hikaru.
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3 años después… y tras muchas uniones en sagrados "matrimonios"
Kagome tiró el vaso de agua, sus ojos estaban fijos en su hijo.
—¿Qué? —jadeó mientras Muteki, de veinticuatro años y casado desde hacía exactamente un año, sonreía. Caminó hacia su madre y la abrazó con fuerza.
—Felicidades —susurró, Kagome no podía ni pestañear—, vas a ser abuela…
Kagome se apartó.
—¡¿Lo sabe Sango?!
Muteki se había casado con su primera novia: Katie Lin, la segunda hija de Sango y Miroku. Muteki negó con la cabeza.
—Nah… queríamos decírtelo a ti primero… ¿dónde está papá?
Kagome puso los ojos en blanco.
—Salvando a Suoh de la bancarrota. Sesshomaru e Inuyasha volaron inmediatamente a Nueva York porque nuestra rama occidental estaba… muriendo…
Muteki resopló.
—Suoh no sabe hacer nada bien, pero sí… Katie está embarazada.
Todas las trillizas se habían casado. Ayana y Kyo rompieron y Ayana terminó casada con el segundo hijo del dueño de la empresa rival, permitiendo que se fusionaran. Habían salido durante un año tras la ruptura y terminaron casados en el presente año. Sayumi y Arai iban en serio y habían decido tener hijos dentro de unos años. Sayuki se había casado con Ichiro el año pasado y estaban viviendo juntos en Australia.
Kagome prácticamente corrió hacia Katie para darle un fuerte abrazo.
—¡Felicidades! —exhaló mientras Katie le devolvía el abrazo, sonriéndole a su marido por encima del hombro de su suegra.
—Ídem, mamá… —susurró ella en su oído…
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Cinco años después
—¡Nana! ¿Dónde está papá? —Un niño pequeño de cuatro años corrió hacia Inuyasha, que estaba sentado en el sofá viendo la televisión: tan saludable y en tan buena forma como siempre. Tenía cincuenta y nueve años, pero aparentaba cuarenta y actuaba como si tuviera veinte.
—Papá salió con la tía Ayana, Sayumi y Sayuki, mamá y… todos con los que estamos emparentados —respondió Inuyasha con los ojos fijos en la pelea de lucha libre que ponían en la televisión.
—¡¿POR QUÉ NO ME LLEVARON?! —Sus lágrimas empezaron a caer inmediatamente e Inuyasha se levantó de golpe, cogiendo al niño en brazos y poniéndolo en su regazo.
—¡Ryu! —dijo Inuyasha con voz nerviosa—. ¡Aquí están Nana y Nani! ¡Nos lo vamos a pasar muy bien!
—¡Estás viendo a gordos peleando! —sollozó Ryu, el primer hijo de Muteki y el único heredero Takahashi, mientras Kagome negaba con la cabeza saliendo de la cocina con un cuenco de sopa para Ryu.
—Porque a Nana le gustaría ser un gordo que pudiera luchar contra ellos. Ryu-chan quiere ser grande y fuerte para que cuando sea mayor pueda pelear con Nana, ¿verdad? —dijo Kagome con voz infantil, sentándose al lado de su nieto. Ryu se lanzó de la rodilla de Inuyasha y corrió hacia su abuela.
—¡Sí! ¿Cómo lo hago? —inquirió Ryu, sus lágrimas se desvanecieron inmediatamente. Kagome sostuvo el cuenco por delante de ella.
—Bebe la sopa especial de Nani… está hecha especialmente para un niño llamado Ryu Takahashi.
—¡Soy yo!
Kagome sopló la cuchara para enfriar la sopa.
—Entonces vamos a hacerte grande y fuerte, ¿vale?
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5 años más…
Inuyasha estaba tumbado en su cama: la misma mansión de siempre, con su esposa roncando suavemente a su lado. Toda la familia, esposas, niños, nietos, amigos y familia política estaban en la mansión, celebrando los treinta y siete años de matrimonio de Kagome e Inuyasha.
Los ancianos ojos de Inuyasha se mantenían fijos en el techo, el mismo techo bajo el que se había levantado con su esposa durante muchos años…
Kagome se revolvió.
—¿Inuyasha?
—¿Recuerdas cuando te conocí? —susurró—. Estabas jugando a pillar con Ai, estabas tan hermosa…
Kagome alzó la mirada hacia él.
—¿A qué viene eso?
Miró a su esposa.
—Treinta y siete años, Kagome. No he tenido novia más de tres años y aquí estoy… casado… durante treinta y siete años.
Kagome se rio.
—El amor es lo que te hace… supongo.
Inuyasha besó su sien.
—Te quiero, mademoiselle…
Kagome no pudo hacer otra cosa más que sonreír.
—Yo también te quiero… y sabes qué.
—¿Qué?
—Tuvimos un hijo… y nunca me disfracé de puercoespín. Por tanto, yo gané la apuesta.
Inuyasha ahogó una exclamación.
—¡Mierda! ¡Olvidé que habíamos hecho esa apuesta!
—¡Yo gano!
Inuyasha se rio entre dientes, pinchando a su esposa en un lado.
—Eres preciosa, ¿lo sabías?
Kagome se limitó a poner los ojos en blanco.
—Estoy vieja, flácida, arrugada y… vieja…
—Pero eres la mujer vieja, arrugada y flácida más hermosa que existe —bromeó—. ¿Algún problema?
—Qué malo eres —bufó Kagome mientras rodeaba su torso con su brazo—, pero supongo que por eso hemos cumplido los treinta y siete, ¿eh?
—Sin duda.
Estuvieron callados mucho tiempo antes de que Inuyasha depositara otro beso sobre ella, esta vez en su pelo.
—¿Mademoiselle Miko? —susurró, sonando como cuando estaban en la veintena.
—Oui?
—Je t'aime…
Se rió y presionó sus labios contra los suyos, y él la siguió. Al apartarse, los ojos de ella brillaban.
—Je t'aime aussi…Casanova.
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—Bien. —Inuyasha retrocedió un paso—. ¿Hacemos una apuesta?
—¿Qué nos jugamos? —Kagome nunca rechazaba una apuesta.
—Si para el final del mes compruebo que eres más madura y tú compruebas que no soy un esnob, te daré lo que quieras.
—¿Y si pierdo? —Kagome arqueó una ceja y Kikyo quiso gritar.
—Tendrás que —Inuyasha sonrió con suficiencia— humillarte públicamente.
—Públicamente… —Kagome frunció el ceño—. Define públicamente.
—Televisión nacional.
Kagome podría haberle dado una bofetada, si no estuviera tan serio.
—¿Y por qué quieres hacer esta apuesta? —Arqueó una ceja.
—Nadie se mete conmigo —dijo en un mortífero susurro—, y se sale con la suya.
—Lo único que hice fue llamarte esnob —lo puso a prueba Kagome.
Definitivamente luchadora… definitivamente me gusta. Pensó, bastante divertido.
—Y no lo soy. Tú te apartas de mi camino, nosotros nos apartamos del tuyo. La casa es lo suficientemente grande.
—No tengo ni idea de por qué vas a dejar que nos quedemos pero oye, si eso significa que no tenemos que conducir durante cuatro horas para volver a casa, ¡que así sea!
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Él solo hizo una simple apuesta. Ella simplemente la aceptó…
Ninguno de los dos sabía que sería el principio de muchas cosas:
El principio de una amistad floreciente;
El principio de infinitas peleas;
El principio de muchas lágrimas;
Y puede que también de corazones rotos;
El principio de la verdadera felicidad;
Y el principio para cometer adulterio.
Pero el mejor principio de todos;
Fue que fue el principio para que él se diera cuenta;
Y para que ella sintiera…
El verdadero sabor… del amor…
-x- C'est la fin -x-
Sólo queda un capítulo más. Se trata de un final alternativo que hizo la autora una vez revisó el fic tiempo después de terminarlo. Espero que os haya gustado tanto como me ha gustado a mí traducirlo. Os pido perdón por todos mis retrasos en las actualizaciones y os agradezco muchísimo que hayáis seguido ahí a pesar de todo el tiempo que me ha llevado.
Muchísimas gracias y nos vemos en el siguiente (y último) capítulo.
