Hola,
Traigo un nuevo capítulo de este fic "Comienzos", espero que lean y dejen algún comentario.
Gracias por los comentarios recibidos, espero que les siga gustando jeje.
He visto que "just burned" comentaba que le gustaría ver el próximo capítulo de "Sin memoria". Tengo que decir que ese fic ya estaba terminado. Es decir, no tenía idea idea de hacer más capítulos. Quizás el problema es que no deje bien claro que era el final del fic, sólo lo puse como terminado :S
Aquella mujer de ojos amables y sinceros le había llevado a su casa. No tenía ninguna obligación, ninguna en absoluto, pero lo hizo. Sentido del deber, compasión, seguramente.
La había descubierto muchas veces mirándole a hurtadillas cuando creía que él no se daba cuenta, como si no supiera qué pensar o cómo actuar. Otras veces, sin embargo, no sabía hacia dónde mirar. Mantenía la vista en el suelo y la cabeza gacha como si él fuera una especie de Medusa moderna a la que temer.
La observó. Con decisión, detuvo el coche en la puerta de su edificio de apartamentos, miró por la ventana, y luego a él otra vez esperando a que saliera del coche o dijera algo, pero no hizo ninguna de las dos cosas, sólo se quedó mirándola. Ella le sonrió cuando, momentos después, le vio luchando una batalla casi perdida contra el cinturón de seguridad.
- Perdona, a veces se atasca – sonrió incómoda.
La chica se quitó su propio cinturón y desde su asiento se inclinó sobre él, quizás demasiado, y comenzó a trabajar en el complicado mecanismo del gancho que en ocasiones se atascaba y, al parecer, sólo ella comprendía. Él desde luego no había podido.
Nunca supo realmente qué fue lo que pasó, qué le hizo actuar así en primer lugar, nunca lo había hecho antes. Quizás fue su aroma, que le llegó en una oleada cuando su cuello estuvo demasiado cerca de él, dulce y suave, pero no empalagoso, no de esos que marean; quizás la mueca aniñada que se compuso en su boca cuando intentaba con una media sonrisa desatascar el enganche del cinturón, o tal vez, la sonrisa que le dedicó triunfante, una vez lo hubo conseguido, con aquel hoyuelo que se formó en su cara, con la hilera de dientes blancos que era la antesala de la lengua que un segundo más tarde se encontró acariciando con la suya, en un beso apasionado y furioso, que ella tampoco detuvo hasta que su cuerpo clamó por oxígeno.
Cuando se separaron, ninguno dijo nada, demasiado confusos o demasiado avergonzados. Él bajó del coche sin decir una palabra. Y ella esperó a verlo traspasar la verja del complejo y perderse de su vista, para dejar caer su espalda sobre el asiento del conductor y respirar profundamente. Cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos colocando la mano en la llave, dispuesta a poner el coche en marcha y largarse de allí cuanto antes, meterse en la bañera, y fingir que aquello, pese a que no le había disgustado, no había ocurrido. Pero justo cuando iba a hacerlo vio un objeto en el suelo del asiento del copiloto. Lo recogió. Era un móvil, y no le quedaba ninguna duda sobre quién era su dueño. Pertenecía al señor Jane.
Miró su reflejo en el espejo retrovisor. Bastante aceptable, aunque sus labios estaban rojos por los besos.
Entre la vergüenza y la incomodidad, no tuvo más remedio que bajar del coche y cruzar unos cuantos pasos hacia el edificio, traspasar la verja, y tras buscar un poco tocar el timbre del apartamento 354, para devolver el móvil a su dueño. Entre antes terminara mejor. No tenía sentido dejarlo en la oficina hasta que él volviera a pasar por allí estando ella tan cerca.
Patrick Jane abrió la puerta de su apartamento con evidente sorpresa cuando se detuvo en la presencia de la joven mujer, de aspecto impecable pero aún avergonzado.
- Se ha dejado el móvil. He pensado que podría necesitarlo – le dijo.
El móvil. Probablemente se le había caído en la pasión del beso. Aun así no dijo nada. Ella mantuvo el brazo extendido con el teléfono en la mano a la espera de que él lo cogiera, emplazada al otro lado de la puerta, como si traspasar ese límite pudiera fulminarla. Él extendió una mano para coger el objeto que le ofrecía pero aún, aquella fuerza incontrolable que antes se había apoderado de él, volvió a guiarlo. Tomó la muñeca de Teresa, no el teléfono, y la llevó hasta dentro de la casa, en el más absoluto silencio. Luego cerró la puerta.
Se volvió a mirarla.
Su expresión era firme, como buena policía tenía todo la furia y la determinación, pero sus ojos, si se miraba bien en ellos, tenían tormento en su interior, y quizás era eso lo que le estaba atrayendo tan poderosa e irremediablemente hacia ella. Dos personas rotas, dos personas heridas en lo más profundo del alma. Dos personas que podían apoyarse.
Aún tenía su mano agarrada. Sus dedos acariciaban la parte interior de su muñeca. Su piel era pálida, suave, fresca…Podía sentir su pulso agitado, la batalla en sus ojos y finalmente, la rendición.
Ninguno de los dos parecía saber por qué estaban haciendo lo que hacían pero tampoco podían evitarlo. Ella no se resistió al beso que él había comenzado. Lo continuó. Lo reforzó. Aquel hombre parecía tener una fuerza interior que la llenaba, la empujaba, la hacía necesitar más, la hacía sentir. ¿Por qué? ¿Cómo estaba sucediendo aquello?
No podía responder a eso. Sólo podía dejarse arrastrar por el torrente de sentimientos que la desbordaban en aquel momento.
La volvió a besar, esta vez suavemente, esperando que en cualquier momento la mujer recobrara el sentido común y lo abofeteara, pero no lo hizo. Continuaron besándose por largo tiempo. Nada salvaje, sin embargo. Sólo tratando de sentir su calidez, comprobando que seguía vivo, pese a todo, y que la persecución de su enemigo, su internamiento psiquiátrico, y ahora la repentina muerte del hombre al que se debía su existencia, no le había destruido para siempre. Quería poder descansar con la muerte de John el Rojo. Y de alguna manera, la curación pasaba por aquella mujer.
Parecía estar claro lo que iba a suceder. Cualquier espectador objetivo, mirando aquella escena con ojo imparcial lo diría.
Teresa Lisbon se encontraba en una especie de torbellino de pensamientos, todo y nada. Era un error y sabía que no debía, pero no podía evitarlo. Cada beso que aquel hombre ponía en su cuello, cada caricia de sus manos bien cuidadas y suaves hacía que su cuerpo temblara. No era Teresa la policía, era solo una mujer con un hombre, una mujer por largo tiempo encerrada en sí misma y las normas y responsabilidades que regían su vida, y ahora necesitaba un poco de descanso, de liberación.
Desafortunadamente, su liberación se estaba llevando a cabo en el peor momento posible con la persona menos adecuada. Un sospechoso. Y, contra todo pronóstico, ese pensamiento cruzó su mente tan rápido que pasó casi inadvertido. No era un sospechoso. Ella no era una inspectora de policía. Él era el hombre que sin pedir nada a cambio, sin ninguna clase de expectativa sobre ella, la dejaba deshacerse de la coraza en la que estaba atrapada.
Aquellos besos suaves, pero aún apasionados, les llevaron hasta un dormitorio sencillo pero acogedor, sin grandes cosas, sin grandes lujos, sin el toque femenino, pero, en definitiva, lo necesario.
Pronto los dos estaban desnudos y el tiempo se ralentizaba a pesar de la pasión y el fuego que les fundía por dentro. Sus ropas cayeron despacio. Sus cuerpos se mostraron sin barreras, sin engaños, sin ocultar nada. Saboreaban la calidez y la ternura del otro, uno de ellos dejándose llevar, el otro intentando curarse.
El cuerpo de él no era precisamente atlético. ¿Importaba? Por supuesto que no. La abrazaba con pasión y necesidad y, a la vez soportaba el peso que ella llevaba. Igual que ella soportaría el suyo. Esa noche ambos compartirían parte de su carga. Por una noche olvidarían todo alrededor.
Ella era dulce y suave, pero a la vez enérgica y pasional, y él intentaba no parecer el hombre desesperado y confuso que era.
Lo miraba como si pudiera ver en su interior, como si lo conociera y, aún así, lo único que quería de él era una cosa. Esa noche.
Las caricias del hombre eran fuego en su piel. Hacía tiempo que no se sentía tan deseada y deseaba tanto a alguien. Aquella intensidad…
Sus cuerpos se convirtieron en una maraña de piernas, brazos y sábanas blancas en un colchón que crujió bajo su peso. Tras una lucha que tuvo lugar entre besos, Teresa dejó que la atrapara bajo el peso de su cuerpo. Al mismo tiempo, ella lo atrapó a él con las piernas, lo agarró de la cabeza y lo volvió a besar.
No hubo lugar para más pensamientos mientras sus mentes encontraban refugio en aquella parcela de universo lejos de todo y de todos.
OoOoO
Cuando Patrick Jane despertó en mitad de la madrugada, miró a su derecha y se sorprendió al ver el bulto en que la agente se había convertido. Estaba acurrucada bajo las mantas formando un ovillo, y casi había olvidado que ella estaba allí. El despertar había sido apacible, igual que las pocas horas de sueño de las que disfrutó, y después de un instante recordó la noche anterior. Lo más extraño era que no se arrepentía de nada, aún no sabía por qué lo había hecho, y el sentimiento era inexplicable, pero no era arrepentimiento.
Se quedó un momento observándola. Sin duda no era la imagen de la sensualidad, era sólo Teresa Lisbon, en estado puro, la más pura normalidad enfrascada en un cuerpo pequeño y suave, que se movía al ritmo de su respiración, arriba y abajo, a su lado.
No sabía nada de ella, no habían tenido oportunidad de hablar. Sólo habían conversado como policía y víctima, luego policía y sospechoso. Y entonces como si una luz se encendiera en alguna parte de su cerebro parcialmente adormilado, se dio cuenta de que aún seguía siendo sospechoso, y se preguntó si esto, para ella, no sería una especie de conflicto. Fuera de la manera que fuera, y aunque no se volviera a repetir, aquello le había descubierto algo. No estaba roto, no estaba acabado, y su alma resquebrajada aún tenía solución.
