"But it is one thing to read about dragons and another to meet them."
― Ursula K. Le Guin, 'A Wizard of Earthsea'.
Los enanos miraban al pobre hobbit como si le hubiese crecido una segunda cabeza de pronto. El viejo Balin alabó la valentía de Bilbo por haberse adentrado en la Montaña y haber encarado al dragón, ¡atreviéndose inclusive a negociar con él!
Thorin no se lo podía creer. Había estado realmente preocupado – más de lo que le gustaría admitir – por la demora del pequeño hobbit dentro de la Montaña, temiendo lo peor. ¿Y si se hubiese perdido en los pasadizos? ¿Y si no encontró el oro, o la Piedra del Arca? ¿Y si hubo encontrado otra salida y hubiese huido? ¿Y si… y si se hubo topado con el dragón… despierto? Mil y un imágenes cruzaron por su cabeza ante tales posibilidades, y ninguna de ellas conducía a un final agradable.
Pero lo que les había contado Bilbo al emerger de las profundidades de la Montaña, jadeante y acalorado, lo había tomado por sorpresa.
- ¡¿Que hiciste qué?!
De todos los disparates y tragedias que pudo haber previsto, jamás pensó que algo así fuese a suceder.
- ¡¿Cómo es que se te ocurrió negociar con el dragón?! De todas las tonterías que pudiste haber cometido, ¡decidiste tratar de razonar con un dragón de fuego! – refunfuñaba Thorin, sacudiendo la cabeza, incrédulo. – Jamás había escuchado cosa semejante…
- Pero, Thorin, no tenía elección. Él iba a…
- ¡No! Tenías una misión… ¡una misión! Y… decidiste deliberadamente olvidarte de ella y poner tu vida en riesgo… ¡Ponernos a todos en riesgo! ¿Qué crees que hubiera hecho si el dragón te atrapaba?
- Thorin…
- ¡No lo entiendes! No me puedo permitir perder un solo miembro de mi compañía, y menos a un saqueador tan eficiente…
- Bueno, cálmate, Thorin, y agradece que el pequeño salió con vida. – intervino Balin, con intención de menguar las cosas.
- ¡Eso porque ha corrido con suerte!
- ¿Y, cómo esperabas tú que fuese indetectable ante los sentidos de Smaug si me envían allí dentro apestando a enano? – replicó Bilbo, cruzándose de brazos.
Thorin iba a reprochar, pero se quedó callado; no supo que decir al respecto.
- Además, – agregó el hobbit – sí que conseguí algo: una oferta del mismísimo Smaug.
- ¿Una oferta? – repitieron los enanos al unisón, confundidos.
- Así es. Es bueno que estuviese tan bien informado sobre los dragones, ya que pude dialogar un poco con él. Para salvarme el pellejo, una vez que fui descubierto, no se me ocurrió otra cosa que proponerle un trato… para ahorrarnos un poco el desastre, si saben a lo que me refiero.
Los enanos se miraron los unos a los otros, gratamente sorprendidos por la audacia del hobbit. Era evidente que ellos nunca habían considerado la opción de hacer un trato con el dragón para recuperar sus tierras; la guerra era algo tan natural para ellos que no se permitían suponer otra solución al problema.
Thorin, por supuesto, no lucía muy convencido ante la idea.
- ¿De qué se trata esta oferta suya, señor Baggins?
- Bueno, – Bilbo aclaró su garganta – Smaug prometió que abandonaría la Montaña y les devolvería el tesoro robado, incluyendo la Piedra del Arca y hasta la última moneda de plata.
La compañía de Thorin comenzó a hacer comentarios, algunos victoriosos, otros desconfiados – tal y como el mismo Thorin se mostraba.
- ¿Cuáles son sus términos? – exigió saber éste último.
- Dijo que le tomaría tiempo encontrar una nueva morada, por lo que pedía por lo menos el plazo de un año para entregar la Montaña Solitaria íntegramente.
- ¡¿UN AÑO?! – bramó Thorin. Los demás enanos también manifestaron sus quejas, hablando todos a la vez, inconformes. Thorin les hizo una seña para que se callaran. – ¡No hemos venido hasta aquí para esperar otro miserable año por lo que es nuestro! ¡Reclamaremos la Montaña ahora mismo, con o sin dragón!
Sus seguidores corearon las palabras de Thorin con una lluvia de gritos jubilosos y palmadas en la espalda, visiblemente entusiasmados por la idea de pelear por sus tierras.
Bilbo sacudió la cabeza con desaprobación, agitando los brazos para llamar la atención de los enanos nuevamente.
- ¡Hey! ¿Acaso no lo ven? ¡Es una locura! ¡No podemos enfrentarnos a Smaug! Somos sólo catorce, y pobremente equipados; ni siquiera tenemos recursos suficientes para una batalla de tal magnitud. ¡Nos calcinará a todos en un parpadeo! Y entonces, el viaje habrá sido en vano. – dijo el hobbit. Soltó un suspiro resignado. – A mí tampoco me gusta la idea, pero parece ser lo más prudente. De cualquier manera, eso no es todo lo que pidió, obviamente.
- ¿Hay más? – Kíli parecía decepcionado.
- Por supuesto que hay más. Me parecía muy extraño que el dragón no exigiera nada más a cambio. – masculló Thorin, malhumorado. – ¿Qué es lo que esa lagartija alada quiere? ¿Una parte del oro? ¿Quedarse con la Piedra del Arca?
- No y no. Él, bueno…, quiere cenarse al resto de los ponis… – dijo Bilbo, y al instante se escucharon las protestas y negaciones de los enanos –, y a mí.
Todos enmudecieron. El silencio reinó sobre ellos por varios segundos, a la vez que las mejillas de Bilbo se encendían; todas las miradas estaban puestas en él, con perplejidad y desconcierto.
- ¡¿Quiere comerte a ti también?! – chilló Kíli, horrorizado.
- ¿Qué? ¡No! Bueno,… realmente no lo sé. Yo… lo que quiero decir es que él quiere que sea su… acompañante, o algo así. – se explicó Bilbo, con el rostro enrojecido, algo cohibido por la idea. – No estoy seguro, pero me parece que es más como una garantía. Si me tiene, entonces puede estar seguro de que ustedes no lo atacarán sorpresivamente, quiero pensar.
- ¡Pero eso no nos asegura a nosotros que no va a aniquilarte! – replicó Thorin, molesto. – ¡De ninguna manera sacrificaremos a uno de los nuestros! Haremos la guerra, llamaremos a nuestra gente, pediremos ayuda a mi primo Dáin… Él vendrá con su ejército, y entonces ¡acabaremos con el maldito dragón!
- Piénsalo, Thorin… ¿cuántas opciones tenemos? Aunque llames a tus parientes a la guerra, ¿no crees que les tomará tiempo venir hasta acá? Necesitarán cientos, y miles, para acabar con el dragón. – habló Bilbo. – Mas, si aceptas la oferta hecha por Smaug, tendrán tiempo suficiente para convocar a sus ejércitos, fortalecerse y prepararse para lo que sea que venga, en caso de que el dragón decida no entregar la Montaña. ¿No crees que vale la pena esperar un poco más, y así ahorrarse la sangre de tus compañeros?
Thorin dirigió una mirada a su compañía, dubitativo. De ninguna manera querría él guiarlos a una muerte segura. Todos ellos le eran leales, eran su familia. Y sus sobrinos… Fíli y Kíli eran demasiado jóvenes aún para morir en batalla. Y si morían, estaba seguro de que Dís – su hermana – los mataría a todos.
Pero, ¿ofrecer a cambio, tan sencillamente, la vida de otra persona, siendo ésta quien los había salvado tantas veces? No parecía justo tampoco. Todos en la compañía de Thorin se habían encariñado con el pequeño y simpático hobbit, que había demostrado ser tan temerario y valioso como cualquiera de ellos. Y para Thorin, Bilbo Baggins era un amigo ahora. Un amigo a quien no traicionaría ni dejaría atrás. No comprendía exactamente todo ese afecto que ahora se daba cuenta que sentía por él, pero sabía que lo defendería hasta la muerte – como haría con cualquier otro miembro de su compañía. Y por supuesto que todos estaban más dispuestos a pelear por lo que les correspondía por ley.
Por otro lado… no podía negar que Bilbo tenía algo de razón.
Ante la vacilación del líder de los enanos, Bilbo prosiguió:
- Creo que al verme implicado de manera tan inmediata, poseo por lo menos algún voto considerable sobre la decisión. Y yo… me ofrezco voluntariamente. – dijo con solemnidad, seguro de sus palabras. – Estoy dispuesto a sacrificarme por el resto de la compañía.
- ¡Estás demente! – exclamó Fíli, escandalizado.
- ¡No puedes hacer eso, Bilbo! – secundó su hermano.
- ¡Eso es suicidio! – replicó Ori – ¡Te aniquilará!
- ¿Por qué perversas razones querría Smaug a nuestro hobbit como prisionero? – decía Bofur, sacudiendo la cabeza.
- No. – dijo Thorin, con el rostro descompuesto. – No, Bilbo, tú no irás a ninguna parte. No voy a permitir que te entregues así como así al dragón. ¡Esta batalla ni siquiera te corresponde!
- Esto es personal, Thorin. Lo presiento. – comentó Balin, algo afectado.
- Thorin, ésta es mi decisión. – Bilbo dijo. – Si es lo mejor para todos, entonces lo haré. Volveré a esa Montaña y le diré a Smaug que el trato está sellado. Ustedes volverán a Dale, o a Rivendell, a refugiarse, abastecerse y esperar. No habrá necesidad de otro Día de Durin para entrar a la Montaña, pues cuando el plazo se haya cumplido, las puertas principales de Erebor estarán abiertas para recibirlos y el dragón se habrá ido.
- Haces que suene todo tan fácil…
- Entonces no lo vuelvas difícil. – repuso el hobbit.
Thorin sacudió la cabeza en negativa.
- No. De ninguna manera. No voy a dejar que regreses a esa Montaña, Bilbo. – sentenció.
- Lamento decirlo, Thorin, pero no estoy pidiendo tu permiso.
Dicho esto, el hobbit se dio la vuelta y corrió de regreso al portón de piedra al costado de la Montaña, adentrándose en ella y perdiéndose en la penumbra antes de que cualquiera de los enanos pudiese detenerlo.
Thorin gruñó y maldijo, enfurruñado. Definitivamente, no se esperaba nada parecido al llegar a la Montaña Solitaria. Jamás consideró la idea de sacrificar a uno de los suyos para evitarse una batalla que estaba dispuesto a pelear desde el inicio; y menos sacrificar a su saqueador estrella, a su amigo y catorceavo miembro de la compañía… a su Bilbo Baggins.
Smaug se congratuló internamente por su indiscutible astucia. Haber vigilado la ubicación del singular anillo del pequeño hobbit saqueador y ocultarlo fuera de todo alcance había sido una idea brillante. Más tarde se encargaría de investigar qué era lo que volvía tan especial a dicho anillo; era evidente que se trataba de un objeto mágico, puesto que podía sentir el poder que de él emanaba, a pesar de su apariencia simplona.
El valor de ese anillo no residía en el oro que lo formaba o su belleza como joya, sino en el enigmático misticismo que poseía.
La cuestión era: ¿cómo un diminuto y hogareño hobbit había conseguido una pieza como aquella? No cabía duda de que aquella criatura de insignificantes dimensiones era realmente sorprendente, por lo que subestimarlo sería un error.
Smaug se acomodó nuevamente sobre la montaña de tesoros preciosos, replegando sus alas sobre su lomo y enroscando su larga cola de dragón a su alrededor, disponiéndose a tomar otra breve siesta mientras los enanos discutían afuera sobre el trato ofrecido y tomaban su decisión.
Más pronto de lo que había previsto – antes de que se hubiese dejado llevar por el sueño –, el sutil aroma del hobbit llegó a sus fosas nasales antes de verle asomar su cabecita por la entrada a las mazmorras. El dragón levantó la cabeza, estirando el cuello para ver mejor al hobbit, que parecía algo nervioso y dubitativo al andar. Atravesó el umbral y se plantó frente a Smaug, a las faldas de los incesantes montes de oro, plata y joyas. Smaug lo observó, curioso, esbozando en sus facciones de dragón lo semejante a una sonrisa.
- Has vuelto antes de lo que esperaba, mi querido Bilbo. – dijo, degustando en su lengua cada una de las letras al pronunciar su nombre, lentamente.
Bilbo tragó en seco, estremeciéndose ante la mención de su nombre por aquella voz. Las palmas de sus manos comenzaban a sudarle. Inspiró hondo, tranquilizándose a sí mismo; el aire caliente que circulaba por la habitación se coló por su garganta, causándole un poco de tos.
Aclaró su garganta, preparándose para hablar.
- He traído la respuesta de los enanos, como prometí.
- Eso veo. Y, ¿cuál será dicha respuesta, quisiera saber?
- Ellos… han aceptado su oferta. – declaró Bilbo. – A partir de hoy, tendrá exactamente trescientas sesenta y cinco noches para hallar un nuevo domicilio y abandonar la Montaña Solitaria, junto con las riquezas que en ella residen. Y…, mientras tanto…, dispone usted de mi… compañía.
Smaug no pudo – y no quiso – ocultar cuán complacido estaba de escuchar aquello. Su sonrisa se ensanchó, presumiendo grácilmente la tremenda hilera de afilados colmillos. Habría estado, probablemente, más contento de haberse tratado de una segunda batalla contra los despreciables enanos. Le habría encantado exterminar a los restos de su raza, y apoderarse permanentemente del inconmensurable oro de los enanos y la Montaña. Pero, bien podía hacer eso más tarde, haciéndoles creer que cumpliría su parte del trato.
Claro que los enanos eran sabidos por no ser siempre confiables en sus promesas, Smaug contaba con ello; pero sólo un imbécil creería ciegamente en la palabra de un dragón. Era una guerra ganada, pensó Smaug, sintiéndose tan victorioso y satisfecho con el trato que había hecho con los enanos que casi se echaba a reír. ¡Oh, qué criaturas tan ingenuas eran!
- Por tanto, mi querido Bilbo – enunció el dragón. –, eres nombrado oficialmente como mi invitado de honor.
Acto seguido, Smaug alzó su cola, irguiéndose cuan grande era, y la proyectó con fuerza a espaldas del pobre hobbit, quien ahogó un chillido aterrado y corrió para evadir el furioso impacto de la cola del dragón. Sin embargo, esta vez no tenía como objetivo golpear a Bilbo, sino a la entrada del salón que se encontraba justo detrás de él.
El golpe hizo templar las paredes y pilares del interior de la Montaña de manera alarmante, y Bilbo se apresuró a refugiarse en caso de que se derrumbaran. El estruendoso crujir de la roca lo ensordeció por un momento, seguido de un fuerte retumbar. La vibración se extendía por debajo de sus pies. Se cubrió la cabeza con ambos brazos, en modo de protección. Sólo un montón de guijarros y unos cuantos trozos de piedra más grandes se desplomaron desde el techo. Cuando Bilbo alzó la mirada, se encontró con que la entrada del sótano donde se encontraban estaba casi intacta, solo algo agrietada por el impacto.
Parpadeó, perplejo, sin comprender a qué se había debido aquella exhibición de ferocidad entonces.
Fuera de la Montaña Solitaria, los enanos discutían de manera acalorada lo que había ocurrido. Ninguno podía creer que Bilbo Baggins se hubiese sacrificado por ellos tan deliberadamente, y temían por él.
- Dijiste que lo hizo por algo personal. – espetó Thorin, furibundo. – ¿Qué quisiste decir con eso?
- ¿No lo ves? – dijo Balin – El dragón sabía que vendríamos, Thorin. Sabía que intentaríamos recuperar la Montaña. Lo que no sabía es que traeríamos con nosotros a un saqueador, a un hobbit. ¡Pensamos que era buena idea! – se lamentó. – Pensamos que, debido a que Smaug jamás se había encarado con uno de su especie, no podría reconocerlo. ¡Pero lo hizo! Lo hizo porque adivino que venía con nosotros, porque olía a nosotros. ¡Y lo enviamos a las fauces del dragón! ¡Le enviamos un obsequio!
- Balin, sigo sin entender lo que…
- ¡Es por ti, Thorin! ¡Ha sido todo por ti, para enervarte! – se intentó explicar el enano. – Bilbo no olía a enano. Bilbo olía a ti. Smaug supo entonces que debía ser importante para ti, y aprovechó la oportunidad para arrebatarte algo más que oro.
Thorin frunció el ceño, sintiendo una punzada dentro de sí.
- ¿Estás diciéndome que… que esto es culpa mía?
- No. – suspiró Balin, negando con la cabeza. – Estoy diciendo que cometiste un error antes al no darte cuenta de lo que en verdad sentías por nuestro pequeño Bilbo. Y que ahora, eso ha sido utilizado en tu contra. Bilbo corre peligro allí dentro. ¡Sabrá Valar qué terribles cosas tendrá pensado hacer el dragón con esa criaturita!
Thorin cerró los ojos, inspirando hondo y sacudiendo la cabeza, como tratando de quitarse de la mente aquellas ideas. De verdad, no quería pensar en lo que le podría suceder a Bilbo. Si algo malo le pasaba… jamás se lo perdonaría. No lo permitiría.
Debió haberlo supuesto, había sido demasiado descuidado de su parte. Los dragones atesoran cosas, objetos preciosos y únicos, gemas invaluables y montones de oro, todo aquello que presenta un valor significativo para su propietario – ya que eso vuelve el botín aún más exquisito. Y Thorin había enviado a un diamante exótico y brillante a la cueva del dragón. Le había entregado a su pequeño Bilbo.
- Lo detendré. Sacaré a Bilbo de allí y me enfrentaré al dragón con mis propias manos si tengo que hacerlo. – afirmó Thorin, con determinación, echando a andar hacia la entrada lateral a la Montaña.
Los enanos lo miraron, sin saber lo que proponía su líder, pero dispuestos a seguirlo. Sin embargo, ninguno de ellos consiguió cruzar el umbral del portón de piedra, ya que un terrible temblor se manifestó a través de la Montaña Solitaria, dejando estáticos a los enanos – que observaban alarmados la montaña. Y, en un parpadeo, la entradilla por la que había cruzado el intrépido hobbit momentos atrás se derrumbó, bloqueando completamente el acceso al interior de la Montaña.
- ¡NO! – Thorin rugió, una vez que el tremor cesó, arremetiendo contra los escombros y trozos de roca que obstruían el paso.
Trató de retirar, fútilmente, las ruinas de la Puerta Secreta de la Montaña con sus manos desnudas, gruñendo entre dientes amargamente por la impotencia. Los demás enanos se unieron a sus costados para ayudarle, pero luego de varios intentos, se dieron por vencidos. Era inútil seguir insistiendo. Cada trozo de piedra que quitaban de la entrada, uno nuevo y más grande caía en su lugar. A ese paso, jamás lo conseguirían.
- No,… ¡No! – se lamentó el líder de los enanos, golpeando sus puños contra la fría piedra. – ¡Bilbo! ¡Bilbo! ¡Maldición! ¡Todo ha sido mi culpa!
Se dejó caer, derrotado, junto a los escombros, con los brazos lánguidos y expresión contraída. Sus intensos ojos azules miraban ahora a la nada, perdidos en los vagos trazos de pisadas en el suelo. Se sentía agotado, aplastado por dentro. El peso de la culpa y la pena de haber perdido a su amigo lo consumía.
Balin se agachó a su lado, estrujando su hombro de manera conciliadora. A él le dolía su perdida casi tanto como a Thorin mismo, ya que lo consideraba como un hijo. Kíli y Fíli intercambiaron una mirada triste, y fueron a reunirse con su tío. El resto de los enanos permaneció en silencio, compartiendo su preocupación de manera individual.
Haciendo acopio de su coraje, Thorin se puso de pie nuevamente, con los hombros rectos y la barbilla en alto, sus fríos ojos azules recuperaron su dureza. La compañía de enanos lo miró con solemnidad.
- Bajaremos de vuelta Dale para pasar la noche. Nos abasteceremos y recobraremos fuerzas, tal y como aconsejó nuestro querido amigo Bilbo. – estableció. – Luego, volveremos a hacer guardia a la Montaña, avisaremos a nuestros parientes sobre la guerra y esperaremos lo que tengamos que esperar. Recuperaremos ésta Montaña, nuestras riquezas, y a nuestro saqueador.
Los enanos mostraron su aprobación mediante un colectivo grito de guerra, llenos de determinación y aparente entusiasmo. Así, partieron todos montaña-abajo, atravesando Esgaroth e internándose de vuelta a las ruidosas y rústicas calles de Dale. Con suerte, volverían a refugiarse bajo el techo del noble Bard.
- ¿Qué diantres ha sido eso? – externó Bilbo, recuperando el aliento.
Smaug emitió una reverberante carcajada.
- Sólo me aseguraba de que no fueras a ninguna parte, pequeño ladrón.
- ¡No soy un ladrón! De hecho, me considero bastante honesto. – replicó el aludido, dando un respingo con orgullo, gesto que provocó una risotada de parte del dragón.
- Eres bastante divertido, mi querido Bilbo, Jinete del Barril. – dijo Smaug. – Me complace saber que disponemos de trescientas sesenta y cinco noches para conocernos mejor.
Bilbo tragó en seco.
- Temo no ser tan fascinante como usted me piensa.
- Oh, estoy seguro de que así será. – sonrió Smaug.
Bilbo no supo qué más decir al respecto. Los poderosos ojos leonados de Smaug se encontraban firmemente posados sobre él, lo que acrecentaba su nerviosismo. Se sentía como un filete de ternera dentro de un horno, siendo observado mientras se cuece lentamente sobre las suaves brasas. No sabía en qué momento el encanto desaparecería y sería devorado por el temible dragón aureorrojizo, que lo miraba con fulgente interés.
En un gesto repentino, el dragón inclinó su enorme cabeza hacia Bilbo, sobresaltando al pobre hobbit y haciéndolo retroceder varios pasos hasta que su espalda hubo chocado contra la pared de piedra. Su corazón latía tan rápidamente dentro de su pecho que sentía que iba a estallar. Las fauces de Smaug quedaron peligrosamente cerca de él, aprisionándolo contra el frío muro. El terror lo paralizó, mientras miraba con ojos bien abiertos a la bestia frente a sí.
Para su sorpresa, todo lo que hizo Smaug fue olfatearlo, exhalando contra su rostro – inintencionadamente – una cortina de humo caliente. Bilbo tosió y giró su cabeza, de modo que el calor no lo golpeara directamente. Smaug se apartó tan rápido como se había acercado, con aires aparentemente casuales, ignorando el efecto que su inesperado movimiento había causado en el hobbit. Pareció pensativo por un segundo, como si estuviese registrando en su aguda memoria su aroma.
Bilbo respiró agitadamente, apartando los restos de humo de su cara con su brazo, tosiendo. Se alejó de la pared, decidiendo que de esa manera sería más fácil atraparlo si los planes del dragón cambiaban.
Observó a Smaug con detenimiento, ahora que lo podía apreciar en todo su esplendor frente a sus curiosos ojos azules. El fulgor que emitía el dragón desde su interior se reflejaba en cada una de las piezas del tesoro, iluminando así la habitación con un destello aureorrojizo.
Las escamas de Smaug resplandecían como si de rubíes se tratasen, rubíes bañados en oro. Era impactante. Se acoplaban todas ellas perfectamente sobre su cuerpo, curvándolo y delineándolo, dándole aquella forma tan sólida e impenetrable, tan elegante y atroz, tan imponente y magnificente. Los cuernos sobre su cabeza formaban ángulos agudos, agudos como su astucia e ingenio. Una mente brillante, audaz, devastadoramente impresionante. Sus alas se plegaban delicadamente sobre su fuerte lomo, pero sabía que al vuelo, no habría un par tan imparable como aquellas.
El porte y la excelsitud con la que se erguía eran admirables, dignos de la más grandiosa criatura. Sus fauces eran caminos asegurados a la destrucción. Sus colmillos sobresalían, filosos y terribles como espadas mismas, dispuestas a desgarrarlo todo a su paso. Su grueso cuello incandescente se estiraba para presumir su exquisita longitud, prometiendo escupir la más catastrófica de todas las flamas. Su cola reposaba sobre el oro como el látigo más demoledor. Y sus ojos… sus alucinantes, hechizantes e iridiscentes ojos ambarinos. Eran simplemente asombrosos, como dos inmensos soles, enigmáticos e inteligentes.
A pesar de su ferocidad, y de la capacidad de destrucción que Bilbo bien le sabía capaz, le resultaba una criatura arrebatadoramente magnífica y… hermosa. A su modo heterodoxo, claro.
Smaug fue consciente de la apreciación del hobbit, sintiéndose regocijado y halagado al tener su atención. Irguiéndose como sabía hacer, ostentando su enormidad, el dragón aclaró su garganta, dispuesto a romper el prolongado silencio que se había formado entre ambos.
- Así que has venido, pequeño Bilbo, desde debajo de la colina. – dijo Smaug, recordando las palabras que hubo empleado. Si bien era una afirmación, había una sutil interrogante en su enunciado, esperando evidentemente la explicación de su nuevo huésped.
- S-Sí. – balbuceó el hobbit, sacado de su estupor. – He venido desde un lugar muy lejano y tranquilo, llamado la Comarca. Hogar de los hobbits.
- ¿Hay muchos de ustedes? – quiso saber el dragón, interesado.
- Oh, sí. Bastantes. Vivimos todos de forma pacífica,… aunque temo que no sería un lugar apetecible para ningún dragón. – dijo, temiendo haber dicho demasiado sobre su viejo hogar – No hay montañas ni tesoros allí. Sólo pastores y agujeros-hobbit.
- ¿Agujeros-hobbit? – Smaug lo miró como si estuviese evocando alguna fantasía. La curiosidad radiaba en sus grandes ojos ambarinos. – ¿Es así como llaman a sus moradas?
Bilbo asintió, algo nervioso ante la efusiva atención del dragón aureorrojizo. Sin embargo, pudo notar que no había malicia alguna en sus preguntas; parecía verdaderamente interesado en el mundo al que Bilbo pertenecía, en su vida aburrida y simple antes de haber emprendido tal aventura. Le parecía todo como si hubiese dejado la Comarca hacia siglos.
Smaug se acomodó nuevamente sobre la montaña de oro, sin perder de vista al hobbit ni por un solo instante. Con una ligera inclinación de cabeza, el dragón hizo gesto a Bilbo de que se sentara, de manera apenas más demandante que una cordial invitación.
- ¿Por qué no me cuentas cómo fue que terminaste en ésta Montaña, mi querido hobbit? – sugirió Smaug, inquisitivo.
¡Holis, holis, crayolis! xD
Ok ya, dejo de interrumpir la lectura con mis tonterías.
Sólo quería agradecerles, de corazón, por el apoyo que han brindado a esta humilde historia de mi autoría. Honestamente, la subestimé en un inicio, pero veo que ha conseguido un mayor alcance del que esperaba, y eso me pone muy feliz. :D
¡Muchísimas gracias por su aportación!
Ya sea con sus lecturas, o hasta con sus preciosos reviews. Es un gesto que aprecio mucho. :')
Bueno, bueno, eso fue todo por hoy - antes de que me ponga sentimental... Stupid sentiment.
¡Gracias a todos!
Espero que les haya gustado el capítulo. El siguiente ya viene en camino - *se exprime los cesos*.
~ ¡Frabullosas salutacionesess! xx
