Rutina

Romano se despertó. Tardó un poco en situarse, pero por fin recordó que había acabado durmiendo en el suelo de la habitación de Al-Andalus.

Se incorporó, le dolía todo el cuerpo. Hacía años (mejor dicho, siglos) que no dormía en el suelo. No entendía como el amigo de su hermano, Japón, pudiera aguantarlo.

Se masajeó los hombros mientras miraba a su alrededor: Al-Andalus seguía dormido en la cama, ni si quiera se había movido desde la noche anterior y aún tenía en la mano el lazo de su abuelo.

Se acercó a la cama y le miró (dormía como un bebé).

- Osea que este es España... - se murmuró para sí mismo, en bajito.- desde luego era más listo de pequeño. -Dijo aguantándose la risa.

España siempre había sido un país amistoso que intentaba siempre animar a los demás. Pero no sabía leer la atmósfera y siempre conseguía dejar en ridículo a Romano, además era muy vago a la hora de hacer sus responsabilidades, aunque ha estado trabajando duro todo su vida.

Miró a su alrededor, cotilleó un poco por aquí y por allá, pero no había nada interesante ni personal con lo que entretenerse, además, Al-Andalus le había dicho que estaba temporalmente ahí, así que era evidente que no encontraría nada.

Se sentó en el suelo: se aburría. Seguramente no podría salir de esa habitación sin que Al-Andalus le acompañara, y si ese era España, estaba seguro de que no saldría de allí hasta la tarde.

Volvió a poner su chaqueta ha modo de almohada y posó la cabeza sobre ella.

-¡Au! - Gritó (lo más bajo que pudo), se había dado en la cabeza con algo duro de su chaqueta. Metió la mano en el bolsillo y sacó el objeto con el que se había golpeado: el móvil.

Romano sonrió, por fin podría entretenerse con algo.

Era un móvil táctil, última generación, que Japón le había regalado por su cumple años, ese sí que era un buen tipo.

- ¿Qué es eso?

Romano se giró: Al-Andalus se había levantado de su profundo sueño, parecía que él sí había dormido bien.

Romano miró su móvil y se lo mostró a Al-Andalus.

- ¿Esto? -Preguntó agitándolo.

Al-Andalus se frotó los ojos.

- Sí eso, ¿qué es?

- Pues es... un láser biónico. -Dijo, con una sonrisa pícara: por fin compensaría tanto tiempo de aburrimiento.

- ¿Un la-qué?

- Un láser biónico.

- ¿Y qué es un láser?

Romano suspiró, fingiendo que le decepcionaba.

- ¿Que qué es? Un láser es como un rayo de luz muy potente, este puede destruir cualquier ser vivo, ¿no tenéis aquí?

- Eeeeh... no. ¿Has dicho cualquier ser vivo?

- Exacto, incluso a ti y a mi, son muy potentes.

Al-Andalus lo miró asustado y tragó saliva.

- Y-y ¿cómo funciona?

Romano sonrió, era su oportunidad:

-Pues mira: primero apuntas a un objetivo. -dijo apuntando a Al-Andalus.- Y luego solo tienes que pulsar en este botoncito de aquí...

Al-Andalus saltó de la cama asustado a la vez que Romano pulsaba el botón de desbloqueó de la pantalla táctil. El móvil se iluminó y apareció un dibujo de una pila que tenía escrito dentro "LowBattery". Parpadeó dos veces y se apagó.

Al-Andalus asomó la cabeza desde detrás de la cama: no había pasado nada.

- ¡Maldita batería! ¡Siempre me fallas!

Romano soltó unos cuantos insultos en italiano: ya no podría jugar a todos los juegos que se había descargado.

- ¿Q-qué ha pasado? - preguntó Al-Andalus, qué seguía escondido detrás de la cama.

- ¡Pues qué me he quedado sin batería! ¡Ya no podré jugar a nada!

- ¿Entonces no era un láser bio-no-se-qué?

Romano le miró, había olvidado qué era una broma, se rió:

- ¡Pues claro qué no! ¿Te lo has creído? En el fondo eres tan niño como los que andan por la calle.

Al-Andalus le tiró una almohada, enfurruñado.

Después se ató el lazo en la muñeca, para no perderlo, y se cogió una chaqueta limpia del armario.

Salieron de la habitación. Romano tenía curiosidad de saber lo que iban ha hacer hoy. Bajaron por la torre principal, tubo tiempo de ver por la ventana. El sol no estaba demasiado alto, debían de ser las 10:00, pero ya había bastante barullo abajo: los sirvientes iban de un lado a otro con platos, ropa, comida...

Era la tercera vez que se chocaba con un sirviente en el corto camino desde las escaleras al comedor.

A Romano le rugía el estómago con fuerza, desde que había viajado al pasado solo había comido una manzana (y no había llegado a terminársela) y se moría de hambre.

Entró en el comedor lleno de ilusión, pero lo único con lo que se encontró fue con el Lesmes ese que tan mal le caía.

Lesmes le miró con cara de odio hasta que entró Al-Andalus por detrás de Romano (le había adelantado).

- Hey, la próxima vez me esperas. -Se quejó a Romano, luego miró a Lesmes.- Buenos días Lesmes, ¿has dormido bien?, porque yo sí, y como ves, no me ha asesinado nadie. -Dijo sarcásticamente mientras se sentaba en una silla.

- Tú mismo si quieres seguir así. -Le respondió Lesmes secamente, mientras se terminaba el desayuno (un trozo de pan con aceite).- Come rápido, la próxima vez que tardes tanto en bajar voy yo mismo a sacarte de la cama. -Y se fue por uno de las puertas.

Cuando ya no se oían sus pasos, Al-Andalus comentó:

- Bah, en todo los años que llevo con él no se ha atrevido a despertarme nunca. Hey, siéntate, estarás muerto de hambre.

Romano se sentó, tenía razón. Un sirviente le trajo unos trozos de pan caliente con aceite. Romano miró a su alrededor: No había tomates.

Romano había aprendido de España a venerar el tomate como La Comida por Excelencia, y siempre tomaba uno en todas las comidas del día, por muy tarde o pronto que fuera. Claro, que el tomate no llegó a España asta que Colón no descubriera América (otro buen tipo, ese Colón). Romano había caído en el momento en que la tierra aún era plana, la época equivocada.

Después de desayunar les esperó una larga jornada: por la mañana, Al-Andalus ensayaba esgrima con un instructor, luego se pasaba un rato con Mediterráneo encargándose de sus necesidades, después le tocaba hacer ronda por todo el castillo para comprobar que todo estaba en orden, más tarde un profesor le enseñaba cálculo, geografía (aunque era un país, no se sabía todo el globo) y a leer y escribir latín (que debía haber empezado hace poco, por que no se le daba muy bien).

Con todo ese trabajo daba la hora de comer, y los dos estaban muertos de hambre. Romano volvió a sentir la falta de tomates, pero lo soportó como pudo, de todas maneras la comida de la península no era tan mala, o al menos no tan mala como la de Inglaterra.

Después de la comida los dos se echaron una siesta (parecía ser que esa costumbre era de tiempos muy remotos). A penas habían dormido dos horas, relativamente poco en opinión de Romano, les despertaron unos sirvientes, por que Al-Andalus tenía que hablar de asuntos importantes con otros nobles (como Lesmes).

Esta vez, Romano no podía ir con Al-Andalus por que tenían miedo de que fuera un espía de los musulmanes, y el asunto parecía ser demasiado importante.

La reunión duró todo lo que quedaba de tarde. Durante todo ese tiempo, Romano no tenía otra cosa que hacer que contar las piedras de la pared o las baldosas del suelo. Como el móvil le había fallado, las horas se le hacían eternas.

Cuando por fin salió Al-Andalus de la habitación, ya era de noche y Romano estaba ya a punto de darse cabezazos contra la pared de puro aburrimiento.

Al-Andalus salió con un suspiro, y se giró a Romano que se había sentado en el suelo.

- Uffffff... odio discutir de cosas importantes... ha sido un día largo.- Dijo mientras se apoyaba en la pared.

- Ni que lo digas, me iba a morir de aburrimiento. -le respondió Romano.

Al-Andalus se rió y jugueteó un rato con el lazo de su muñeca.

Ya se había hecho de noche, así que no les quedó otra que irse a dormir, además, estaban agotados.

Los días siguientes a este pasaron lentamente y siempre hacían lo mismo: las clases eran las mismas, la comida era la misma, hasta las regañetas de Lesmes eran las mismas.

Romano no entendía como había sobrevivido a esa monotonía los últimos días, y entendía menos aún como la había aguantado España todos esos siglos.

Lo único bueno era que se iba ganando la confianza de Al-Andalus poquito a poco.

Pero seis o cinco días más tarde (Romano no llevaba muy bien la cuenta), se rompió esa estresante tranquilidad.

La mañana había empezado como siempre: esgrima, Mediterráneo, Latín... y después de comer, tocó las largas conversaciones que tenían lugar durante toda la tarde en esa misteriosa sala en la que Romano no podía entrar.

Romano se sentó en el suelo mientras Al-Andalus entraba a la sala. Había intentado escuchar por la puerta o pegando la oreja en las paredes, para saber que era el tema que les absorbía durante toda la tarde. Pero era imposible, ya les gustaría a los arquitectos de su país construir habitaciones tan bien insonorizadas.

Pero ese día fue diferente, porque solo habían pasado unas horas cuando de repente oyó a alguien dando voces en el interior de la sala.

Romano se levantó y pegó la oreja a la puerta. Reconocía la voz que estaba gritando: era Al-Andalus. Intentó escuchar más profundamente, pero no llegaba a entender de qué se estaba quejando el pequeño país.

Oyó como alguien se acercaba a grandes zancadas a la puerta, apenas sí tuvo tiempo de apartarse y volver al lugar donde se encontraba.

Tan pronto como se hubo sentado en el suelo, la puerta se abrió fuertemente y Al-Andalus apareció detrás de ella, tremendamente enfadado. Miró a Romano:

- ¿Has oído algo?

Romano sacudió su cabeza de un lado a otro, no entendía por qué Al-Andalus estaba tan enfadado.

El niño siguió andando con largas zancadas (tanto como sus pequeños pies podían) hasta su habitación. Romano le seguía.

Tenía ganas de saber que había pasado, pero seguramente no le iban a responder. En el fondo, se alegraba de no tener que pasar toda la tarde sentado en ese suelo tan frío, maldiciendo a su móvil (hacía tiempo que había terminado de contar las piedras de las paredes y el techo: 1200 en total).

Una vez hubieron llegado a la habitación, Al-Andalus cogió su espada y se la colgó en las caderas con un cinturón, después se puso encima una enorme caperuza marrón oscuro para ocultarla.

Romano no entendía nada.

- ¿Q-qué está pasando?

Al-Andalus se giró, seguía enfadado:

- ¡Necesito salir de este castillo de locos! -después se moderó un poco.- Vamos a salir a tomar el aire, tanto tiempo aquí dentro me esta estresando.

Romano no dijo nada, él también quería salir de esa fortaleza.

Fueron escaleras abajo y salieron de la torre principal. Nadie les intentó detener, pero los guardias les miraban un poco desconcertados.

Llegaron a la entrada de la fortaleza, en cuanto les vio, unos de los guardias subió el rastrillo (algo así como una puerta de hierro que servía como defensa extra durante los ataques al castillo) y bajó el puente levadizo que les conectaba con el resto de la aldea.


Notas de Autor:

Y este ha sido todo el cuarto capítulo (el primer cap cuenta como prólogo xD). Me da pena el pobre Romano, durmiendo en el suelo, pero tendrá que soportarlo una temporada xD. Ya veis lo práctico que pueden ser los móviles de tecnología japonesa, estoy segura de que si se lo hubiera pedido, Japón le hubiera insertado un láser biónico de verdad. Si alguna vez viajáis al pasado, recomiendo esa broma xDD.

Por cierto, el número de piedras de la pared no es del todo exacto, piedra más piedra menos.

Y muchas gracias a toda la gente que soporta mi historia y que luego va y dice cosas buenas, de verdad, me anima muchísimo~! Ve~!

Ah, apenas llevo cinco días con fanfiction, así que soy nueva y cada día descubro algo nuevo xD. Bueno, he visto que algunos usuarios tiene un ficha técnica dónde ponen lo que les de la gana (aparece cuando pulsas en el nombre de usuario), pues estoy segura que la mía pone poco más que mi nacionalidad, así que si alguien me puede explicar dónde puedo añadir información, que me lo diga please~! si no es una molestia claro ;)

Muchísimas gracias (de nuevo), ya sabéis: si te gusta, lo odias, tienes algunas dudas, ideas... o quieres un láser biónico como yo, me lo decís, ningún problema. Da?

Ciao~