Sentencia de muerte
La única razón por la que Romano supo que habían llegado a su destino fue por que por fin salían del bosque.
Habían llegado a un pequeño poblado, qué, como todos, había sido construido en los alrededores de un castillo.
Al llegar, la gente que pasaba se quedaba alucinada al ver a Mediterráneo, que tenía unos dos metros de altura. También notó que la gente saludaba a Al-Andalus y que le miraban raro, pero fingió que no lo notaba.
Se dirigían directamente a la cuesta que daba al castillo, Romano se lo quedó mirando. Era una fortaleza enorme de piedra con sus características torres repletas de almenas. El caballo se paró delante de un profundo foso y Romano miró hacia arriba. En las almenas había unos guardias que les apuntaban con sus arcos, preparados para dejar como un queso a quien quisiera colarse.
Un puente levadizo de madera calló cubriendo el espacio entre tierra firme y el castillo. Los tres (Romano, Al-Andalus y el caballo) entraron al trote dentro de la fortaleza.
El interior del edificio era hueco (como en todos los castillos), pero lo bastante grande para albergar un establo con sitio para diez caballos y otros puestos para otros usos.
Al-Andalus dejó a Mediterráneo en el establo, parecía chulearse delante de los otros caballos, más pequeños qué él.
El chico le acarició la crin en gesto de despedida y llevó a Romano al interior del edificio principal (llamada Torre del Homenaje) cogiéndole de la "cuerda-esposas", unos soldados les siguieron a modo de guarda-espaldas. Ni que Romano estuviera en condiciones de hacer nada: mareado, atado y desarmado.
Entraron en la torre principal: un edificio enorme, con alfombras y las paredes cubiertas de tapices.
Solo llegar apareció una comitiva de lo que parecía gente importante: Un hombre con ropas de telas ricas rodeado de sirvientes. Al llegar a unos metros de distancia el hombre le hizo una reverencia a Al-Andalus, y este le respondió con otra igual. Romano se quedó parado mirando a los dos agachándose, hasta que notó que el chico le tiraba de sus esposas para que hiciera lo mismo. Romano se inclinó, hacia siglos que no hacía un saludo de esos.
El hombre se incorporó, parecía enfadado.
- Al-Andalus, ¿Dónde has estado? -le dijo serio.
El chico miró al suelo unos instantes, después miró al hombre a la cara, sonriente:
- Pues, he ido a conseguir esto. -Dijo, mientras le enseñaba el cofre que no había soltado en todo el día. Romano vio como se guardaba, discretamente, el lazo rojo en la manga de la camisa.
El hombre de la ropas ricas mandó que un sirviente se acercara a coger el cofre, luego volvió a hablar, esta ves parecía más contento.
- ¿Se lo has robado a los musulmanes? ¿Asta qué pueblo has llegado esta vez?
Al-Andalus sonrió, estaba disfrutando del momento.
- No se lo he robado, ellos nos lo quitaron primero. Yo solo he tenido que volver a por lo que es mío. -Dijo sonriendo.- pero tengo que reconocer que lo habían escondido muy bien, he tenido que ir más al sur de lo acostumbrado. -Terminó mientras se rascaba la cabeza.
- No vuelvas a irte sin permiso. -le dijo el hombre.- Y... deja de ir por ahí descalzo. -le pidió señalando a sus pies mientras soltaba un suspiro.
- No lo volveré a hacer. -Dijo Al-Andalus con un falso tono de inocencia.
A Romano le estaba haciendo gracia la situación, aunque no entendía nada de lo que pasaba, pero ahora Al-Andalus se había girado para mirarle a él.
- Además, mira lo que he traído. -Dijo, indicando con la cabeza a Romano. El hombre le miró, como si se acabara de dar cuenta de que había alguien más en la sala. Romano se puso nervioso.
- Es un país o un reino, no estoy seguro... -Dijo Al-Andalus.
- ¿Y no puedes matarlo? -Cortó el hombre con tono de superioridad.
Romano se sobresaltó, era la tercera vez que corría peligro de muerte en el día, si seguía así, no viviría para contarlo. Tenía que hacer algo.
- Hey, hey, no hace falta mat-. -Romano se calló, cuatro guardias le apuntaban con la espada al cuello.
Al-Andalus les mandó que bajaran las armas con un gesto de la mano, por suerte, le hicieron caso.
- No creo que sea necesario matarlo... - Empezó.
- ¿Y si esta aliado con el Imperio Árabe?
- No creo que sea el caso...
- Ahora mismo pueden estar preparando sus ejércitos mientras hablamos.
- No...
- Y si es un señuelo...
- ¡Cállate, este chico a vivido cuatro veces lo que tú nunca vivirás! -Interrumpió Romano, muy enfadado.
Los dos se callaron, la tensión se podía cortar con un cuchillo. El hombre suspiró, después miró a Al-Andalus con gesto serio.
- Eres un país demasiado blando, por tu culpa estamos en esta situación.
Ese último comentario parecía haberle dolido al país, porque cerró los ojos y apretó con fuerza los puños. Romano también se habría enfadado si le hubieran dicho esas cosas, la diferencia está en que él ya le habría dado un puñetazo al primero que lo hubiera insinuado, y no tomárselo como lo había hecho Al-Andalus, que por fin abrió los ojos y miró fijamente al hombre de las ropas ricas.
- Ya que soy el único país de aquí, y él único que tiene capacidad de hacerle algo... no le voy a matar... por lo menos hasta que no sepamos con quien va. -Sentenció.
Romano se relajó, por lo menos, no le matarían... por ahora. El hombre pareció enfadado.
- ¿Eres consciente de lo peligroso qué puede llegar a ser?
Al-Andalus lo miró.
- Por supuesto, por eso... -se giró hacia Romano.- estará pegado a mí las veinticuatro horas del día, ya que él es el único que puede hacerme daño y yo soy él único que puede hacerle algo a él.
Al-Andalus había dejado muy clara su postura, y lo mejor de todo es que ese hombre no podía negarse a lo que decía. Romano sonrió para sí mismo, ahora tenía que pasarse el día entero pegado a un mocoso, pero por lo menos no lo habían sentenciado a muerte.
El hombre se giró enfurruñado y echó a andar, antes de desaparecer por una esquina le dijo a Al-Andalus:
- Le dejo a tu cargo, cualquier cosa que pase no tiene nada que ver con migo.
Al-Andalus no respondió. El hombre giró la esquina y desapareció. La comitiva de sirvientes se deshizo y Romano y el chico se quedaron solos en la entrada.
Al-Andalus guió a Romano unos pisos más arriba de la torre principal, asta que llegaron a una habitación. Una vez dentro desató la cuerda de las muñecas de Romano.
Romano se masajeó, las muñecas se le habían quedado agarrotadas, y miró a su alrededor. La habitación era bastante amplia, tenía unas estrechas ventanas sin cristales. Había un armario enorme en una de las paredes, al lado de la ventana había un escritorio y una silla, con material para escribir. No había ningún objeto personal a la vista en toda la habitación: ni cuadros, ni baúles, ni cartas...
- ¿Vives aquí? -Preguntó Romano.
- Solo temporalmente, mi casa está más al norte, estoy aquí por asuntos políticos. -le respondió Al-Andalus. Se había tumbado en una enorme cama que había en el centro de la habitación con un gran dosel rojo. Parecía cansado.
- Y ese inútil... ¿Quién era? -Preguntó Romano.
- Se llama Lesmes, es un noble que ha venido conmigo y no es un inútil. -Recalcó.- Lo que pasa es que se preocupa por el bien estar de los reinos.
- ¿A sí?, pues no parecíais llevaros muy bien.
- Ya, bueno... regañetas como esas hay asta en las mejores familias.
Romano decidió no hablar más de ese hombre, no le ponía de muy buen humor.
- ¿Lo decías en serio? -Preguntó.
- ¿El qué?
- Lo de estar con migo a todas horas.
- No es que yo esté contigo, tú estas conmigo. -Aclaró.- Además, era la única forma de que yo no te matara.
- Aaaaaah... Pues gracias por... no matarme. -Dijo Romano, sintiéndose extraño ante la situación.- Cambiando de tema, ¿qué es ese trozo de tela rojo?
Al-Andalus lo miró sorprendido.
- ¿Qué trozo de tela?
- Pues, el que te escondiste en la manga.
- Oh, ¿Lo viste? -Dijo, mientras lo sacaba a la luz: era largo, con dos centímetros de ancho y de un color rojo fuerte que brillaba al darle el sol. Estaba muy bien cuidado.- Esto no se lo podía dar a Lesmes, es un regalo. -Dijo, mientras estiraba el hilo delante de sus ojos.- Los musulmanes se lo llevaron con el tesoro sin querer, si no fuera por él, no habría ido tan al sur.
Al-Andalus se quedó mirando el hilo y jugueteando con él.
Romano no sabía que tenía de interesante un trozo de tela, así que no sabía que hacer. Entonces se dio cuenta, había visto ese hilo antes. España lo llevó una larga temporada como lazo para recogerse el pelo, que se había dejado largo en sus tiempos de conquista. Romano nunca pensó que fuera algo importante, en esos tiempo era norma recogerse el pelo con lazos, pero parece que la historia del lazito se remontaba a cuando él aún no había llegado. Decidió preguntar:
- ¿Qué tiene de especial ese lazo?
Al-Andalus (que seguía tirado en su cama), le miró y le acercó el lazo para que lo viera más de cerca.
- Es un regalo, de mi abuelo.
- ¿De tú abuelo...? -Romano se cayó, aprovechó que Al-Andalus le estaba enseñando el lazo para cogerlo y verlo más de cerca:
estaba muy bien cuidado, pero era muy antiguo y estaba un poco desgastado en las puntas, aún así se notaba que era de buena calidad.
Ese lazo se lo había dado el abuelo de Al-Andalus, osea, su propio abuelo: El Gran Imperio Romano.
Romano ya sabía que él y España eran algo así como primos lejanos (Aunque su hermano Italia le sigue llamando hermano mayor), pero no se imaginaba que ese lacito que tanto había durado (y que aún veía rondar por casa de España) fuera un regalo de su gran abuelo.
- ¡Hey! ¡Es mío!
Al-Andalus saltó encima de Romano y le arrebató el lazo de las manos.
- ¡P-pero es un regalo de El Gran Imperio Romano! -le dijo a Al-Andalus, tartamudeando de emoción.
- Oh, ¿Lo conoces?
- Mejor de lo que piensas.
Al-Andalus sonrió.
- Le echo de menos, todo iba bien con El Imperio Romano... ¿Hey, sabes qué tienes la mitad de su nombre?
- Ya, bueno... es que yo también vengo del sur... pero no soy tan poderoso.
Al-Andalus se rió, luego volvió a tirarse en la cama y se quedó mirando al techo, pensando.
Romano se sentó en el frío suelo de piedra, había sido un día duro (uno no suele viajar en el tiempo), habían pasado muchas cosas seguidas y había tenido que recodar a su abuelo. Le odiaba por haber desaparecido así, por las buenas. Por su culpa los otros países empezaron a atacarles y su hermano y él fueron separados durante siglos. Lo único bueno que tubo es que conoció a España.
- Me caes bien Romano. -susurró Al-Andalus.
Romano se giró, el país ya se se había dormido, en ese estado parecía un niño de unos doce años y no un país con cinco siglos.
Romano miró a su alrededor Mierda. Me toca dormir en el suelo. -pensó. Miró por la ventana: era noche cerrada. Se dirigió hacia una enorme alfombra que había en el centro de la habitación y se tumbó usando su chaqueta como almohada. Estaba muy cansado y tenía que estar preparado para lo que le fuera a pasar.
Bostezó y se sumió en un profundo sueño.
Nota de Autor: Y este es España de pequeño, lo quería hacer un poco más serio al España de siempre, porque creo que este se hablando con la llegada de Romano a su casa (El jefe España y ChibiRomano~). Ya veis que el pobre italiano no gana para sustos. Tú puedes Lovi!
He puesto al Gran Imperio Romano como abuelo de Al-Andalus. Como Francia, Italia y España estuvieron todos bajo su control (jaja países latinos, como molamos! xD) no me parecía rara la idea.
Y bueno, este es el nuevo cap, es un poco más cortó que el anterior y he tenido que hacer muchas correcciones, no me aclaraba nada xD
Respuestas a reviews~:
Solanco Di Angelo Redfox Roma: Tienes razón, estuve planteándome que Inglaterra metiera la pata (ese es nuestro Iggy! xD), pero lo cierto es que aún sigo pensando como va a traerle de vuelta el inglés xD.
SakuUchiha7:También me encanta esa forma de ser de España. La verdad es que los musulmanes se aprovecharon mucho y tenían unas tácticas de guerra increíbles O.O . Pero gracias a ellos se progresó un montón en prácticamente todas las ciencias.
Erzebeth K: Yo misma he tenido que repasar un montón de los libros de historia xD. ¡¿Quién diría que con Hetalia aprendería tanto?!
Ciao~ a todos, ya sabéis: si os ha gustado, lo odiáis, tenéis alguno duda, estáis de acuerdo en que España era monísimo de pequeño o cualquier otra cosa me lo decís. Da?
Ciao~
