Había pasado una semana desde la extraña muerte de Sasaki Haruka. El señor Sasaki estaba tremendamente alterado, temía que la causa de la muerte de su hija fuera contagiosa.

Mientras tanto el médico del pueblo seguía investigando intentando hallar la respuesta.

Los rumores se excedían cada vez más y los habitantes comenzaban a sospechar unos de otros. La creencia mística estaba muy presente en aquel pueblo y temían que de entre sus más de tres mil habitantes hubiese alguna que otra bruja. A medida que esta fobia crecía, los ánimos de los ciudadanos estaban cada vez más susceptibles.

-¡Doctor Akira, es mi hija, ha enfermado!- aventó un señor cuyo oficio era herrero.

Aquella noticia inesperada hizo que Akira dejase caer un par de tubos con sangre que estaba analizando, provocando que toda su ropa se tiñese de un rojizo desagradable. El herrero no dejó correr más el tiempo y agarró de la camisa al doctor:

-¡Se está muriendo! ¡Haga algo!-profirió más en forma de orden que de súplica.

Akira cogió rápidamente su maletín saliendo a paso apresurado de la pequeña clínica. Caminaron por el sendero que llevaba a una humilde casita de piedra unida al taller de aquel señor. Había una muchedumbre reunida alrededor de la puerta, así como de las ventanas. Susurraban entre ellos cosas casi inaudibles, pero callaron cuando vieron llegar al doctor.

Le abrieron paso hasta la puerta, pero justo antes de entrar, una anciana le agarró del puño de la camisa, provocándole un pequeño sobresalto.

-No podrá hacer nada. Está condenada. ¡Ha dejado la puerta abierta! Su madre también morirá- aquella anciana cambiaba sucesivamente el tono de su voz por lo que propició que la gran mayoría de los espectadores dirigiesen su atención hacia ella.

Fue entonces cuando comenzó la revuelta:

¡Seguro que le ha puesto veneno en la comida!

¡La ha asesinado, yo lo he visto!

¡Es una bruja!

Este comentario provocó que la muchedumbre corriese a atrapar a la anciana, que permanecía muda mientras se dejaba atrapar. El doctor hizo ademan de ayudarla, pero el herrero lo introdujo de un leve empujón en la casa.

En una humilde cama se encontraba la joven enferma. Tenía toallas húmedas por su cuerpo por lo que el doctor dedujo que tendría una temperatura corporal alta.

La madre de la joven estaba sentada en un pequeño banco de madera agarrando la mano de su hija. Parecía que llevaba tiempo sin comer. Akira se preguntó desde cuándo estaría ahí.

-Buenas tardes, Señora Yamamoto-saludó cortésmente Akira provocando que la mujer saliese del ensimismamiento que la tenía absorbida.

-Doctor...mi hija, se muere...-dijo en un hilo de voz.

Akira se acercó a la joven, abriendo su maletín y sacando su estetoscopio para examinar a la enferma.

Cuando se acercó pudo darse cuenta de lo pálida que lucía esta. La joven tenía surcos violáceos bajo su cornea y los labios secos y amarillentos. Toda su tez estaba de un tono amarillento.

El doctor la examinó cuidadosamente. Cuando fue a sacarle una muestra de sangre le fue difícil encontrar la vena. Algo fallaba ahí: no tenía venas.

El doctor arrugó la frente haciendo que el señor Yamamoto se acercase a él con incertidumbre y miedo:

-Doctor, ¿ocurre algo?

Akira negó pausadamente con la cabeza. Si llegaba a describir algo como la carencia de venas, aparentemente, en la joven provocaría que la hipótesis de la brujería fuera cierta. Un momento, ¿y si realmente era cosa de brujas? Akira negó mentalmente su afirmación. Él era un médico, no podía dejarse llevar por creencias místicas propia de los pueblerinos. Seguiría sus conocimientos científicos para hallar la verdad. Sin embargo, jamás había examinado a nadie que no tuviese color en las venas.

Cesó su inútil intento de extraerle sangre a la joven para continuar tomándole la temperatura. Por el contrario, justo antes de sacar el termómetro de su maletín, la señora Yamamoto profirió un grito horrorizado llevándose las manos a la sien. El señor Yamamoto se había separado de su esposa y simplemente no reaccionaba. Akira se giró lentamente siguiendo la mirada de los padres de la joven hacia esta.

La muchacha se había levantado de la cama. Hace unos momentos yacía con un pequeño hilo de vida en la cama, por lo que Akira se extrañó ante esa repentina vitalidad. Se fue a acercar a la joven pero se detuvo al ver las facciones de esta: tenía los ojos abiertos, saltones por la falta de alimentación. Tenía los huesos de la cara y los hombros marcados. Mostraba una mirada perdida y horrorizada.

La joven movió los ojos del doctor a sus padres, los abrió aún más y con una voz ronca profirió una risa, para luego añadir "Estáis condenados" y caer en la cama dejando salir su último suspiro.

Horas más tarde de que la policía llegase para ahuyentar a toda la muchedumbre de la casa llegó un amigo de la familia que ayudó a preparar el entierro de la joven que se llevaría a cabo días después. Mientras tanto, el doctor hacía preguntas a sus padres sobre el tiempo que estuvo enferma la joven, el por qué no lo avisaron antes, si había mostrado síntomas antes etcétera. Sin embargo, las respuestas fueron las mismas que las del alcalde: la joven enfermó de un día para otro. No avisaron porque creían que sería un simple resfriado, sin embargo la joven comenzó a perder peso, así como la vitalidad y el color rosáceo de su tez. Nunca demostró síntomas de estar enferma por lo que sus padres acabaron preocupados y decidieron llamar al doctor.

Días más tarde, se llevó a cabo el entierro en la llanura que separa el pueblo de las montañas. Akira había tenido la oportunidad de analizar el cuerpo de la joven durante el tiempo de procesado, pero no encontró nada: ni heridas superficiales ni tampoco internas. Sus órganos parecían estar en perfecto estado al igual que sus huesos. Sólo fallaba algo: la coagulación de la sangre. Era menos espesa de lo que debería. Sin embargo, no veía en ello una causa mortal.

Akira decidió comenzar una investigación, anotando todo lo que descubría en un pequeño cuaderno a modo de diario. Pidió primeramente permiso a los padres tanto de la señorita Sasaki como de la señorita Yamamoto, pero ambos se negaron, temiendo que fueran sentenciados a morir por brujería. Sin embargo, Akira decidió anotar su investigación, a fin y al cabo era el médico a cargo de esos extraños casos.

Efectivamente, los rumores sobre brujería empezaron a creerse ciertos, tanto que apedreaban a señoras mayores por la calle gritándoles insultos y tachándolas de nigrománticas.

Los casos de jóvenes fallecidas ascendieron a cinco en poco más de una semana. El pueblo estaba conmocionado hasta que estalló una revuelta: habían pasado cuatro días desde la última muerte cuando un señor comenzó a gritar en el mercado "¡Las brujas atacan de nuevo! ¡Se ha cumplido! ¡La profecía de la vieja se ha cumplido!" El pueblo quedo sumido en un silencio e hizo que el doctor Akira, que casualmente estaba comprando especias para preparar uno de sus mejunjes, se acercase a aquel señor. Tuvo que hacerse paso entre la multitud que chillaba y maldecía alrededor de alguien que yacía en el suelo.

Cuando Akira se acercó pudo reconocer quién era: la señora Yamamoto. La policía llegó enseguida alejando a toda la multitud. El doctor intentó examinar a la señora pero con tanta revuelta no fue posible. Así que decidió trasladarla a su clínica, con ayuda de los policías la dejaron sobre una camilla. Uno de ellos preguntó si estaba muerta para avisar a su marido, pero Akira aseguró que seguía con vida por cómo bajaba y subía su pecho lentamente.

Con esta última afirmación los policías asintieron y salieron en busca del marido de la mujer. Sin embargo no llegaron.

Akira se apresuró a inyectarle vitaminas y untarle una de sus cremas naturales para hidratar a la señora Yamamoto, pues su piel se tornaba de un amarillento similar al de su hija. Pero, lamentablemente fue en vano. Justo cuando el doctor la daba por perdida, esta se levantó de un golpe de la cama con los ojos abiertos de par en par y sonriéndole dijo: "Nos vemos pronto" y cayó sobre la camilla careciendo ya de vida.

Akira se removió nervioso en su asiento con el cuerpo de la mujer sin vida a su lado. Era el tercer comportamiento anormal que presenciaba justo antes de la muerte de algún fallecido y todos tenían algo en común: se levantaban de golpe y tras decir algo de manera escalofriante perdían la vida.

El doctor caminaba de un lado para otro intentando buscar una respuesta, pero esta no aparecía. Minutos más tarde de apuntar el día y hora de la muerte de la desventurada, cayó en la cuenta de que los policías no habían vuelto con el marido de la mujer y que un gran jaleo se escuchaba desde la calle.

Decidió salir a ver qué pasaba. Todo el pueblo estaba fuera de sus casas, gritando y tirando piedras. Un policía yacía muerto con un charco de sangre en la zona de la cabeza. Probablemente ocasionado por un golpe. Los demás agentes arremetían contra los pueblerinos: muchos quedaban inconscientes en el suelo y otros con heridas leves.

Akira, horrorizado, buscó con la mirada al señor Yamamoto, temiendo lo peor. Lo divisó a lo lejos mientras se protegía de los golpes de los policías. El doctor, extrañado corrió hacia ellos.

-¡¿Qué está pasando aquí?! ¡El pueblo se ha vuelto loco!- aventó este mientras jalaba a uno de los agentes.

-¡Aléjese si no quiere salir herido!- advirtió pegándole un empujón.

El doctor intentó alejar al policía del señor Yamamoto que se encontraba hecho una bola en el suelo pero el agente le propició un golpe en el labio al doctor provocando que cayese de espaldas contra la tierra.

Este se limpió la sangre que derramaba de su labio y se reincorporó justo cuando detrás de él corría una mujer con un niño en brazos. Akira la tomó del brazo haciendo que la mujer protegiese a su hijo temiendo que le hicieran daño.

- ¡Se equivoca, señora Takahashi! Soy yo, Akira, el doctor- proclamó este haciendo que la mujer relajase su postura. El hombre se dio cuenta de que ésta temblaba y decidió escoltarla a través de la devastadora situación hasta la clínica, a la cual logró a entrar a empujones, pues había gente en la puerta aporreándola.

Una vez dentro, el doctor le ofreció a la mujer un vaso de agua y al pequeño le dio un caramelo. Akira se había ocupado previamente de que el cadáver de la señora Yamamoto no estuviese a la vista.

-Todo ocurrió tan rápido- susurró la señora mientras acariciaba la cabeza de su hija.

-Cuénteme, Takahashi, ¿qué ha sucedido?

-¿No se ha dado cuenta?-Akira negó firmemente con la cabeza- Los policías llegaron en busca del señor Yamamoto, que como de costumbre estaba en su taller, y le dieron la terrible noticia. De casualidad que me hallaba de compras por ahí cerca y lo vi todo: la gente comentó la situación y en nada ya había una multitud furiosa en busca de la anciana que días atrás predijo la muerte de la señora Yamamoto. El esposo de esta se animó a ir con la multitud, llevando consigo hierro caliente, con el que estaba trabajando. Los agentes intentaron pararlo aconsejándole que se tranquilizara pero éste no les hizo caso.

-Y se reveló contra ellos-Dedujo Akira.

-Efectivamente, ¡mató a un agente de la ley de un golpe en la cabeza! Fue terrible, decidí salir corriendo con mi hijo de ahí, pues todo el mundo se había vuelto loco. No sé qué está pasando, debe ser cosa de las brujas-dijo la mujer con lágrimas en los ojos por el miedo.

Akira se levantó de donde estaba sentado. Chasqueó la lengua y apuntó algo en su libreta. Luego miró a la mujer que seguía temblando y añadió:

-Señora Takahashi, quédese aquí hasta que todo se tranquilice. Vuelvo en un rato. Ah, y la brujería es solo un temor popular.

Cuando el doctor salió a la calle no había nadie allí, exceptuando los cadáveres de los habitantes y algún que otro agente tirado por la tierra. Akira chasqueó la lengua y desvió su mirada al cielo percatándose de una humareda que provenía de la colina de la villa. No se lo pensó dos veces y corrió hasta allí.

El pueblo estaba reunido frente a una pila de escombros y humo gritando victorioso. Akira se hizo paso entre la multitud hasta advertir qué era lo que ocultaban los escombros y el humo: cuatro cadáveres de mujeres, de entre ellos la anciana que comenzó inconscientemente la revuelta.