El sabor del amor
Kagome huyó de su exigente familia y se encontró directamente en los brazos de Takahashi Inuyasha. Viéndose envuelta en su mundo, le resulta difícil irse ya que ha degustado, por primera vez, el sabor del amor.
Disclaimer: Los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.
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Repaso
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—Las mujeres son tan lentas, ¿verdad, soldado? —preguntó Inuyasha a su hijo mientras ambos trotaban por el parque, la mano de Muteki estaba agarrada a la de Inuyasha. El niño de tres años alzó la mirada hacia su padre y asintió, su corto y despeinado pelo negro flotaba a su alrededor.
—Sí —concordó mini-Inuyasha. La familia de seis estaba dando un paseo por el parque junto con Ai y Hikari, que estaban en la cúspide de sus diez años. Las dos niñas estaban vestidas con unos bonitos vestidos rosa y púrpura, respectivamente, y las trillizas tenían puestos pantalones caqui a juego, pero cada trilliza tenía una camiseta de un color; Sayuki amarilla, Sayumi azul y Sayuri blanca. Kagome llevaba puesto un florido vestido veraniego junto con una enorme pamela y unas gafas de sol aún más grandes.
Inuyasha dijo que parecía un payaso.
Ella le dijo que tenía cara de payaso.
Muteki se dio la vuelta.
—¡Mamá! ¡Code! ¡Papá dijo que nos iba a compdad helado!
Kagome sonrió y lo saludó con la mano.
—¡Ya vamos, cariño! —respondió antes de girarse hacia las cinco niñas que tenía detrás.
—¿Quién quiere helado? —inquirió y las cinco chillaron antes de salir corriendo hacia Inuyasha. El empresario, vestido con pantalones cortos blancos y una camiseta ceñida negra, levantó sus gafas de sol y le guiñó un ojo a su esposa. Ella le lanzó un beso, pero siguió caminando lánguidamente detrás de su familia. Disfrutaba de su vida, disfrutaba de cómo había resultado su vida. Souta seguía actuando, pero se había mudado a Los Ángeles, California, porque se había hecho muy famoso en una película de Jerry Bruckheimer. Akira seguía dirigiendo, pero no tanto como antes, ya que ayudaba a los Takahashi con su negocio, y Korari era una abuela orgullosa que mimaba constantemente a sus nietos.
Sesshomaru, Kagura y sus hijos, Rin, Suoh y Zen también vivían en Estados Unidos, en Los Ángeles, y Souta se ocupaba de visitar al hermano de su cuñado para gorronear su comida. Sesshomaru gruñía, Kagura se enfadaba con Sesshomaru por enfadarse con Souta, y los niños disfrutaban de la presencia de su famoso tío actor, Souta Higurashi.
La sonrisa de Kagome se amplió al ver a Sayuki agarrada a la pierna izquierda de Inuyasha y a Sayumi agarrada a la derecha. Ai y Hikari se partían de la risa y Sayuri meneaba la cabeza. Muteki estaba intentando apartar a Sayuki.
—¡YUKI-ONEE! ¡PADA DE HACED DAÑO A PAPÁ!
Dios, la vida es demasiado perfecta… pensó alegre para sus adentros. Y pensar que todo había pasado por la idea de su padre de que se casara con Naraku…
—¡Mademoiselle! —llamó Inuyasha, las niñas seguían agarradas a sus piernas y Muteki seguía intentando apartar a sus hermanas. Como Sayuki no se movía, corrió hacia Sayumi.
—¡YUMI-ONEE!
—¡Muteki, te vas a hacer daño! —llamó Kagome mientras empezaba a trotar. Al detenerse, cogió a su único hijo en brazos y lo besó en la mejilla—. ¿Qué sabor de helado quieres, cariño?
Los ojos de Muteki se iluminaron y olvidó todo lo que había ocurrido antes.
—¡Chocolate! —chilló. Ai saltó inmediatamente.
—¡Oh, oh! ¡Yo también! ¡Mamá, yo también!
Hikari puso los ojos en blanco.
—Yo lo quiero de vainilla bañado en chocolate. Eso sí que sabe bien.
—Así es —asintió Inuyasha, concordando, mientras sus hijas soltaban sus piernas.
—¡Chocolate con nueces y malvaviscos! —chillaron las trillizas simultáneamente. La gran familia se acercó al vendedor de helados y pidieron los cucuruchos. El anciano no cobró por los niños, diciendo que tantas caritas monas hacían que se le derritiera el corazón. Inuyasha, siendo la buena persona que era, le dio una generosa propina y pagó el triple de lo que le habría cobrado.
—Mamá, ¿podemos ir a los columpios? —inquirió Ai mientras señalaba el gran parque infantil. Kagome e Inuyasha encontraron un banco y se sentaron, todavía consumiendo el delicioso postre. Kagome se lamió los labios y asintió.
—Llévate a las niñas y a Muteki, pero no los pierdas de vista, ¿entendido, Ai? —Kagome se volvió hacia la otra niña—. ¡Tú también, Hikari!
Las dos niñas saludaron a Kagome antes de llevarse a sus casihermanos a jugar en los columpios, en las barras y en las demás delicias del parque. Los dos adultos observaron a los niños mientras salían corriendo. Inuyasha tiró su cucurucho a la basura que tenía al lado antes de girarse y besar la mejilla de su esposa. Kagome sonrió y lo miró.
—¿En qué piensas, Casanova? —preguntó, su mano se deslizó dentro de la suya.
—En ti —murmuró, acariciándole la mejilla con la nariz—. ¿En qué sino?
Kagome soltó una risita.
—¡En serio!
—Hablo en serio. —Presionó otro beso contra su mejilla—. Te quiero, ¿lo sabes?
Kagome sonrió.
—Creo que sí. —Se giró para mirarlo a los ojos—. ¿Puede que necesite un recordatorio?
Inuyasha besó suavemente sus labios antes de murmurar contra ella:
—Te recordaré cuánto te quiero, esta noche.
Kagome se sonrojó mientras lanzaba los brazos alrededor de sus hombros.
—Casanova —murmuró—, ¿podemos tener otro bebé?
Inuyasha arqueó una ceja.
—¿De verdad?
Kagome asintió, su sonrojo se incrementaba.
—Sí, de verdad… quiero otro hijo, como compañero de juegos para Muteki.
Inuaysha sonrió, mostrando sus colmillos de aspecto lobuno.
—Puede que podamos arreglarlo… esta noche. —Besó la punta de su nariz—. ¿Si te pones ese diabólico disfraz de doncella francesa que te regaló Sango por tu despedida de soltera oficial el año pasado?
El sonrojo de Kagome estaba al máximo, igualando el tono de un tomate… o puede que el de una manzana muy madura.
—¿Puede que podamos arreglarlo…?
—¡AAARG! —Muteki los señaló y los adultos se separaron—. ¡PIOJOS!
—¿Os estabais besando? —Sayuki hizo una mueca—. ¡Eso es asqueroso!
Ai puso los ojos en blanco.
—Los he visto besarse tantas veces que es anormal que no se besen.
Hikari asintió en señal de acuerdo, una gran sonrisa adornaba sus facciones.
Inuyasha tenía el rostro inexpresivo.
—Te pareces demasiado a Sango.
Una sonrisa descarada se extendió por los labios de la ahijada de Inuyasha.
—Soy parte Takahashi y todo Lin. Lo mejor de los dos mundos.
Hikari resopló.
—Yo tengo que conformarme con ser una Lang. ¿Sabes lo poco geniales que son mis padres, Ai? Al menos los tuyos tienen trabajos impresionantes y tus padrinos con aun más impresionantes… una modelo y un empresario, extraordinario. Los míos sólo son…
—¿Penosos? —Inuyasha arqueó una ceja—. Sé que Kouga siempre ha sido muy poco genial. —Le guiñó un ojo a Hikari—. Por eso eres nuestra hija adoptada cuando tus padres no están cerca. ¡Nuestra genialidad llegará a ti y crecerás para convertirte en alguien más genial que Kagome y yo!
—Tío Inu. —Hikari se cruzó de brazos—. Lo que has dicho no es guay. No intentes serlo, ¿por favor?
Kagome estalló en carcajadas e hizo a un lado a Inuyasha.
—¡Te ha regañado una niña de nueve años! ¡Apártate antes de que esparzas tu antigenialidad!
Inuyasha se cruzó de brazos y fingió un puchero.
—Yo te cambié los pañales cuando eras un bebé, ¿sabes?
—No lo hiciste voluntariamente. —Hikari soltó una risita—. Estoy muy segura de que mami te pidió que me cambiaras los pañales.
—Es probable que Ayame lo hiciera —masculló Kagome—, tu madre es muy exigente.
—Eshtoy cansado. —Muteki bostezó e Inuyasha se levantó del banco para mimar a su pequeño.
—Bien, soldado. —Le dio un beso en la mejilla—. ¿Nos vamos a casa?
Las trillizas asintieron a la vez.
—¡Nos vamos a casa!
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Ocho años después
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Las mellizas, de catorce años, estaban sentadas en la sala de películas viendo una maratón de Harry Potter, mientras Muteki, de once años estaba sentado en la cocina, ingiriendo un bocadillo que le había hecho su madre. Era casi el cumpleaños de las trillizas y Kagome estaba planeando una fiesta sorpresa con ayuda de Muteki.
—¿Tarta rosa? —preguntó Kagome y el pequeño negó con la cabeza.
—Yumi-onee odia el rosa…
Kagome se mordió el labio inferior.
—Pero a Sayuki le encanta el rosa.
—¿Compramos tres tartas?
Kagome lo consideró.
—Podría funcionar…
—¡CONSIGUE A SPIDERMAN! —resonaron dos voces por la cocina mientras los dos miembros más jóvenes del clan Takahashi, los gemelos Aki y Sao, daban su opinión. Cuando a Kagome le dieron la noticia de que iba a tener gemelos, se preguntó de dónde demonios venía una fertilidad tan impresionante de cada lado del árbol familiar. Primero trillizas y luego ¿gemelos?
—Dudo que a vuestras hermanas les guste Spiderman, chicos —dijo Kagome con cariño.
—¿Superman? —Sao parpadeó adorablemente.
Muteki puso los ojos en blanco.
—Les gustan las cosas de chicas. No las cosas de chicos.
Aki frunció el ceño.
—Eso no es divertido. —Y se giró y se fue corriendo, con Sao pisándole los talones. Kagome se rascó la parte de atrás de la cabeza.
—No son ni como Inuyasha ni como yo.
Muteki se rio disimuladamente.
—Son como el tío Miroku y el tío Kouga.
Kagome hizo una pausa.
—… Sí, creo que tienes razón… —Kagome se dio la vuelta y siguió hojeando un libro de tartas que había comprado ese día en una tienda. Estaba intentando encontrar la tarta perfecta para sus hijas, pero nada parecía llamarle la atención. Muteki le dio un sorbo a su zumo.
—¿Por qué no compras una tarta de tres capas? —inquirió Muteki antes de darle un sorbo a su bebida. Kagome se giró y lo miró.
—¿Querrás decir de tres pisos?
Él se encogió de hombros.
—No sé cómo se llama… pero, ¿como una tarta de boda? Pero que Sayuri-onee esté debajo de todo porque es la mayor y que sea de su color favorito. ¿Y luego que la segunda sea Sayuki-onee y la última Sayumi-onee?
Kagome parpadeó dos veces antes de abrazar repentinamente a su hijo.
—Está claro que eres el heredero del negocio. ¿Cómo demonios eres tan listo con once años?
Muteki hizo como que se sacaba el polvo del hombro.
—Está en los genes, mamá. —Se bajó del taburete—. No lo entenderías.
Kagome se crispó.
—Genes… ¡TÚ TIENES MIS GENES!
—¿Que tus vaqueros los tiene quién?* —-inquirió Inuyasha, entrando en la cocina en traje y con la cartera en una mano. Kagome se rio y fue a saludar a Inuyasha, dándole un beso en los labios.
—Vaqueros no, genes de ADN —explicó, aflojándole la corbata—. Muteki dijo que su inteligencia estaba en los genes y que yo no lo entendería.
Inuyasha rio al entender qué había pasado después.
—Y entonces le dijiste que él tenía tus genes.
Ella asintió.
—Sí… el niño es listo, ¿quieres oír lo que me dijo?
Inuyasha se desplomó en un taburete.
—¿Qué? —Sacó una uva de la cesta de frutas que había en el centro de la isla.
—Que hiciera una tarta de tres pisos y que cada piso representara a una de las niñas.
Inuyasha arqueó una ceja.
—Entonces —masticó lentamente la uva—, su inteligencia viene de mí, no hay duda.
Kagome le lanzó una bolsa de malvaviscos que encontró en la alacena.
—¡Oh, cállate! —riñó.
—¿Dónde está la cocinera? —inquirió el Takahashi alfa.
—No se encontraba bien, así que le di el día libre. —Kagome estaba limpiando la encimera—. ¿Quieres ir conmigo en un momento a la pastelería para encargar la tarta de las niñas?
Inuyasha asintió.
—Por qué no. Con una condición…
Kagome alzó una ceja en su dirección.
—¿Oh? Y es…
—¿Me ayudas a desestresarme?
Kagome entendió la indirecta y se lamió los labios.
—Dime en qué puedo ayudar.
Inuyasha sonrió.
—Bueno, primero… ¿podemos partir a nuestro santuario, también conocido como habitación principal?
Kagome no pudo evitar soltar una risita.
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Cinco años después
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Sango se sonó la nariz con un pañuelo mientras veía a su pequeña abandonar el lugar donde se celebraba su boda en brazos de su nuevo marido. Kasumi, la hija de veintiún años de Yuka y Hayabusa, había rodeado los hombros de Sango con su brazo en un esfuerzo por consolarla. La hermana pequeña de Ai, Noriko, había sido la dama de honor y no estaba al lado de su madre al final de la ceremonia debido a sus obligaciones ceremoniales. Ichiro, el hermano de veintidós años de Kasumi, mantenía abierta la puerta de la limusina. Ai Lin se había casado con Kyo Asuki, hijo de Eri y Hojo Asuki, su amigo de la infancia y su pareja desde hacía mucho tiempo.
Hikari se secó las lágrimas de los ojos mientras abrazaba a su mejor amiga antes de que entrara en la limusina.
—Felicidades, Ai —susurró Hikari y Ai asintió.
—Tú eres la siguiente. —Ai soltó una risita, refiriéndose a que Hikari había cogido el ramo. Inuyasha y Miroku estaban juntos de pie y por primera vez en la vida de Inuyasha, no se metió con Miroku por hacer algo fuera de lo normal: llorar. Aki y Sao, de doce años, fueron los padrinos de Kyo y un Muteki de dieciséis años quería ser el padrino de Ai, así que rompió las reglas por su amiga de la infancia, que era más como una hermana para él que otra cosa. Estaba al lado de sus hermanas biológicas, Sayuki, Sayumi y Sayuri (todas de diecinueve años), detrás de Ai, ya que eran las madrinas.
Kagome también se secó una lágrima del ojo cuando la familia se reunió alrededor de la limusina, viendo a Ai marcharse con Kyo.
—Es triste que vayamos a verla esta noche en casa de Hojo, ¡Y NO EN LA NUESTRA! —lloró Sango.
—¡LO SÉ! —Kagome se unió a ella mientras se aferraron la una a la otra y lloraban. Inuyasha dejó que Miroku tuviera su momento y éste fue a unirse al pequeño círculo de llantos compuesto por su mujer y Kagome. Noriko puso los ojos en blanco.
—Eh, ¿familia? —llamó vacilante, su precioso y sedoso pelo negro estaba recogido en un moño francés—. ¿Tenemos que ir a casa y prepararnos para ir por la noche a casa del tío Hojo?
Sango se puso a llorar a un más fuerte.
—¡HOJO! ¡AHORA AI VA A ESTAR SIEMPRE EN SU CASA! ¡POR QUÉ, OH, POR QUÉ!
Inuyasha se frotó las sienes y Hayabusa le dio una palmadita en la espalda.
—¿Así es la vida, hermano?
Inuyasha asintió.
—Y que lo digas. Me pregunto cómo actuará Kagome cuando se case una de las trillizas…
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Siete años después
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—¿Tú, Sayuki Kimiko Takahashi, aceptas a Ichiro Falcon como legítimo esposo?
Kagome sollozó mientras se agarraba a su marido al ver a su niña casándose, la primera de las trillizas. Sayuki había albergado profundos sentimientos por el amigo de su familia, Ichiro Falcon y al final él había acabado declarándose. Kagome no habría podido pedir mejor hombre para su bebé.
—Sí, quiero.
—Se está casando —Inuyasha rodeaba con un brazo los hombros de Kagome—, nuestra pequeña… —Se giró hacia Kagome, que se deshacía en llanto.
—Sigue siendo tan pequeña.
—Tiene veintiséis años. —Inuyasha sonrió y Kagome se sorbió la nariz—. Tú eras más joven cuando te casaste conmigo.
—Bueno, sí. —El tono de Kagome implicaba un mensaje: pero nosotros teníamos una razón para casarnos. Inuyasha se rio entre dientes antes de devolver su atención hacia su sonrojada hija, que pronto se convertiría en la hija de otro. Menos mal que Inuyasha conocía a Hayabusa, sino tendría que haber actuado como un enfadado padre protector. Unas filas detrás de Inuyasha y Kagome estaban Daichi Fujii y su esposa, Ayumi. Sólo habían tenido un hijo antes de que Ayumi fuera incapaz de tener más. Kaoru Fujii tenía diez años y lo mimaban familia y amigos por igual.
—Y por el poder que me ha sido otorgado, yo os declaro marido y mujer —El Padre sonrió—, puedes besar a la novia.
La iglesia estalló en aplausos y Kagome se levantó, limpiándose las lágrimas. Fue la que más fuerte aplaudió. A su lado estaba Sango, que aplaudía igual de fuerte.
—¡Dios, estoy tan orgullosa de ella! —Sango sonrió ampliamente mientras Ichiro sacaba en volandas a Sayuki de la iglesia y la metía en su pequeño descapotable nupcial. Ichiro puso a su esposa en el asiento del copiloto y luego fue trotando hacia el asiento del conductor. Una muy embarazada Ai y una igualmente embarazada Hikari se agarraban la una a la otra, sollozando de alegría. Hikari se había casado unos meses después de Ai con su novio del instituto, Ichijouji Daisuke y resultó que se había quedado embarazada a la vez que Ai.
Todos los miembros de la familia se habían estremecido incontrolablemente al oír las noticias.
—Las dos compartisteis todo de pequeñas, ¿también teníais que quedaros embarazadas? —bramó Inuyasha en lugar de Miroku y Kouga. Las niñas se rieron nerviosamente, pero Kagome tenía algo más que decir:
—¿VOY A SER ABUELA?
Inuyasha se estremeció.
—Tenías que ser tú, mademoiselle…
—¡La vimos crecer! —lloriqueó Hikari, su estómago abultaba con sus siete meses de embarazo.
—¡AYUDAMOS A CRIARLA! —gritó también Ai.
Muteki les dio un empujón a sus hermanos pequeños.
—Esperemos que las trillizas no se queden embarazadas a la vez, ¿mmm?
—Oh, Dios, no… —balbuceó Sao.
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Cuatro años después
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—Dios, Muteki —gruñó Sayumi—. Lo único que te pido es que consigas una apestosa tarta y vas y lo fastidias.
Muteki se cruzó de brazos y fulminó a su hermana con la mirada. A sus 27 años estaba felizmente casado con Noriko Lin Takahashi (la hermana pequeña de Ai) y era padre de una quisquillosa niña de 2 años, Haruka Takahashi. Sayuki y Daisuke tenían un niño y al año siguiente habían tenido una hija y habían decidido dejarlo así. Sayuki se había hecho una ligadura de trompas por si concebía accidentalmente.
Sayumi, a sus 30, se había casado recientemente con uno de los miembros de la junta directiva de Inuyasha, Ken Wada. Estaba posponiendo tener hijos hasta dentro de unos años. Sayuri también se había casado (con un profesor de universidad, Tatsuya Amamiya) y estaba embarazada de dos meses. Tanto Ai como Hikari tenían hijas (impresionante…) y las habían llamado Sakura y Ume (respectivamente). La primera generación de amigos (los Takahashi, los Lin, los Lang, los Asuki, los Falcon y los Fujii) temían lo que podría pasar si Sakura y Ume eran como sus madres.
—El infierno en la tierra —murmuró Miroku, acunando a su nieta—, multiplicado por dos…
—Multiplicado por cuatro —masculló Kouga mientras acunaba a la suya—. Traerán a Ai y a Hikari de cabeza.
Inuyasha se recostó en su sillón y bebió de un vaso de zumo de naranja.
—No me extrañaría nada de las mocosas.
Sakura y Ume tenían tres años.
—Es su trigésimo aniversario y ya sabéis cuánto les importa. —Sayumi echó patatas fritas en un cuenco de plástico—. Si no vas a buscar una tarta…
—¡Noriko y Ai estuvieron en el estúpido spa todo el día! —objetó Muteki—. ¡Tuve que cuidar de Haruka! Tú no tienes hijos.
—Como si los tuviera —masculló Sayumi—, con todos los niños que tenéis.
Muteki suspiró.
—Bien, iré a buscar una buena tarta. ¿Mamá y papá ya saben lo de la sorpresa?
Sayumi negó con la cabeza.
—No… vete ya, Teki.
Asintiendo, el heredero del Clan Takahashi partió. En ese mismo momento entraban en la cocina Aki y Sao, de 23 años, para ver a su enfadada hermana.
—¿Qué tal, Onee-chan? —inquirió Sao y Sayumi se giró hacia ellos.
—¿Está decorado el salón?
Antes de que Sao pudiera responder, Aki puso una mano sobre su boca y asintió.
—Sí. Sí que está. ¡Vamos a comprobar cómo está! —Y mientras ambos se daban la vuelta para escapar, Sayumi oyó que Aki decía: Si le dices que no, te va a arrancar las pelotas. ¡Vamos rápido a decorar esa mierda!
Sayumi se tiró del pelo. ¡MATADME YA!
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—Los niños han estado actuando de una forma muy extraña —masculló Kagome mientras Inuyasha y ella yacían en el columpio de su jardín trasero y disfrutaban de la luz del sol. Su pelo grisáceo estaba esparcido por su espalda e Inuyasha pasaba los dedos por sus suaves mechones.
—Mis ahorros de toda la vida dicen que están planeándonos una sorpresa para nuestro aniversario —murmuró Inuyasha.
Kagome se rio, besándolo en la barbilla.
—Son capaces de eso y más. —Cerró los ojos y escuchó el latido del corazón de su marido—. Son unos niños geniales, ¿mmm?
—Los mejores —concordó Inuyasha, continuando con sus caricias.
Una sonrisa jugueteó en los labios de Kagome.
—¿Sabes que nunca me vestí de puercoespín ni para Muteki ni para los gemelos?
Inuyasha rio.
—Me diste pena, mademoiselle Miko. —Su voz todavía le provocaba escalofríos. Siguió escuchando el pum pum pum que reverberaba por su pecho. La forma en que la hacía sentir era exactamente igual a como lo había hecho hace tantos años en la nostálgica casa de verano en la que se robaban besos.
—Te olvidaste —masculló alegremente—. Sigo pensando que eres un rico esnob.
Inuyasha estalló en carcajadas.
—Tú sigues siendo una pequeña mocosa, ¿qué intentas decir?
Kagome no dijo nada, pero siguió disfrutando del arrullo del columpio.
—Je t'aime…
—Moi aussi —susurró Inuyasha.
—¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¿VENÍS AQUÍ? —resonó la voz de Sao. Kagome suspiró y abrió los ojos.
—¿Nos hacemos los sorprendidos cuando nos den la sorpresa?
Inuyasha asintió.
—Fingiré un ataque al corazón, ¿qué tal suena eso?
—Perfecto. —Kagome se rio disimuladamente y lo besó en la mejilla—. Si pudieras rehacer nuestras vidas de forma diferente, ¿lo harías?
Negó inmediatamente con la cabeza.
—Para nada… bueno, puede que lo de que las trillizas nacieran prematuramente porque te dispararon… pero eso es todo. ¿Tú?
—Ni un solo día. —Kagome sonrió mientras Inuyasha se levantaba y le tendía la mano.
—¿Lista para pasar juntos el resto de nuestros días? —preguntó, burlón. Kagome soltó una risita.
—Creo que ya lo estoy… y además —le guiñó un ojo coquetamente—, para siempre no es suficientemente largo. Yo te quiero más tiempo.
Inuyasha se lamió los labios y le dio una palmadita en el trasero.
—Nena, soy todo tuyo…
—DEJAD DE COQUETEAR, ANCIANOS CIUDADANOS. —Aki asomó la cabeza al jardín—. ¡OS NECESITAMOS AQUÍ DENTRO AHORA MISMO!
—¡Dejaos puestas las dentaduras! —Kagome saludó con la mano a su hijo, que puso los ojos en blanco.
—Papá es el que tiene los dientes falsos. —Aki le guiñó un ojo a su padre antes de salir corriendo. Inuyasha puso los ojos en blanco.
—Mocoso…
—Tu mocoso.
—Nuestro mocoso. —Inuyasha rodeó con un brazo los hombros de su esposa—. Te quiero —murmuró sin mirarla.
Ella tenía su brazo alrededor de su cintura.
—Je t'aime aussi, Casanova.
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*Genes suena igual que jeans en inglés, de ahí el juego de palabras.
FIN
