La señora cerró detrás de sí la puerta de gruesa madera y encendió las luces de la casa que tintineaban suavemente hasta adquirir la luminosidad necesaria. Avanzó por lo que parecía el salón principal haciendo que la madera chillase a cada paso que daba.
-Señorita, acompáñeme. Le enseñaré la casa.
Nozomi asintió. Aquella anciana la guió por toda la casa. Era bastante antigua, toda de madera y decorado a la antigua. Un fuerte olor a humedad y polvo inundaba el ambiente. La joven se preguntó desde cuándo llevaría deshabitada.
Una vez que la señora terminó la visita, le entregó las llaves y le deseó suerte. Sin embargo, para Nozomi no fue simplemente un amago de bienvenida, ocultaba algo.
La joven decidió desempaquetar tras recoger su equipaje del coche. No llevaba muchas cosas: algo de ropa, un par de fotos, libros, su portátil (aunque dudaba que allí llegase la red inalámbrica. Dudaba incluso de que hubiese cobertura suficiente) y dos o tres cosas más. Sin duda se sentiría sola en aquel lugar, pero debía acostumbrase a ello, no iba a seguir siendo una niña siempre, ¿verdad?
Decidió ojear un par de libros de medicina que llevaba encima. Se preguntó dónde estaría la universidad del pueblo, pues no la había visto por el camino, ni siquiera señales que le indicasen su situación.
Nigromancia. Hechicería. Pociones.
Nozomi dejó el libro de medicina antigua sobre su cama. A decir verdad, nunca entendió muy bien de dónde sacaban la lógica que al enfermar su causa fuera cosa de hechicería y la curación una labor de nigromantes. Era absurdo, pero debido a la época y al escaso avance de la investigación era la única respuesta que encontraban.
Existieron varios médicos que fueron realmente científicos, pero sin embargo, existieron "médicos" que se hicieron llamar así para no ser asesinados por su uso con las "artes oscuras". La joven se llevó las manos a la cara y soltó un suspiro. Antiguamente, la brujería era condenada y tema de tabú. Ahora es lo que está de moda. No entendía a esta sociedad.
Todo esto la llevó a preguntarse si los ciudadanos de ese pueblo realmente creían en la magia. Ese fue uno de los porqués que la llevaron a escoger aquel pueblo como destino de estudio: su atrayente sobrenombre y su actualidad atrasada. Quería investigar la forma de pensar de los ciudadanos ante hipótesis científicas. Quería saber qué les llevó a acuñar ese apodo, y sobre todo, por qué razón creían en la magia, brujería y demás sinónimos.
Estaba cansada de estar en casa, pero se había pasado las horas de luz solar leyendo uno de los libros que había encontrado en la biblioteca municipal y ahora no se atrevía a salir a la calle. Todo estaba tan oscuro, ¡y sólo había entrado apenas la tarde! Se asomó a su ventana apartando la cortina para observar el exterior: sintió como los matorrales de cerca se mecían levemente. No había nadie en la calle por lo que pensó que sería un animal. Quizás es el gato de la bruja bromeó para sí misma.
Cansada de deambular por la casa decidió sacar valor y encaminarse hacia el mercado central, donde ya no estaban los puestos que había en la mañana, pero muchas tiendas seguían abiertas. Quería buscar algo de pintura y comprar un lienzo y caballete pues el suyo se había quemado en un incendio que tuvo lugar en su casa cuando era algo más pequeña.
Las calles estaban frías y apenas llevaba abrigo: un simple suéter y una fina bufanda. Se maldijo a sí misma por creer que en los pueblos del sur de Japón el clima sería más cálido. Primer error.
Pasó al lado de una tienda de madera, sin letrero. A decir verdad, ninguna tienda allí tenía rótulo. En el escaparate de la tienda se mostraban maniquíes con diferentes prendas que parecían abrigar más de lo que ella vestía en ese momento, así que decidió hacerse con alguna que otra.
La tienda tenía una luz tenue. No era muy grande por lo que daba sensación de calidez. Al fondo se encontraba el mostrador y un señor le dedicó un saludo para posteriormente invitarla a echar un ojo. Nozomi no se decidía, todo parecía igual.
- ¿Puedo ayudarla en algo?-Ofreció el señor.
La joven declinó su oferta educadamente pues quería buscar ella sola. Siempre se ponía tensa en aquellas situaciones.
- ¿Es usted de la ciudad?-Preguntó serenamente el dependiente. Nozomi asintió- No se ven muchas caras nuevas por aquí.
-¿No suelen tener turistas?-Inquirió la chica algo curiosa.
-A veces, pero acaban quedándose a vivir. Es un pueblecito encantador-sonrió el señor.
-Me llevo este- se decidió la muchacha tras escoger un abrigo oscuro de plumón.
-Buena elección.
La joven pagó lo debido al dependiente y continuó su marcha en busca de una tienda de manualidades. Debería haberla, era un pueblo, pero lo suficientemente grande para acuñar a miles de personas, por lo que una tienda de manualidades o bricolaje era algo primordial.
Efectivamente, tras un poco callejear encontró su cometido. La tienda era del mismo estilo que las demás y tuvo que fijarse lo suficiente para identificarla como tal. Su interior olía a madera, a pinturas y a pegamento. Era un poco más amplia que la tienda de ropas y más iluminada. En las paredes había diversos cuadros que contrastaban con el color blanco de la pared. Todos se caracterizaban en la brusquedad y oscuridad en la que estaban pintados: Nozomi se preguntó quién sería el autor de tales pinturas.
Mientras la joven andaba sumida en sus pensamientos contemplando la pintura, el dependiente carraspeó volviéndola a la realidad:
-¿Puedo ayudarte en algo o sólo vienes a mirar?-Lanzó la pregunta como una daga afilada. La joven parpadeó varías veces sonrojándose levemente por su falta de educación.
-¡Ah! Lo siento. Cuando entré no vi a nadie y los cuadros...
-Si tanto te interesan puedo darte la dirección del museo- Aventó aquel chico algo irónico.
Efectivamente, era un chico, unos años mayor que ella seguramente. Ahora que podía observarlo en la claridad analizó todas sus facciones: desde la expresión tosca de su cara, pasando por sus ojos de un color ¿rubí? Se preguntó dónde los había visto antes. Llevaba el pelo casi por los hombros y de un color castaño aclarado levemente por las puntas. Llevaba parte de él recogido en una coleta.
-¿No vas a contestarme?-Preguntó el chico sacándola de nuevo de su ensimismamiento.
-Eh...lo siento. Estaba mirando...Nada, no importa- la joven desvió su mirada de él- ¿Qué me estaba diciendo?
El chico suspiró llevándose la mano a la frente y apartando de algún pelo suelto que le caía por esta. A decir verdad, era bastante alto y tenía una complexión fuerte. Nozomi se pegó una bofetada mental para no quedar embelesada de nuevo.
-Te preguntaba que de dónde venías. No suelen verse muchos jóvenes...por la ciudad.
-¿Entonces no hay estudiantes aquí?
Aquel chico chasqueó la lengua ¿molesto? Nozomi torció un poco el gesto.
-Claro que los hay, sólo que o trabajan a la vez que estudian o se encierran en sus habitaciones para estudiar por lo que no suelen verse mucho.
Nozomi se le quedó mirando dispuesta a preguntarle si él también estudiaba o si sólo trabaja ahí, pero él la interrumpió:
-¿Piensas decirme de dónde vienes o al menos qué quieres o voy a tener que dejar la tienda abierta hasta que te plazca?
-¡Qué maleducado, Yuma!-Una voz masculina había hablado a espaldas de la chica antes de que esta pudiese contestar provocando que se girase curiosa hacia el nuevo integrante.
Yuma, el chico de la tienda de manualidades, chasqueó de nuevo la lengua. Volvía a estar molesto. Parecía que todo le molestaba.
-¿Así es como pretendes que la tienda consiga ganancias?-Comentó cansado el nuevo integrante.
-Tengo clientela fija, porque una nueva no compre aquí no voy a arruinarme.
-Sólo venía a advertirte que la cena...ya está lista- Apretó levemente la mandíbula y luego se volvió hacia Nozomi- Disculpa, pero ¿te importaría venir mañana? Vamos a cerrar ya.
La chica asintió cansada. Había perdido el tiempo para nada. Justo cuando iba a despedirse el chico le dedicó una mirada de soslayo mientras se aproximaba a Yuma. Nozomi pudo visualizarlo mejor cuando paso cerca de ella: la tez era más pálida que la de Yuma, su pelo negro estaba despeinado y levemente ondulado n las puntas. ¿Los ojos? No podía distinguirlos. Parecían negros, pero podían ser reflejo de sus largas pestañas. Nozomi siempre tuvo curiosidad por el color de ojos de la gente, según dicen: tus ojos son la puerta de tu alma.
La joven se despidió brevemente y salió de la tienda recibiendo de parte de estos una simple mirada, tan fría como misteriosa. ¿Tendrán cierto desprecio a lo nuevo? se preguntó a sí misma e hizo memoria en recordar el término griego para ello: "Xenofobia". La chica sonrió triunfante por su propio descubrimiento: miedo a lo desconocido. Claramente era eso, las personas de ciudad no son muy bienvenidas en un pueblo.
Pasaron los días y la joven no salía de su casa. Exactamente de su cama. Había enfermado. Se maldijo a sí misma. Sabía que la causa había sido que aquel día que salió en busca de materiales llevaba poca ropa que abrigase y el cambio de temperatura hizo que se acatarrase.
-Tonta. Mira que enfermarte justo antes de empezar las clases- dijo en voz alta.
Echaba de menos hablar con alguien y el móvil no era de gran ayuda en aquel lugar. Sólo en algunas zonas tenía cobertura suficiente para poder establecer una llamada. Por suerte, la televisión funcionaba aunque a veces la señal no iba. Obvio, pues en medio de montañas y bosques que llegase al menos algo de señal era ya todo un logro.
Nozomi se había pasado las horas viendo programas estúpidos en la televisión y algún que otro documental. Buscó por los canales en busca del local pero no daba la señal. Algo irónico pero nada sorprendente.
A su vez, a las afueras del pueblo una leve conversación se establecía mientras buscaban algo de cenar:
-Ha vuelto. Su aroma está moviéndose por el pueblo.
