¡Lo siento tanto!

Saben, sé que no hay excusa por tardar tanto, pero estos meses que no publiqué estaba en las últimas de la universidad y no me daba tiempo ni de escribir con tanto trabajo que nos dejaban, pero ya soy oficialmente Licenciada en Ciencias y Técnicas de la Comunicación :3

Bueno, basta. Aquí está el capítulo 7 y lo dejé más largo que los demás para compensarles un poco el tiempo de ausencia. Espero que supere sus expectativas.

Disclaimer: Ni Frozen ni sus personajes me pertenecen, todos son propiedad de sus respectivos creadores y de Disney.

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Los barcos se acercaban al enorme puerto a cada segundo, los encargados del mantenimiento y guardias costeras del reino se encargaban de la gran llegada de la nobleza que se había encargado de presenciar la coronación de la nueva reina de Arendelle. Unos cuantos súbditos y habitantes del lugar esperaban ansiosos las noticias del nuevo acontecimiento.

Era bien sabido en todos los reinos aliados y los alrededores, las atrocidades que había cometido la reina Elsa ante el descubrimiento y descontrol de sus mágicos poderes y como el enorme reino y alrededores que conformaban las Islas del Sur, no querían perderse de detalle alguno del hechizo lanzado en aquel lugar.

Las noticias volaban a pesar de las grandes distancias que separaban los reinados y era bien sabido el violento clima que se vivió la semana entera en Arendelle.

¡El príncipe Hans se aproxima!— gritó una de las jóvenes mujeres a las demás con las que esperaban impacientes en el lugar.

El barco que transportaba al noble príncipe Hans se aproximó al puerto para desembarcar y algunos curiosos se aproximaban para ser testigos de primera mano de la llegada del hijo del rey, pero las escoltas que custodiaban el puerto extrañaron a los habitantes del lugar, pues aunque era normal presenciar la seguridad que se hacía cargo del cuidado de algún noble, era extraño que escoltaran al treceavo príncipe de las Islas del Sur con las manos tras la espalda y detrás de él, uno de los consejeros más confiables del rey Eddard.

¿Por qué traen al príncipe esposado?— Comentó uno de los costeros que se encontraban de casualidad en el lugar.

Miren, el príncipe Hans.— Comentó una voz señalando las cadenas que rodeaban sus muñecas.

¿Cómo se atreven a tratarlo de esa manera?— Chilló escandalizada otra mujer a lo lejos.

Murmullos siguieron uno tras otro y los guardias se hacían cargo de llevarlo a uno de los carruajes reales para dirigirse al palacio. Hans no había mencionado ni una sola palabra en el camino por el puerto, pero mantenía su cabeza en alto sin ninguna pena y escuchando las voces de la gente a lo lejos.

Dos horas después

Se encontraba Hans, el rey Eddard, la reina y dos de los hermanos mayores del joven príncipe en una enorme habitación y altas paredes, los lujos del lugar opacaban por completo la presencia de ambos príncipes más grandes que sólo escuchaban sin emitir un solo sonido.

¿Cómo te has atrevido a cometer tal atrocidad?— Dijo molesto el rey de las Islas del Sur dirigiéndose a su hijo menor, mientras dos de sus hermanos mayores lo observaban con desaprobación. —¡Esto es una vergüenza!

Hans escuchaba las severas palabras de su padre sin responder a alguno de sus comentarios o siquiera tratar de defender el porqué de sus acciones, aunque el mismo sabía que lo había hecho por capricho y avaricia a pesar de negárselo él mismo.

Siempre dejas en vergüenza el nombre de esta familia, eres una deshonra.— Reclamó. —Tú no eres mi hijo.— Sentenció por fin obteniendo la atención del príncipe Hans mientras le dirigía una mirada de genuino rencor.

¡Ed…!— Trató de intervenir la reina.

¡No te atrevas a defenderlo! Haz llegado al límite— Dijo dirigiéndose de nuevo en Hans. —Es suficiente.— Dijo más tranquilo y se dirigió a la silla que se encontraba detrás del enorme escritorio al fondo del salón para tomar asiento por primera vez en todo ese rato.

El pelirrojo seguía de pie frente a él sin emitir un solo ruido, pero continuaba con la mirada de enojo dirigida a su padre.

Leonard— Llamó al pelinegro que se encontraba a su lado, su hijo mayor de inmediato acudió. —Llama a Finch, que parta de inmediato a Arendelle… Que trate de arreglar el asunto y que evite el rompimiento del tratado comercial.— Ordenó fijando su vista en Hans.

Sí, padre.— Dijo partiendo hacia la salida de la habitación, ignorando al pelirrojo cuando pasó justo a su lado. Salió y cerró la puerta tras de él y de nuevo el silencio reinó en la habitación. La reina trataba de mantener la calma y esperaba ansiosa a la sentencia que tendría a consecuencia de sus actos.

Llama a los guardias— Dijo a otro de sus hijos después de unos minutos y con la mirada cansada —Que lo lleven al calabozo, eso será todo por el momento hasta que se decida que se hará con él. Tendré que escribir a la reina Elsa al respecto.

Con sólo escuchar el nombre de la rubia platinada, le hirvió la sangre al príncipe al pensar que todo este suceso era por su culpa; mantenía firme su opinión de que todo estaría mejor sin la existencia de la "inútil" heredera de Arendelle, a pensamientos de Hans. Los guardias entraron apresurados a la habitación y encaminaron al príncipe a la salida, pero antes de salir, palabras de la boca del pelirrojo salieron llamando la atención de su padre.

Cuando te enteres de toda la verdad, te arrepentirás de la decisión que estás tomando. Esas palabras que salen de tu boca se convertirán muy pronto en cenizas.— Sentenció con veneno en sus palabras.

¡Sáquenlo de aquí!— Bramó el rey molesto levantándose de la silla, a lo que los guardias lo sacaron rápidamente de la habitación antes de que pudiera decir alguna otra palabra. Ambos reyes quedaron solos en el lugar y el rey se dejó caer pesadamente en su asiento. —Alys, no te atrevas a ir a verlo, te lo prohíbo.

¡Pero él es tu hijo…!

¡Él no es mi hijo! Es un traidor— Respondió bruscamente a lo que la reina salió del cuarto, no soportaba estar un momento más en aquel lugar. No pasó más de dos minutos cuando tocaron a la puerta donde se encontraba el rey.

Adelante.

Su majestad, ha recibido una carta proveniente de las tierras de Weselton, el mensajero me ha dicho que es de parte del duque y que es muy importante que la lea cuanto antes.

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"Eso fue hace casi un mes…" Pensó preocupada la reina Alys que se encontraba descansando en uno de los jardines del castillo en las calurosas tierras de las Islas del Sur. Las uñas de sus manos golpeaban con ansiedad la madera de la mesa mientras que dirigía una mirada hacia algún punto de la parte trasera del palacio.

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Hans será enviado al reino de Arendelle con una propuesta de matrimonio.Sentenció el rey sin dirigirle una mirada a la reina que lo observó totalmente sorprendida.

¡¿Pero qué estás diciendo?! ¿Por qué razón hiciste algo así?

Es una propuesta por el bien de ambos reinos— El rey calló al instante procesando las palabras que estaban a punto de salir de su boca —Nuestro gran amigo y aliado, el duque de Weselton ha venido hace unas horas para informarme acerca del estado actual de Hans.

¿De qué estás hablando?— Preguntó aún más desconcertada a su esposo, más no obtuvo respuesta inmediata.

El rey se dirigió al otro extremo de la habitación hasta dirigirse a la salida de esta, pero deteniéndose al instante. No se devolvió y mantuvo su postura dándole la espalda a la mujer.

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La verdad es que la reina nunca había confiado en ese tal duque aunque su esposo creyera ciegamente lo que le dijera, más aun al enterarse de los planes del rey después de su dichosa conversación.

Lo había notado antes y lo seguía notando aún, la avaricia de ese hombre lo cegaba por completo y por el reino volaron las noticias de la "traición" por parte del duque hacia la misma reina Elsa, aunque no pudiera confirmarlo, pero intuía que ese hombre era culpable; pensamiento que la hizo sentirse mal por su hijo Hans.

Nuevamente los recuerdos se acumularon en su mente y una conversación hace casi un mes se reprodujo en su cabeza.

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El silencio de Eddard terminó por hacer que por poco perdiera la paciencia que trataba de mantener, pero fue inútil al tener de única visión la espalda del rey sin dignarse a explicarse.

¡¿Por qué has hecho tal cosa como esa?! ¿No sabes todo lo que provocará la decisión que acabas de tomar?Cuestionó por fin.

Casar a uno de mis hijos con la segunda heredera del reino de Arendelle no es una mala idea para el reino. Incluso será beneficioso para él y esta familia.

Pero… ¿por qué?

Hans partirá dentro de poco. Serán tres meses de plazo hasta que el matrimonio sea anunciado en ambos reinos.

La reina lo observó tratando de descubrir lo que había debajo de todo ese plan, algo que el rey no le estaba diciendo. Trató de descifrar la mente de su esposo, pero lo desconocía en ese momento y no tuvo más opción que preguntar.

¿Por qué la princesa Anna?— Preguntó tratando de sonar más calmada. —¿Por qué la segunda heredera al trono y no la reina Elsa?— No le gustaron para nada las palabras que acababa de pronunciar, pues para ella sonaba como dando por menos el valor de la princesa de Arendelle, pero si quería descubrir que era lo que tramaba el rey de las Islas del Sur, necesitaba darle a entender que ahora estaba más calmada respecto aquella decisión.

¿Por qué no? Es hermosa, ella podrá darle una buena familia a Hans y unos bellos hijos y también es un buen vínculo para unir aún más ambos reinos.

La exasperación en la mirada de su esposa le dio a entender que sabía que escondía algo detrás de sus palabras y no dudaba en sacarle toda la verdad ahora.

Además ha sido una petición por parte de tu hijo. Al principio me negué y le he dicho que la reina Elsa es una mejor opción para él, que así podría convertirse en rey.— Dijo dando media vuelta para observar las llamaradas de la chimenea. —Igualmente tomé la opinión del duque, me sugirió que la princesa Anna sería una mejor oferta para él, así que he accedido.

¿Acaso crees que estás hablando de un objeto o un trofeo? Estás hablando de las hijas de nuestros amigos.

Y por eso mismo pienso que el trato es lo correcto.

La indignación en la mirada de la reina no se hicieron esperar, algo que por supuesto, el rey no notó, pero al mismo tiempo pudo averiguar algo de información que estaba buscando aunque inmediatamente supuso que no sería todo, pero notó que a pesar de la insistencia su esposo ya no estaba dispuesto a hablar.

Espero que sepas lo que haces.

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Alys estaba preocupada por su hijo, pero también estaba preocupada por el embrollo que se estaba desarrollando en torno al asunto.

De inmediato llamó a una de las chicas que atendían en el castillo y que la acompañaban en los jardines.

—Prepara papel, tinta y el sello real.— La joven se apresuró a conseguir los materiales y un suspiro se escapó de los labios de la reina de las Islas del Sur.

"Tendré que hacer una visita a Corona."

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Kristoff se levantó apresurado esa madrugada, se encontraba totalmente ansioso y no estaba de más, pues hace unas horas había tenido un pequeño conflicto con Anna y la culpa lo había estado persiguiendo durante la noche.

"La he rechazado." Se decía él mismo una y otra vez. Había observado el rostro afligido de Anna aquella noche y la tristeza que dejó salir cuando Kristoff había rechazado implícitamente aquella muestra de afecto. No hubiera sido la primera vez que la besaba, pero había sentido una gran opresión en su corazón cuando ella se lo pidió de esa manera.

Bésame.

Dejó escapar un fuerte quejido frustrado de sus labios y pasó ambas manos por su rostro. Se encaminó hacia la única ventana en su habitación y observó las oscuras calles de Arendelle apenas iluminadas por las luces boreales de las montañas, de pronto un pequeño recuerdo vino a su mente.

"La tienda de juguetes."

—¡Lo tengo!— Se dirigió a uno de los cajones que se encontraban en el gran armario y sacó un pequeño saco que cabía apenas en la palma de su mano. En su cama dejó caer los objetos que se encontraban dentro del saco y el sonido metálico se escuchó y el rubio se dispuso a contar las monedas que se esparcieron sobre la superficie.

—Creo que es suficiente.— Se dijo pensativo y colocó las monedas en su lugar; se preparó y se vistió con las ropas que utilizaba para realizar su trabajo en las montañas. Tomó por último el saco de dinero, miró el reloj y salió de la habitación.

Eran apenas las cinco de la madrugada y Kristoff pasó un rápido vistazo a la puerta de la habitación de Anna y se acercó a ella dispuesto a tocar, pero arrepintiéndose en el acto.

—Debe estar dormida, aún es muy temprano.— Dijo pero una sonrisa adornó su rostro.

"Arreglaré las cosas con ella cuando regrese, además…" Pensó recordando aquel hermoso objeto que vio en aquel local hace unos pocos días y se dijo que sería un regalo perfecto para Anna. Se alejó por el pasillo para poder salir, encontrarse con Sven y dirigirse a su último trabajo por los próximos tres meses.

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Pasaba de más de medio día y una gran cantidad de barcos se acercaban a los puertos de Arendelle, varias banderas de distintos colores y símbolos se podían apreciar a la lejanía y fue algo que los habitantes del reino pudieron notar. Varias personas se acercaban para ver que sucedía a los alrededores y curiosos dejaban de realizar sus trabajos y otros cuantos de atender algunos puestos y locales.

—¿Qué es lo que sucede?— Se preguntaron algunos hombres que trabajaban cerca de la costa.

—Son barcos reales de otros reinos— Dijo otra persona.

—¡Ese proviene de Corona!— Mencionó una joven señalando el barco con el distinguido símbolo dorado.

—Esos son barcos provenientes de Andalasia y de Fiore.

—Espera, todavía hay más barcos aproximándose.

—¿Qué sucede aquí?— Se preguntaron varias personas al ver la gran cantidad de navíos acercarse a las costas de Arendelle y aún confundidos pues no tenían conocimiento alguno de algún baile o cena real. La coronación de Elsa no llevaba tanto tiempo de haberse llevado a cabo, lo que provocó más polémica entre la curiosa gente que se acercaba a los puertos.

El bullicio de la gente fue haciéndose más notorio y guardias reales del palacio rodeaban los puertos para controlar el orden del lugar.

Mientras tanto las personas encargadas de las guardias costeras se preparaban para la llegaba de los miembros reales y consejeros de otros reinos, llamando varias escoltas que llevarían a los aliados ante la reina Elsa.

—Su majestad, ya han llegado la mayoría de los convocados a la reunión.— Informó uno de los sirvientes del palacio a una presionada Elsa que aún mantenía varios discursos en sus pensamientos para poder llevar a cabo su presentación en la reunión.

—Por favor llévenlos a la sala de reuniones, me dirigiré ahí ahora mismo.

Con un asentimiento de cabeza, el hombre se retiró de la oficina dejando unos pequeños minutos de paz a la reina que mantenía una postura un poco encorvada y frotaba constantemente ambas manos. La rubia vestía un vestido largo de un color azul grisáceo y algunas piedras brillantes adornaban la parte superior de su pecho con suaves encajes dorados en la parte baja de la falda; un peinado formal como aquella vez en su coronación y el pequeño adorno en su cabello representando la corona. Se dirigió a uno de los cajones del escritorio que se encontraban en el estudio y sacó un par de guantes azules.

—Tranquila Elsa, no dejes que los nervios te controlen, no los necesitas— Dijo observando el par de guantes y temió por un momento llegar a estar igual que hace un mes y años atrás, donde tenía que esconder sus poderes de todos y donde tenía que usar los guantes para controlarlos. —No dejes que cunda el pánico. Todo va a estar bien.

Dio por último un largo suspiro al mismo tiempo que se colocaba el par de guantes en sus manos desnudas y se dirigió a la habitación donde llevaría a cabo la reunión para recibir a sus invitados.

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La chica pelirroja llevaba bastante tiempo despierta, el sol ya se colaba casi en su totalidad por su ventana, pero ella permanecía quieta en su lugar, sentada sobre la cama, mientras abrazaba sus piernas con ambas manos y la mirada perdida en algún punto de la sábana. Sus rebeldes cabellos caían con gracia sobre sus hombros y su rostro, raro en ella por sus extrañas posiciones para dormir, pero ese día era la excepción.

Aquella mañana, como nunca antes, se había levantado muy temprano para poder despedirse de Kristoff como había quedado consigo misma antes de dormir, pero cuando estuvo a punto de salir de su habitación para poder hablar con él antes de que se marchase, algo se lo impidió; sus pies se congelaron en el suelo frente a la puerta y la mano en la perilla, pudo escuchar una de las puertas de las habitaciones abrirse, suponiendo que era la de su novio para después escuchar sus pasos alejándose por el pasillo y escaleras abajo. Una inmensa ansiedad y miedo la atacó en esos momentos y por momentos sintió el rechazo del rubio, por lo que se dirigió nuevamente hacia su cama sin poder conciliar el sueño de nuevo.

Suspiró pesadamente antes de levantarse lentamente de la cama y con pasos tranquilos se dirigió a su armario, pues en lo único que pensaba en esos momentos era en poder prepararse y tomarse la mañana en soledad. Juró no desanimarse ante lo sucedido hace unas horas con Kristoff, pero también se dijo a sí misma que todo iba a estar bien, que sólo fue una pequeña confusión; se repetía una y otra vez.

Sacó del armario un vestido grisáceo desde la cintura hasta el pecho con un leve escote en este y unas tiras que cubrían una parte de sus hombros, la parte de la falda le llegaba justo arriba de los tobillos, de un color verde oscuro que era adornado muchos detalles bordados en él.

Al momento de observar el vestido, en sus pensamientos sólo llegó la imagen de la mirada del rubio cuando la observara y una sonrisa se formó en sus labios y los pensamientos optimistas de la noche anterior regresaron a su cabeza.

—Cuando Kristoff regrese, lo sorprenderé y saldremos a pasear por el pueblo juntos— Comenzó a decirse a sí misma mientras sostenía el vestido sobre su cuerpo, al mismo tiempo que daba vueltas por la habitación como si estuviera en uno de los bailes del palacio. —Todo va a salir bien y todo estará arreglado.— Terminó por decir mientras extendía la prenda por la cama para admirarla mejor hasta que pasos apresurados fuera de su cuarto la detuvieron en su tarea. Antes de dirigirse a la puerta, unas velas de barco que se observaban en el mar a lo lejos, llamaron su atención.

—Barcos… ¡Es cierto! Elsa.

Las miles de cosas que mantenía en su cabeza, había provocado el olvido de la reunión de su hermana con aliados y reinos vecinos, aunque no sabía con exactitud de que trataba todo el asunto pues su hermana no había querido dar muchos detalles, pero vería si era posible ayudar a Elsa con el recibimiento de los invitados, pero antes de eso, el sonido de su estómago interrumpió sus planes y rio apenada para sí misma.

—Creo que comeré algo primero.

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La suave melodía inundaba por completo la estrecha habitación. Una pequeña niña de castaños cabellos danzaba junto con la música que salía de la bella pieza musical y el calor que emanaba la improvisada fogata iluminaba tenuemente el lugar.

La mujer que se encontraba sobre la cama observaba a la pequeña bailar con una notable ensoñación, hasta que la melodía se detuvo por completo. La castaña dejó de bailar en la habitación y se acercó a la cama donde descansaba la mujer.

¿Ya te sientes mejor, mami?

Ahora lo estoy, mi cielo.— Contestó la pálida mujer seguido de una fuerte tos que no se detuvo por un buen rato, preocupando cada vez más a la pequeña.

¡Mami! ¿Estás bien? ¿Necesitas agua?— Cuestionó apresuradamente, provocando unas suaves y cansadas risas.

Madeline, acércate.— Pidió extendiendo su mano hacia su hija y la castaña hacía caso a su gesto. —Prométeme que pase lo que pase nunca perderás esa hermosa sonrisa en tu rostro; no permitas que tus sueños se vengan abajo y harás todo lo posible por salir siempre adelante.— Concluyó colocando su mano en el pequeño rostro de la niña dando suaves caricias.

Mami, pero ¿por qué…?

Promételo Madeline— Dijo apresurada la mujer con las señales de las primeras lágrimas en sus ojos. —Toma— Alcanzó la pequeña caja musical de la mesa y la colocó sobre las manos de la castaña con una sonrisa más tranquila en su rostro.

La niña la tomó y admiró aún más el objeto en sus manos, pues era un objeto hermoso para ella, el más bello que había visto en su vida. La base era de una forma esférica con diversos adornos azules en su base y también se veían trazos de pinceladas que trazaban un bello paisaje de montañas y copos de nieve en él, pero lo que más le gustaba era el hermoso castillo de cristal que se alzaba sobre la base, era algo sinigual, y algo que lo hacía más hermoso era la melodía que sonaba al momento de ser abierto dando paso a una pareja que portaban un bello vestido para la mujer tallada en el centro junto con el traje digno de un príncipe para el hombre, al mismo tiempo que bailaban al ritmo de la canción.

Ahora es tuyo— Habló por fin la mujer sacando de sus pensamientos a su hija que veía con anhelo la pequeña caja musical —Tu padre me lo regaló cuando éramos jóvenes, pero ahora quiero que tú lo conserves— La niña observó rápidamente a su madre al escucharla decir esas palabras. —Cuídalo muy bien por mí, ¿sí?— Preguntó suavemente a la pequeña.

Lo prometo mamá y prometo nunca abandonar mis sueños y prometo cuidarte siempre— Dijo más entusiasmada provocando suaves risas en la mujer que se encontraba en la cama.

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Sostuvo distraídamente el collar que colgaba en su cuello mientras observaba hacia un punto vacío de la ventana, pero el ruido rechinante de la puerta la sobresaltó.

—¡Niña!— Era Gerda que la llamaba escandalizada. —¿Qué haces aquí? Tenemos que apresurarnos que los invitados de su majestad están prontos a llegar.

—Lo siento mucho, iré a la cocina en estos momentos.— Dijo apresuradamente la castaña.

—Bien, deja ya esa distracción que estamos recibiendo a líderes y consejeros más importantes de reinos aliados, querida.— Comentó. —¿Qué haces en la bodega, por cierto?— Cuestionó la mujer a la joven Madeline que comenzaba a ponerse algo nerviosa por su presencia por haber sido descubierta.

—Na-nada, sólo… pensaba.

—Pues basta de eso por ahora, niña. Hay trabajo que hacer. Vamos, vamos.— Dijo por último tomando a la castaña del brazo de una manera firme pero delicada.

Ambas salieron de la bodega y se dirigieron rápidamente a la cocina que era el lugar que le tocaba a la chica atender, mientras que Gerda se apresuraba por alcanzar a las jóvenes que se encargarían de atender a los invitados en la importante reunión y según a palabras de Elsa, era de suma importancia que existiera la más grande atención de su parte.

Madeline se colocó el delantal y comenzó por encargarse de limpiar el suelo del lugar y acomodar los platos y las charolas en donde era debido, mientras que la cocina poco a poco se iba vaciando para poder transportar todos los aperitivos a la sala de reuniones principal de la reina. Pasaron unos cuantos minutos en soledad hasta que el estruendo de la puerta abriéndose la sorprendió por lo que volteó rápidamente hacia esa dirección, sorprendiéndose aún más por ver a la princesa Anna parada frente a ella.

—Oh, eres tú Madeline.— Dijo acompañada de una suave sonrisa y colocaba una mano sobre su pecho suspirando de alivio. —Pensé que no encontraría a nadie aquí porque todos están encargándose de la llegada de los invitados.— Concluyó acercándose un poco más a la chica.

—Oh, pues verá… Su Majestad amm— Comenzó con un poco de nerviosismo al ver a la joven princesa observarla esperando a su respuesta. —Yo sólo me encargo de la limpieza aquí… No estoy capacitada para atender a su majestad y sus invitados todavía.— Terminó más calmada, mientras continuaba con el labor que estaba haciendo antes de la interrupción, pero sin darle la espalada a la princesa.

—Ya veo— Comentó ella distraídamente, pero después de unos segundos rio suavemente y se dirigió una vez más a la castaña. —De casualidad habrá… Es decir, ¿algo por aquí que pueda comer? Tardé un poco más de lo normal arreglarme y bueno, tú sabes, con tanto ajetreo no he tenido tiempo de comer y tengo mucha hambre— Dijo esto último con mucha pesadez dejando entrever a la joven que Anna tenía razón. Estaba a punto de responderle, pero la joven pelirroja no la dejó. —Oh, pero no te preocupes, no necesitas atenderme ni nada por el estilo, no quise interrumpirte en realidad— Dijo algo apenada, algo curioso ante los ojos de Madeline. Ella era una princesa ¡Por Dios! Pensó para sus adentros, era obvio que si ella lo pedía, tendría que atenderla; si le pedía ayuda con algo tendría que hacerlo; si se le hacía una pregunta, ella tendría que responderla. El trabajo de un sirviente siempre dependía de las órdenes y necesidades del noble, pensó amargamente, más la actitud de Anna daba a entender que ella se lo decía de una manera totalmente sincera y sin exigencia, algo que hacía que Madeline pudiera hablarle con un poco más de naturalidad. —Sólo si hubiera algo, lo que sea que pudiera haber por aquí, estaría bien.— Terminó con una enorme sonrisa que le fue contagiada a la castaña, que devolvió la sonrisa también.

—Por supuesto su majestad, es decir, por aquí creo que ya no hay nada— Comentó apenada y el rostro de Anna se sumaba una expresión de decepción. —Pero en la bodega creo que podría conseguir algo para usted si lo desea, quiero decir, por supuesto que lo desea, si por eso vino hasta aquí— Dijo más nerviosa sin saber que más decir, por lo que optó por mejor salir de ahí a conseguir lo que la princesa quisiera.

—De acuerdo. Permíteme acompañarte— Dijo emocionada mientras se afianzaba al brazo de la castaña, provocando una reacción de genuina sorpresa y nerviosismo. —Si no te molesta claro, pero es que desde pequeñas, a Elsa y a mí nunca se nos permitió entrar ahí por miedo de mis padres a que acabáramos con toda la dotación de chocolate del castillo— Dijo acompañada de una risa mientras ambas se dirigían a la bodega. La castaña rio de vuelta por lo contado por la pelirroja y Anna con un poco más de confianza siguió con la anécdota. —De hecho, hubo una vez en la que ambas encontramos una enorme bolsa de chocolate en la cocina y claro, éramos unas pequeñas y no pensábamos bien en las consecuencias y no me refiero al regaño, sino lo que vendría después de comer kilos de chocolate.— Contaba mientras movía con gracia el brazo y mano libre y alzaba los ojos al aire recordando aquella vez en la que ambas enfermaron por comer tanto dulce. Algo que Anna nunca olvidaría, pero que creía volver a hacer, pero sin excederse en el consumo. —Después de eso, todo se mandaba a la bodega y nunca nos permitieron ir allí.— Terminó por fin su anécdota que era escuchada atentamente por Madeline que la observaba expectante. Sabía ahora que la princesa era más alegre y abierta que la reina, pues las pocas veces que había visto a la reina hasta ahora se le veía un carácter más frío y maduro e imaginándosela en esa situación era algo un poco difícil de creer.

—Eso es fascinante su majestad, una travesura al fin y al cabo, pero fascinante.— Dijo abiertamente a Anna que aún la sostenía del brazo hasta que se dio cuenta que habían caminado todo el trayecto a la bodega sin percatarse. —Hemos llegado— Sacó una llave de su bolsillo y abrió el gran almacén provocando un sonoro "wow" de los labios de Anna. —Si quiere algo en especial podría buscarlo con gusto, conozco donde se encuentran las cosas.

—Mmm, no lo sé— Respondió pensativamente colocando un dedo en su mentón pensando en las opciones que podría tomar para poder comer algo. Tendría que ser algo sencillo, pues no había tiempo para preparar algo sumamente especial por todo lo que ocurría pisos más arriba y tampoco quería molestar a Madeline con tanta cosa. —Algo sencillo podría ser…

—¿Qué tal unos sándwiches?— Comentó la castaña distraídamente, adivinando un poco los pensamientos de la pelirroja, pero de pronto el silencio reinó en el lugar dejando un ambiente un poco tétrico de paso, pues la luz que traspasaba por la pequeña ventana era algo escasa. Un quejido por fin se escuchó entre todo el silencio y después la voz de la princesa se escuchó algo baja.

—No, está bien. Será mejor que espere a la comida, creo que estaré bien por otro par de horas.— Comentó entre hambrienta y negativa, la verdad era que ni siquiera quería pensar en la palabra "sándwich" por mucho tiempo.

—No creo que eso sea lo correcto princesa, tiene que alimentarse bien— Dijo un poco alterada. —Podría prepararle otra cosa si gusta, ¿qué tal una ensalada?

—¿Estás segura? Creo que ya has perdido mucho tiempo trayéndome hasta aquí.

—No es nada, princesa. Estoy aquí para servirle.— Dijo calmándole un poco con una sonrisa en su rostro, algo que Anna le devolvió.

—Una ensalada estará bien.— Comentó la pelirroja más tranquila agradeciendo la sugerencia de la castaña, por lo que mientras la joven se encargaba de sacar alguno de los ingredientes que necesitaría, Anna se encargaba de ojear un poco los productos que se encontraban en aquella bodega. Desde frutas, verduras, queso y pan por un lado, pudo observar otra gran puerta que dividía esa bodega. —¿Hay más? Wow, que grande este lugar.— Se dijo a sí misma y por lo que pudo sentir aquella puerta dirigía a un cuarto más frío, pues la temperatura comenzaba a descender desde cierta distancia. —Debe ser aquí donde están las carnes y otros productos y tal vez…— En la mente de Anna pudo pensar en las cosas que podría encontrar detrás de aquella puerta y la imagen de algunos chocolates vino a su mente. —Madeline— Llamó a la joven provocando que la aludida volteara hacia su dirección. —De casualidad no sabes si aquí haya… Tú sabes, ¿chocolate?— Dijo lo último con un enorme brillo esperanzador en los ojos, mientras que una sonrisa emocionada se formaba en sus labios.

—Ese es el cuarto frío y pues, no se me permite entrar ahí…— Dijo provocando que Anna bajara la mirada algo desanimada. —Pero lo más seguro es que se encuentren conservados ahí.— Madeline observaba la mirada de decepción en los ojos de la pelirroja y por más que su cabeza le dijera que no estaba bien, decidió ayudarla en la pequeña travesura, después de todo pensó que tal vez no dañaría nadie que la princesa tomara unos cuantos chocolates, además si ella los quería, debía obedecer. —No creo que haga daño que tomemos unos cuantos para usted, majestad. Iré por algunos.— Dijo pasando a un lado de la princesa que se encontraba frente a la puerta.

—¡Genial! Muchas gracias, hace tanto que no comía uno. Desde la coronación de Elsa, más bien, pero eso ha sido hace un mes y eso es demasiado— Comentó la princesa en un tono totalmente serio que hacía que la castaña no se la quisiera creer, pero sonrió de todos modos. Abrió la puerta y ambas jóvenes dieron un paso dentro del lugar para buscar el dichoso producto, búsqueda que no duró demasiado, pues el hábil olfato de Anna había encontrado por sí solo el tan ansiado dulce. —¡Aquí están! Ya no podrán esconderlos de mí nunca más.— Dijo con una mirada traviesa mientras tomada unos cuantos y Madeline sólo la observaba tomar más de los que ella pensaba que haría.

—Eehh, princesa… ¿No cree que demasiado chocolate pueda hacerle daño?

—No te preocupes, tengo un estómago fuerte, además no son todos para mí— Dijo al fin dejando algo confundida a la chica. —Llevaré unos cuantos para Kristoff y Sven más tarde, aunque no sé si Sven pueda comer uno de estos— Dijo de una manera más pensativa, pues según lo que le había dicho el rubio una vez, es que había muchos productos que no debían comer los animales ya que creaban un daño mayor que a los humanos. —Tal vez sólo algo para nosotros— Respondió por fin en voz baja, pero siendo escuchada por la joven que seguía detrás de ella rogando que nadie entrara a la bodega. —También tomé unos para ti.

—¿Qué?— Dijo totalmente desconcertada la joven al mismo tiempo que la veía bastante sorprendida. Los de servicio tenían prohibido entrar a la bodega si no tenían el permiso o si no era absolutamente necesario y menos tomar cosas que no les pertenecían. La paga era muy buena y siempre comían en el palacio, pero no podían tomar las cosas por su propia cuenta, por lo que se alarmó y creyó incorrecto aceptar tal regalo de la pelirroja.

—Oh no princesa, no creo que yo pueda…— Respondió, pero fue interrumpida por Anna.

—¿No te gusta el chocolate? ¿Eres alérgica?

—No, no, es decir no lo sé— Se rascó la nuca un poco pensativa y prosiguió. —Nunca he probado el chocolate.

—¿Estás bromeando, verdad?

—¿Disculpe?— La voz extrañamente seria de la joven perturbó un poco a Madeline, pero duró poco ya que la risueña Anna volvió a sí inmediatamente.

—¡Entonces con más razón tienes que probarlo! Vamos, te va a encantar.— Salieron del cuarto frío y la tomó de la mano mientras ella cargaba una canasta con chocolates y Madeline cargaba las frutas y verduras para la ensalada. Fueron rápidamente escaleras arriba para dirigirse una vez más a la cocina. Anna se encontraba emocionada, pues quería observar el rostro de la joven al probar el chocolate por primera vez, algo que estaba segura no olvidaría nunca ya que según palabras de Anna, "No había nadie sobre la faz de la tierra que no le gustara el chocolate".

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La elegancia y porte de la reina Elsa deslumbró a los invitados por completo, porque a pesar de que era una joven muy hermosa, podía verse con claridad la enorme gracia que poseían sus movimientos, la calma iba con ella acompañándola en la reunión y no parecía que hace un mes hubiera ocurrido toda la catástrofe que había presenciado el reino de Arendelle.

—Agradezco mucho que hayan podido asistir a esta reunión que he convocado y espero que su estancia aquí sea placentera— Comenzó a decir mientras se paraba frente a la silla que se encontraba en el extremo principal de la gran mesa. —Una disculpa si la petición fue demasiado inesperada, pero no podía esperar mucho más tiempo por esto.— Terminó con un tono de voz más serio.

—Es un honor para nosotros ser partícipes de la reunión su majestad, al igual que la confianza que usted deposita en nosotros y esté segura de que cuenta con nuestro apoyo en lo que podamos ayudarle.— Habló por fin el rey que Elsa pudo identificar del reino de Andalasia, pues venía con ropas algo ostentosas y se trataba de una persona muy joven, podría decirse que con unos pocos años más que ella, había escuchado que no llevaba demasiado tiempo desde que él había sido coronado también.

—Se lo agradezco rey Edward.

—¿Y qué ese asunto que la tiene tan nerviosa, su majestad?— Habló una suave voz femenina. Todos la miraron expectantes a partir de ese momento, pues esperaban algunos pacientes y otros un poco más impacientes a las palabras de Elsa. Supo a partir de ese momento, que la reunión podría tardar un poco más de lo esperado, tenía tantas cosas que explicar y planes que detallar, pero lo más importante era poder convencerlos para obtener el apoyo que tanto necesitaba a partir de los problemas que surgieron con la petición del rey de las Islas del Sur.

—Seré lo más breve posible. Hace poco recibí una carta proveniente del rey Eddard de las Islas del Sur acompañado con un trato…

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—¡Ya veo las costas de Arendelle, su alteza!

—Las veo.— Contestó para sí mismo el príncipe Hans con una sonrisa malévola en su rostro, mientras se dirigía a los guardias que se preparaban para desembarcar y otros se encargaban de dirigir el barco cerca del fiordo, hasta que unos grandes objetos y banderas adornaron el panorama por completo y Hans frunció el ceño mientras contaba la cantidad de barcos que se encontraban cerca de la bahía.

—Siete, siete barcos en total. Por lo que veo nuestra querida reina tiene compañía.— Dijo molesto para sí mismo, pero después sonrió con malicia.

"Creo que puedo sacar provecho de todo esto, después de todo me esperaban dentro de unos cuantos días más. Esto será algo entretenido."

—Majestad, hay demasiados barcos cerca. Debemos rodear el puerto.— Dijo uno de los guardias.

—Me he dado cuenta— Respondió con sarcasmo, pero le dio el permiso con un solo movimiento de mano sin necesidad de emitir una sola palabra, mientras se dirigía al otro extremo del navío.

Por suerte, Hans ya tenía planeada una verdadera entrada triunfal al palacio de Arendelle y mientras menos personas los observaran llegar, sería una sorpresa aún mayor y él mismo se encargaría de disfrutar aquel espectáculo, en especial estaba ansioso por ver la sorpresa en la cara de Anna y el desconcierto en la de Elsa; molestarlas sería su prioridad y aunque él mismo pensara que eso sonaba como algo totalmente inmaduro, con sólo pensar lo que pasaría en tres meses era demasiado.

Pasaron unos cuantos minutos desde que se debió el barco para poder desembarcar en uno de los puertos de Arendelle y por lo que se veía, uno de los más desolados, puesto que a lo lejos se podía observar con claridad el pequeño puerto, unos cuantos botes que parecían ser pesqueros. Unas cuantas casas apenas se asomaban entre los fiordos y al cabo de un rato se detuvieron lo suficientemente cerca para poder tomar un bote y acercarse por fin a tierra firme.

—Smith, mira allá.— Señaló uno de los hombres que estaban a cargo de aquel puerto a su otro compañero. —Ese barco… ¿No te parece familiar?

—¿Qué?— El aludido observó el barco que se encontraba a unos metros de distancia y después pudo observar claramente como unos botes se acercaban a ellos. —No puede ser…— Pronunció después de reconocer a la persona que se encontraba a la cabeza de los botes seguido por otros cuatro. —Es el príncipe Hans de las Islas del Sur.— contestó asombrado el hombre llamado Smith a su compañero.

—Creí que el llegaría al menos en tres días más.

—Rápido, da aviso a la reina de que su "invitado" se encuentra en Arendelle.— Ordenó entre sorprendido y molesto el guardia resaltando la palabra invitado pues era ahora bien sabido que Hans no era bienvenido al reino después de lo sucedido y ya no era para nada un santo de su devoción. El compañero más joven se apresuró a dar aviso al palacio, mientras el hombre que quedó ahí se preparó para recibir al príncipe y sus acompañantes, y aunque no quisiera o valiera la pena, era un noble y debía ser tratado como tal según órdenes de la reina.

—Bienvenido a Arendelle príncipe Hans— Dijo con una leve inclinación de cabeza. —Creí que lo recibiríamos en unos cuantos días más.

—Los planes han cambiado.— Respondió de vuelta el pelirrojo con visible buen humor. —Nos dirigiremos ahora mismo al palacio, si no hay problema.

—Por supuesto que no, alteza. Permítame que los escolte al castillo.

—Oh no, eso no será necesario, conocemos perfectamente el camino.— Dijo con falsa amabilidad mientras era escoltado por los soldados que su padre le había otorgado para su seguridad en Arendelle. Conforme caminaba por las bellas y empedradas calles del reino, se encontraron con más curiosos de lo que esperaba ya que las calles estaban repletas de personas haciendo una que otra cosa de plebeyos, según pensamientos de Hans.

El bullicio no se hizo esperar y las personas en las calles fueron amontonándose para ver al príncipe de las Islas del Sur caminar tranquilamente por Arendelle sin una pisca de culpa o nerviosismo.

—¿Qué hace ese traidor aquí?— Se escuchó a lo lejos el comentario de uno de los aldeanos y muchos más le siguieron, más el pelirrojo caminaba como si no escuchara ninguno de sus comentarios, uno que otro altisonante que no se hizo esperar, haciendo que los guardias tomaran alerta por su alguno de los habitantes decidiera hacer algún tipo de movimiento.

—No pasa nada.— Se escuchó la voz calmada de Hans por delante. —Son sólo pueblerinos, no se atreverán a atacar, son demasiado pacíficos.

Y a decir verdad, él estaba de todo en lo correcto, el enojo en el ambiente era palpable, pero no se sintió algún movimiento aparte de eso, además de que se estaban conteniendo.

—¡No eres bienvenido aquí!— Se escuchó al último antes de llegar al puente que dividía al pueblo con la entrada al palacio, las banderas de la reina Elsa aún adornaban las lámparas del lugar, mientras estas se movían con gracia a causa del viento. Pudo observar que las puertas para ingresar al lugar estaban cerradas y con un par de guardias en cada lado de la entrada, algo que extrañó por completo al pelirrojo, pero una creciente burla apareció en su mente.

"Tal vez la muy cobarde decidió encerrarse de nuevo" Pensó, pero de pronto un conjunto de barcos en el puerto le hizo retroceder la vista hacia este y pudo observar con más detalle los estandartes que adornaban cada uno de ellos y de igual manera notó que estos pertenecían sólo a los aliados más cercanos a Arendelle.

"Vaya, vaya, pero que interesante."

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Ya estaba a punto de ser mediodía y Kristoff junto a Sven se encontraban ya de camino al palacio de Arendelle, mientras el rubio sostenía celosamente una bella caja de madera sobre su pecho. Había preferido llevarlo en sus manos que dejarlo en el trineo donde pudiera caerse o romperse puesto que ese sería un regalo que había adquirido especialmente para Anna.

—Ya estamos cerca, compañero.— Dijo el rubio con el buen humor por los aires olvidando el mal rato de lo ocurrido por la noche, algo que su amigo Sven había notado cuando fue por el en la mañana, pero ahora iba contento a su lado contagiado del buen humor de Kristoff. Después de escuchar las palabras de su amigo, el reno contestó alegre moviendo su cuerpo al mismo tiempo y apresurando más el paso empujando a Kristoff con él.

—Oye, oye tranquilo. El castillo no se va a mover.— Dijo, pero el conjunto de habitantes de Aredelle detuvieron su paso a unos metros del palacio preguntándose qué es lo que está sucediendo. —Tal vez los invitados de Elsa ya han llegado.— Comentó distraídamente el joven dirigiéndose a su amigo Sven, obteniendo un asentimiento de su parte, más la conversación de unas mujeres más adelante lo hicieron escuchar atentamente.

"¿Ha dicho algo sobre Hans?" Pensó interesado el joven, abriéndose paso entre la gente.

—Es cierto, es el príncipe Hans de las Islas del Sur, ¿pero qué es lo que hace en Arendelle?

—¿Cómo es posible? Él no es bienvenido aquí.— Dijo escandalizada la otra mujer.

Kristoff no sabía que era lo que sucedía y aunque él era bastante alto, el tumulto de gente frente a él no le permitían acercarse más a las cercanías del palacio para ver qué era lo que ocurría. Siguió avanzando más entre la gente y el sonido ensordecedor de sus voces se hizo más presente; gritos de desprecio se escuchaban a lo lejos y palabras que no debían ser mencionadas eran escuchadas de igual manera.

—¡Traidor!

—¡No eres bienvenido aquí!

Pudo notar más adelante que algunos guardias que se encontraban patrullando las calles por mantener la seguridad en el palacio por los nobles y reyes que se encontraban dentro, se acercaron para contener a las personas que comenzaban a acercarse peligrosamente al príncipe. Un empujón lo hizo retroceder y su corazón se detuvo por un segundo al sentir que la caja en sus manos por poco se le iba de las manos, logrando retenerla en sus manos.

—Vamos amigo. ¡Disculpen!— Gritó un poco haciéndose paso entre la gente para acercarse a la barrera de guardias que se formó unos segundos antes. —Disculpen. ¡Oiga! Déjeme pasar, soy Kristoff Bjorgman.

—Ah señor Bjorgman— Reconoció uno de los guardias. —Denle paso al joven— Ordenó a sus compañeros para dejarlo ingresar al inicio del puente que dividía el pueblo y el palacio. —Adelante, por favor.

—Gracias— Respondió dándole unas palmadas en el hombro mientras avanzaba junto con Sven dejando el trineo al cuidado de unos guardias.

Avanzó unos pasos y sólo pudo observar a lo lejos a varios soldados que estaban uniformados con ropas color tinto, avanzó con los nervios floreciendo por su piel dejando los gritos de las personas atrás, hasta que lo vio a él, a Hans; estaba entre los guardias que lo escoltaban a la entrada del palacio que se encontraba ahora con las puertas cerradas. Dirigió su vista al mismo lugar donde estaba dirigiendo la suya el pelirrojo y observó todos los barcos de los aliados de Arendelle y ahí comprendió todo, Elsa está en problemas ahora, pensó. Ese bastardo había llegado antes de lo acordado al reino y fue justo el tiempo en el que ella se encontraba con los aliados hablando de su plan para detener al rey de las Islas del Sur. Por lo que se dio cuenta en el príncipe que ahora le daba la espalda, es que no se había percatado de su presencia, pues siguieron avanzando hasta posarse frente a la entrada.

—Rápido Sven.— El reno no necesito nada más para caminar con paso apresurado al mismo lugar en el que se encontraban los guardias y Hans.

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—Entonces, ¿trabajas aquí desde pequeña?

—Así es princesa— Dijo nerviosa mientras observaba a una entretenida Anna cortando unas zanahorias que acompañarían la ensalada. —Su majestad, de verdad no tiene que hacer esto. Siéntese y yo le prepararé el resto.

—Por favor dime Anna y está bien, hacer esto es muy divertido.— Contestó con una enorme sonrisa mientras aceleraba su mano para cortar más rápido.

—Temo que vaya a hacerse daño, prince… es decir Anna.

—No te preocupes, nací lista— Comentó entusiasmada. —No pasará nada. ¡Auch!— Dijo tomando su dedo y después lo metía en su boca para lamer el área dañada. Observó de nuevo su dedo y la sangre aún seguía brotando de este.

—¡Princesa! ¿Se encuentra bien?

—No te preocupes, no ha sido nada.— Dijo tranquilizando a la pobre chica que no sabía que hacer ahora, hasta que vio que ella sacaba unas pequeñas venditas de su delantal junto a lo que parecía ser una cinta.

—Permítame— Dijo tomando el dedo de Anna y lo vendaba. —Eso detendrá el sangrado.

—Gracias.— Dijo observando atentamente el dedo vendado. —Es extraño ¿sabes? Nunca me había lastimado, al menos que yo recuerde o haber sangrado por alguna herida.

—Debe tener más cuidado.

Madeline le dirigió una mirada de alivio y Anna la devolvió. La chica era más baja que ella por lo que podía ver que tenía una diferencia de edad aunque no fuera así y por lo que le había contado de ella parecía que tenían la misma edad o aproximada.

El pensamiento de ambas fue interrumpido por unos ruidos que se fueron formando en las calles, algo que extraño enormemente a Madeline porque el castillo y en particular la cocina era un lugar algo apartado de la entrada al palacio por lo que supuso el ruido en la calle era aún más fuerte.

—¿Qué es lo que sucede allá afuera?— Dijo al mismo tiempo que se asomaba por una de las ventanas de la habitación, pero su acto fue interrumpido por el sonido del reloj marcando exactamente las doce en punto. —¡Ya es mediodía! Kristoff debe estar por llegar.— Se dijo emocionada sin prestar atención a la reacción de la chica que estaba con ella.

—Oh, el joven Kristoff— Susurró débilmente para asomarse discretamente por la ventana.

—No debe tardar, ¡vamos!— Anna tomó la canasta de chocolates en su mano izquierda y también a la joven castaña con su mano libre para dirigirla hacia la entrada del castillo.

Cruzaron por algunos sirvientes que se encargaban de limpiar el lugar y estaban de un lado a otro, dirigidos por Gerda y Kai para atender a los invitados, pero entraban estrictamente cuando eran llamados, ya que sabían que lo que se estaba hablando dentro de la sala de reuniones era algo confidencial.

Gerda de pronto escuchó unos pasos apresurados dirigirse a su dirección y pudo observar a Anna corriendo y el grito de Madeline llamó su atención percatándose de que la pelirroja la conducía por el pasillo para dirigirse a la entrada. Estuvo a punto de intervenir, pero un apresurado sirviente se acercó a ella para darle la noticia de la llegada de Hans.

—¡¿Qué?! Oh no— Exclamó hasta que recordó a la princesa dirigirse a esa dirección. —Ve por la princesa Anna, ¡ahora!— El sirviente se encargó inmediatamente de la orden, mientras Gerda entraba a la sala de reuniones para avisarle cuanto antes a Elsa.

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—Guardias— dijo Anna liberando a Madeline y alzaba una mano para llamar la atención de los guardias. —Abran las puertas por favor.

Madeline sólo se quedó plantada en su lugar sin saber cómo reaccionar, mientras veía a la princesa entusiasmada frente a la entrada. De pronto una punzada de nervios la golpeó sin sentido alguno y lo que siguió a continuación la dejó aún más paralizada de lo que se encontraba hace unos momentos.

—¡Kristoff!— Dijo entusiasmada la joven unos segundos antes de que las puertas del lugar se abrieran y se dirigiera a las personas que se encontraban frente a ella sin percatarse de quien se trataba en realidad.

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—Abran las puertas— Ordenó el príncipe Hans con notable superioridad.

Ambos guardias se observaron por breves segundos antes de responder a su orden.

—La reina Elsa ha ordenado que las puertas se mantengan cerradas hasta nuevo aviso.— Contestó tranquilamente a pesar de que frente a él se encontraba un miembro de la nobleza, pero ellos estaban conscientes de la persona frente a ellos y temían que no era apropiado permitirle la entrada al palacio por ahora.

—¿Perdón? ¿Escuché bien?— Dijo fingiendo no haber escuchado y con sarcasmo en sus palabras. —¿Me estás negando la entrada a mí, el príncipe Hans de las Islas del Sur? No creo que eso sea algo que te convenga.— Terminó de decir lanzando una dura mirada hacia el pobre guardia que había respondido, más este no se permitió doblegar ya que de cierta manera se encontraban en sus territorios y se sentían protegidos. Estaban a punto de responder hasta que las puertas detrás de ellos se abrieron de par en par dando paso a una joven pelirroja entusiasta queriendo hacerse paso entre los guardias.

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Kristoff apresuró cada vez más el paso junto con su fiel amigo Sven sin querer llamar demasiado la atención hasta que pudo escuchar que el pelirrojo ordenaba que las puertas se abrieran, siendo negada la petición por los guardias de la entrada.

Todo pasó en cámara lenta para el rubio pues las grandes puertas del palacio se abrieron paso y una joven de cabellos anaranjados logró traspasar la barrera de los guardias y se lanzaba apresurada a los brazos del joven que se encontraba frente a ella, haciendo que él detuviera su andar sorprendido.

—¡Por fin has llegado!— Su rostro se mantuvo pegada al pecho del joven con sus brazos alrededor de él, hasta que levantó su rostro para observar a quien pensaba que era el rubio. —Has tardado demasiado tiempo, Madeline y yo…— Se petrificó ante la imagen que se encontraba frente a sus ojos, pues los la mirada que le devolvió el príncipe Hans la dejó totalmente helada y confundida. Hasta que el cuerpo reaccionó quiso dar unos pasos atrás. —Hans…— Pero unos brazos se lo impidieron dejándola aprisionada con el cuerpo del pelirrojo haciendo que la canasta con chocolates cayera y cubriera el piso.

—Pero miren quien vino a recibirme, nada más y nada menos que la adorable princesa Anna de Arendelle, yo también te extrañe, ¿sabes?— Dijo seguido de una distinguida carcajada donde podía escucharse la burla escondida en ella y los guardias que lo acompañaban lo corearon con sus risas viendo la situación. —Veo desesperación en tus ojos, pequeña princesa. ¿Qué sucede? ¿Demasiado emocionada para hablar?

Anna no sabía qué hacer o cómo reaccionar hasta que en un intento desesperado por zafarse de su agarre trató de empujarlo lejos de ella.

—¡Suéltame!— Dijo desesperadamente por lo que los guardias que habían observado todo sorprendidos quisieron intervenir, pero Hans dio un paso hacia atrás junto a la princesa, mientras algunos de sus guardias los cubrían. —¿Qué pretendes? ¡Suéltame, Hans!— Gritó más fuerte, provocando una risa por parte del mencionado, pero fue interrumpido por una voz masculina detrás de ellos.

—¡Te ha dicho que la sueltes, bastardo!— Gritó Kristoff con fuerzas al observar por fin la mirada desesperada de Anna que hasta el momento no se había percatado de su presencia.

—¡Kristoff!— Dijo desesperadamente tratando una vez más de zafarse de su agarre, pero Hans la soltó de la cintura al mismo tiempo que la tomaba por las muñecas y se acercaba peligrosamente a su rostro. Se colocó de perfil para que el rubio los observara y de manera desafiante contestó:

—¿Y qué piensas hacer si no lo hago? ¿Golpearme?— Dijo después de observar a la asustada chica por un momento. —Guardias.— Dijo serio dando una orden con un ligero movimiento de cabeza, pero antes de que pudiera siquiera reaccionar un puño chocó en su cara sin darle tiempo a sus guardias de reaccionar, pero logrando tomar a Anna para que no cayera al suelo y se lastimara.

—Anna, ¿te encuentras bien?— Cuestionó viéndola directamente a los ojos, pero no contestó, en cambio sólo lo abrazó pegando su rostro a su pecho tratando de tranquilizar su respiración.

—Creí que eras tú y… Que tonta soy, actué impulsivamente, lo siento Kristoff, yo no quise…— Decía cada vez más rápido.

—Hey, Anna, lo sé. No te preocupes, todo está bien— Dijo correspondiendo su abrazo, sin despegar un ojo de Hans que era ayudado a levantarse.

—Maldito, ¡¿cómo te atreves?!— Dijo mientras observaba con rabia como Anna se encontraba en los brazos de aquel desconocido a los ojos del pelirrojo. —Esta la pagas.— Dijo acercándose peligrosamente a ambos jóvenes junto unos guardias detrás de él, haciendo que Anna volteara en dirección al príncipe, pero una femenina y dura voz proveniente del palacio llamó la atención de los presentes.

—¡Alto! ¿Qué sucede aquí?

—¡Su majestad!— Hablaron primero los guardias de la entrada dejando que pasara para que pudiera obtener una mejor vista del panorama.

Olvidándose un momento del dolor del golpe, Hans junto a sus guardias se alejaron de Kristoff y Anna que se encontraban más atrás, casi a la mitad del puente.

—Ah la reina Elsa en persona viene a recibirme. Primero el caluroso abrazo de la princesa y luego la bella reina de Arendelle, es un honor.— Dijo descaradamente haciendo una pronunciada reverencia frente a Elsa, que por momentos observó a Anna bastante sorprendida, pero ésta aún se encontraba refugiada entre los brazos de Kristoff, por lo que dirigió de nuevo su vista al recién llegado.

—Hans.— habló por fin tranquilamente sin dejar a la vista el creciente nerviosismo que comenzaba a sentir en aquellos momentos. Sus manos estaban cruzadas frente a ella dejando a relucir el par de guantes que cubrían sus manos. El mencionado por otro lado observó descaradamente a la reina con una sonrisa cínica en sus labios y dirigió su vista hacia sus manos al mismo tiempo que dejaba escapar una risa más calmada.

—Vaya, parece que no está todo bajo control por aquí, ¿verdad? Creo que he llegado en el momento correcto.— Dijo señalando las manos de la rubia y ella percatándose rápidamente de su mensaje, pasó sus manos hacia sus costados escondiéndolas un poco de la vista del pelirrojo.

—Pasa— Repondió ignorando las palabras del príncipe y le dio inmediatamente la espalda. —Pero sólo tú, los guardias se quedarán aquí por el momento. No quiero más escándalos en el palacio.— Dijo severamente deteniéndose un momento antes de retomar el paso hacia el palacio, pero después dirigió su vista a Anna que ahora la observaba más tranquila. "Luego hablamos" le dijo a su hermana con los labios sin pronunciar un solo sonido, pero fue algo que la princesa entendió perfectamente. Hans le dirigió una última mirada a la joven princesa que sintió la mirada en su nuca por lo que no pudo evitar regresársela y cuando lo hizo la sonrisa que el pelirrojo le dirigió le dio a entender perfectamente que esto aún no había terminado, pero ignoró por completo la fulminante mirada que el rubio le mandó.

La joven Madeline se hizo a un lado dejando pasar a la reina junto al príncipe Hans, pero él se detuvo un momento para observarla detenidamente, le dirigió una sonrisa y fue detrás de Elsa a paso tranquilo. Por otro lado el corazón de Madeline latía a mil por hora por todo lo que había presenciado en ese momento y recordó a la princesa por lo que a paso apresurado se dirigió a la entrada para asomar la vista hacia Kristoff y Anna que se encontraban juntos con Sven mientras que los guardias de Hans se dispersaban por el lugar, dejando el puente vacío.

Anna se separó de Kristoff y se dirigió lentamente a la canasta que estaba ahora en el suelo; observó con tristeza los chocolates ahora dispersados y uno que otro aplastado, en el piso. Suspiró, pero comenzó a recogerlos uno a uno.

—Princesa, por favor permítame, yo me encargo de recogerlos.— Dijo tomando la canasta de la mano de Anna.

—Gracias Madeline y lo siento, creo que probaremos el chocolate en otra ocasión, estos ya no sirven.— Dijo con una mirada apenada hacia la castaña.

—No se preocupe, habrá otra oportunidad.

El rubio sólo observó a ambas mujeres y se acercó a Anna, tomándola de la mano mientras la levantaba del suelo. La pelirroja se dejó llevar y se alejó de Madeline junto Sven y Kristoff.

—Quería sorprenderte hoy, pero parece que no salió como lo esperaba.

—Está bien Anna, ¿quieres entrar?

—¡No!— Dijo un poco exaltada, pero se corrigió inmediatamente. —Es decir, no, así está bien. Vayamos a otro lugar, no quiero estar aquí ahora.

—De acuerdo— Contestó para después dirigirse al reno. —Vamos Amigo.— Tomó a Anna de la cintura y la subió al lomo de Sven y los tres se dirigieron al pueblo, pues las personas se habían dispersado ahora y como creyeron prudentes, no preguntaron nada a la princesa o dirigieron siquiera una mirada, cada quien siguió con lo suyo y Kristoff lo agradeció internamente. Mientras se alejaban del castillo, recordó el pequeño regalo que tenía preparado para ella, pero justo pensó en ese momento que no era la ocasión y lo mantuvo guardado en el bolso que colgaba a un lado de Sven. Tomó una de las manos de Anna y la enredó con la suya, obteniendo una expresión de agradecimiento por parte de ella. El silencio reinó nuevamente entre ambos; la pelirroja observó apenada hacia otro lado, algo completamente contrario a como solía ser ella y a Kristoff todos los recuerdos de la noche anterior, regresaron una vez más a su mente. La incomodidad se instaló entre ambos y permaneció así mientras se alejaban cada vez más del palacio de Arendelle.

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¿Y bien? ¿Qué les pareció? ¿REVIEWS?

Ya sé que piensan: ¿Tardaste 6 capítulos para que apareciera Hans y sólo sale eso? Haha pues sí, pensé que si seguía escribiendo no iba acabar nunca y se alargaría más y más, por lo que se aburrirían... ¡Pero bueno Hans ha hecho por fin su aparición! He pensado en ese encuentro con Anna así desde hace mucho tiempo, estoy feliz de que haya podido quedar como quería.

Ya sabrán en el próximo capítulo acerca del regalo que Kristoff tenía preparado para Anna :)

He disfrutado mucho escribir este capítulo, por favor díganme si les ha gustado o si hay algo en lo que pueda mejorar o reclamos por tardarme demasiado. Todos sus comentarios son bien recibidos y saben que me encantaría recibir sus reviews con todas sus opiniones.

Recuerden que los reviews hacen a una autora feliz, así sabre que estoy haciendo bien con la historia.

De nuevo una disculpa por tardar tanto, pero de igual manera espero que hayan disfrutado el capítulo. ¡Gracias por el apoyo!

Nos leemos.