"Dragons and legends... It would have been difficult for any man not to want to fight beside a dragon."
Patricia Briggs, 'Dragon Blood'.

- ¿Qué haces para entretenerte aquí? – preguntó Bilbo, mirando hacia el techo de piedra.

Se encontraba tumbado sobre un monte de tesoros, abatido ante el aburrimiento. Le parecía que habían transcurrido horas desde su discusión sobre el anillo, aunque no estaba seguro de que fuera así. Si todo iba al mismo paso, terminaría arrojándose de la terraza superior hacia el vacío antes de que el plazo se cumpliera.

Por un momento, solo por un breve momento, extrañó escuchar la incesante palabrería de Thorin y compañía. Por supuesto que extrañaba las bromas de Kíli y Fíli, la sonora risa de Bofur, el apetito de Bombur y los relatos del viejo Balin. Extrañaba a los enanos, sí, ¿por qué negarlo? Y tan sólo había pasado un día. ¡Pff!

Sin embargo, estando allí, encerrado en una montaña con un dragón…

Smaug lo miraba con diversión y curiosidad, recostado sobre su vientre como habituaba, con la cabeza descansando sobre sus patas delanteras. Sus flameantes ojos color ámbar parecían fielmente adheridos a la minúscula figura de Bilbo, siguiéndolo en cada pequeño movimiento; observándolo mientras él miraba al techo, sumergido en sus pensamientos; tomando para sí cada uno de sus suspiros, cada parpadeo, cada vez que pasaba su lengua deliciosamente sobre sus finos labios.

¿Cómo se sentiría esa suave piel rosada, esos alborotados rizos color caramelo? ¿Cómo sería si él los tuviera, si fuera de su tamaño, si fuera un hobbit como él? ¿Seguiría encontrándolo tan fascinante si fuera su igual?
Por supuesto que sí, lo haría, porque no podía imaginar como una criaturita tan curiosa pudiese resultar aburrida ante sus ojos.

Bilbo, enunció en su mente. Qué nombre tan más curioso.

El hobbit volvió su azulada mirada hacia Smaug, encontrándose como tantas veces antes con aquellos poderosos ojos leonados del dragón. Había algo en su expresión que no lograba descifrar; era la forma en la que siempre lo descubría mirándolo, la intensidad con la que sus ojos incandescentes lo observaban, lo estudiaban de pies a cabeza, como si quisiera recordar cada centímetro de su pequeño ser.
Su mirada lo hacía estremecer, querer ser aún más pequeño para así desaparecer de su vista, ser imperceptible. Pero de alguna manera, sabía que Smaug siempre lo encontraría. Aunque no se le hubiese caído el anillo mientras huía, aún así lo habría encontrado, lo sabía.

Parpadeando nerviosamente, y sintiendo su rostro enrojecer, Bilbo desvió la mirada de vuelta al techo. Smaug soltó un suave resoplido, expeliendo una ligera cortina de humo, como si disfrutase de la vista. Y lo hacía.

- Bueno, – Smaug se tomó un instante para contestar, su profunda voz de dragón reverberando a través de la enorme habitación – considerando que le preguntas a la criatura que ha pasado más tiempo durmiendo del que tú llevas de vida, no creo que haya mucho que decir en cuanto a cómo me entretengo por aquí.

Bilbo bufó, sin ser consciente de sus acciones. Smaug arqueó una ceja, mirando en su dirección. Le parecía imposible que llegase el día en el que ese insignificante aunque fascinante hobbit dejara de sorprenderlo.

Su nuevo pasatiempo había tornado a ser el observar a Bilbo. Analizar sus movimientos, tratar de adivinar sus reacciones, decodificar sus enigmáticos pensamientos y registrar en su memoria tanta información sobre él como le fuese posible. Bilbo Baggins era su nueva atracción personal ahora, toda suya. No tenía que compartirlo con los apestosos enanos, y podría conservarlo por todo un año.

El sutil bufido que Bilbo hubo emitido era una prueba más de lo impredecible y osado que podía ser. Y eso a Smaug le encantaba. Era un reto impuesto para su ágil mente de dragón. Estaba dispuesto a aprender todo a lo que Bilbo respectaba.

Éste último lo miró de nueva cuenta, aún con la sangre agolpada bajo sus mejillas.

- ¿Qué? – inquirió, frunciendo el ceño ligeramente ante la constante mirada del dragón aureorrojizo.

- Bufaste.

- ¿Lo hice?

- Sí. – asintió el dragón, visiblemente divertido. – Me preguntaba por qué.

- Oh. – fue todo lo que Bilbo se sintió capaz de decir. Realmente, ni siquiera se había percatado de que hubo bufado. A veces él mismo reaccionaba de maneras que le eran difíciles de controlar. Sabía que no debía ser tan atrevido y franco frente a un dragón, puesto que podía provocar su irremediable furia, pero le era inevitable serlo.

- Estás sediento. – declaró Smaug de forma repentina, captando nuevamente la atención del hobbit.

- ¿Perdón?

- Has estado relamiendo tus labios durante la última hora y media sin parar. – dijo él, como si fuese lo más normal del mundo. – Lo estás haciendo ahora mismo.

Bilbo se llevó una mano a la boca como respuesta al comentario, percibiendo en la yema de sus dedos la reciente humedad que habían adquirido sus labios. Ni siquiera sabía que había estado haciendo eso. El calor ascendió a su rostro una vez más, sintiéndose un tanto avergonzado por ello.

- Me disculpo por ello, señor Baggins. – habló Smaug, capturando la mirada confundida del pobre hobbit con la suya. – Es algo que debí meditar antes. Al pensarte como mi acompañante, no me tomé el tiempo de contemplar las necesidades básicas que se debían cubrir. Para un dragón, resulta muy fácil subsistir con pocos recursos aquí dentro de la montaña, pero para una criatura como tú… Imagino que ustedes se alimentan más de una vez al día, cuando nosotros podemos pasar largos periodos sin probar bocado, sólo durmiendo. Y el agua es un factor indispensable en su cotidianidad. Es inexcusable que lo no haya previsto. Mis sinceras disculpas, querido Bilbo. – el dragón exhaló una nubecilla de vapor, pensativo, mirando a su alrededor. – Transportar alimentos es una tarea poco complicada, ¿pero agua? Se requerirá de ingenio para hacerlo, claro. Nada que no pueda solucionar. Veamos…

Smaug escaneó con la mirada el recinto, buscando furtivamente entre los montones de tesoro algo que le fuese de utilidad. Bilbo, por su parte, apenas podía creer las palabras del dragón. Al acceder a sellar el trato con su presencia en la Montaña, jamás se imaginó que el Temible Smaug fuese a resultar tan cordial anfitrión y tener tantas atenciones con él. Y ahora, estaba consternado porque hubo descuidado algo en lo que Bilbo ni siquiera se había tomado la molestia de pensar.

- ¡Ajá! ¡Ahí está! – la repentina exclamación del dragón aureorrojizo sobresaltó al distraído Bilbo, quien volvió su atención hacia el objetivo de Smaug. – Eso servirá, seguro.

El dragón se inclinó hacia el montículo de tesoros más lejano y tomó entre sus fauces un objeto que Bilbo no alcanzó a reconocer a simple vista.

- Se trataba de un baúl de hierro – insignificante para Smaug, pero seguramente de buen tamaño para Bilbo – forjado por los mismos enanos; el material exterior estaba diseñado para resistir la poderosa flama del dragón. Sin embargo, su antiguo contenido no corría con la misma suerte.
Dicho baúl habría formado parte, hace algún tiempo, del precioso lecho de Smaug – sin que éste lo supiese –; hasta que un buen día, lo halló extremadamente incómodo y arrojó lejos al causante de su descontento. Mas, al estar tanto tiempo bajo el abrazador calor emanado por el dragón aureorrojizo, todo el oro que se albergaba dentro del pequeño baúl se había fundido inevitablemente, sirviendo ahora como una cara recubierta interna al interior del baúl.

Bilbo, por su parte, no conseguía comprender qué utilidad podría encontrar el dragón en dicho objeto; pero, luego, pensó que tal vez así le resultaría más sencillo transportar lo que sea que planeara llevar consigo, incluyendo algún líquido vital, como agua.

Depositando el cofrecillo de vuelta en la superficie, de modo que le fuese posible hablar, Smaug se volvió a Bilbo.

- Ahora, traeré lo que necesitas, querido hobbit mío. – enunció, con su voz reverberante. – No cometas imprudencias, ni intentes salir de la Montaña en mi ausencia. Dudo que encuentres salida viable, de cualquier forma. Quédate aquí, que volveré pronto.

Bilbo se limitó a asentir, sabiéndose incapaz de realizar dichas acciones, ya que temía al dragón lo suficiente como para arriesgarse a su tempestuosa ira. Sin más, Smaug tomó nuevamente el baúl de hierro en sus fauces, y desapareció a través del umbral que llevaba a la mazmorra contigua, donde resguardaba el preciado Anillo Único.

Con el objeto metálico sostenido en su boca, Smaug se arrastró dentro de la vacía habitación, yendo directamente a buscar el anillo para colocárselo en la garra menor y así poder escabullirse sin ser visto.


Knock. Knock.

Los nudillos del enano llamaron imperativamente a la puerta de dura madera, de manera casi desesperada. Thorin y compañía aguardaban frente al pórtico de la modesta casa del barquero que los hubo ayudado a cruzar Lake-town sin problemas.

¡Valar, si el líder de los enanos se estaba impacientando! ¿Dónde se había metido ese condenado humano, y por qué no les abría la puerta de inmediato? Estaba a punto de golpear nuevamente, cuando ésta se abrió apenas un poco, para que una figurilla no más alta que cualquiera de los enanos presentes se asomara por la estrecha abertura. Sus rasgos suaves, ingenuos y algo vacilantes denotaron que se trataba de un infante.

- ¿Sí? – habló con voz chillona.

- Yo soy Thorin Oakenshield, y busco a Bard el Barquero. – declaró el enano, con firmeza y seriedad, intimidando a la pequeña cría de hombre.

- ¡Pa'! – llamó una asustada Tilda, corriendo de vuelta al interior de su casa, buscando a su padre que se encontraba entonces en la cocina.

El hombre se reunió con la niña de inmediato.

- ¿Qué pasa, Tilda? ¿Quién es?

- ¡Enanos! – replicó ella.

Bard se irguió, pasando de largo a su hija, y se apresuró a alcanzar la puerta a medio abrir, encarando a los trece enanos fuera de su hogar. ¿Pero qué…? ¿Por qué motivos habrían vuelto Thorin y compañía?

La última vez que los hubo visto, fue cuando los guio hasta las afueras de Esgaroth, y ellos emprendieron el camino que los llevaría directo a la Montaña Solitaria. Y, era de observarse, los enanos viajaban con un hobbit por acompañante – con fines desconocidos para él, siendo franco –, mismo que ahora se presumía ausente. Por supuesto que no hallaba explicación alguna a su pronto retorno al pueblo de Dale. Sobre todo, cuando éstos se presentaban con las manos vacías.

- ¿Qué están haciendo ustedes aquí? – cuestionó, mirando indiscretamente en todas direcciones, alarmado ante el hecho de que alguien pudiese haberles visto.

- Nos brindaste tu ayuda una vez, y ya te prometimos una parte de nuestro tesoro, – recordó Thorin. – por lo que agradeceríamos tu hospitalidad de nueva cuenta.

- ¿Hospitalidad? ¿Qué quieren decir con eso? ¿Y qué pasó con el Dragón?… Pasen, rápido, y díganme qué traman.

Los enanos se adentraron en la humilde vivienda de Dale, una vez más, y luego procedieron a contar al buen Bard lo ocurrido en la Montaña Solitaria y el trato que hicieron con el Dragón. El hombre parecía sumamente sorprendido, y tan afectado por el dichoso acuerdo como los enanos mismos, puesto que el riesgo de un ataque inesperado por parte de la bestia bajo la Montaña latía imperioso sobre la gente de Dale.
No querría arriesgarlos a todos a una segunda catástrofe a causa del despiadado fuego del Dragón. Y, por esto mismo, los enanos tenían cierta garantía de que Bard les concedería su apoyo en cuanto a deshacerse de la terrible bestia concernía. No había quienes odiaran tanto a Smaug como los enanos mismos, sino los pueblos de Laketown y Dale, que hubieron sido devastados a su costa.

Por supuesto, Thorin se aseguró de omitir todo detalle y conversación que pudiese exponer su verdadero sentir respecto al pequeño saqueador de su compañía – inclusive, fue cuidadoso con su semblante, a modo de no denotar nada demasiado 'evidente'. Él estaba más que dispuesto a recuperar lo que le había sido robado: la Montaña, la Piedra del Arca, el trono de Erebor, el tesoro y Bilbo.


- Hela aquí, el agua prometida. – anunció Smaug, hinchando su pecho con orgullo. – La herví en el camino para limpiarla para ti. Deberás esperar un rato a que se enfríe.

Bilbo parpadeó, mirándolo perplejo. Abrió la boca para contestar algo, pero no halló voz en su garganta. Era increíble la amabilidad del dragón para con él, la delicadeza que tenía para realizar tan considerados gestos.

El hobbit se acercó, vacilante, hacia el improvisado recipiente. Efectivamente, el agua bullía en su interior, como si ostentase vida propia. Admirado, y sintiendo el clamor de su garganta por probar gota de aquella agua, Bilbo elevó sus brillantes ojos azules hacia los de Smaug.

- ¿Por qué eres tan generoso conmigo? – le preguntó, incrédulo.

Smaug esbozó una amplia y afilada sonrisa de dragón.

- Porque, mi querido Bilbo, tú eres mi invitado de honor.

Bilbo no supo qué contestar a esto. Simplemente bajó su mirada de vuelta al cofrecillo de hierro forjado, sintiendo las mejillas arder. Parecía que se le estaba haciendo costumbre, o posiblemente era debido al calor sofocante que hacía dentro de la mazmorra.

Relamió sus labios nuevamente, sintiendo la garganta seca. No podía negarlo, se sentía terriblemente intimidado por el dragón, estaba asustado. Y buenas razones tenía para estarlo. Le inquietaba la manera en que lo miraba, como si esperara el momento indicado para devorarlo entero. Tratándose de dragones, uno nunca podía estar seguro. Menos aún si de Smaug se hablaba. Después de todo, temerle al dragón era lo más listo que Bilbo podía hacer. Al menos, no podía perder el instinto de supervivencia tan fácilmente.

Y, evidentemente, la vacilación del diminuto hobbit no pasó desapercibida ante los flamantes ojos del reptil aureorrojizo. No obstante, optó por no decir nada al respecto ni esforzarse en cambiar su perspectiva por el momento. A veces, era mejor ser temido. No recordaba haber sido tratado ni visto de otra manera. Era el último Dragón de Fuego, después de todo.

- Hazla durar. – dijo Smaug, con su poderosa voz barítono que hacía al hobbit estremecer. – No puedo permitirme abandonar la Montaña tan seguido, por lo que deberás administrar las provisiones que te proporcione de manera prudente.

- Claro, señor Smaug. – replicó Bilbo, sin mirarlo, su voz siendo apenas un hilo.

- Y no quiero que te alejes demasiado, ni abandones la habitación en mi ausencia. Ya te daré el tiempo de explorar las otras habitaciones más adelante. Por ahora, mantente cerca. No querrás que vaya a buscarte de no ser así.

Bilbo tragó en seco, sacudiendo la cabeza.

- No.

El dragón sonrió, satisfecho.

- Muy bien. Ahora, bebe. Mi intención no es matarte de sed ni mucho menos. – bromeó, arrastrándose cadenciosamente hacia su lecho predilecto, acomodándose y recostándose en él. – Y siéntete libre de hacerme saber si necesitas alguna otra cosa, querido hobbit mío.

El pequeño aludido consideró innecesario responder a ello, por lo que optó por no hacerlo. De todas formas, no habría conseguido proferir sonido alguno ni aunque así lo hubiese deseado.

No cabía duda de que Smaug el Dorado era realmente impredecible. ¿Qué tantos secretos escondería esa criatura? ¿Cuáles eran los misterios detrás de él? ¿Era verdad que se trataba del último dragón de toda Arda? Resultaba una idea aliviadora y triste, según se le viera; aliviadora porque, evidentemente, no habría más dragones que enfrentar; triste porque se hablaba de la extinción de una especie entera. Aunque, desde el inicio de los tiempos, ¿no habían sido los dragones creados con fines malignos, por la más oscura de las magias? Contradictorio, efectivamente.

Y, claro, también estaba ahí otra importante cuestión: ¿por qué Smaug se empeñaba en mantenerlo encerrado en la Montaña Solitaria? ¿Compañía? No, estaba bastante seguro de que no se trataba de eso. ¿Desde cuándo a los dragones les importa o no estar solos? Este asunto era por Thorin, todo era por Thorin y el maldito oro. ¡Al demonio el oro! Bilbo solo deseaba salir de allí y volver a su cómodo y seguro agujero-hobbit, sin ninguna estúpida aventura no deseada, ni ningún estúpido invitado sorpresa. ¡Nada de sorpresas, ni de trucos, ni de misterio! ¡Nada de magia! Y maldito sea el mentado Anillo Único. Si tan solo lo hubiese dejado allí, en la oscuridad de los túneles de los trasgos… ¡Cuántos problemas se habría ahorrado!
O, posiblemente, habría muerto ya de no ser por él. ¿Qué resultaba mejor, de cualquier forma, si se hallaba ahí aprisionado por un caprichoso dragón? ¡Oh, cómo añoraba su cama! Necesitaba de una buena taza de té caliente, y pronto.

'No seas imbécil, Bilbo. Sólo haz lo que te diga, no cometas imprudencias, no te hagas notar. Tarde o temprano se olvidará de tu presencia, y te podrás ir… Eso si no se aburre de ti antes… ¡Oh, por Gandalf! Que me deje salir vivo.', se decía el hobbit internamente. 'Al menos, tendrás una buena historia que contar a futuro'.

Y, mientras tanto, Smaug se cuestionaba – a la vez que observaba a su invitado de honor sumergirse en sus propias cavilaciones –, ¿cómo había sido posible que una criatura como Bilbo Baggins pudiese haberse resignado a una vida tan simple y ordinaria en la Comarca? ¿Cómo es que había pasado todo su escaso tiempo de vida allí, sin anhelar nada más que la comodidad de su agujero-hobbit, sin atreverse a cuestionarse siquiera sobre el exterior? Él, que evidenciaba ser un ser tan distinto a su especie, siempre curioso, tan independiente, y tan hambriento de aventuras.

Nunca dejaría de sorprenderse debido a aquel minúsculo ser. Su exótica existencia ya era, de por sí, fascinante para el dragón. Y su compleja e impredecible persona solo conseguía acrecentar el interés del tempestuoso Smaug. ¿Cómo podría apartar sus iridiscentes ojos de aquél ser tan curioso y novedoso para él? ¿Cómo no estudiar hasta el más insignificante de sus movimientos, sus gestos y reacciones, sus peculiares rasgos de hobbit, teniéndolo allí enfrente, ofreciendo un espectáculo exclusivo para su propio deleite?

No obstante, desvió la mirada. No pretendía atemorizar demasiado a su pequeño invitado; no, al menos, si planeaba ganarse su confianza algún día. Los eventos tomarían su debido tiempo, por supuesto. Y tiempo tenían suficiente – aunque no tanto como hubiese deseado, sin embargo, pero bastaría. No se precipitaría a nada; tomaría las cosas con calma, sin prisas ni presiones para con Bilbo. Indagaría en su vida moderadamente, lo observaría y aprendería de él tanto como le fuese posible antes de atreverse a realizar cualquier movimiento. No podía permitirse dar un paso en falso, en absoluto. Tantearía el terreno, sería amable y hospitalario, atento con su querido hobbit, y ganaría su confidencia eventualmente. Oh, lo haría.

Porque cuando algo llama la atención de Smaug el Dorado, lo consigue a cualquier costo. Y esta gema exótica, este maravilloso y diminuto hobbit, un simple saqueador traído por los ruines enanos, había logrado hurtar precisamente su más pleno interés. No lo dejaría ir tan fácilmente, no ahora que lo tenía bajo su poder, de alguna manera. ¡Thorin Oakenshield encontraría la muerte antes de recuperarlo, de eso Smaug estaba seguro, o dejaría de ser el temible Dragón bajo la Montaña!

El tercer gran sorbo de agua descendió por su irritada garganta tan gloriosamente como el primero, apaciguando las llamas de la sed en su interior. Bilbo suspiró, relamiendo sus labios para absorber hasta la última gota. Había tomado prestado un copón de oro de entre los interminables montones de tesoro, a modo de beber el agua que el dragón le había brindado tan generosamente.

Los ojos de Bilbo se resistían a abandonar la imponente silueta refulgente de Smaug, que desde hacía rato dormitaba plácidamente sobre su lecho, emitiendo guturales ronquidos. A pesar de la tan marcada hospitalidad mostrada de parte del dragón aureorrojizo, Bilbo no se podía fiar tan deliberadamente de él. Algo le decía que sus intenciones no eran las que a simple vista representaba.

Se bebió al menos otro par de copones enteros de agua, sintiendo su pequeña barriga saciada completamente. Se dejó caer sobre el oro y gemas, donde se había instalado ahora y había convertido en su pequeño lecho, a prudente distancia del exuberante Smaug.

La majestuosidad de aquella bestia jamás dejaría de impresionar al pobre Bilbo. Y es que ninguna otra criatura podría compararse con tal esplendor, con su grandiosidad. Si Bilbo hubiese conocido a los dragones en sus mejores épocas, no habría pensado igual, seguramente. Pero, al no ser así, Smaug siempre le resultaría el dragón más impactante y admirable de todos en Arda.

Los párpados comenzaban a pesarle. ¿Qué hora del día sería allá afuera? ¿Qué estarían haciendo los enanos? ¿Habrían partido a Dale, de regreso a sus tierras con el resto de su gente? ¿Lo habrían abandonado? Dudaba que Thorin Oakenshield fuese capaz de dejar a un compañero atrás, sin motivo suficiente. O por lo menos, eso es lo que quería pensar.

Lentamente, el estupor del sueño principió a embargarlo, abrazándolo al igual que el candente vapor que danzaba en la atmósfera de la habitación, tintineando al compás de los ronquidos de Smaug – mismos que, de alguna forma, le servían de arrullo. Y así, se dejó navegar a la deriva del cansancio.

Una noche más concluida exitosamente. Una noche más que pasaba en la Montaña Solitaria al lado del legendario Dragón Dorado. Una noche que daría pie a muchas tantas noches más. Y no parecía ser tan malo, pensó, después de todo.


¡Hola, nuevamente, mis queridos lectores!

Lamento la demora. Últimamente he estado corta de tiempo para escribir... y de inspiración u_u'. Me disculpo por ello.

Éste capítulo ha sido terriblemente corto, lo sé. Mi intención era extenderlo un poco más, pero decidí que no quería dejarlos esperando por más tiempo, así que lo dejé como estaba y me apresuré a subirlo. Confío en que el próximo será más extenso, o eso intentaré.

Agradezco a todos por seguirnos. Espero que la historia sea de su agrado.

¡Gracias por sus lecturas y sus Reviews!

Nos leemos luego ;)

~ ¡Salutacionesess! xx