Aquella persona aguardaba sin expresión alguna en el rostro frente a mi puerta, con los ojos fijamente clavados en mí. Si no hubiera prestado atención, probablemente la habría pasado de largo ya que no poseía mucha presencia, como un fantasma atado a mi portal. Era mucho más bajo que yo, y su complexión era delgada, casi frágil como el cristal; su piel se presentaba nívea, como si nunca hubiera recibido los rayos del sol, y sus ojos, celestes como el infinito cielo, me contemplaban con firmeza y decisión. Jamás había presenciado la imagen de una persona más bella en este mundo, así que tuve que tragar saliva, y pensar que tan solo ayer había culminado la relación que mantenía con mi novia ¿No se supone que debería estar destrozado en lugar de admirar la belleza de una persona que, además de acabar de conocer, era un hombre? Juro solemnemente que no había tenido ese tipo de pensamientos hacia alguien más, pero yo, Kise Ryouta, me encontraba completamente embelesado por la belleza que desprendía ese joven que, por las apariencias, rondaba mi misma edad.
— Disculpe, soy el guionista de la serie para la cual usted ha firmado el contrato —dijo esa persona de forma muy cortés, elevando los brazos y mostrando un cuadernillo que sujetaba entre los dedos—. Agradezco que haya aceptado tener una entrevista conmigo. Ya le explicaré la razón por la cual necesitaba verlo, Kise-san.
— ¡Oh, no hay ningún problema! Adelante, siéntete como en tu casa —A decir verdad no sabía si tutearlo o dirigirme a él de la misma manera formal que él empleaba al dirigirse a mí, pero al final opté por la primera opción. Las formalidades no eran lo mío. Lo conduje hasta la sala y en un momento dado, me giré y contemplé cómo se quedaba embelesado por la enorme araña de cristal que colgaba en el vestíbulo. Me reí internamente recordando cómo los hijos de mis hermanas la observaban de la misma manera cada vez que venían a visitarme. La imagen era completamente idéntica. Caminé hasta que el enorme salón nos ofreció la bienvenida, y lo invité a tomar asiento en uno de los sofás que allí había.
Contemplé la manera en la que sus ojos paseaban el lugar apreciando los mínimos detalles y los mínimos rincones, hasta finalmente clavarse en el reloj de cuco que ahora funcionaba marcando la hora con precisión. Si lo veía detenidamente, era el objeto que más resaltaba en aquella impecable sala, pues era el único con apariencia más antigua entre todas las pertenencias de ese espacio dispuesto para agasajar a las visitas. Si uno lo veía detenidamente, se preguntaría: "¿Qué hace algo tan anticuado en una habitación de estilo completamente moderno en el que prevalecen las formas cuadradas y circulares?" Probablemente la respuesta a esa pregunta se limitaba al capricho y a una extraña obsesión por algo que, alguna vez, formó parte de mi infancia, algo que no admitiría abiertamente ni siquiera con mi familia. Pero podía comprender la fascinación que producía el reloj, una fascinación mística casi magnética, como si en lugar de marcar el paso del tiempo, el reloj contara una historia que se desarrollaba con cada segundo que transcurría.
Al contemplar que mi querido invitado no despegaba los ojos de la reliquia, carraspeé antes de cruzarme de brazos, y esa persona inmediatamente giró la cabeza y clavó sus ojos sobre mí. Aunque las señales resultaban escasas, pude observar la forma en la que él se apenaba un poco. Se sentó.
— Es un reloj muy bonito ¿Dónde lo ha conseguido? —inquirió mientras depositaba el cuadernillo sobre las piernas y extraía un bolígrafo del bolsillo. Acerqué junto a él la mesita de té que se hallaba en el centro, y éste apoyó dichos instrumentos de trabajo sobre su superficie con una sonrisa que expresaba agradecimiento, aunque, momentos después, dicha sonrisa se borró del rostro ajeno con tal rapidez que por un momento fue inevitable que me preguntara si había visto bien.
— Pertenecía a mi abuelo y lo rescaté antes de que fuera vendido en una feria de garaje que organizarán mis padres —afirmé permaneciendo de pie—. Formó parte de mi infancia y... creo que la nostalgia se apoderó de mí e impedí que acabara en el hogar de algún coleccionista que ni siquiera conocería la historia que tiene detrás.
Las cejas de mi invitado se arquearon con curiosidad, e instantes después, sus manos ya se encontraban trabajando, anotando algo en el cuadernillo, algo que no alcancé a ver porque la letra de esta persona era muy pequeña. Sintiéndome algo incómodo por el gesto, pregunté si deseaba beber o comer algo, que tenía algo de jugo y algunos cupcakes que había hecho la cocinera esta mañana, y tras un momento de reflexión, él rechazó el ofrecimiento con un simple gesto de la cabeza. Agradeció con voz queda, y guardó silencio mientras yo tomaba asiento frente a él cruzando las piernas.
— Seguro se preguntará qué interés tengo en venir a conocerlo personalmente, pero le aseguro que poseo una buena razón para hacerlo —comenzó a decir mi invitado—. Antes que nada, permítame presentarme: Mi nombre es Kuroko Tetsuya, y soy un novelista que está trabajando en el primer guión de su vida —Asentí en señal de comprensión, y no supe si sería correcto que yo mismo me presentara, pero esa ocasión no llegó porque continuó hablando con un tono bastante formal que me hacía sentir extraño—. Hasta ahora me he dedicado a escribir novelas, hasta que un día el señor Tsukimaru, el director de esta serie, llegó junto a mí y me ofreció la posibilidad de escribir el guión de su nuevo éxito. Me sentí extraño porque jamás había hecho algo así, por lo que comencé a estudiar los guiones de otras series de la misma empresa hasta comprender el estilo de redacción que debía emplear. Sin embargo, me percaté de que todos estos guiones parecían no poseer un alma, por lo cual decidí que el que yo escribiría sí la tendría. "¿Cómo?" probablemente usted se pregunte, y yo llegué a la conclusión de que lo haría conociendo mejor a las personas que encarnarían a los personajes a los que yo daría forma.
Asentí en señal de comprensión y de inmediato sentí una sed terrible. Tenía ganas de sentir en la boca el sabor de una cerveza bien fría, pero no tuve el valor de ponerme de pie y caminar hasta la cocina en busca de una lata de cerveza.
— Entonces, Kise-san, ¿Me permite que le haga unas cuantas preguntas? —cuestionó él con los ojos fijos en mí. Forcé una sonrisa y asentí con la cabeza.
— ¡Claro! No es como si no estuviera acostumbrado a las entrevistas.
Una suave sonrisa se formó sobre los labios de Kuroko, y por un pequeño instante sentí ternura hacia esa persona.
Pasamos la tarde entera conversando. Le relaté los aspectos más importantes de mi vida, obviando -claramente- los detalles más íntimos. Le hablé acerca de mis gustos y disgustos, y de la ocasión en la que pretendía viajar a Fukushima y acabé en Hokkaido, muriendo de frío porque no tenía el abrigo necesario. Esta historia lo entretuvo bastante y quiso conocer los detalles de dicho incidente. Yo me sentía un poco incómodo porque esa ocasión había sido un momento bastante vergonzoso para mí, pero no me corté y le narré todo lo que quería escuchar. Mientras yo hablaba, él realizaba anotaciones en su cuadernillo. Me moría de ganas por saber las cosas sobre las que él escribía, pero me contuve y no hice ninguna pregunta. Por lo tanto, durante esa tarde, el único que habló fui yo. Mi invitado hacía preguntas breves pero directas y se limitaba a asentir y a escribir. Yo también quería saber sobre él, pero si elaboraba una pregunta, ésta era ignorada y Kuroko proseguía con las suyas. Era como si evadiera hablar acerca de sí mismo, como si no quisiera que yo lo conozca, y eso me hizo sentir un poco vacío. A mitad de la entrevista me pidió un poco de agua, así que se la llevé junto a un plato de galletas. Él tomó una y la mordisqueó cautelosamente, como si existiera la probabilidad de que estuvieran envenenadas. Cuando la entrevista acabó, ya eran las diez, así que él cerró el cuadernillo y suspiró.
— Creo que ya lo he entretenido lo suficiente, Kise-san. Lamento haberme extendido tanto, pues ya es muy tarde.
Ofrecí una amable sonrisa a ese joven que lucía bastante apenado por haber consumido tanto tiempo en la entrevista.
— No te preocupes ¿No te gustaría cenar algo? —invité cordialmente, pero Kuroko me rechazó con un gesto de la cabeza. Al parecer, tenía mucha prisa en marcharse.
— Ya he estado mucho tiempo aquí. La verdad es que tengo prisa, así que me temo que tendré que declinar la invitación —afirmó poniéndose de pie.
— ¿Puedo pedirte un favor? No seas tan formal conmigo. ¡Me hace sentir un viejo canoso!
Kuroko dibujó una débil sonrisa.
— Lo intentaré, Kise-sa... Kise-kun.
— Algo es algo.
Lo acompañé hasta la puerta, y le dediqué una sonrisa radiante. Él simplemente se limitó a guardar el bolígrafo en el interior de su bolsillo. Su tez era realmente pálida, completamente nívea, y en la oscuridad lo era aun más. Lucía tan suave que tuve el inmenso deseo de alargar el brazo y acariciar su rostro, pero no lo hice. Me sentía sorprendido conmigo mismo ¿Cómo podía pensar en esas cosas cuando, supuestamente, debía sentirme destrozado por haber roto con mi novia el día anterior? ¡Además, con otro hombre! Me sentí avergonzado de mis propios pensamientos, y dejé que Kuroko partiera sin decirle una palabra más.
Al día siguiente, los medios armaron un revuelo pues habían visto a mi ex mostrándose cariñosa junto a otro hombre en un restaurante conocido. No me habría enterado de nada si no fuera por las cámaras de televisión y los reporteros que se hallaron frente a mi puerta desde muy temprano en la mañana. Los encontré cuando salí en pijamas en busca del periódico matutino. Jamás habría imaginado que mi breve excursión al exterior quedaría ahogada gracias a un sinfín de flashes y de voces emitiendo preguntas que yo no alcancé a entender en primeras instancias. Mi mente comenzó a procesar la información de forma muy lenta, y entonces vi... fotos de ella comiendo muy sonriente junto a un tipo al que no conocía. Sentí un vacío en el estómago, pero me esforcé en dar una de mis mejores sonrisas y simular que nada había pasado. Tuve que explicar que mi relación de cinco años de duración había acabado. Lo dije con tal naturalidad que incluso yo mismo me pregunté qué me estaba sucediendo. Era la primera vez en la historia de mi carrera que tenía una experiencia como ésta, así que supuse que debía sentirme algo dolido porque ahora... la historia de mi "corazón roto" recorrería cada sillón en los salones de belleza, y las mujeres cotillearían y seguramente afirmarían "¡Oh! ¡Pobrecillo! ¡Debe ser duro enfrentarse a algo así!", pero para acrecentar la sorpresa que ya tenía, lo cierto es que no sentía absolutamente nada. Incluso me reí de un par de comentarios sin sentirme para nada ofendido. Quizás eso quería decir que mi relación con ella estaba destinada a fracasar, o es que quizás estaba sucediéndome eso de "soportarlo todo internamente dejando exteriorizar nada más algo tan falso como una sonrisa". Qué sé yo.
Luego de pedir amablemente a todos los reporteros que se marcharan e hicieran las cosas que siempre hacen, sacando a la luz relatos sobre la vida amorosa de estrellas de cine, me interné en la sala y contemplé que el reloj de cuco se encontraba funcionando como siempre lo hacía, marcando exactamente las ocho y cuarenta y cinco de la mañana. Suspiré. El desayuno probablemente ya se había enfriado, así que decidí ir al comedor mientras encendía el televisor situado en la sala solo para encontrarme con ¡Voilá! Una imagen mía de hace tan solo escasos instantes atrás, mientras la periodista relataba el suceso taaaan importante que había acaecido y que haría llorar a las damas y rogar porque la siguiente en la lista de mi corazón fuese una de ellas. Con un resoplido volví a apagarlo y me dirigí al comedor.
Siempre había querido librarme de esa mesa ¿Cómo es que un tipo que vivía solo en una mansión, como yo, podría tener semejante mobiliario de cinco metros de largo? Tanto espacio para tan poca comida me parecía excesivo, pero mi madre me había dicho que era mejor conservarla por si se presentara alguna oportunidad importante. ¿Pero qué oportunidad tan importante podría tener alguien como yo? Es decir, es verdad que tenía amigos, muchos amigos, y aunque me encantaría montar fiestas alocadas... de esas donde acabas despertándote sin pantalones y sin tener una idea de lo que acababa de suceder... ya había tenido bastante con ellas. Desde que me independicé creí que todo en mi vida sería una juerga tras otra, pero me sorprendí a mí mismo más centrado en el trabajo que había obtenido que en otra cosa. Aunque no podía declararme a mí mismo como una persona madura (Sí, madura como esos que se amargan por la vida), tampoco me veía armando fiestas de esa índole. De hecho, ni siquiera recuerdo haber montado una fiesta en mi vida. Todo en mi vida desde que me convertí en actor se había limitado a memorizar frases de un guión y aprender gestos, expresiones, y oratoria. ¿Que si estoy contento con mi vida así como está? Pues de cierta forma lo estoy, aunque no tanto como quisiera.
Luego de salir de mis reflexiones, me puse a saborear los huevos revueltos junto con el tocino y el tazón de arroz, bebí un poco de cerveza y di las gracias. Me incorporé, fui a bañarme y me cambié a una ropa más cómoda para salir a trotar y despejar un poco mi cabeza. En mi mente resonaban los tic tacs del reloj de cuco, y necesitaba librarme de ellos de alguna manera. Me calcé unos tenis y comencé así a recorrer el vecindario a paso ligero. En mi camino me crucé con algunos vecinos. Algunos me saludaron amablemente, otros, que claramente habían visto las noticias de esa mañana, me ofrecieron condolencias y me desearon suerte en la "caza" del corazón de otra persona más. A éstas últimas no hice más que agradecer. Mis pies me guiaron hasta el centro de la ciudad, y pasé frente a una librería. En la vitrina exponían la última obra de Kuroko Tetsuya, así que volví a sorprenderme a mí mismo ingresando al local y comprando uno de los ejemplares.
Y digo "sorprenderme" porque no soy un lector, precisamente.
Al llegar a casa con mi nueva adquisición, lo primero que hice fue darme una ducha larga para sacarme todo el sudor de encima. Me lavé el cabello y me lo sequé con la toalla. Me puse la bata de baño y me dirigí a mi habitación con el libro en mano, dispuesto a leerlo durante todo el día ya que no tenía nada más que hacer. Mientras hojeaba las primeras páginas recordé a ese joven de cabellos celestes que se había mostrado muy reservado durante la entrevista. Podía recordar perfectamente esos profundos ojos igual de celestes que parecían atravesar el alma de uno con la facilidad de un cuchillo caliente rebanando un pedazo de mantequilla. Mientras avanzaba en la historia, casi podía escuchar su voz susurrándome al oído cada una de las frases expuestas en el tomo que se hallaba entre mis dedos.
El texto era limpio y sencillo, pero aun así provocaba calidez a mi corazón. Cada una de las palabras se entrelazaba con la otra de forma coherente y ávida, y pronto me sentí atrapado por esa narración tan simplicista que contaba la historia de un muchacho que se había enamorado de la persona incorrecta. Parece una historia cliché, lo sé, pero cuando lo noté, Tetsuya planeaba tocar temas profundos sobre la vida misma que provocaban que uno se pusiera a reflexionar. Por esta razón, me sentí atrapado por él. No sé cómo explicarlo. Era como si de pronto de mí afloraran diversos sentimientos y... cuando menos lo esperé, deseé volver a ver a ese joven, pero sabía que probablemente no lo haría sino hasta el día en que comenzara el rodaje de la serie.
Resignado, y sintiendo algo de hambre, bajé a la cocina para pedir a la cocinera que me preparara algo ligero y delicioso, cuando oí llamar al timbre. Curioso, fui a abrir pues no esperaba visitas, así que me dirigí a la puerta y abrí. Me sorprendí por enésima vez al ver a Kuroko Tetsuya plantado frente a mi puerta con aspecto nervioso. Observé mi reloj por curiosidad. Era la misma hora a la que había venido el día anterior.
— Kise-sa-... Kise-kun —dijo viéndome directo a los ojos—. Quizás no me creas, pero... no sé qué estoy haciendo aquí.
