"He had only heard of dragons, and although he had never seen one, he was sure they existed."
― Dee Marie, 'Sons of Avalon: Merlin's Prophecy'.
Bilbo había perdido la noción del tiempo. Habrían pasado horas, seguramente, desde que había decidido – si bien, reluctantemente – sentarse a relatar su inesperado viaje al mismísimo Dragón bajo la Montaña. ¿Quién lo habría dicho?
Procuró mencionar hasta el último detalle que recordara, a fin de mantener entretenido al dragón y evitar que lo considerara mejor como su cena. Por supuesto que excluyó de su relato el asunto del anillo – al que aún no conseguía divisar por ningún lado, buscándolo con la mirada y escaneando el lugar mientras hablaba.
Smaug, por su parte, lucía bastante divertido con la historia del pequeño hobbit. Si bien algunas partes le parecieron fantasiosas, no pudo negar que lo que contaba Bilbo resultaba realmente fascinante. ¡Cuántas hazañas había logrado tan diminuta criatura! ¡Y en cuántos aprietos se habían metido, tanto él como los inmundos enanos! Se le antojaba increíble que tanta valentía fuera contenida en un cuerpo tan pequeño. Sin cabida a dudas, el curioso saqueador se había ganado la admiración de los seguidores de Thorin Oakenshield, e inclusive el asombro de Smaug mismo.
Sin embargo, se preguntaba en qué parte de la historia encajaba el tan enigmático anillo; si posiblemente lo hubiese portado desde antes de salir de la Comarca, o si lo hubo encontrado en el camino. De ser el caso, habría omitido esa parte a propósito.
- … Casi nos sentimos derrotados cuando esa nube cruzó sobre la Montaña, obstaculizando el paso de la luz. Pero, finalmente, un rayo de sol alcanzó a filtrarse justo antes de que éste se pusiera en el horizonte, iluminando la cerradura secreta del pasadizo. Thorin deslizó la llave, y con un crujido, la puerta de piedra se abrió. Y así fue como tuvimos acceso al interior de la Montaña Solitaria. – Bilbo concluyó su relato, luego de varias horas, mismas que se le antojaron eternas.
No estaba seguro de si a Smaug le había gustado su historia, o si había creído media palabra de lo que había narrado tan afanosamente, pero eso habría sido lo de menos. Tomó una gran bocanada de aire, sintiendo su boca seca de tanto hablar. Tosió al instante, inspirando el vapor caliente que Smaug expelía.
- Brillante historia. – comentó el dragón, mirando curioso al pequeño hobbit sentado sobre un montículo de oro y plata, a un par de metros de él. – Realmente suena como una aventura digna de recordar. Seguramente, tus vecinos hobbits quedarán impresionados con dicho relato.
- Más bien escandalizados. – repuso Bilbo, con una media sonrisa. – No creo que sea algo que los habitantes de la Comarca alaben. Los hobbits no tienen aventuras.
- ¿Por qué no?
Smaug ladeó la cabeza, con sincera curiosidad. Bilbo simplemente se encogió de hombros.
- No está en nuestra naturaleza, supongo. Lo conocido es lo seguro, según dicen. Ningún hobbit dejaría la Comarca para aventurarse a lo desconocido.
- Pero tú lo has hecho. – señaló Smaug, con una ligera curvatura en la comisura de sus fauces a modo de sonrisa.
- Eso es porque tengo sangre Took en mis venas. – dijo Bilbo, con cierta diversión. – La familia de mi madre siempre fue un tanto… diferente, en comparación a los hábitos de un hobbit. Era común que alguno saliera de vez en cuando en busca de alguna aventura. Siempre los tacharon de locos. – rió entre dientes ante lo último, con algo de nostalgia en su interior al recordar su hogar, y a su excéntrica familia.
¿Qué sería de la Comarca ahora que él no estaba? ¿Alguien lo extrañaría? ¿Habrían notado siquiera su ausencia? Bilbo jamás había sido un hobbit muy sociable, para empezar, por lo que era probable que su desaparición durante tanto tiempo hubiese pasado desapercibida por gran parte de los pobladores.
¡Oh, su cálido y cómodo agujero-hobbit! Apenas recordaba cómo se sentía recostarse en su suave cama, sentarse en el agradable sofá frente a la chimenea a leer algún libro, los manjares que alojaba en su alacena y la calma perpetua que se vivía en la pequeña Comarca. Daría su catorceava parte del tesoro por volver allí enseguida.
Smaug lo observó con interés, viéndole ensimismado y algo nostálgico. Sin duda extrañaba su hogar. Se preguntó en qué estaría pensando el pequeño hobbit, y cómo se sentiría habitar en un lugar como la pacífica Comarca, rodeado de gente pequeña. Pero era inconcebible que aquél fuese sitio para un dragón.
Parpadeando un poco para humedecer sus ojos, sintiéndose somnoliento debido al agradable calor del ambiente, Bilbo profirió un sonoro bostezo y frotó sus ojos con el dorso de sus manos. Este gesto llamó la nuevamente atención del dragón aureorrojizo, quien fue sacado del hilo de sus cavilaciones y devuelto a la realidad. Sus iridiscentes ojos ambarinos miraron al hobbit, adivinando lo exhausto que debía estar después de tan largo viaje.
- Deberías descansar, mi pequeño hobbit. – dijo, con su reverberante voz barítono. Bilbo lo miró, casi sorprendido por la amabilidad que poseían sus palabras. – Acomódate donde te plazca, hay espacio de sobra para los dos.
Sin atreverse a declinar tan prometedora invitación, Bilbo asintió, y se dispuso a encontrar un lugar sobre el interminable montón de tesoros que le pareciera aceptable. Después de todo, era el lecho del dragón; debía ser soportable el recostarse allí. Se alejó unos cuantos pasos más de donde se encontraba echado el imponente Smaug, para luego hacerse un ovillo sobre el poco atractivo colchón de oro y diamantes. Para su sorpresa, solo algunas piedras preciosas le molestaron al principio; el resto de las piezas de oro y platería se amoldó a su diminuta figura. Colocó sus manos bajo el costado de su cabeza, sirviéndole como almohada.
Aunque dubitativo, Bilbo le dio la espalda al dragón, ya que el fulgor que éste emitía le resultaba molesto si se proponía a dormir. El calor de Smaug abrazaba toda la habitación, por lo que Bilbo estuvo seguro de que no pasaría frío, como habría hecho al acampar en las Montañas Nubladas. El recuerdo le provocó un escalofrío, pero rápidamente comenzó a sentir los párpados pesados. Su cuerpo dolía y pedía a gritos un descanso. No le tomó mucho tiempo para que se dejara llevar por el peso del sueño.
Mientras tanto, Smaug lo observaba desde su sitio, él mismo acomodándose sobre su lecho, enroscando su larga y poderosa cola a su alrededor, y descansando su gran cabeza sobre las patas delanteras. Si bien había dormido lo suficiente ya como para permanecer despierto toda una temporada, se sentía con ánimos de tomar una buena siesta.
Contempló cómo la respiración de su pequeño 'invitado de honor' se iba tornando cada vez más lenta y acompasada, hasta conseguir un ritmo constante, denotando que se encontraba profundamente dormido.
- Dulces sueños, mi querido Bilbo. – musitó el dragón bajo su aliento, sin intención de despertar al durmiente hobbit.
Cerró sus ojos, dejando que su mente vagara entre imágenes de montañas brumosas, bosques oscuros repletos de arañas, toscas cuevas subterráneas, ciudades de elfos engreídos y plácidas comarcas de praderas verdes. Inundando sus pulmones una vez más con la atractiva fragancia de Bilbo, y con una disimulada sonrisa curvando sus labios, Smaug se sumergió en un cálido y agradable sueño. Sentía como si, a pesar de haber dormitado por tantísimo tiempo, finalmente pudiera descansar en paz al saberse acompañado de tan fascinante criatura.
Y, así, Bilbo Baggins pasó su primera noche en la Montaña Solitaria. La primera de las tantas y tantas noches – trescientas sesenta y cuatro, para ser precisos – que le quedaban por delante junto al impresionante y hechizante Smaug.
Bilbo bostezó, a la vez que se desperezaba y frotaba los últimos vestigios de sueño de sus ojos. No recordaba haber dormido tan bien desde que dejaron atrás la deslumbrante ciudad de Rivendell. El ambiente aún se sentía cálido a su alrededor, y se esforzó por no dejarse vencer nuevamente por el sueño.
Miró a su alrededor, casi sobresaltándose al ver la inconmensurable vastedad de tesoro que lo rodeaba. Lo acontecido el día anterior le vino a la mente de inmediato. Se encontraba en el sótano del palacio de Erebor, bajo la Montaña. Había hecho un trato con Smaug, y ahora se veía confinado a aquellas paredes de piedra pulida, a hacerle compañía al temible dragón.
Se incorporó de su improvisado lecho valioso, observando el resplandeciente terreno a su alrededor. No estaba seguro si había amanecido ya. La habitación parecía aún más oscura de lo que recordaba, y no tardó en darse cuenta de la razón: Smaug no estaba.
Alarmado, Bilbo se puso a dar vueltas por el lugar, tropezando repetidas veces con bultos que sobresalían a su paso. Consiguió golpear su dedo pequeño del pie contra un copón de oro en una ocasión, gimiendo y maldiciendo, adolorido. Su visión comenzaba a adaptarse a la penumbra, interrumpida únicamente por el débil resplandor del oro bajo sus pies.
¿En dónde se había metido ese condenado dragón? ¿Lo había abandonado, acaso, dentro de la montaña? ¿Habría roto su palabra y habría salido en busca de los enanos para acabar con ellos y quedarse con la montaña? Pensamientos pesimistas era todo lo que Bilbo era capaz de evocar. La impaciencia y la angustia lo estaban consumiendo. ¿Y si los enanos habían entrado a la montaña mientras ambos dormían y habían matado al dragón? No, eso era poco probable. Nadie podría acabar tan fácilmente con tan magnífica bestia. Entonces, ¿qué había pasado? ¿Dónde estaba Smaug?
¡Invisibilidad! ¡Eso era! El anillo te dotaba de invisibilidad. Smaug había llegado a esta conclusión mientras dormía, recreando entre sueños la escena de cuando se encontró con el supuesto ladrón – que había resultado ser un curioso y fascinante hobbit. Era evidente que dicho anillo era mágico, eso lo supo desde que lo vio. Pero ahora estaba seguro de cuál era su poder. El misticismo del anillo confería al portador la capacidad de volverse imperceptible a la vista; y esa era la explicación a por qué no había podido ver al saqueador. ¡El anillo!
Smaug no podía estar más satisfecho con su descubrimiento. Sólo debía mantener el anillo oculto, apartado del alcance de Bilbo, impedir que lo recuperara. Y entonces, él tendría el poder de trasladarse dentro de la montaña y fuera de ella sin alertar a los enanos. ¡Brillante!
Al romper el alba, Smaug se levantó de su lecho – procurando hacer el más mínimo ruido para no despertar al pequeño hobbit que aún dormía – y se dirigió hacia una de las habitaciones colindantes con el inmenso sótano en la raíz de la Montaña. El anillo estaba escondido en un lugar seguro, dentro de una insignificante grieta en uno de los pilares de la habitación.
La parte difícil de la tarea de ocultar el anillo había sido precisamente tomarlo, ya que era extremadamente pequeño para las garras de Smaug. Había conseguido ensartarlo en la punta de su garra más pequeña, transportándolo así a su nueva ubicación.
Deslizó la misma garra dentro de la angosta ranura, atrapando al diminuto aro de oro y halándolo fuera del pilar. Una vez que lo hubo insertado en su garra – tanto como fue capaz – flexionó la articulación del apéndice, retrayendo así la garra y protegiendo el anillo contra sí. No estaba seguro de si el mágico objeto estuviese surtiendo efecto en él, pero ante el sutil cambio en su entorno – proporcionándole una visión distinta del mismo – supuso que sí.
Se atrevió entonces a abandonar la habitación y se arrastró a lo largo del espacioso pasillo de piedra pulida construido por los enanos, dirigiéndose hacia su salida de la Montaña. Se trataba de un amplio boquete en el techo de las habitaciones superiores, dando directamente hacia los cielos nublados sobre Erebor; había sido una fortuna que éste se hubiera producido ante el derrumbe de la ciudad bajo la Montaña Solitaria. Y nadie lo había notado. ¡Qué tontos eran los enanos!
Smaug se escabulló fuera de la Montaña sin alertar a nadie. Aparentemente, el anillo funcionaba, y ahora él era imperceptible. Claro que tuvo que cuidar el ruido de su aletear. No por nada sus alas eran conocidas como un huracán.
Descendió así de la montaña, sobrevolando los cielos nubosos y, dándole vueltas a la zona, con su aguda vista localizó al resto de los ponis de los enanos. ¡Pero qué festín se iba a dar! Por suerte, los enanos no estaban cerca.
Bajó en picada rápidamente, ostentando su vigorosa agilidad, y tomó entre sus garras a tres de los ponis que quedaban. Las bestias de carga apenas tuvieron la oportunidad de relinchar para cuando Smaug las había llevado lejos de la montaña.
Se detuvo en un pequeño valle, no muy retirado, que se encontraba detrás de algunas montañas adyacentes. Allí degustó con libertad de cada uno de los tres pequeños ponis, pasando su lengua por sus afilados colmillos al terminar su almuerzo. Aún quedaban otros pocos ponis, y Smaug no perdió la oportunidad de devorarlos también. Tomó otra triada de ponis – uno más grueso que otro – y los llevó a su improvisado comedor, donde los engulló bárbaramente.
Una vez saciado su voraz apetito, el dragón se limpió las fauces, saboreando los restos de su merienda. También se dio cuenta de que había ensuciado sus garras al zampar a sus presas, salpicando el críptico anillo con la sangre de los ponis. Y desde luego que no podía regresar con la evidencia de su crimen, por lo que limpió igualmente hasta la última mancha de sus garras.
Sabía que había dejado a un pony, al de aspecto más endeble de todos – que hubo sido el pony del buen juguetero de los enanos –, pero ya tenía otros planes para él. Si bien era un dragón despiadado y atroz, no podía permitirse ser un mal anfitrión con su pequeña nueva adquisición.
Capturó al último pony, sosteniéndolo firmemente entre sus garras mientras volaba de regreso a la Montaña Solitaria. Decidió que no asesinaría al pony hasta que estuviese dentro de la montaña, para no dejar evidencia alguna de su latrocinio. Entró a hurtadillas por el enorme hueco del techo, depositando al aterrorizado pony en el suelo antes de soplar su devastadora flama sobre él. Suponía que los hobbits no ingerían alimentos crudos, por lo que había resuelto que debía cocinarlo primero para Bilbo.
Bueno… había quedado un poco más que cocido, pero ¿qué más daba? No iba a matar de hambre a su invitado de honor. Orgulloso de su labor, Smaug tomó al carbonizado pony entre sus dientes, teniendo cuidado de no despedazarlo, y se encaminó de regreso las vastas mazmorras que alojaban las riquezas de los enanos.
Su querido hobbit debía estar hambriento.
En cuestión de minutos, el fulgente calor y el brillo rojizo de Smaug se hizo presente en la habitación. Bilbo vio al dragón adentrarse desde alguna entrada lejana, al otro extremo del sótano. Su enorme cabeza y sus llameantes ojos leonados – mismos que no tardaron en localizar al menudo hobbit. Bilbo se abstuvo de emitir un suspiro de alivio al verlo. El incandescente resplandor que expelía el escamoso cuerpo del dragón bañó la habitación, iluminando hasta el último rincón – ya que el fulgor era reflejado por las piezas preciosas que comprendían el tesoro.
El hobbit se percató, no obstante, de que Smaug llevaba algo en las fauces; sólo que a esa distancia, le resultó imposible determinar qué era. El dragón inclinó su cabeza y depositó sobre un montículo de monedas de oro al objeto que transportaba, para después retornar su atención a Bilbo.
- Buenos días, querido Jinete del Barril. – dijo Smaug, sonando fresco y rejuvenecido. Casi parecía burlarse del apodo empleado.
Bilbo lo miró, frunciendo el ceño ligeramente, pero devolvió el saludo.
- Buenos días, señor Smaug.
- Espero que hayas dormido bien.
- Lo hice. Gracias. – asintió el hobbit, cambiando su peso de un pie al otro, un poco incómodo. Carraspeó, dedicando al dragón una mirada seria aunque curiosa. – Me preguntaba dónde había estado. Desperté y no lo vi por aquí.
No, definitivamente no era de su incumbencia, ni le preocupaba lo que hiciera el dragón o no. Sólo sentía curiosidad.
- Bueno, – comenzó a explicarse Smaug, conteniendo una sonrisa. – salí a cazar algo para el desayuno. Creí que, después de tan exhaustivo viaje hasta aquí, estarías hambriento. Así que te traje un bocadillo. No pensarás que soy mal anfitrión, ¿verdad?
La respuesta de Smaug lo tomó desprevenido. Bilbo parpadeó, sorprendido ante el noble gesto del dragón. Ciertamente se había equivocado con respecto a él si pensaba que sufriría de malos tratos en su compañía, o tal vez solo estaba fingiendo ser amable y tratando de engordarlo para convertirlo en merienda.
De cualquier manera, su estómago gruñó, traicionándolo. Smaug sonrió divertido, alentando a Bilbo con un ligero asentimiento a que se acercara. Y aunque vacilante, Bilbo cedió y avanzó hacia el dragón. Echó entonces una ojeada al bulto que había dejado caer frente a sí. Casi se cayó de espaldas cuando descubrió lo que tenía delante de sí; ¡era nada más y nada menos que uno de los ponis de los enanos!
Se llevó una mano a la boca debido a la conmoción, sintiendo repentinas náuseas ante tal visión; de pronto, ya no se sentía tan hambriento. El pony yacía inerte sobre el suelo cubierto de tesoros, y su silueta era apenas reconocible. Bilbo fue capaz de distinguir un par de mechones alazán en lo que solía ser el lomo de la pequeña bestia de carga; el resto de su pelaje estaba chamuscado. ¡Oh, pero si era el pony de Bofur!
Smaug se dio cuenta de la vacilación del hobbit, torciendo el gesto ligeramente y empujando con el hocico al animal hacia los pies de Bilbo. Éste último retrocedió un par de pasos de un salto, perturbado al ver al simpático pony de su amigo convertido en carbón. Smaug frunció el ceño.
- ¿No te apetece comerlo, señor Baggins? Lo cociné para ti. ¿O es que esperabas otra cosa? ¿Una ensalada, tal vez? – bufó el dragón.
- ¡Asesinaste a su pony! – acusó Bilbo, escandalizado.
- Creí haber dejado claro que lo haría. – replicó Smaug, sin emoción. – Ahora, si no quieres comerte eso, puedes matarte de hambre entonces, porque de esta montaña no saldrás hasta que se cumpla el plazo. Deberías agradecer que soy tan bondadoso contigo.
Y, sin más, Smaug se dio la vuelta y salió por donde había venido, sin molestarse en echar un último vistazo al pasmado hobbit que hubo dejado detrás de sí. A pesar de todo, Smaug tenía razón; debería estar agradecido con él por el gesto.
Bilbo sintió un vuelco en el estómago, no estaba seguro si debido a las amenazantes palabras de Smaug o a la comprensión de que no tenía alternativa más que alimentarse del pobre y tostado pony. Pero, sin lugar a dudas, dichas palabras habían causado gran impacto en el pequeño hobbit.
Más tarde, una vez que se le hubo pasado el shock, Bilbo se habría acercado al rostizado cadáver del pony y habría hecho su mejor intento por ingerir algo de carne antes de sentirse mareado de nuevo. Había sido bueno de parte de Smaug haber carbonizado al pobre pony antes de traérselo a Bilbo, ya que al menos no lo estaba alimentando con carne cruda.
Smaug no regresó hasta un par de horas más tarde. No dijo nada, ni siquiera se preocupó de mirar a las sobras de lo que había sido el pony de Bofur – pobrecilla criatura – sino que fue directo a recostarse sobre su resplandeciente lecho de oro.
Bilbo tampoco profirió palabra alguna; optó por permanecer callado en su rinconcillo, sin llamar la atención ni molestar al feroz dragón aureorrojizo en su siesta. Bilbo mismo prefirió sucumbir al sueño para matar el tiempo.
Horas más tarde, el hobbit despertaba perezosamente de su siesta, entornando los ojos para adaptarse al fulgor de Smaug. Al menos, le tranquilizaba conocer el paradero del dragón. Había sido bastante desconcertante haber amanecido sin rastro alguno de su anfitrión.
Smaug seguía profundamente dormido, roncando de manera gutural y respirando nubecillas de humo, tal como le había visto hacer la primera vez que se infiltró en la Montaña como saqueador. Eso le daba una oportunidad para buscar su preciado anillo. ¡Por supuesto que no lo había olvidado! Y ahora tenía tiempo para recorrer la habitación y rebuscar por entre los montones de tesoros y riquezas, antes de que Smaug despertara.
Transcurrió otra hora y Bilbo no daba con el mentado anillo. ¿Dónde podía habérsele caído? Maldijo su suerte por enésima vez. ¡Y se hacía llamar el Porta Fortuna, qué irónico! No quería darse por vencido tan fácilmente, pero sabía que sería casi imposible hallar su anillo entre toda la vastedad de oro, plata y piedras preciosas que inundaban la habitación.
Suspiró, dejándose caer sobre un montón de monedas de oro. Smaug yacía del lado opuesto, sus ronquidos reverberaban contra la fría piedra de las paredes.
Bilbo lo observó por varios instantes; se veía tan tranquilo así, dormitando en su lecho. Y había sido tan sorpresivamente considerado de su parte al traerle aquél pony como desayuno. Sintió una punzada de culpa al recordarlo; se había portado bastante grosero con él, teniendo en cuenta que lo había hecho con la mejor intención. Después de todo, el pony no había estado tan mal.
El consternado hobbit pasó una mano por su mata color caramelo. Le preocupaba haber enfadado a Smaug con su injusto trato – por no decir infantil. La extraña emoción causó estragos en sus entrañas, provocando un quejumbroso gruñido de su estómago. Había comido muy poco debido al sobresalto que tuvo previamente, y ahora su estómago demandaba atención.
Se incorporó y se dirigió hacia los restos del pobre pony. Realmente no le apetecía la idea de ingerir la carne de aquel animal, pero era lo mejor que Smaug le había conseguido tan atentamente, y no podía quejarse.
Al verse así, obligado a comer la carne directamente de otro ser, con sus propias manos, lo hacía sentir tan despreciable como aquella repugnante criatura de las profundidades de las Montañas Nubladas – a quien había visto devorar a un trasgo entero, de manera tan brutal.
Mismo asunto que lo devolvía a pensar en el anillo. ¡Ese condenado anillo! Si no lo hubiese extraviado, si no se hubiese resbalado de sus manos,… probablemente no tendría que estar ahí, alimentándose de los vestigios de un pony flacucho, ni encerrado en la montaña junto con el terrible Smaug. Posiblemente hubiese tenido la oportunidad de huir ileso, de escapar, y así ahorrarse toda esa pena. Pero había sido lo suficientemente descuidado como para permitir que se perdiera por siempre. ¡Sabrá Valar si lo volvería a encontrar algún día!
A esas alturas, había perdido el respeto por sí mismo. Se había humillado y se culpa a sí mismo por haber perdido su posesión más grande. De ninguna manera era un 'Porta Fortuna', no había ningún 'número de la suerte' de su lado, y no era el 'Ganador del Anillo'. Era un tonto por haberlo perdido. Pero, quizás, estaba siendo demasiado cruel consigo mismo. Tal vez no todo estaba arruinado. Aún podía volver a su cálido hogar debajo de la colina, si lograba salir con vida de esta pequeña 'aventura' suya.
Se limpió la boca con la manga de su saco, del que se deshizo enseguida – tenía la impresión de que el calcinado sería él si no lo hacía. El calor que Smaug emitía era abrasador. Restregó sus manos en su pantalón, limpiándolas también de los restos de su previo almuerzo. No le agradaba la sensación, pero no había nada que hacerle.
Volvió nuevamente a su rincón confinado, sentándose sobre el montoncillo de oro y gemas, flexionando sus piernas y abrazando sus rodillas contra su pecho. Suspiró una vez más, girando su cabeza para echar un vistazo a Smaug, quien ya no roncaba. Al parecer, el dragón había despertado, y lo miraba fijamente con sus ardorosos ojos leonados, sin emoción alguna.
- Hey, yo… – comenzó Bilbo, con cierta timidez – lamento haberte hablado de esa manera.
No hubo respuesta por parte de Smaug, por lo que Bilbo añadió:
- Gracias… por el pony. Fue un gesto muy amable de tu parte.
De nuevo, el dragón permaneció mudo. Bilbo comenzaba a inquietarse ante esto. ¿Acaso Smaug le estaba aplicando la ley del hielo por haberlo rechazado tan abruptamente? Si ese era el caso, entonces Bilbo no era el único que se estaba comportando de manera pueril.
Se contuvo de bufar, y cuando Smaug desvió la mirada, Bilbo pudo rodar los ojos libremente. ¡Infantil! ¡Aplicarle el tratamiento de silencio! ¿Qué adulto haría algo así?
- Oye, ya me disculpé, ¿de acuerdo? No debí haberte acusado así cuando tus intenciones no eran malas en absoluto. Lo siento, ¿sí? ¿Qué más quieres que diga? – replicó Bilbo.
- Podrías decirme por qué omitiste mencionar el anillo en tu relato. – dijo Smaug, con tono serio, sin mirarlo siquiera.
- ¿El anillo? ¿Cuál ani-…? – entonces cayó en la cuenta, mirando al dragón boquiabierto. – ¡Fuiste tú! ¡Tú tomaste mi anillo! – acusó, indignado. – ¿Por qué lo hiciste? ¿Dónde está? ¡Exijo que me lo devuelvas! ¡Es mío! ¡Tú lo robaste!
- ¡Tú lo robaste primero! De las Montañas Nubladas, ¿no es así? Pertenecía a esa fea criatura de las profundidades. Claro, ¿a quién más? No hay forma de que esa criatura sobreviviera por tanto tiempo tan solo esperando a que algún trasgo cayera por el precipicio. No, él utilizaba el anillo para escabullirse y así capturarlos en la oscuridad.
- ¿De qué rayos estás hablando? ¿Cómo puedes saberlo? – Bilbo frunció el ceño, entre confundido y sorprendido. – De verdad te gustan los acertijos, ¿no es así?
- ¿Por qué no mencionaste el anillo? – insistió el dragón, con su poderosa voz gutural.
- ¡No es de tu incumbencia! Ahora, ¡devuélvemelo!
- No, tampoco te pertenece a ti.
- ¡Ni a la criatura de las montañas! Seguramente él también lo robó de alguien. – Bilbo sacudió su cabeza – Además, ¿eso qué diantres importa? ¿Por qué tomaste el anillo sin mi consentimiento?
- ¿Cómo iba a saber yo que no era peligroso y lo usarías en mi contra? – se defendió Smaug – Era evidente el poder que poseía, y no iba a arriesgarme a que lo tuvieras. Y, eventualmente, me fue de gran utilidad.
- ¡Claro! – infirió Bilbo – Lo usaste para salir de la Montaña sin ser visto. ¡Muy astuto, señor Smaug! Pero estoy bastante seguro que esto no se trata del anillo.
- Por ahora, el anillo pasará a ser de mi posesión, y dispondré de él cada vez que tenga que salir de la Montaña. No me puedo exponer a ser visto por los enanos, tomarían ventaja de ello y se apoderarían de mi montaña y mi tesoro en mi ausencia. – siseó el dragón – Sé que no quieres la guerra, Bilbo. Conservaré el anillo para nuestro mutuo beneficio, y si sigue teniendo tanto valor para ti, te lo devolveré cuando el plazo se cumpla y dejes la Montaña. ¿Te parece justo?
- No, pero no tengo otra alternativa, ¿o sí? – respondió el hobbit, sabiéndose derrotado. – Sólo cuida bien de él.
- Lo haré.
Smaug esbozó una torcida sonrisa de dragón, complacido. Desde luego que no era por el dichoso anillo, sino para mantener vigilado a su pequeño nuevo acompañante. No tomaría el riesgo de perderlo de vista.
