Nota de Autor: Hola! Por fin actualizo el fic, he tardado un poco más de lo acostumbrado pero aquí estoy de nuevo (aplausos)
Bueno, la mayoría de los capítulos de está historia ya están escritos, pero me los reléo para añadir cosas y todo ese rollo. Así que voy a dar un aviso: Recordáis que os dije que el cap anterior era el más larco que he hecho? Pues bien, retiro lo dicho porque este es prácticamente el doble xD
ÁNIMO!
Un día largo
Romano caminaba nervioso de un lado a otro del pasillo que daba a la habitación de Al-Andalus.
En cuanto el país se había derrumbado en medio de la entrada habían ido a socorrerlo unos sirvientes que enseguida llamaron al curandero. Habían decidido subirle a su habitación y atenderlo ahí.
Romano seguía caminando de un lado para otro, sin saber muy bien que hacer: no podía separase de Al-Andalus, pero le habían echado de la habitación. Lo única opción era esperar en la puerta.
Ni siquiera entendía por qué estaba tan nervioso, sabía que la vida del niño no corría ningún peligro, ya que estaba claro que esa persona era un hombre normal y corriente. Pero no podía quitarse de la cabeza lo estúpido que había sido Al-Andalus al dejarse atacar así.
De repente Lesmes apareció por las escaleras, iba aun paso rápido y estaba muy enfadado. Acorraló a Romano contra la pared:
- ¡¿Qué le has hecho?!
Romano también se enfadó:
- ¿Cómo que qué le he hecho?
- Se que has sido tú, no me engañaras.
- Mira, si hubiera sido yo, el chico ya estaría muerto.
- Me da igual lo que digas, tú has echo algo.
Romano le empujó para separarse de él, no le gustaba nada que le echasen la culpa:
- Mira, ese idiota se puso delante de un ladrón psicópata como si nada, y ahora lo está pagando. -Dijo.- ¿Y sabes qué? Creo que es el que está mas cuerdo de todo este maldito castillo.
Romano se echó a andar dejando solo a Lesmes, no iba a salir del castillo, pero no soportaba ni respirar el mismo aire que ese pijo.
Estuvo dando vueltas por los pasillos, pensando en lo que había pasado, desde luego, iba a hablar con Al-Andalus sobre el tema.
Después empezó a pensar en su viaje al pasado, sí estaba bien enseñarle a Al-Andalus todas esas cosas del futuro, si afectaría a su presente.
- Oh mierda, -se dijo a sí mismo.- Ni si quiera se cómo volver.
El inútil de Inglaterra no le había dicho como ni cuándo volvería. A lo mejor no le pensaba enviar de vuelta y simplemente le había engañado para que se tirase por ese agujero. Se llevó las manos a la cara, le dolía la cabeza de pensar en esas cosas. Además, sí se le ocurría dejar a Romano ahí tirado entonces sería él quien lo pagaría, porque España aprovecharía la oportunidad para partirle la cara.
Llevaba ya una hora rondado por el castillo, y decidió volver ya a la habitación y descubrir que había sido de Al-Andalus.
El pasillo que daba a la habitación estaba desierto, no había ningún sirviente montando barullo por ahí, y lo mejor de todo... no estaba Lesmes.
Romano se relajó al no sentir la presencia de ese noble creído, se quedó escuchando, por si oía algún ruido, pero con lo bien insonorizado que estaba todo el castillo, podrían estar haciendo un concurso de trompetas en la habitación de al lado y Romano no lo habría notado.
Suspiró y se metió en la habitación.
El cuarto estaba en silencio, alguien había encendido unas velas, por que ya era noche cerrada. Para sorpresa de Romano, el curandero seguía en la habitación, estaba guardando las vendas en un macuto que llevaba con sigo.
Era un hombre de unos cincuenta años, pero aparentaba ochenta (en esos tiempos llegar a los cincuenta ya era todo un record). Era calvo y tenía una gran barriga. Se sorprendió al verle entrar.
- Tú debes ser Romano.
El país asintió un poco nervioso.
- Tengo un mensaje de Al-Andalus. -Dijo.- te da las gracias por llevarle hasta al castillo, y te da permiso para salir del castillo cuando quieras, pero con guardias.
Romano asintió sin saber muy bien que decir.
- Lo de los guardias lo añadió Lesmes al enterarse. -Dijo el curandero un poco divertido.
A Romano le molestó oír el nombre, ese noble aparecía en todas partes, seguramente también había estado en la habitación.
Se acercó a la cama: Al-Andalus estaba dormido tranquilamente, le habían quitado la camisa y lucía un montó de vendas en todo el estómago.
El curandero le miró:
- Tiene suerte de ser un reino, por que sí no, no lo habría contado. La herida es profunda y la ha causado algo afilado. No nos ha dicho como ha sido.
Romano sabía que el curandero quería una respuesta, pero prefería no contarle nada, por que seguramente ni se lo creería.
- Simplemente, le gusta meterse en problemas.
- Hm, lo suponía, -Dijo el curandero, sabiendo que no conseguiría otra respuesta.- bueno, siendo él, lo único que necesita es dormir, y mucho. No se le dará de alta hasta que se despierte él solo.
El curandero cerró su macuto con una cuerda y salió de la habitación, no sin antes despedirse de Romano.
Romano se quedó solo en el cuarto.
- Muy bien Bella Durmiente, -dijo más bien para sí mismo.- ya has oído al médico, te toca dormir y a mí aburrirme.
Al-Andalus ni siquiera se movió, solo se oía su profunda respiración. Seguro que ni aunque quisiera podría despertarlo de ese sueño tan profundo.
Se quedó mirando la cara de dormido de Al-Andalus, le habían dicho que la gente cuando duerme parece más joven, él nunca se había visto a sí mismo dormido, pero sí a su hermano, que se supone que era igual que él, así que podía imaginárselo.
Pues si Al-Andalus aparentaba unos doce años, dormido parecía tener siete. Habría matado por poder sacarle una foto con su móvil.
Se quedó un rato pensando. No tenía ganas de dormir, y menos en el suelo de piedra, aún no se había acostumbrado.
Al final se rindió y se durmió, no tenía sentido quedarse ahí tumbado sin nada más que hacer que mirar a Al-Andalus. Se durmió deseando que el chico se levantara al día siguiente.
Se despertó por la mañana. Todo estaba en silencio.
Se incorporó en el suelo frotándose la espalda, como esperaba: le dolía horrores.
La vela que alguien había encendido la noche anterior se había consumido, y ahora soltaba un hilito de humo.
Miró a la cama: Al-Andalus seguía ahí dormido, no había movido ni un músculo desde la noche anterior. Otra vez, Romano sintió la tentación de sacarle una foto.
Se asomó a la estrecha ventana y vio que el sol ya había salido completamente, debían de ser las once. El curandero debió de avisar de que nadie se atreviera a molestar al pequeño país.
Romano se puso la chaqueta: no tenía la menor intención de quedarse el día entero metido en una habitación.
- Adiós Bella Durmiente, que tengas buenos sueños, que yo me largo. -Se despidió.
Salió de la habitación intentando hacer el menor ruido al cerrar la puerta. A primera vista todo parecía tranquilo, pero al bajar las escaleras al piso de abajo se metió en un mar de murmullos.
Unido al barullo que cada mañana se montaba, se sumaron todos los susurross y conversaciones sobre lo que había pasado la noche anterior. Además, la presencia de Romano solo consiguió alterar más a los sirvientes, e irritarle a él.
Lesmes se manifestó de repente (como siempre, el pijo estaba en todas partes). Consiguió que todos los sirvientes se callaran con solo aparecer por el pasillo. Por un momento, Romano pensó en irse con él para no tener que soportar los murmullos. Pero el noble le dedicó una mirada que habría asustado al propio Rusia (lo cual, en toda la historia del mundo, había sido imposible). Romano se aguantó las ganas de pegarle un puñetazo y le devolvió la mirada: él también sabía poner mirada asesina.
Después, Lesmes desapareció del pasillo igual que como había venido: como un fantasma.
Romano se relajó y miró a su alrededor: Todos los sirvientes se habían quedado parados mirando la batalla de miraditas y ahora observaban a Romano con una mezcla entre miedo y emoción. De repente, todos volvieron en sí y siguieron con sus labores diarias, pero sin cesar los cotilleos.
Después de desayunar una triste tostada sin tomate, Romano, sintiéndose observado a cada minuto, sopesó la idea de tirarse desde la torre más alta o salir un rato del castillo. Finalmente se decidió por esta última, porque la primera idea incluía la felicidad de Lesmes, y no tenía ganas de hacerle pasar un buen día.
Salió del castillo sin que nadie le dijera nada. Tenía suerte de que Al-Andalus le hubiera dado permiso de salir libremente del fuerte, seguramente sabía que si dejaba a Lesmes y a Romano solos en el castillo, habría un baño de sangre. Decidió no llevarse a Mediterráneo, era consciente de que ese caballo era más listo que él, y que acabaría traicionándolo. De todas maneras decidió despedirse de él de parte parte de Al-Andalus (el caballo pareció agradecérselo, pero seguía burlándose de él).
En cuanto dio un paso fuera del castillo, dos guardias bien fornidos le cubrieron a cada uno de sus lados, sin soltar palabra. Al parecer ya nadie quería hablar con Romano, y eso a él le enfadaba.
Se quedó mirando fijamente a los guardias mientras bajaban pueblo abajo, primero a uno y luego al otro.
El primero era el más alto y probablemente el mayor de los dos. Miraba al frente, sin mover ni un músculo de su cara seria. A Romano le recordó a uno de esos soldados ingleses que vestían como los muñecos plomo (más bien los muñecos de plomo vestían como ellos, pero a Romano eso le daba igual) y por más cosas que les hicieras no hacían ni la menor expresión.
El segundo guardia era más bajito y joven, desvió la mirada a un lado en cuanto Romano se giró hacia él, parecía algo nervioso. Romano sonrió, su técnica de intimidar con la mirada estaba funcionando.
Volvió a mirar al frente mientras seguían andando por el pueblo, en cuanto notó que él soldado más joven se había relajado, cogió impulso y saltó hacia él.
- ¡BUUUUUU!
El soldado dio un saltó para atrás intentando no caerse mientras soltaba un gritito como el de una chica. Romano se empezó a reír como nunca mientras se sujetaba la tripa. El otro guardia, del susto, había desenvainado la espada. Pero eso, más que asustar a Romano, le hizo reír con más fuerza.
- ¿Y vosotros sois la guardia real? ¡Hasta el caballo lo haría mejor!
Se pasó toda la mañana chinchando a los guardias, el joven siempre caía en sus trampas y el otro ya no se molestaba ni en mirar. Al final Romano acabó hablando con ellos (más bien solo, porque ellos nunca decían nada) de las tonterías que hacía su hermano, de como se hacía una buena pasta y sobre cremalleras.
A la hora de comer, Romano compró un buena barra de pan con una moneda de oro que le había cogido prestada a Al-Andalus (alegando que el chico se la había dejado de presupuesto).
Les ofreció un poco de pan a los guardias, pero ninguno lo aceptó, seguramente el joven creía que había alguna trampa. Estuvo un rato comentando lo buena que estaba la comida de su país y como la echaba de menos y hablando sobre sus pinturas mágicas y lo bien que las podía hacer él.
Más tarde, fueron a la explanada donde el día anterior había estado jugando con la pelota, pero no había ni un solo niño. Miró al sol: debían de ser las cuatro de la tarde. A esa hora estarían descansando o retomando el trabajo de por la mañana. Desde ahí ya podía ver un montón de campos de cosecha y a gente ya ocupada en ellos. Romano recordó cuando era pequeño y vivía en casa de España. Siempre le estaba obligando a trabajar en la cosecha de tomates de sol a sol. España también trabajaba con él en el huertoa y le había enseñado a cuidar de los tomates como si fueran un tesoro. Por culpa de España a él también se le había pegado la fiebre del tomate y tenía amplias cosechas de ellos.
Se sentó en una piedra baja mientras recordaba viejos tiempos (muy, muy, viejos tiempos) de cuando estaba en España y de como habían cambiado las cosas. Los guardias se quedaron de pie, cada uno a un lado, como siempre.
Sin apenas darse cuenta, la tarde había pasado y pronto se pondría el sol. Unas nubes oscuras se acercaban desde las montañas. Romano se había quedado tan ensimismado que apenas se había dado cuenta del paso del tiempo (además, como era un país, los días se le pasaban más rápido). Los guardias no se habían movido del sitio. Seguro que echan de menos mi voz. -pensó Romano aguantándose la risa.
- ¡Romano!
Un niño se le echó encima tirándolo al suelo, suerte que estaba sentado. Romano intentó desprenderse del abrazo: nunca le habían gustado.
El niño resultó ser Froilán, venía tan emocionado como siempre: dando abrazos. Los guardias aprovecharon para echarse unas risas y cobrar su venganza.
- ¡Froilán! -Dijo, mientras echaba una mirada asesina a los guardias.- De... ¿de dónde has salido?
El niño sonrió y se sentó al lado de Romano.
- Pues acabo de terminar la jornada, ha sido un día duro. Espero que llueva. -suspiró, señalando las nubes que se acercaban lentamente como enormes gigantes negros.- Y ¿cómo se encuentra Al-Andalus?
Romano se giró, se le había olvidado que el niño también había estado presente la otra noche.
- Pues... lo sabré cuando se despierte. A ese mocoso le han dejado dormir todo lo que quiera y ya lleva un día entero. Seguro que se está riendo de nosotros.
Froilán se rió, mientras observaba el atardecer al lado de Romano, pero no sentado como él lo hacía, sino andando de un lado a otro entreteniéndose hasta con las hormigas. Como veía que Romano no decía nada, decidió empezar él la conversación:
- Sabes, pillamos al ladrón, por que era un ladrón ¿verdad?
Romano se giró, Froilán sonrió con emoción por la atención que le prestaba.
- Estuvimos buscándole la misma tarde del accidente, antes de que anocheciera, y lo encontramos en seguida intentando robar un caballo.
- ¿Un caballo?
Froilán soltó una risita:
- Es que el pobre se había aterrado y quería escapar del pueblo cuánto antes, pero no veas la cara que puso cuando le encontramos, pensé que se moría allí mismo. -soltó una carcajada.- los mayores le dieron una paliza.
- ¿Los mayores? -Romano seguía sin enterarse bien de todo.
- Que te crees, ¿qué nos dejaban ir a los niños? Yo les dije que aguantaría la respiración hasta que me dejaran ir con ellos, y cuando se dieron cuenta de que iba en serio me dejaron, hasta las mujeres fueron a por él.
Romano se quedó anonadado, ya le gustaría que su equipo de fútbol tuviera tanta unión como ese pueblo para hacer las cosas.
- Y que pasó.
- Pues nada, que le pegaron una paliza, lo que suele pasar, pero en mi opinión las madres se pasaron con los rastrillos... -Romano le echó una mirada de susto.- que no hombre, ¿cómo iban a traer rastrillos?, son demasiado caros, así que trajeron palas...
Romano tragó saliva. Nota para el futuro: no te metas con nadie del pueblo.
Después de dar otras tres vueltas al descampado y una vez que las hormigas se hubieron cansado de él, Froilán por fin se sentó al lado de Romano.
- ¿Sabes? Así fue como conocí a Al-Andalus.
Romano le miró sorprendido:
- ¿Te lanzaste a darle un abrazo y le empezaste a hablar de las hazañas de tu pueblo?
- No, claro que no fue así. - Le dijo Froilán riéndose, como vio que había captado la atención de Romano, empezó.- Fue el pasado invierno, cuando llegaron todos los nobles...
El noble del castillo nos había avisado con anterioridad de que gente importante vendría dentro de poco y que tendríamos que dar lo mejor de nosotros, eso según mi padre significaba trabajar el doble ¡en pleno invierno! Se notaba que nuestro noble no había cogido una hoz en su vida. Pero claro, como él es el que manda nosotros tuvimos que trabajar duro por la misma recompensa.
Unas semanas después, llegó esa gente tan importante, nos obligaron a asistir a todo el pueblo, lo cual no es difícil porque no llegamos a ser más de cincuenta. Ya habían venido figuras importantes antes, a discutir problemas de territorio, pero esta vez fue diferente: Eran como seis o siete nobles con sus pajes y todos vestidos con ropas ricas y joyas, todos parecían ser muy fuertes y lucían unas espadas largas y relucientes: Con un simple anillo de esos nobles una familia podría sobrevivir por su cuenta un año entero.
Claro está que nosotros nos quedamos con la boca abierta, pero nos quedamos más alucinados cuando vimos a un niño incorporado en ese desfile de titanes, no por el hecho de ser un niño (que también impresionaba), sino por que comparado con los demás nobles, que iban vestidos con sus ricas telas y sostenían sus brillantes escudos y espadas, el chico no enseñaba ningún lujo, es más, ni siquiera iba calzado (con el frío que hacía). Eso sí, tenía una espada enorme que no se ni como podía sujetarla.
Por supuesto que todos los niños nos pusimos del lado del chico y no parábamos de vitorearle, ni si quieras los padres nos mandaron callar, estaban igual de impresionados. Esa fue la primera vez que vi a Al-Andalus.
Durante los días siguientes no paramos de jugar a que éramos caballeros y de preguntarnos quién era ese niño.
Unos días después empezaron a caer unas fuertes nevadas, lo cual no fue muy bueno porque la cosecha se echó a perder, pero ahora teníamos más tiempo libre y salía a jugar con los demás niños a batallas de nieve en este descampado.
Un día llegué aquí el primero, después de hacer las pocas tareas que me mandaron mis padres, y me encontré al chico del desfile. Lo reconocí porque aún con la nieve y el frío iba descalzo.
Me quedé de piedra al verlo, además, aún de lejos podía ver claramente la espada. Me acerqué lentamente hacia el niño, que estaba sentado en la misma piedra que tú. En todo el tiempo que tardé en acercarme no movió ni un músculo, tengo que reconocer que yo se andar muy silenciosamente, pero con la nieve, las hojas secas y mis nervios no es que fuera el rey del espionaje.
Me puse delante de él: no se movía, estaba algo pálido y tenía los ojos cerrados. Por un momento me asusté y creí que estaba muerto. Pero me di cuenta de que respiraba profundamente: estaba dormido.
Me quedé sentado un rato en la nieve observándole y preguntándome como es que no se le habían puesto los pies morados de frío (a mi nunca me ha pasado, pero mi padre me ha dicho que puede ocurrir en los días como este). Claro que el chico estaba durmiendo y, como es normal, la gente, por muy quieta que sea, se mueve un poco en sueños. Fue muy gracioso ver como Al-Andalus se iba balanceando para delante y para atrás cada vez más fuertemente hasta que se cayo de morros contra la nieve. Pegándolo un susto a él y a mí. A mi me hizo gracia, pero mis padres me han enseñado a no reírme de alguien que tenga una espada, por muy difícil que sea. Así que me aguanté todo lo que pude, pero el chico no lo resistió y empezó a reírse de sí mismo.
Yo me sentía un tanto extraño porque nunca había estado cerca de alguien tan importante, pero el empezó a hablar conmigo preguntándome mi nombre y cosas como esas, sin ni siquiera preocuparse de sus pies, que se habían quedado enterrados en la nieve.
Así fue como me hice amigo de él (más bien él se hizo amigo de mí) hasta el día de hoy.
Froilán acabó sus historia cogiendo aire. Romano le había estado escuchando, pero desde la parte de la caída no había parado de reírse, así que tuvo que esperar a que a este le volviera el oxígeno.
- ¿Y tú cómo conociste a Al-Andalus?
A Romano le pilló la pregunta por sorpresa y se lo tuvo que pensar un rato: no iba a contarle que había viajado en el tiempo gracias a un inglés psicópata.
- Digamos... que me tiró desde un edificio.
- Guau, eso debió de doler.
- Ya, pero por lo menos me salvé de ser atrapado por los musulmanes.
- ¡Te perseguían los musulmanes!
Como parecía que Froilán no iba a parar de preguntarle cosas, Romano optó por contarle como conoció a Al-Andalus y como acabó como "esclavo".
- … y el caballo me odia. -Concluyó Romano.
- ¡Tu vida es una aventura! Como me gustaría ser como tú.
- Puf, ni te imaginas por lo que he tenido que pasar. -Dijo Romano, recordando el mal trago en casa de Inglaterra.
Estuvieron otro rato charlando, los guardias de Lesmes no dijeron nada, pero escuchaban atentamente desde que Froilán contó su historia. A Romano le preocupaba que luego fueran a decírselo todo a su amo, así que intentó esquivar cualquier tema que les pudiera importar.
Al final las nubes negras les obligaron a separarse: entre que estaba anocheciendo y el temporal que se iba a montar, ya casi no se veía nada. Romano le dio las gracias a quien sea que construyera el sistema eléctrico en las ciudades.
Se despidió de Froilán antes de que empezara a llover, pero eso no fue suficiente para escapar del chaparrón. A medio camino hacia el castillo empezó la tormenta. Y no, no era una tormenta cualquiera, Romano estaba seguro que estaba expresamente hecha para fastidiarle. Empezó a llover con fuerza y el agua lo encharcaba todo, oyó como los guardias soltaban unos cuantos tacos. Romano se cubrió con la chaqueta, pero estaba seguro de que sus zapatos (que ya estaban bastante maltratados) no llegarían a contarlo.
Corrieron todo lo que el barro les dejaba hacia el castillo, una vez dentro, los guardias no lo dudaron un instante a la hora de desaparecer, seguramente para sus propios cuartos.
Romano se quedó solo en la entrada. Miró a su alrededor: no había ni un alma. Se estremeció, sin nadie armando barullo, ese castillo daba escalofríos.
Se frotó el estómago, tenía un hambre atroz. Lo único que había comido desde el desayuno era una barra de pan y ahora se moría de hambre. Desafortunadamente, seguro que las cocinas estaban cerradas. Romano sabía cocinar y tenía talento, pero ya se había acostumbrados a los modernos aparatos de cocina y no tenía ni idea de con qué se cocinaba en España (aparte de con tomates, pero eso no era el siglo indicado). Desde que había viajado en el tiempo había adelgazado un montón. Lo primero que haría al volver a casa sería comerse un buen plato de pasta con salsa de tomate y queso. Sí, sonaba perfecto.
Romano se quedó un rato pensando que hacer, y como se sentía frío, húmedo y obviamente incómodo, decidió que lo mejor sería volver a la habitación y olvidarse de la comida hasta la mañana siguiente.
Subió las escaleras silenciosamente, realmente daba pavor andar a solas por el edificio y cualquier sonido que hacía retumbaba siniestramente. Había probado a acelerar la marcha, pero eso solo conseguía que hiciera más ruido y que se asustara más. Maldijo haber llegado tan tarde al castillo. Eso sí, seguro que a esas horas no se encontraba con el pijo de Lesmes. Sonrió ante esa idea, que le dio ánimos para seguir adelante.
Por fin se encontró delante de la puerta de la habitación. La abrió lentamente, no porque no quisiera despertar a Al-Andalus, sino porque ya había comprobado que cualquier ruido se volvía algo horrible con tanto silencio.
Miró a su alrededor mientras entraba en el cuarto: nada había cambiado. Alguien había dejado unas vendas y algunos utensilios médico encima del escritorio y notó que también le habían cambiado las vendas al pequeño país. Seguramente fue el curandero.
Se acercó a Al-Andalus, que dormía plácidamente ajeno a la tormenta que se desataba fuera, Froilán estaba en lo cierto: no se movía lo más mínimo.
- Te juro que ahora mismo te sacaría una foto, sí el móvil no hubiera muerto, mocoso durmiente. -Dijo, otra vez, para sí mismo. Se quedó un rato mirando al país, envidiando lo bien que dormía comparado con él. Después se alejó y se puso a exprimir su chaqueta que ya más bien parecía una esponja de toda el agua que había absorbido. Segunda nota para el futuro: La próxima vez que viajes en el tiempo traete un chubasquero.
Estaba en plena tarea de secado cuando una voz infantil interrumpió su trabajo.
- Esto... ¿qué es un móvil?
Romano se giró asustado, primero porque acaba de oír algo que no fueran sus pensamientos en un castillo terrorífico; y segundo, por que el que hablaba era Al-Andalus.
- Heeeey, ¿me vas responder? -le dijo Al-Andalus desde la cama con una sonrisa sarcástica al ver la cara de Romano.
- ¿T-te has despertado?
- No, me estás viendo en sueños. -Le respondió burlonamente Al-Andalus.
Romano se acercó a él lentamente y acercó la mano a su rostro como si quisiera comprobar sí era real o no. Pero de repente, con un gesto rápido le dio una bofetada que consiguió que Al-Andalus viera las estrellas.
- ¡Aaaaaaaaaah! ¿¡Pero qué narices te pasa!? -Le gritó Al-Andalus mientras se masajeaba la mejilla con gesto dolorido.
- Y esto te pasa por ser un idiota. -le aclaró Romano sin poder contener una sonrisa de satisfacción.- Me has dejado solo con ese pijo y sus guardias un día entero.
Al-Andalus hizo un intento para incorporarse, seguramente para devolverle el golpe, pero cuando ya estaba a medio camino de conseguirlo, hizo un gesto de dolor y se palpó las vendas mientras se volvía a tumbar. Aún no estaba del todo recuperado.
- Maldita sea... ni siquiera puedo devolvértela... -Dijo con tono de resignación desde su cama.
- Pues lo que decía, por idiota. -Recalcó Romano, consiguiendo enfadar más al otro país.- Y dime, ¿cuánto lleva La Bella Durmiente despierta?
Al-Andalus enarcó una ceja:
- ¿Bella Durmiente? ¿Quién es esa?
Romano se cubrió la cara con la mano, con gesto de decepción.
- Nos es nadie... ¿que cuánto tiempo llevas despierto?
- Ah ¿yo? -Dijo señalándose un poco confuso.- Pues desde media tarde, el curandero me dijo que mis heridas progresan adecuadamente y que sí me quedo en cama hoy, mañana podré salir del castillo.-Dijo con un tono de emoción ante esto último.
Romano se sentó en el suelo mientras extendía al máximo su chaqueta, con la esperanza de que se secara rápido. Después se tumbó de la manera más cómoda posible (pero si no la había encontrado en la última semana ya no lo conseguiría) y miró al techo.
- He hablado con Froilán.
Al-Andalus se emocionó al oír el nombre del chico.
- ¿¡Ah sí!? Sabía que era buena idea dejarte salir del castillo. -Dijo con más emoción sí era posible.- ¿Y qué te ha dicho?
Romano le contó toda la historia del carterista medieval y sobre los guardias de Lesmes, que le habían estado siguiendo todo el día, algo que a Al-Andalus no le sorprendía lo más mínimo.
- Claro, por eso has venido tan mojado...
- ¿Es qué no has mirado por la ventana? Llueve a mares. -Dijo como si fuera obvio.
- Lo siento, estaba recuperándome de mis heridas, gracias por preocuparte. -Le respondió Al-Andalus, mientras se acomodaba en la cama.
Romano se tumbó dándole la espalda al chico. Estaba enfadado con el país por haberse dejado herir tan fácilmente, aunque no fuera a morir por grave que fuera la herida, tampoco era para dejarse abandonar así. Aparte de que el mal tiempo también le ponía de un humor de perros.
- Hey, no me digas que te vas a dormir. Llevo todo el día en cama, sin salir. -Se quejó Al-Andalus.
- Será mejor que te duermas si mañana quieres ver el sol.
Respondió Romano, con un tono bastante molesto. Al-Andalus debió de pensárselo, y al parecer estuvo de acuerdo, porque se acomodó en la cama y susurró un buenas noches. Romano no tenía sueño, era imposible tenerlo en un suelo de piedra frío y con el sonido de una fuerte tormenta, que más bien parecía un mar embravecido, de fondo. Poco a poco, y después de estar contando ovejitas un buen rato, a Romano se le fueron cerrando los ojos, hasta que por fin quedó dormido.
Romano abrió los ojos. Un fuerte trueno hizo temblar el castillo.
Se sentía mareado, aún era de noche y podía oír la fuerte tormenta que se estaba desatando fuera. Se frotó los ojos, estaba seguro que hacía solo unas horas que se había dormido. Otro rayo cruzó el cielo, seguido inmediatamente por un trueno que retumbó por todas las paredes del castillo: tenían la tormenta encima.
A Romano no le hacía ninguna gracia despertarse en medio de una tormenta, por la noche, dentro de un castillo que en esos momentos se le antojaba terrorífico. Pero no había sido el trueno el que le había sacado de su sueño.
Romano se incorporó un poco para observar mejor (todo lo que le dejaban la luz de los rayos) la habitación. En seguida dirigió su mirada hacia la cama que tenía al lado: Había un enorme bulto entre las sabanas. Romano se acercó un poco mientras otro rayo y su seguido trueno iluminaban el lugar: El bulto se estremeció.
- No puede ser... -Dijo Romano para sí mismo, en un susurro prácticamente inaudible con la tormenta.- ¿Al-Andalus?
El bulto de sabanas no dijo nada. Romano no se lo podía creer, aquel país que se había enfrentado a un carterista con una espada ahora le daba miedo unas simple tormenta. Se quedó un rato disfrutando del miedo que tenía su amigo, en venganza por haberse quedado inconsciente tanto tiempo.
Nunca había visto a España asustarse en todo el tiempo que trabajó como sirviente para él, es más, en todo ese tiempo ni siquiera le había visto llorar, ni cuando se independizó si quiera.
Se quedó un rato pensando en esos tiempos (algo que ha los países les ocurría a menudo por que de eso precisamente no les faltaba), hasta que otro trueno y su rayo correspondiente le sacaron de su ensimismamiento.
Miró otra vez al montón de mantas, parecía que el pequeño país no se había dado cuenta de que se había despertado y seguía ahí enterrado.
Romano se lo pensó, por muy bien que se lo estuviera pasando por la escenita no podía dejar al chico en esas condiciones. España nunca se lo habría hecho a él, además, sí Al-Andalus descansaba mal hoy, corría el peligro de que decidiera dormir otra día entero, y eso sería una catástrofe para Romano.
Decidió que lo mejor sería saber (aunque ya se lo imaginaba) que es lo que le ocurría al chico, así que se acercó lo más silenciosamente que pudo a Al-Andalus, lo cual no fue muy difícil porque la fuerte lluvia que caía afuera ya lo insonorizaba todo y conseguía que Romano no se oyera ni a sí mismo.
En cuanto se sentó en la cama algo hizo que Al-Andalus se encendiese y saltara como un resorte hacia Romano y de paso pegarle un puñetazo en la cara.
Romano pegó un grito mientras se frotaba la nariz, sorprendido por el golpe. Después sonó otro trueno y Al-Andalus se volvió a asustar, agarrándose como una lapa al país al que acababa de agredir. Romano se revolvió intentando liberarse, pero no había manera de quitarse al pequeño de encima. Sabía que no podría soltarse hasta que este lo quisiera, porque cuando España le abrazaba así (normalmente como muestra de cariño, no por miedo a un trueno) solo había dos formas de separarse de él:
1. Que le diera hambre y se soltase para ir a por algunos tomates.
2. Que se quedara dormido y aflojara la presión y Romano pudiera escapar.
Por lo que Romano sabía, no había ningún tomate cerca en un siglo a la redonda y no tenía pinta de que Al-Andalus fuera a dormirse por las buenas. Solo le quedaba una única y difícil estrategia que ha Romano no es precisamente que se le diera bien: Hablar.
Intentó separarse otra vez del país, pero el chico tenía fuerza y Romano no quería empeorarle las heridas ahora que estaba a punto de curarse, así que no había manera de salir. Solo le quedaba esa última opción.
- Al-Andalus... ¿Me sueltas? -Intentó ha hablar lo más suave que tuvo.
- Siento haberte dado un puñetazo...
- Ya, vale, gracias, pero ¿me sueltas?
- No.
Romano tragó saliva, su lado mafioso estaba saliendo a la luz.
- ¿Y por qué no?
- Porque no. -le respondió el chico como si fuera lo más obvio del mundo.
Romano ya se estaba enfadando, parecía igual de cabezota que el España que conocía, había que buscar otra forma.
- Eeeeeeeh... ¿sabes? A mi también me daban miedo las tormentas de pequeño. -Dijo sonrojándose un poco: era cierto. Pero la dignidad valía menos que la libertad.
Al-Andalus levantó la cabeza para mirarle, lo estaba consiguiendo.
- ¿Me estás llamando pequeño?
No, no lo estaba consiguiendo.
- No, no, que va... solo estaba hablando de cuándo yo era pequeño... -Dijo, mientras se maldecía para sus adentros.- A mi me daban miedo las tormentas, como esta, pero mi jefe siempre me tranquilizaba y me ayudaba, y eso que yo le daba muchos problemas... -Dijo mientras recordaba la vez que le tiró todas las estanterías de la biblioteca al suelo y España tuvo que recogerlo todo él solo.
- ¿En serio? -Le preguntó Al-Andalus mirándole a los ojos ( o por lo meno intentándolo, porque ver no se veía mucho).
- Sí, yo le causaba muchos problemas.
- No, sí en serio tenías miedo a las tormentas.
Romano asintió y justo otro rayo cruzo el cielo, pegándole un susto hasta a él, que se había olvidado de la tormenta. Al-Andalus se volvió a pegar a él. Mierda, al final toda la conversación no había servido para nada.
Pero el pequeño país parecía asustado de verdad, y a Romano solo se le ocurría ya una manera de tranquilizarle:
- Fuosososososo...
Se tapó la boca así mismo, ¿en serio había dicho una cosa tan estúpida?
Pero Al-Andalus pareció tranquilizarse por que le miró otra vez pero con cara de no entender.
- ¿Fuosososososo?
- Sí, fuososososo -Dijo, aún no entendía por qué había dicho eso.- Es un hechizo para dar ánimos, me lo hacía mi jefe cuando me disgustaba...
- Fuososososo~ -Susurró Al-Andalus para sí mismo, sonrió, parecía que le gustase la idea.
Romano sonrió para sus adentros, ahora podría soltarse. Pero justo cuando ya tenía esperanza sonó otra vez otro trueno, esta vez demasiado fuerte y demasiado cerca para ignorarlo. Al-Andalus volvió a agarrarse a él como si de un salvavidas se tratase.
Romano se maldició, estaba seguro de que esa tormenta estaba ahí solo para fastidiarle. Inglaterra debía de haberle echado un mal de ojo justo antes de que se fuera.
Estuvo un rato repitiendo el "conjuro" (en realidad Romano no se creía que fuera mágico), hasta que Al-Andalus se relajó lo suficiente.
- Al-Andalus, ¿me sueltas? -le preguntó Romano, feliz porque podría salir de ahí.
Pero Al-Andalus no respondía.
- ¿Al-Andalus?
Nada.
- Eh, ¿estás despierto?
Y otra vez, nada. Romano no se lo podía creer: se había dormido.
Sí, desde luego la mala suerte estaba contra él.
Intentó zafarse y escapar ahora que Al-Andalus estaba dormido. Pero el país se resistía incluso en sueños.
Romano se rindió.
Por lo menos dormiría en una cama.
Nota de Autor: Sí, por fin Romano ha dormido en una cama, no sé si habéis dormido alguno vez en los suelos de un castillo (yo, personalmente, aún no he tenido la ocasión xD), pero este en verdad es un momento muy importante, porque Romano casi pierde la espalda estos días. El pobre sufre mucho, y yo no le mejoro las cosas que se diga...
Bueno, espero que os estéis apuntando todas las cosas que hay que hacer antes de ir al pasado. Por favor, tomar nota, porque en el futuroa lo mejor sirve para algo...
Froilán es un buen chico, le he puesto un carácter más español que el propio España, y me gusta cómo ha quedado. Eso sí, yo no me metería con su madre xD
Además, como no mencionar a los dos soldados que vigilaron a Romano, desde luego se merecen un aplauso por soportar al italiano tanto tiempo. Mientras releía el cap, me di cuenta de qué el mayor de los dos se parece bastante a Alemania... no sé si es que veo cosas, pero bueno...
Y aquí está mi versión de como España aprendió el fuososo que todos conocemos. La verdad es que es un círculo vicioso por que Romano lo aprendió de España que a su vez lo aprendió de Romano... solo de pensarlo me da vueltas la cabeza!
Espero que os halla gustado este capítulo y voy a dar un aviso, ya que hay mucha gente que me lo pregunta: NO, IGGY NO HA FALLADO EN SU HECHIZO, es algo inverosímil y casi imposible de entender, pero Inglaterra a acertado. No me apetecía matarlo a manos de España e Italia, aún no ha llegado su hora xD
Y hasta aquí las explicaciones-mis comentarios~!
Respuestas a Reviews (me hacéis dar saltos de alegría):
rin06rimichi: No lo pude evitar, por alguna razón pensé que a este españa le pegaba robar (a un ladrón, digo). Total, luego fue un conquistador no? xD
Eso de la magia... se lo dejamos a Noru...
kuromi: Lo bueno de está magnífica serie (aparte de que me hace llorar de risa cada vez que hablamos en sociales del mundo xD) es que aprende tanto el que la escribe como el que la lee. himaruyaz es un héroe *¬*
Solanco Di Angelo Redfox Roma: Gracias por tu sugerencia! la verdad es que si Romano viajara a distintas épocas daría mucho que inventar, pero para el final que tengo planeado necesito que se quedé ahí, donde está. xD
La verdad es que la idea de Iggy de mandar a Romano a distintas épocas le queda genial, pero Romano támpoco es que se haya metido mucho con él (no como Francia claro xD) y creo que con todo lo que está ocurriendo (y ocurrirá) ya es bastánte castigo xD
Aún así, muchas gracias por compartir tus ideas!
Gracias a todos esos reviews de gente que apoya esta historia y que me anima a que siga adelante, de verdad, sabéis hacer sonreír mejor que nadie!
Make pasta no War! ;)
Ya sabéis, cualquier duda, te gusta, no te gusta, idea, crítica... te encantan los soldaditos de plomo... lo que sea, me lo decís Da?
Ciao~
