"Never laugh at live dragons, Bilbo you fool!
You aren't nearly through this adventure yet."
― Bilbo Baggins, 'The Hobbit'.
- Ah, ahí estás, pequeño saqueador. – murmuró el dragón, con una sorprendente voz aterciopelada, vibrante y barítono. Arrastraba las sílabas al hablar, como los dragones solían hacer, solo que esta vez pretendía hacerlo con mayor sonoridad, de manera casi… incitante. – Pero, ¡qué criatura tan diminuta! – una amplia sonrisa burlona se dibujo en sus fauces.
Bilbo tragó en seco. Las piernas comenzaban a temblarle de nuevo. Buscó frenéticamente entre las piezas de precioso mineral, las joyas y otros objetos valiosos, intentando localizar su afamado anillo.
El dragón emitió una ronca y sonora risotada, haciendo encogerse y estremecerse al pobre hobbit, sobresaltado. Claro que, con su aguda visión y el perfecto conocimiento de su tesoro, Smaug sabía dónde estaba la curiosa pieza que el pequeño intruso había perdido. Lo había visto rodar hacia las faldas de la montaña de tesoros, lejos de su alcance. Y no tenía intención de informarle a su nuevo inquilino sobre su paradero.
- ¿Has perdido algo, acaso? – preguntó el dragón, inclinando su cabeza ligeramente hacia un costado, con aires socarrones. – Supongo que ahora que puedo verte, oh Jinete del Barril, amigo de los enanos, pequeño y escurridizo ladronzuelo, me dirás qué eres.
Bilbo no contestó al instante. Se quedó quieto, considerando sus posibilidades. Miró de reojo la entrada de la mazmorra, calculando la distancia a la que se encontraba y la velocidad que necesitaría para salir de allí antes de ser ensartado en las garras del dragón o ser carbonizado por su aliento de fuego. Sus opciones eran limitadas, por no decir nulas.
Smaug comenzaba a impacientarse al no recibir respuesta inmediata. Estiró sus garras, de manera presuntuosa, haciendo notar su ferocidad.
- Hobbit. – habló por fin el intimidado Bilbo, aclarando su garganta para que su voz no saliera tan queda y temerosa como la sentía. – Soy un hobbit, oh Grandioso Señor Smaug. Y perdone mi intrusión… No era mi intención perturbar su sueño.
- ¿Un hobbit, has dicho? – repitió el dragón, que había escuchado perfectamente. Su aprendizaje fue confirmado con un rápido asentimiento de parte de la pequeña criatura, registrándolo de inmediato en su mente. – Desde luego que no era esa tu intención, señor Hobbit. Pero no me he equivocado con las asunciones anteriores, ¿o sí? Vienen a robar mi oro.
- No es como usted piensa, oh Smaug el Poderoso. – trató de decir. – No sólo el oro nos trajo aquí.
- ¡Ja! Admites el "nos". – rió Smaug, satisfecho – ¿Por qué no dices "los catorce de nosotros" y asunto concluido, señor Número de la Suerte? Me complace oír que tenías otros asuntos aquí, además de mi oro. En ese caso, quizás no pierdas del todo el tiempo.
Bilbo parpadeó, mirándolo con asombro y desconcierto. Le resultaba imposible adivinar cómo es que Smaug había sido capaz de deducir todas esas cosas sobre él. ¿Acaso los había espiado mientras dormían? ¿O es que el aroma de los enanos sobre él era tan evidente? ¿O quizás hubo hablado de más sin haberse dado cuenta?
No, repasó la conversación mentalmente, y no recordaba haber dicho nada que no estuviera implícito en los acertijos. ¿O es que de verdad lo adivinó?
De una manera u otra, parecía sorprendente ante los ojos de Bilbo la astucia del dragón, que tontamente había subestimado. Smaug era consciente de la mirada exorbitada del saqueador, lo que lo hizo erguirse aún más, con orgullo y prepotente sorna.
- Espero hayas cumplido con las expectativas que tenías al venir ante mí, ladrón Hobbit. – la poderosa voz de Smaug sacó al aludido de sus pensamientos. – Siéntete afortunado si sales de aquí con vida.
Un escalofrío descendió por la espalda de Bilbo, congelándolo en su sitio momentáneamente. Su pecho subía y bajaba agitado por su respiración irregular, y su corazón martillaba con fuerza su pequeño pecho.
Sabía que si le daba más vueltas al asunto y si se andaba por las ramas, no conseguiría otra cosa más que impacientar al dragón y terminar como su cena. ¿Qué otra opción le quedaba más que decir la verdad a su captor?
- Está bien. – cedió el hobbit, derrotado. – Está bien. Confesaré.
El dragón ladeó la cabeza, mirando a Bilbo con sus penetrantes ojos ámbar, curioso y divertido a la vez. Prosiguió:
- Estabas en lo correcto al asumir que vengo con los enanos. Ellos me enviaron aquí para echar un vistazo. – dijo Bilbo, tomando aire y tosiendo un poco al inhalar por error el humo que exhalaba Smaug.
Aclaró su garganta, a la vez que Smaug le dirigía una mirada suspicaz, escaneándolo con sus iridiscentes ojos de pies a cabeza, de manera casi hambrienta. Bilbo ocultó su nerviosismo y sacó su aplomo de Took.
- Soy su saqueador, me contrataron para que entrara a hurtadillas y robara la Piedra del Arca. Admito que fallé al encontrarla, por lo que no debería causarte preocupación alguna. La verdadera razón por la que estamos aquí, por la que me trajeron hasta aquí, además del tesoro, es la venganza.
- ¡Venganza! – bufó Smaug. – ¡Venganza! El Rey bajo la Montaña ha muerto, ¿y dónde están los descendientes que se atrevan a buscar venganza? Girion, Señor del Valle, ha muerto, y yo me he comido a su gente como un lobo entre ovejas, ¿y dónde están los hijos de sus hijos que se atrevan a acercarse? Yo mato donde quiero y nadie se atreve a resistir. Yo derribé a los guerreros de antaño y hoy no hay nadie en el mundo como yo. Entonces era joven y tierno. ¡Ahora soy viejo y fuerte, fuerte, fuerte, Ladrón de las Sombras! – gritó, relamiéndose. – ¡Mi armadura es como diez escudos, mis dientes son espadas, mis garras lanzas, mi cola un rayo, mis alas un huracán, y mi aliento muerte!
Bilbo ahogó un gemido de terror ante la ferocidad de sus palabras. Se incorporó de un salto, y por poco perdía el equilibrio, pero plantó bien sus pies de hobbit – procurando no resbalar nuevamente –, e hizo uso de toda la fuerza y valentía que tenía.
Smaug se mostró alerta ante el movimiento del hobbit, con sus llameantes ojos bien puestos en él, curioso por lo que sea que la diminuta criatura se propusiera a decir.
- Tiene usted toda la razón, señor Smaug el Dorado. – dijo Bilbo – Venir aquí a hacerle frente es una estupidez. ¿Quién querría enfrentarse al más temible, tremendo y brillante dragón que jamás se haya visto en Arda? ¡Valar, si es descabellado pensarlo siquiera! Sobretodo, cuando se saben bien sus cualidades de destrucción. ¡Y ese chaleco de oro y diamantes suyo! ¡Magnífico! ¡Espléndido! ¡No hay igual!
En efecto, Smaug parecía bastante contento con la adulación del hobbit, hinchando su pecho con orgullo y estirando el largo cuello de modo que pudiese presumir su blindada parte inferior. Claro que lo que no sabía el fastuoso dragón era que había un pequeño espacio sobre su pecho izquierdo que permanecía vulnerable y sin el impenetrable escudo de piedras preciosas, hecho que no fue pasado por alto ante los precavidos ojos azules de Bilbo Baggins.
- Pero, si me permite recordarlo… Estamos tratando con enanos. Ellos son persistentes, duros, testarudos. No se van a detener ante su magnificencia; al contrario. Pelearan hasta conseguir lo que desean, que es recuperar la Montaña. – añadió el hobbit. Se estaba esforzando por maquinar alguna excusa lo suficientemente creíble como para dejarlo salir con vida de allí. – Es por eso que me enviaron aquí, ante usted, oh Gran Smaug el Terrible… Soy yo el intermediario para ofrecerle… ¡Un trato! ¡Sí, eso es lo que buscan los enanos! Un acuerdo entre ellos y tú, de modo que todos nos ahorremos violencia innecesaria.
- ¿Un trato? – resopló el dragón sarcásticamente, enviando una nube de humo caliente hacia la cara de Bilbo, quien tosió y agitó sus manos frente a sí para apartar el vaho. – Y, ¿qué clase de trato podrían ellos ofrecerme a mí? No hay nada de esos enanos que yo pudiese desear, más que a sus ponis como cena, y posiblemente a ellos mismos.
- Bueno… seguramente debe haber algo, alguna otra cosa, además de los ponis… – intercedió Bilbo, nervioso – ¿No le interesa acaso una parte del tesoro?
Smaug soltó una estruendosa risotada.
- ¿Tesoro? ¿Por qué querría yo una mísera parte, cuando puedo poseer todo esto sin necesidad de un trato?
- N-No lo sé, yo…
Rascó su nuca, pensativo. Las cosas no iban como él habría esperado. Ni siquiera sabía bien lo que hacía al tratar de negociar con Smaug. ¡Negociar con Smaug! Sin duda, debía ser la idea más absurda que se le hubo ocurrido, pero Bilbo se encontraba en aprietos y no era capaz de ingeniar un mejor plan. Sabía que salir huyendo sin más no era opción, puesto que ya había sido descubierto, no poseía su anillo y sería fácilmente alcanzado por el furibundo ataque del dragón.
Smaug lo miraba con candente intensidad, emanando fulgente luz y calor de su escamoso cuerpo, lo que no ayudaba mucho a la concentración de Bilbo.
El dragón mismo parecía considerar seriamente sus opciones, lo que pudiese exigir a cambio de la Montaña Solitaria, algo que realmente valiera la pena de abandonar el que había sido su refugio por tantos y tantos años, su preciado tesoro. Smaug miró a su alrededor, concediéndole al hobbit algo de tiempo para meditar sus palabras.
¿Qué podría hacerle falta allí? Los dragones no eran seres demandantes; podían pasar largas temporadas en ayunas y sin una sola gota de agua – con mayor razón al ser un dragón de fuego – tan solo dormitando sobre sus riquezas hurtadas. Y aquellos ponis le habían sentado de maravilla, por supuesto que pensaba regresar por el resto.
De pronto, observando su alrededor con sus ojos leonados, rodeado por montículos y montes y montañas de tesoros invaluables, un sinfín de piezas de oro y plata – que bajo su resplandor se tenían de un brillo rojizo –, de joyas y piedras preciosas, de todo tipo de riqueza material que cualquier hombre (o enano) pudiera haber codiciado tener en su vida, sintió el peso de su rotunda soledad. Todo lo que tenía era tesoro, tesoro y más tesoro, en su plena vastedad. Pero, nada más.
Recordaba cuando era joven, un tierno dragoncillo que disfrutaba volar sobre sus alrededores en compañía de los de su especie; todas esas veces en las que se divertía planteando acertijos a los demás, jugando con sus mentes y empleando su indiscutible astucia; o presumiendo sus bien trabajados hechizos, una vez que hubo estudiado y explotado su innata magia de dragón – pocos dragones son conscientes de poseerla, y de esos, son aún más escasos los casos en que tienen alguna idea de cómo emplearla adecuadamente y sacarle el mayor provecho.
Eventualmente, había dejado a los suyos atrás, partiendo en búsqueda del tan aclamado tesoro de los enanos en la Montaña Solitaria, que comenzaba a hacerse famoso a través de relatos y canciones por toda Middle-Earth.
Aquellas memorias cruzaron por su mente como un fugaz vistazo de todo lo que había dejado atrás, de todo lo que había perdido, de lo que le habían arrebatado con el tiempo. La codicia lo había alejado de la compañía que alguna vez tuvo.
Ahora, por más que deseara negarlo, el vacío de saberse en completa soledad – salvo la fría e insípida compañía de todo aquel tesoro – lo abrumaba. ¿Por qué lamentaba su solitud? Él era el dragón más poderoso, terrible y despiadado de – posiblemente – toda Endor. Su voracidad y osadía eran lo que lo convertían en un rival temible ante cualquier otra criatura que intentara adueñarse de su oro. Su anatomía había sido creada para destruirlo todo a su paso, hecha para aniquilar. Él era un predador, y no necesitaba de ninguna compañía. Pero, entonces, ¿por qué se sentía tan incompleto y… solo?
Por otro lado, ahí estaba ese insignificante y curioso hobbit. Era tan pequeño, aún más que los enanos, de aspecto completamente inofensivo. Más bien, parecía un conejo. De pies grandes para su tamaño, y peludos, y orejas puntiagudas. Y, sin embargo, se plantaba frente a él con todo el aplomo que pudiese poseer, haciéndole frente sin mostrar temor – que seguramente, si era lo suficientemente listo, lo tendría, pero se empeñaba en disimular.
Era, sin lugar a dudas, una criatura bastante curiosa. Y rara. Smaug jamás había visto a un ser semejante en todos sus años de vida, lo que lo volvía exótico e interesante ante sus ojos. Era raro, sí, difícil de encontrar. Como una gema preciosa, invaluable. Y, ¿no era el Grandioso Smaug amante de las joyas? Definitivamente, sería imperativo completar su tan vasta colección de tesoros con una piececilla tan fina y particular como aquella.
Compañía. No sonaba tan mala idea al considerar que ésta fuese cierto enigmático y fascinante hobbit.
Bilbo estaba a punto de sugerir algo, cualquier banalidad que se le viniera en mente, cuando la poderosa voz del dragón aureorrojizo rompió el silencio.
- Yo tengo una propuesta, señor Jinete del Barril. – dijo Smaug, curvando hacia arriba las comisuras de sus fauces, dibujando una retorcida sonrisa de dragón. – Una oferta que dudo que los enanos piensen en rechazar.
- ¿Ah, sí? – preguntó el hobbit, sorprendido – Bien, yo… con gusto escucharé su proposición.
- Por supuesto. – asintió el dragón, divertido – Estoy dispuesto, diga a los enanos, a entregarles su tan anhelada Piedra del Arca y desalojar la Montaña Solitaria.
Bilbo parpadeó, incrédulo ante las palabras del dragón. ¿Lo decía en serio? ¿Estaba realmente dispuesto a renunciar a sus hurtadas riquezas y al cobijo de la enorme montaña, a concederles la victoria a los enanos?
No, desde luego que no. Las cosas no podrían ser así de sencillas con Smaug. El jamás abandonaría Erebor, nunca cedería el inmenso tesoro del que se había hecho, ni mucho menos declinaría su tan prestigiado título de irrevocable y despiadado propietario de la Montaña. Debía haber, entonces, una cláusula imposible y demandante a cambio de tan 'dadivoso' ofrecimiento. Bilbo frunció el ceño, pensativo. Él no iba a tragarse eso.
- ¿Qué pides a cambio?
El dragón soltó una estruendosa carcajada, complacido ante la sagacidad del pequeño saqueador. Por supuesto que él ya esperaba tal respuesta de su parte, no era para menos. Bilbo no se inmutó, expectante.
- Lo que exijo ante tal muestra de mi generosidad es sencillamente lo justo. – dijo Smaug – Tiempo. Es comprensible que necesitaré tiempo para encontrar un nuevo sitio ideal donde alojarme, así que es lo menos que espero de su parte… si de verdad quieren recuperar la Montaña, claro está.
- ¿Cuánto tiempo solicita el Impresionante Smaug? – esta vez, había un dejo de sorna en las palabras del hobbit ante la mención de Smaug, gesto que no pasó desapercibido por el aludido.
- Nada más y nada menos que un año, como mínimo. – declaró éste, entretenido con las reacciones del curioso ladrón. – Me parece un periodo de tiempo considerable para que halle mi siguiente morada, y poco significativo para la espera de los enanos.
Bilbo asintió, sopesando la oferta realizada. Su mirada inquisitiva persistía conectada con los llameantes ojos leonados del imponente dragón. Notificaría a los enanos, sin lugar a dudas, sobre la conversación que habían estado manteniendo él y Smaug, para que ellos decidieran qué hacer al respecto.
Sin embargo, Bilbo tenía el presentimiento de que aún había algo oculto detrás de las promesas del dragón aureorrojizo. De ninguna manera podría llegar a ser tan bondadoso. Debía tener alguna intención con aquello, algo de lo cual quisiera aprovecharse.
- ¿Hay alguna otra cosa que desee obtener de éste trato?
Smaug no podría estar más maravillado con la audacia y tenacidad del pequeño hobbit. Esbozó una amplia sonrisa de dragón, ciertamente divertido. Que una criatura tan diminuta, desarmada e insignificante como aquella se atreviera a hablarle con tales modos a un dragón tan poderoso – y evidentemente superior en todo – como él, resultaba un espectáculo fascinante.
- En efecto. Hay algo más que deseo a cambio.
- Y, ¿qué podría ser lo que motive al tan Temible Smaug a dejar la Montaña? – inquirió el hobbit, sin mucho ánimo, aunque sí sentía curiosidad en el fondo por conocer la respuesta… una que jamás esperó escuchar, que lo dejó helado y sin habla.
- Tú.
La monosílaba de la palabra fue arrastrada en los labios de Smaug, resonando las densas vibraciones de su voz barítono tan gutural y provocativa por las frías paredes de piedra hasta los oídos de Bilbo, ocasionando un ineludible estremecimiento del pobre hobbit. El candente aliento del dragón formó nubecillas de vapor que acariciaron sus sonrosadas mejillas.
Bilbo tragó en seco, sintiendo en su boca un desierto. Todo el aplomo que había reunido durante su charla con el intimidante dragón se había evaporado repentinamente con una simple palabra monosilábica. Aunque claro, el impacto se trataba más de la implicación de su respuesta que de la palabra en sí.
A él. Lo quería a él. Pero, ¿cómo? ¿Por qué? ¿Acaso… planeaba devorarlo, tal como había hecho con sus ponis? A esas alturas, le era difícil decidir si era el pánico o el desconcierto lo que más lo embargaba. No comprendía exactamente a lo que se refería el dragón con aquella declaración, y no estaba seguro de que le agradaría saberlo.
Al parecer, Smaug disfrutó verlo tan anonadado. Sin prisa alguna, optó por explicarse antes de que sus palabras fueran interpretadas de manera errónea.
- He habitado ésta Montaña en completa soledad durante muchos, muchos años, mi querido Jinete del Barril. Más de los que me gustaría recordar. – dijo Smaug. – No obstante, este hecho jamás me hubo importado en lo más mínimo. La riqueza que adquirí era todo lo que me interesaba. Estoy seguro que sabes lo suficiente sobre dragones como para entender mi punto. – hizo una pausa, mas no esperó respuesta alguna. – Así eran las cosas… hasta que fui despertado por el misterioso y extraño efluvio de un ladrón que osó escabullirse dentro de mi Montaña, dispuesto a hurtar mi tesoro.
- Yo no quería…
- Mi punto es – el dragón lo cortó a media frase. – que tú, minúsculo y exótico Hobbit, has causado en mí cierta fascinación. Jamás me hube encontrado, en todos mis años de vida, a una criatura similar.
La sangre ascendió de golpe al rostro de Bilbo, sintiéndose de pronto aún más acalorado. No sabía si debía sentirse halagado por lo que el dragón había dicho sobre él. Nunca había experimentado nada semejante; bueno… solamente ante la súbita atención de Thorin, después del 'incidente con los trasgos'.
Smaug prosiguió casi de inmediato:
- Es curioso que, al no sentirme amenazado o confrontado de ninguna manera por ti, me has recordado lo que es disfrutar de la mera compañía de otro ser… vivo. – admitió – Por lo que, ya que ha sido culpa tuya el que me sienta falto de acompañamiento, he decidido que serás tú quien…
- ¿Culpa mía? – intervino Bilbo, frunciendo el ceño – ¿Cómo es que eso ha sido…? – sacudió la cabeza, agitando sus rizos humedecidos por el vapor – ¿Por qué querrías mi compañía?
- Has sido el primero en mucho tiempo que ha osado plantarse frente a mí y retarme. – articuló el dragón; el hobbit iba a replicar al respecto, pero Smaug se adelantó: – No ha sido con tus palabras, sino con tu lenguaje corporal. Lo noto, tu valentía… eso o tu brillante estupidez. – se burló – Eres diferente, hobbit. Raro. Como una gema preciosa que aún no poseo.
Entonces era eso, se dijo Bilbo. El desconocimiento de Smaug sobre los hobbits era lo que lo volvía tan interesante ante sus ojos, tan único y atractivo. Él lo quería como parte de su tesoro, como otro premio tomado del temerario Thorin Oakenshield. Su ambición por el robo de la propiedad de los enanos, junto con su deseo natural de piedras preciosas y cosas raras, era lo que tenía el dragón tan atraído por el pobre ladrón. Pero entonces, pensó Bilbo, ¿era realmente considerado como propiedad de los enanos? ¿Como... como una cosa que les pertenecía a ellos, a Thorin?
La tremenda indignación que sintió al respecto lo abrumó de tal manera que sólo conseguía escuchar un agudo pitido en sus oídos. Sentía su rostro arder. No podía creerlo. Se sentía asquerosamente usado y rebajado. ¡Haber sido tomado por objeto! Aquello era... denigrante. De ninguna manera iba a permitir tal cosa. Bilbo era bastante consciente ahora de su valor en toda ésta misión como para ser tratado de esa forma.
Abrió la boca para protestar, molesto, pero entonces se dio cuenta de que no sería lo más inteligente que se le podría haber ocurrido hacer, así que se abstuvo. Contuvo su furia por varios instantes hasta que la sintió sosegarse en su interior.
Smaug, por su parte, parecía divertido con lo que veía. No le había quitado los ojos de encima ni un solo momento.
Bilbo se aclaró la garganta.
- Entonces, – habló el hobbit, de manera casi tajante. – lo que pides es tiempo y… compañía… a cambio de la Montaña y lo que hay en ella.
- En resumen, sí. – asintió el dragón.
- Bien. Si eso ha sido todo, entonces me retiro. Le informaré a los enanos sobre la generosa oferta que usted ha realizado y, en todo caso, volveré con una respuesta.
- No esperaba menos.
Bilbo sintió un vuelco en el estómago al contemplar la aguda y siniestra sonrisa que esbozaba el dragón aureorrojizo, retrocediendo un par de pasos, encaminándose hacia la salida.
Una vez más, rebuscó con la mirada, inquieto, entre todo el montón de tesoros y piezas de oro y plata, intentando fútilmente de localizar su tan venerado anillo. Pero resultaría más sencillo hallar una aguja en un pajar.
Con un suspiro derrotado, Bilbo se dirigió a la puerta – no muy cómodo con darle la espalda al dragón –, dispuesto a marcharse cuanto antes.
Smaug ensanchó su sonrisa y se irguió en sus cuatro patas, sabiéndose lo bastante listo como para haber dado con el misterioso anillo antes que su previo portador. Y antes de que el hobbit desapareciera por el umbral de la puerta, su voz se hizo sonar nuevamente, potente y grave sobre el suave tintineo de las fortunas al ser pisadas.
- Aguarda un segundo, saqueador. – dijo – Aún no he escuchado tu nombre.
Bilbo se detuvo en seco, indeciso a contestar. Sabía que no era siempre una buena idea revelar tu nombre a un dragón. De eso había creído haberse librado con aquellos acertijos sobre sí. Pero era evidente que Smaug era un dragón de mente muy ágil, para su desgracia.
Sin volverse, con apenas un hilo de voz, respondió:
- Bilbo.
¡Hola de nuevo!
Quería agradecer a todos por sus lecturas, por agregarnos a su lista de favoritos y por sus tan preciados reviews. Son el nutrimento de nuestra inspiración.
¡Muchas gracias!
Espero que la historia sea de su agrado - aunque apenas vaya comenzando.
De igual forma, les deseo a todos un muy feliz año nuevo, y felices fiestas.
~ ¡Frabullosas salutacionesess! xx
