Unos días atrás, el cuerpo de un hombre había aparecido mutilado mostrándose sin ningún tipo de pudor en una conocida plaza, atado al monolito central. El monumento de unos tres metros de altura había sido manchado con la sangre de la propia víctima formando la cara sonriente que era característica de John el Rojo. Por ello, al principio habían pensado que se trataba de una víctima del asesino. Pero eran muchas las cosas que no encajaban. Para empezar, las víctimas de John el Rojo normalmente eran mujeres. Sólo una vez había matado a un hombre y había sido porque éste se encontraba en el momento equivocado, en el lugar equivocado; en segundo lugar, nunca, ninguno de sus crímenes, habían sido dejados a la visita de todos, con tanta publicidad. Él prefería cometer los crímenes en un ambiente de privacidad e intimidad, en los que sólo la policía pudiera conocer de primera mano su atrocidad, como si avisara de lo que podía hacer y hasta donde podía llegar; por último, una nota con un extraño y espeluznante verso, fotos de sus crímenes, pruebas que les llevaron a la conclusión de que aquel hombre era John el Rojo.
Antes de la rueda de prensa oficial y pública ante los medios de comunicación iban a tener una reunión con algunos de los familiares para informarles de las novedades del caso. Bosco fue el encargado de dar la noticia, su segundo al mando dio los detalles y a Teresa le dejaron la difícil pero necesaria tarea de responder a las preguntas.
Cuando su jefe informó de la muerte del criminal hubo un instante de silencio roto únicamente por alguna exclamación de sorpresa antes de que muchos de los asistentes intentaran hablar a la vez. Los inspectores pidieron calma y silencio, pero todavía podían escuchar algunos sollozos y palabras de alivio. Las preguntas que siguieron iban desde "¿Quién ha sido?" hasta "¿Cómo fue?". Teresa les dijo que aún no sabían nada, y que no podían darles detalles de cómo había sucedido. Sólo podían decir que había sido asesinado y que ellos ya podían descansar tranquilos. Todo había acabado.
Sólo un hombre continuó inmutable. Nadie sabía que en su interior se libraba una poderosa batalla. El alivio luchando, abriéndose paso de entre la culpa y la rabia, alimentando su cuerpo con sensaciones nuevas. Sin embargo, no era hombre de expresar en público sus emociones. A ojos de los demás, su cara no había experimentando más que un ligero y rápido cambio.
Teresa Lisbon lo notó. Estaba pendiente de las expresiones y, aunque la de ese hombre en particular fue fugaz, pudo ser consciente de su cambio.
OoOoO
-¿Qué opinas?— Le preguntó Bosco un rato más tarde a su agente más joven. Estaban en la sala de descanso. Ya se habían relajado pero lejos de estar descansando seguían dándole vueltas al caso. Bosco quería saber qué pensaba sobre la reunión que habían tenido, qué sensaciones le había dado.
-Veamos…—Teresa reflexionó unos segundos— Las reacciones habituales. Ninguna extraña. Al principio no se lo podían creer. En cuanto les hemos explicado que sabíamos que se trataba del asesino han respirado tranquilos. Estaban aliviados, pero horrorizados a la vez. Nada nuevo.
-Bien. De todas formas, investiguemos coartadas antes de interrogarlos. Sólo para asegurarnos de que no hay nada extraño.
-¿Vas a mandarlos a llamar uno a uno?—. Intervino su compañero Mace.
-Sólo a los que estaban en la ciudad, a los que no tengan coartada sólida o hayan demostrado un comportamiento inusual. El señor —Miró las anotaciones antes de continuar— Patrick Jane, estaba demasiado calmado. No movió ni un músculo al enterarse.
-No, es cierto. No mostró sorpresa — La agente estuvo de acuerdo aunque había algo en su interior que le decía que ninguna de las personas que habían estado allí podía haber cometido aquel hecho. — Sin embargo, los seres humanos reaccionamos de formas muy diferentes ante una misma situación.
Bosco sabía que Lisbon tenía razón. Nunca se podía predecir cómo iba a responder una persona ante algo. Pero siempre le había llamado la atención ese tal Patrick Jane. Estaba seguro de que era capaz de tomar la justicia por su mano. Había algo en él…
OoOoO
La noticia de la muerte del asesino de su familia no lo había dejado tan indiferente como los demás pensaban. Había una serie de fases que debía traspasar antes de alcanzar la paz. Nunca creyó que nadie tuviera la habilidad para descubrir y asesinar al desgraciado que destruyó tantas vidas. Estaba sorprendido, confuso, pero sobre todo, en cierto modo, se sentía liberado. Su calvario había terminado, aunque eso tampoco le devolvería a su mujer y a su hija.
Mientras lo conducían por los pasillos hacia una de las salas de interrogatorios, su vista se clavó en una de esas grandes pizarras que llenaban de fotos y anotaciones de los casos. Las había visto otras veces.
Las imágenes que veía ahora no eran para nada agradables. Tampoco podía decir que le diera pena, eran las fotos del asesino de su familia.
No tan por sorpresa le había tomado la llamada de la policía pidiéndole que se presentara en la comisaría para una "breve entrevista".
-Sr. Jane, usted ayudaba a la policía en el caso John el Rojo – preguntó Samuel Bosco sin atisbo de la simpatía y la pena que el viudo le inspiraba a Teresa.
De acuerdo, ahora mismo no era el familiar de una de las víctimas del asesino en serie; era un sospechoso de asesinato. No obstante, ella había pasado tanto tiempo con él en las últimas semanas que no podía evitar seguir pensando en él como en la víctima, y no como alguien capaz de matar.
El famoso asesino John el Rojo, tristemente conocido por ser el culpable de más de 15 macabros crímenes, había sido hallado muerto en una plaza de San Francisco protagonizando una casi ceremoniosa escena. Alguien se había encargado de que todos supieran no sólo quién era realmente sino además que estaba muerto y de forma llamativa y cruel.
Lo primero que pensaron los investigadores fue en los familiares de las víctimas. Esa fue su primera pista. ¿Quién podía haber acabado con la vida de quien le arrebato a su ser querido de esa manera, como si quisiera asegurarse de que todos entendían que la era del terror del asesino había acabado, que sus familiares habían sido vengados y además de una forma tan parecida a la que él solía utilizar?
Sí, como Samuel Bosco había apuntado, los familiares eran la opción más probable. Lástima que no hubieran hallado pruebas.
-Sí –Contestó con la misma parsimonia y tranquilidad con la que había hablado durante las anteriores entrevistas. Mientras su superior directo continuaba mirándolo seriamente frente a frente, ella continuaba en silencio.
-Sabe bastante acerca de los casos, del modus operandi…Como sabe, la muerte de John el Rojo tiene una forma muy concreta.
-Todo el país lo sabe. En cuanto la noticia se filtró, corrió como la pólvora. No pretenda que me apene. Ese…monstruo —Cuánto debía de costarle hablar de ese tipo — mató a mi familia. No sólo a la mía; ha destrozado docenas de familias. Quien quiera que haya hecho eso, nos ha hecho un favor a todos.
-Entonces ¿no ha sido usted? — A la legua se notaba la incredulidad en su rostro.
No había esperado que fuera tan directo. Era evidente que si lo habían mandado llamar era porque sospechaban pero no imaginaba que fuera su principal objetivo.
-Usted estaba curiosamente en San Francisco en ese momento.
-Porque el último asesinato fue en San Francisco. Llevo tiempo siguiendo las pistas, haciendo preguntas. Acudí a ustedes antes que a nadie en busca de novedades. —Era cierto. Hacía un par de semanas que aquel hombre había aparecido en la ciudad preguntando si se sabía algo nuevo— ¿Cómo iba a saber yo quién era? Si lo hubiera sabido lo hubiera matado yo mismo. Aunque tuviera que ir a la cárcel, no estaría con estas tonterías, no tendría que haberme escondido y le aseguro que no tendría ningún remordimiento. No tendría que interrogarme, me hubiera entregado yo mismo.
-Lo que dice es muy fuerte, señor Jane — Sam seguía haciendo las veces de poli duro. Y no era un papel. Él era un poli duro— Cualquiera podría pensar…
-Cualquiera podría ser estúpido. Ambos sabemos que el hecho de que yo estuviera aquí, en el mismo momento y lugar que el asesino de mi familia, cuya identidad ni siquiera conocía, no prueba que yo lo hiciera. Está usted tanteando. Aquí hay media docena de personas que podía haberlo hecho. Ese tipo ha dejado víctimas por todo el Estado.
La "entrevista" continuó hasta que Patrick Jane se cansó y decidió que, si querían incriminarle en algo, definitivamente necesitaban tener pruebas. Él no iba a seguir allí dejando que le torturaran.
Una vez fuera de la sala, la tímida Teresa, aún en silencio, sufría de sentimientos contradictorios. Su intuición policial le decía que aquel hombre no era el responsable del asesinato, mas, como policía, debía atenerse al protocolo y a su superior y continuar con la investigación.
No podía comportarse con aquel hombre con la dureza con que lo hacía Sam. El señor Jane parecía tan perdido, tan solitario y triste. ¿Cómo iba a haber matado a nadie? Y si lo hubiera hecho, ¿podría ella condenarlo? Como policía desde luego que lo condenaría. Su deber era llevarlo ante la justicia y así lo haría. Sin duda. Pero como persona quizás, sólo quizás, no pudiera culparlo por querer acabar con la vida del tipo que le había privado de su adorada familia.
El grifo del baño de caballeros fluía sin parar mientras Patrick Jane, con las gotas de agua resbalando por su rostro y los ojos cerrados, se apoyaba en la encimera con la cabeza gacha y expresión cansada.
Un hombre salió de los aseos dejando la puerta abierta tras de sí. Al pasar por allí, se encontró con esa imagen. "Pobre hombre", pensó Teresa. Tener que pasar por eso después de haber soportado ya tanto. A la vista estaba lo mal que se encontraba, aunque intentara ocultarlo.
De pronto, exhalando un suspiro levantó la cabeza y su mirada se clavó en el espejo. Miró primero su propio reflejo, luego reparó en el de ella, que repentinamente se sintió intimidada y avergonzada, como si la hubieran pillado cogiendo galletas antes de cenar. Carraspeó, intentó mirar a otro lado. Él se secó la cara con una toalla de papel, la lanzó a la papelera y volvió a mirarla a través del espejo antes de darse la vuelta.
-Señor Jane, ¿se encuentra bien? —Intentó ponerle a su tono cierta inflexión de indiferencia. Era contraproducente que un sospechoso notara pena hacía él.
-Sí. No se preocupe —Volvió a suspirar— ¿Su jefe es siempre tan incisivo?
-Sólo hace su trabajo, sr. Jane.
-Sí, lo entiendo. Es su función. Pero en lugar de perseguir inocentes debería poner sus esfuerzos en buscar pistas. — De pronto pareció darse cuenta de que estaba siendo brusco— Usted no tiene la culpa.
Un par de segundos pasaron antes de que ninguno de los dos volviera a hablar.
-¿Quiere que lo lleve a alguna parte? — ¿De dónde demonios había salido la oferta?
Él dudó unos segundos antes de asentir finalmente.
-La verdad es que no tengo coche ahora mismo. Y no tengo fuerzas para esperar un taxi. Ese hombre es incansable. Me ha retenido aquí durante demasiado tiempo sin pruebas. Estoy demasiado cansado.
Comenzó a caminar delante de ella. Sabía que técnicamente esa joven agente era el enemigo. Una de las personas que le interrogaban sin pruebas y con rudeza en lugar de capturar a los verdaderos responsables.
