¿Qué hacer?
- No.
Romano estaba sentado muy tenso en un sofá antiguo, había podido entrar en casa de Inglaterra y se había salvado de la tormenta, pero no sabía qué era peor, estar afuera con la lluvia y los rayos o dentro con el tenebroso Inglaterra.
- ¿P-por qué no? -se atrevió a preguntar. Se encontraban en la sala de estar, que parecía trasladarte un siglo atrás con sus decorados victorianos. En frente suya estaba sentado cómodamente Inglaterra, y entre los dos había una mesa baja con dos tazas de té que Romano no se había atrevido a tocar.
- Porque no, ya está.
Respondió Inglaterra, seriamente. Era un hombre joven, comparado con la cantidad de siglos (y milenios) que había vivido, al igual que España y muchos otros países, no llegaba a aparentar los 30 años. Era rubio pálido, tenía unos ojos verdes oscuro muy serios, y unas cejas muy pobladas que era lo que más le caracterizaba.
Romano estaba aterrado, Inglaterra siempre les había dado miedo a él y a su hermano Italia, decía que podía hacer magia y además siempre andaba hablando solo con "seres" que, según él, podía ver.
- N-no me puedo marchar así por que así. - Se quejó Romano, pero en seguida se arrepintió por que Inglaterra empezó a molestarse.
- Mira, lo que me pides no se puede hacer así por que así, además, no me das ninguna razón de peso.
-¿Cómo que no? ¿No quieres saber cómo era España de pequeño?
Romano reconocía que su petición de transformar a España en niño era de lo más extraña, pero en su opinión, transformarlo en pequeño no le haría daño a nadie y además se echaría unas risas.
- Yo ya vi a España de pequeño. -Zanjó Inglaterra.
Mierda, su táctica no había funcionado, pero aún tenía otro as en la manga.
- ¿Estás seguro de que no quieres?
- Por supuesto.
- ¿O será más bien que no puedes?
- ¡Claro qué puedo!
- Ya, claro, tú me estas engañando.
- Lo que pasa es que no hay ningún motivo para hacerlo.
- Claro, claro. Seguro que todo eso que dices de que eres un gran mago es una trola.
- ¡Te juro por mi Reina que es verdad!
- Entonces ¿qué?, ¿le tienes afecto a España?
- ¡Claro que no! ¡Odio a ese amante de los tomates!
- ¿Quién va ha creer a un gentleman que en su juventud fue un pirata?
Inglaterra se levantó bruscamente de la mesa, le apuntó con el dedo índice y le dijo enfadado:
-¡Tú lo has querido Romano! ¡Te voy a enviar al pasado!
Romano tragó saliva, sorprendido:
-A-al ¿P-pasado? -Preguntó.
Inglaterra se volvió a sentar en el sofá, cruzado de brazos y mirándole con superioridad.
-Exacto, ¿De qué sirve convertir ha España en pequeño si lo que quieres ver es cómo era?, te enviaré al pasado para que veas en que circunstancias vivía, ¡y de paso reconocerás el gran mago que soy! -Terminó con carisma.
Romano se quedó helado, ahora recordaba bien por que le daba tanto miedo Inglaterra, ¿cómo se le había ocurrido hacerle enfadar?, hasta su atolondrado hermano Italia habría sabido guardarse las palabras.
- P-pero, no puedo viajar al pasado...
- ¿Tienes miedo? -le pregunto Inglaterra con una sonrisa en la cara.
Romano gruñó, ese idiota de Inglaterra estaba usando su misma estrategia.
- ¡C-claro qué no! ¿¡Cómo voy a tener miedo de un v-viajecito al pasado!? Mándame cuando quieras. -Dijo intentando que no se notase lo nervioso que estaba.
- OK, pues irás ahora mismo.
Romano tragó saliva:
- ¿A-ahora? ¿No tienes nada que hacer o bichos raros con los que conversar...?
Inglaterra pareció molestarse por el comentario de Romano, pero cuando habló, su voz sonó tranquila:
- Sí, ahora mismo. Además, con esta tormenta no podrás salir de aquí fácilmente. -Dijo, señalando a la ventana desde dónde podía verse la fuerte lluvia que estaba cayendo.- Así que, sígueme.
Romano siguió a Inglaterra por la casa hasta un enorme portón de madera que tenía pinta de ser muy antiguo, sacó una llave aún más vieja que tenía en el bolsillo y la abrió: Daba a unas enormes escaleras de piedra que bajaban bajo tierra. Estuvieron un rato andando cuesta abajo, Romano se tapaba la nariz, ya que según iban bajando el olor a humedad iba subiendo, además apenas se veía por donde pisaban ya que las escaleras estaban iluminadas con unas pequeñas antorchas que estaban muy separadas las unas de la otras, y entre lo poco que veía Romano y lo nervioso que estaba, no daba una con los escalones.
Por fin acabaron las escaleras, habían llegado a un pasillo igual de oscuro. El olor a moho era insoportable.
Se pararon en una puerta de madera desgastada por el uso, Inglaterra cogió otra llave que tenía pinta de pesada y la metió en una enorme cerradura, la puerta se abrió con un ligero chirrido.
La habitación en la que entraron no tenía ni puertas ni ventanas, y daba una fuerte sensación de claustrofobia. Inglaterra se acercó a un enorme armario de dos puertas de donde sacó una larga caperuza negra y un libro muy antiguo con unas runas escritas en la portada. Después se acercó a unos candelabros y encendió las velas para mejorar la visibilidad de la sala.
Romano estaba temblando de pies a cabeza, la habitación y las ropas que llevaba Inglaterra le daban muy mal rollo, miró al suelo para que Inglaterra no viera lo nervioso que estaba, y entonces vio un enorme pentáculo con un montón de símbolos raros y palabras en latín que Romano no podía leer bien. Se pasó la mano por la frente, estaba sudando, aunque en esa sala hacía un frío mortal.
Inglaterra se movió sin hacer ruido hacia el lado derecho del pentáculo, la extraña sonrisa que ponía más la larga túnica negra que vestía estaban consiguiendo aterrar a Romano. Inglaterra le miró.
- ¿Aún quieres viajar al pasado o ya te ha entrado miedo?
Romano no contestó enseguida, aparte de que no sabía que contestar, quería tranquilizarse un poco para poder hablar lo mas firme posible:
- ...e-empezemos cuando quieras... - Dijo.
Inglaterra le índico que se alejara un poco más del pentáculo, y una vez ya estuvo lo bastante lejos cogió el pesado libro de las runas con una sola mano y lo abrió, mientras que estiraba el otro brazo en dirección al pentáculo con la palma abierta. Empezó a recitar en voz alta:
- O ducens ad alia ostia portae...
El libro de Inglaterra empezó a flotar solo en el aire.
- ... interdum placerat ariolorum...
El pentáculo empezó a brillar cada vez más fuerte.
- … me meritis vocavi te.
Inglaterra acabó de recitar su corto discurso y sonrió, el pentáculo empezó a brillar con más fuerza aún.
Romano no paraba de mirar la estrella como si fuera a saltar a comerle, empezó a ver un extraño humo negro que se iba generando en el centro de esta. Inglaterra seguía con la palma abierta, y su libro no había dejado de flotar aún.
El humo negro empezó a condensarse por el suelo hasta cubrir la luz del pentáculo en su totalidad, de pronto empezó a rotar al sentido contrario de las agujas del reloj a una velocidad increíble. Romano se pegó a la pared, con miedo de caerse a ese torbellino.
-¡Tienes qué saltar! -Le gritó Inglaterra.
- ¡¿QUÉ?!
Le pareció que Inglaterra estaba bromeando, pero por fin lo entendió: Se había pasado al insultarle y ahora este quería matarlo tirándolo a ese tornado.
Miró a Inglaterra intentando pedirle ayuda, el torbellino se estaba haciendo más grande y pronto alcanzaría los pies de Romano. Pero se sorprendió al ver que Inglaterra le sonreía, como si supiera que no había peligro alguno. Romano se quedó pensando, el torbellino se iba acercando, miró Inglaterra, luego al tornado y otra vez a Inglaterra. Decidió que confiaría en esa sonrisa.
Saltó con fuerza hacia el centro del torbellino. De repente, Inglaterra, los candelabros y la casa desaparecieron y todo empezó a dar vueltas.
Notas de Autor:
Bueno, esta es mi primera historia, que más decir... ¡Os juro por mi reina que me esfuerzo! xD
Espero que les vaya gustando (y que la gente lo lea xD), intentaré subir nuevos capítulos cuánto antes. Sí os va gustando, lo odiáis o tenéis alguna duda decírmelo, no tengo ningún problema. Da?
ciao~
