El día en que acabó la relación que tenía con mi novia, recibí una llamada de mis padres.
Me encontraba sentado en la sala de estar, cuando el teléfono fijo sonó arrancando a los pensamientos que invadían mi cabeza y se convertían en un torbellino. La relación había durado unos cinco años, ni yo mismo estoy seguro de cómo ni por qué, pues ambos usualmente estábamos ocupados con nuestros respectivos trabajos y no teníamos tiempo ni para vernos. Ella tenía una sonrisa gentil en su rostro cada vez que nos encontrábamos, diciendo un "no te preocupes" que, a veces, resultaba muy formal. Éramos prácticamente desconocidos a los que, simplemente, les agradaba la compañía del otro. Sin embargo, ese día ella llegó a mi puerta vestida con ropa deportiva y el rostro bañado en sudor. Supuse que había estado corriendo cerca de mi hogar, pues por allí, al ser un barrio para gente rica, los vehículos casi no transitaban y era un sitio relativamente tranquilo e ideal para dar un paseo en un día soleado de verano. Su repentina visita me sorprendió, pues ella no hacía ese tipo de cosas sin antes haberme llamado antes. Le ofrecí un poco de jugo de naranja para refrescar su garganta, pero ella negó fervientemente con la cabeza y me dijo:
— He encontrado a alguien más.
Por un momento mi cerebro falló y no comprendí muy bien a qué se refería. Creía que, mientras corría, se había topado con uno de esos viejos amigos de la secundaria con quienes te quedabas a charlar un momento y rememorabas todos aquellos buenos tiempos en los que pasabas los días rompiéndote la cabeza con algoritmos y te sentabas sobre el pupitre únicamente para recibir un regaño con el profesor. La mirada que ella me dedicó era intensa, y estuve a punto de responder con un seco "Ah, bien", pero en los segundos que me quedé callado, mis neuronas comenzaron a trabajar, y supuse que ella se refería a una persona con la cual compartía un vínculo amoroso, quizás. Por unos instantes que parecieron una eternidad, no supe qué responder. Era la primera vez que había salido con alguien por tanto tiempo que la perspectiva de acabar con aquella relación me parecía bastante surrealista. Eso significaba que ya no habría más visitas durante los días libres, ya no más café cortado con crema en la cafetería que abarcaba aquella esquina, ya no más tardes en los que nos quejábamos de la posibilidad de no poder vernos más seguido.
Tardé un tiempo en responder. De hecho, me encontraba tan impactado que fui incapaz de pronunciar una réplica decente, por lo cual ella prosiguió:
— Sé que esto es repentino para ti, pero él y yo nos hemos estado viendo a escondidas desde algunos meses. Entonces descubrí que él me gustaba más que tú, y... no quiero continuar engañándote, Ryouta. Quiero ser sincera contigo, como siempre lo he sido.
¿Unos meses? Traté de pensar acerca de si hubo algún cambio considerable en su forma de tratarme durante ese tiempo, y entonces reparé en que ella últimamente lucía un poco más descuidada cuando nos encontrábamos, como si no se hubiera emocionado lo suficiente ante la perspectiva de encontrarse conmigo, y haberse vestido con lo primero que sus manos alcanzaron al abrirse el armario. Al principio era un detalle que decidí pasar por alto, pues suponía que, gracias a su trabajo como modelo, no había tenido el tiempo suficiente para verse mejor. Luego, me acostumbré de cierta manera a esa apariencia. En días agitados en los que el estrés se cobraba parte de mi cordura, aprendí a no tomar importancia a ese detalle. También, nuestras conversaciones se habían vuelto un poco más vacías, más cortas, como si no tuviéramos realmente nada que contar al otro, aunque usualmente nos tomábamos ese tiempo en quejarnos como dos ancianos acerca de cada cosa que ponía su granito en ese estrés laboral que nos consumía casi a diario. ¿Cómo no me había dado cuenta de las cosas?
— Lamento que las cosas acaben de esta manera, pero quiero que sepas que, a pesar de todo, te sigo queriendo, y quiero que seamos amigos.
Sentí la garganta seca cuando ella pronunció esas palabras. ¿Amigos? Nadie me había elaborado esa petición antes. Todas las novias que tuve -la mayoría desde mi mi tierna adolescencia- si no hacían lo posible por retomar la relación conmigo, decidían unirse a mi club de haters, donde lloraban a mares acerca de cómo fui un cerdo insensible que jugó con sus puros sentimientos, y que decidió acabar la relación porque ya no las encontraba bonitas, divertidas, sexys, etcétera.
— Claro —me sorprendí respondiendo—. Será un placer continuar siendo tu amigo. Espero que seas feliz con él.
Ella sonrió, pero no era una de esas sonrisas a la que yo mismo estaba acostumbrado. En esa sonrisa podía percibir que su felicidad era auténtica. Por un momento me sentí mal sin razón aparente, y tuve ganas de cerrar la puerta y encerrarme en mi habitación, pero entonces recordé repentinamente la razón por la cual había decidido empezar a salir con ella. Quizás sería la última vez que vería esa sonrisa, así que mi mente decidió grabarla con lujos de detalles: Su respiración agitada, ese rostro bañado en sudor, y aquellas hebras que brillaban reflejando la luz del sol. Después, mi mente estuvo tan nublada de pensamientos, que no presté atención al resto de sus palabras y, cuando ella finalmente decidió marcharse, supe repentinamente que esa relación que duró por tanto tiempo finalmente había alcanzado su fin. Fue entonces que cerré la puerta, y me dirigí al salón, en donde encendí la radio a todo volumen y empecé a cantar la canción Demons de Imagine Dragons. Nunca fui un fan de ese grupo, pero no sabía cómo es que conocía la letra a la perfección.
Luego de prepararme unos sandwiches de pollo al curry con verduras, decidí sumergirme en la melancolía mientras percibía apenas el dolor que apretaba mi pecho. Todavía no era capaz de superar el hecho de que mi relación de cinco años acababa de culminar. Me sentía como si hubiera salido repentinamente de un largo sueño cargado con detalles innecesarios. ¿Qué haría durante mi tiempo libre? Fue mi primera preocupación. Sorprendentemente me sentí feliz de que ella hubiera encontrado a alguien a quien amar de verdad, y me sentí mal por no haberme percatado de que lo nuestro ya no podía proseguir por más tiempo.
Ahora, la pregunta era ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que la prensa se enterara de nuestra ruptura y lo publicara en todos lados, como si fuera increíblemente primordial conocer el estado de mi situación sentimental? Probablemente exagerarían incluyendo detalles acerca de cómo me había sumergido en el alcohol mientras ella paseaba feliz junto a su nueva pareja. La más remota posibilidad de que realzaran la melancolía que ahora me invadía me produjo arcadas. Pero era la prensa ¿No? ¿Qué podía hacer yo? Si los demandara por cada cosa que publicaran acerca de mí, sería millonario. Bueno. Lo sería incluso más.
Mientras el locutor de la radio hablaba mientras pasaba de From Yesterday de Thirty Seconds to Mars, a Broken, de Lifehouse, ya me había preparado también una taza de chocolate caliente y estaba dispuesto a saborearlo con un sorbo, cuando escuché el teléfono fijo sonar. Inmediatamente supe que eran mis padres, pues ellos estaban tan apartados de la tecnología de los smartphones, que optaban siempre por realizar llamadas directamente a la línea fija. Me pregunté si ella los había llamado anunciando que hemos terminado, y ellos, preocupados por mi estado emocional, hubieran decidido contactarse conmigo para saber qué tal lo estaba llevando. Pero mis sospechas estaban increíblemente incorrectas.
Mi madre había decidido realizar una feria de garaje para liberarse de cosas que guardaba y a las que ya no encontraba utilidad. La llamada, lejos de centrarse en mi estado emocional, era principalmente para saber si estaba bien que vendieran también aquellos objetos que alguna vez me habían pertenecido, y que no llevé conmigo cuando finalmente decidí independizarme y comprarme un hogar a las afueras de Tokyo. Me habló de la camiseta que llevé puesta cuando todavía era integrante del equipo de baloncesto en el colegio, de la vieja guitarra que me compré por capricho y a la que le faltaba una cuerda, y los diversos disfraces que empleé cuando todavía era un actor teatral. Le di mi consentimiento para que se deshiciera de todos y cada uno de ellos, cuando repentinamente recordé el viejo reloj cucú que el abuelo había comprado en Alemania.
Cuando era pequeño, ese reloj había sido el principal atractivo de la sala familiar. Recuerdo que siempre había estado pendiente de la pequeña avecilla que se asomaba cada vez que la hora se encontraba en punto, y esa costumbre no declinó ni siquiera cuando ya crecí. Había algo en él que me resultaba fascinante, y no podía describir qué exactamente, pero sí puedo afirmar que se convirtió en una de mis antigüedades favoritas. Todo lo que sabía de él era que mi abuelo lo había comprado en uno de sus viajes a Alemania en la década de los cincuenta, y había pasado a manos de mis padres luego de su muerte. Era uno de los pocos relojes cucú que todavía funcionaban a cuerda.
— También lo venderemos —dijo mi madre luego de una pausa que duró un par de segundos— ¿Lo quieres?
Esa misma tarde me vi a mí mismo en el coche, conduciendo a casa de mis padres por primera vez en un par de años, todo con el fin de conseguirme el viejo reloj cucú de mi abuelo. No comprendía ni siquiera yo mismo ese capricho. Quizás era algo momentáneo, o quizás era el producto de la melancolía que invadía mi mente en esos instantes. Quizás necesitaba algo que pudiera ocupar mi tiempo, así como mi novia lo había hecho. No lo sabía muy bien. Quizás mi niño interno deseaba rememorar esos momentos en mi vida en los que no necesitaba preocuparme por nada excepto por la tarea de la escuela, y por sorprender a mis amigos con los nuevos juguetes que había conseguido.
Al reloj le faltaba mantenimiento, pero estaba relativamente en buenas condiciones. La pintura se encontraba algo corroída, y una de sus agujas se presentaba oxidada, pero no era algo que no pudiera solucionar contratando a algún relojero, porque probablemente todavía debía existir alguien que se encargara de ese tipo de relojes. Luego de un par de llamadas, alguien dio con el número de alguien que se dedicaba al cuidado y reparación de antigüedades. Supuse que también podría hacerse cargo del reloj cucú, así que lo llamé inmediatamente. Por fortuna, esa persona sabía más de relojes de lo que yo jamás hubiera podido imaginar. Concertamos una cita para el día siguiente, durante la mañana, y me senté en el sofá del salón sintiendo que retornaba a esos días en los que yo no era más que un niño alegre que desconocía que acabaría siendo una de las estrellas de cine más aclamadas de su generación.
No supe cuándo exactamente quedé dormido, pero todo lo que supe era que desperté al día siguiente, sobre el mismo sofá, y con la taza de chocolate en la mesita de café que ocupaba el espacio frente al mueble sobre el que me hallaba yo. Alguien llamaba al timbre insistentemente, así que fui a abrir, encontrándome con un anciano vestido con traje que llevaba un maletín que lucía pesado. Se presentó como la persona con la que había tomado contacto telefónico la noche anterior. Lo dejé pasar sintiéndome algo receloso, pues aunque podía reconocer su voz a través del teléfono, no estaba realmente seguro de si se trataría de algún impostor que tan solo anhelara hacerse con la antigüedad para luego venderla a quién sabrá qué precio. Pero el hombre resultó ser más humilde de lo que aparentaba a simple vista. Desarmó el reloj con la precisión de un cirujano, y comenzó a limpiarlo pieza por pieza. Yo no sabía mucho acerca de relojes o de su mantenimiento, pero no pude dejar de admirar la labor tan paciente de aquel hombre. Contemplé la manera en la que sacaba instrumentos varios del maletín, y los empleaba en el reloj. Me sentía tentado de inquirir para qué servía cada cosa, pero antes que pudiera realizarlo, mi teléfono móvil sonó, provocando que me alejara de la imagen del anciano que se encargaba de reparar aquella antigüedad, y fuera a buscar el silencio de la cocina. Se trataba de mi manager, quien me recordó el contrato para la serie televisiva que había firmado dos meses atrás.
— Lo recuerdo —dije—. Hice la audición para el personaje principal, y me dieron el papel. Fue muy difícil.
— ¿Tienes tiempo el día de hoy? —Inquirió ella con un tono impaciente—. El guionista quiere hablar contigo.
Por un momento largo no comprendí qué quería el guionista conmigo. ¿Qué estos no tenían asuntos que tratar con los productores y toda la cosa? Al menos yo no había tenido la suerte de conocer personalmente a ninguno para los que había trabajado hasta ese entonces. Froté mis sientes con las yemas de los dedos y suspiré.
— ¿Qué es lo que quiere?
— Desea conocerte mejor para poder amoldar al protagonista, o eso me ha dicho. ¿Tienes tiempo, verdad? —por su tono de voz, podía precisar que la palabra "desesperada" se encontraba corta para describirla.
— Por supuesto. ¿Quién es el guionista, de todas formas? ¿Tadatoshi Fujimaki?
— No. Ahora se encargará el famoso escritor Kuroko Tetsuya —ese nombre no me sonaba de nada—. Es el que ha publicado las novelas Invierno en Moscú y Las Páginas de un Diario Roto. ¡Ha ganado varios premios, así que estoy segura que esta serie será fenomenal!
No queriendo demostrar mi ignorancia respecto a esos temas, pues yo no soy una persona de literatura, simplemente di mi palabra de que estaría disponible esta misma tarde, y colgué. Mis vacaciones se estaban terminando. Qué lindo pensé con ironía antes de retornar al salón y contemplar embelesado la manera en la que aquel hombre limpiaba con precisión cada minúscula parte del reloj. Me pregunté si el artefacto en cuestión funcionaría. Probablemente lo haría ¿No? Con solo darle cuerda, el pajarillo que estaba en la parte superior saldría de su hogar a anunciar que iniciaba una nueva hora, cada hora. Comencé a sentirme impaciente. Quería verlo en funcionamiento ya. No obstante, el hombre trabajó hasta ya entrada la tarde, y fue allí que indicó que su trabajo estaba hecho. En efecto, el reloj cucú brillaba como nuevo, anunciando que eran las cinco con quince minutos.
— Tendrás que darle cuerda cada semana a estas horas —indicó el hombre, quien se apresuró a guardar las herramientas que había empleado dentro del maletín— Y cada año necesitarás llamarme para que le haga un poco de mantenimiento.
— Entendido. Grabaré su número de teléfono en mi celular, y lo programaré para que me avise cuando llegue el momento.
El hombre me dedicó una suave sonrisa, y, luego de que yo le pagase, se retiró sin decir más.
Me giré y encaré al reloj. Todavía faltaban cuarenta y cinco minutos para que el cuco abandonara su hogar e hiciera sonar su estridente melodía, pero me encontraba satisfecho con el trabajo que había hecho. Fue justo luego de que lo colgara en la pared que el timbre comenzó a sonar.
— Buenas tardes, soy el guionista de la serie para la que usted ha firmado un contrato —se presentó esta persona—. Vengo a hacerle una entrevista ¿Le parece bien?
Abrí la puerta, contemplando fijamente a la persona que se encontraba tras ella, sin saber que ésta cambiaría mi vida para siempre.
No fue amor lo que sentí al verlo, sino una profunda curiosidad. No me había imaginado que este guionista en particular me atrayera de buenas a primeras, pero lo hizo. ¿Por qué? Fue la cuestión que rondó mi cabeza. No supe la respuesta hasta muchos meses después.
