Nuevo invitado

Romano se despertó. Por primera vez en mucho tiempo se sentía como nuevo: no le dolía la espalda, ni el cuello, ni la cabeza. Hacía mucho que soñaba con ese momento.

Miró a su alrededor, ahí estaba la razón por la que sentía también. Había dormido en una cama normal, bueno, tal vez un poco anticuada para su gusto, pero una cama después de todo. Se sentía como si hubiera vuelto a nacer, este evento marcaría un antes y un después en su vida (bueno, tal vez estuviera exagerando, pero dormir en una cama después de tener que soportar durante semanas el frío y duro suelo era una sensación que todo el mundo debería experimentar).

Pero toda esa paz interior que Romano no solía sentir se fue al garete por culpa de unos molestos ruidos.

Ahí es cuando se dio cuenta de que Al-Andalus no se encontraba en la habitación.

Miró a su alrededor, no veía al niño en ningún sitio. Escuchó atentamente aquellos chasquidos metálicos. Los había oído en alguno parte antes, pero hacía mucho que no los escuchaba.

Por fin los identificó: Eran espadas.

Se asomó corriendo por la estrecha ventana que dejaba entrar unos pocos rayos de luz en la habitación. La ventana daba al patio del castillo: un montón de sirvientes se había reunido y observaban como dos jóvenes luchaban con dos relucientes espadas. Dejando soltar aveces alguna ovación.

Uno de esos jóvenes era Al-Andalus.

Romano salió apresuradamente de la habitación a medio calzar y con la chaqueta en la mano. No entendía porque Al-Andalus estaba peleando con alguien y nadie, ni siquiera Lesmes, hacía nada para pararlo. Empezaron a pasársele por la cabeza un montón de razones por las que estaba luchando, pero la que más le asustaba era que ese otro joven fuera otro país y hubiera ido allí para conquistarle, o peor, para matarlo.

Romano bajó los escalones de dos en dos y de tres en tres, montando un jaleo enorme. Por suerte no se topó con ningún sirviente ni con ningún noble, por que no dudaría en pegar un puñetazo a cualquiera que se interpusiese entre él y la puerta.

Por suerte, el castillo estaba tan vacío como la noche anterior y no hubo que verse obligado a agredir a nadie.

Salió nervioso abriendo con fuerza el enorme portón de madera.

La luz del sol le dio directamente en los ojos, cegándole por un momento. El sonido de las espadas chocando cesó, seguida por una corta ovación de parte de lo sirvientes.

Romano se puso las manos a modo de visera y miró a su alrededor: en efecto, todos los sirvientes estaban allí, pero se fijó que entre ellos también se encontraban algunos nobles. Lesmes estaba ahí, mirando con atención la pelea, sin hacer nada. Cada vez estaba más confundido, pero mirar la escena que todos observaban le dejó aún peor:

Al-Andalus estaba arrinconado contra una columna de piedra, le habían desarmado y ahora una puntiaguda espada le apuntaba al cuello peligrosamente.

El joven que portaba esa arma sonrió. Tenía el pelo rubio largo, recogido en un lazo blanco como la nieve. Vestía un túnica larga, cogida por la cadera por un cinturón de cuero que a la vez sujetaba la vaina de la espada.

- Gané. -Dijo el joven con un extraño acento. A Romano le sonaba mucho esa voz, pero no lograba dar con la persona. Aunque ahora le importaba más la situación que el atacante, la pelea aún no había terminado.

Al-Andalus no se asustó al verse entre la espada y la pared (literalmente), es más, sonrió con seguridad y fijó su mirada en algún punto a la espalada de el otro chico y apuntando con gesto nervioso hacia ese lugar.

- ¡Cuidado con el toro!

Al oír la noticia el del acento raro se volvió asustado, distrayéndose por un momento.

Pero para cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde: no había ningún toro y Al-Andalus le apuntaba al cuello con un pequeño puñal que debía de guardar en algún sitio.

- Quién ríe el último ríe mejor. -Le dijo Al-Andalus al oído. El otro chico tragó saliva y dejó caer su arma al suelo con resignación.

Los sirvientes se pusieron a aplaudir con emoción mientras se reían de la simple estrategia con la que su país había ganado.

Lesmes simplemente sonrió y miró hacia otro lado ocultando su cara.

Romano sintió como se relajaba notablemente y dejó caer su peso en una de las columnas de piedra. Ahora podrían arrestar al chico rubio e interrogarle para que les desvelase por qué estaba ahí y de paso para que se llevase su merecido.

Pero para sorpresa de Romano, ningún guardia irrumpió en el patio y los sirvientes se fueron tranquilamente cada uno por su lado a sus tareas. Los nobles también desaparecieron del lugar para hacer Dios sabe qué cosas.

Y para dejarle aún más confuso que una brújula en una lavadora, Al-Andalus retiró el arma del cuello de su adversario y le dio la mano amistosamente, y para colmo el vencido se la estrechó como si nada.

- Te dije que había mejorado con la espada. -le comentó Al-Andalus a su "compañero".

- Bah, sabes que nunca te pondría en ridículo delante de tu gente con unas de mis mortales florituras. -Le dijo el otro con su fuerte acento y un tono bastante orgulloso.

- Ya, claro. -Soltó Al-Andalus entre risas.

Romano seguía ahí, apoyado contra el muro, sin entender nada. Pero ahora podía observar mejor al otro chico:

Tenía la piel mucho más pálida que Al-Andalus y los ojos de un azul mar. Y aunque era un poco más alto que el otro país se notaba que tenían una edad parecida.

Aún observándole, Romano no daba con la persona, pero por alguna razón había algo que no le agradaba y se estaba comiendo el coco.

Al-Andalus se volvió y vio a Romano, que inconscientemente se había quedado mirando fijamente a su compañero. Le agitó la mano en señal de saludo, haciendo que este se sobresaltara y se diera un fuerte golpe contra la columna. Después le señaló con la mano mientras le comentaba algo a su amigo entre risas. Se fueron aproximando a Romano, que se frotaba dolorosamente la cabeza: como echaba de menos las paredes de yeso.

- ¿Has visto Romano? Ya estoy completamente recuperado. Apenas me quedan unos rasguños. -Le dijo animado Al-Andalus mientras envainaba su espada.

- Que bien. -Dijo Romano en tono de queja mientras miraba si le había salido un chichón.

El compañero de Al-Andalus miró de arriba a abajo a Romano mientras hacia pequeños rizos en la coleta con su dedo.

Romano se estremeció, no le gustaba que la gente se le quedara mirando fijamente, aunque hace unos segundos él estaba haciendo lo mismo.

- Entonces este es tú esclavo personal ¿eh? -dijo ahogando una risa. Al-Andalus lo miró con algo de reproche, pero divertido.

- No lo digas en ese tono Francia, digamos que es mi amigo.

Romano se quedó helado al oír el nombre.

- ¿Romano? -Preguntó Al-Andalus mientras le agitaba la mano delante de la cara, intentando saber si su amigo estaba vivo o no.

- A lo mejor le afectó el golpe... -insinuó Francia mientras soltaba un risita.

- ¿Fra-Francia? - Murmuró Romano, sorprendido.

El rubio asintió sonriente.

- Bueno, así me llaman. No tengo que recurrir a un mote como mi querido amigo, el de los reinos. ¿Verdad Al? -Dijo dirigiéndose al otro país con una sonrisa irónica.

- Es Al-Andalus, que le voy a hacer si mis reinos no se aclaran con un nombre en común. -Después se dirigió a Romano.- En serio, ¿estás bien? Parece que hayas visto un fantasma...

- Mmmmm, creo que tu amigo me debe de conocer. -Dijo Francia.- Pero claro, yo siempre dejo buenos recuerdos hallá dónde voy.

Al-Andalus le dio un empujón a su amigo.

Romano volvió en si y soltó un suspiro mientras se incorporaba.

- ¡Anda! ¡Pero si ha vuelto! -Dijo Francia mientras daba unos aplausos. Parecía pasárselo en grande.- Ahora me podrás decir de qué te conozco. Pero claro, no creo que haya echo daño ha alguien tan apuesto.

Un escalofrío corrió por la espalda de Romano mientras Al-Andalus se echaba a reír.

- Bueno, ¿de qué me conoces? -insistió el francés.

- De nada. -sentenció Romano.- Jamás te había visto antes, lo que pasa es que ya es tarde y aún no he comido nada.

Al-Andalus pareció corroborarlo porque de repente se frotó el estómago.

- Es verdad, ¡me muero de hambre!

- Tú te quejas cuando te conviene ¿verdad Al? -Comentó Francia. Pero el moreno había pasado de él y se había ido a pedir a un sirviente que pasaba que les trajeran el desayuno afuera.

Mientras lo preparaban, Francia y Al-Andalus se pusieron a hablar sobre el día que hacía y todo el tiempo que hacía que no se veían.

Mientras, Romano se quedó pensando en Francia. Por su puesto que lo conocía, el país seguía existiendo en su presente, sólo que más mayor, por eso no lo había reconocido. Pero tampoco era como para olvidarle. Menudo personaje estaba hecho el francés, le gustaba todo lo bello y hermoso, da igual si son mujeres u hombres o alienígenas, a él le gustaba todo por igual. Incluso había intentado quedarse con él mismo, peleándose con España (por suerte el español sabía arreglárselas bien y le salvó). Además de que les debía unas cuantas obras de arte a él y a su hermano.

Por eso a Romano no le gustaba para nada ese tipo, y lo último que se esperaba era que se lo encontrara en un viaje al pasado. Desde luego alguien de ahí arriba se había enfadado con él.

Se habían sentado en un banco cuando por fin trajeron la comida: las tostadas con aceite de siempre, pero también uvas y otras frutas que tenían muy buena pinta y que a Romano no le habían servido antes. Seguramente eran por la visita "especial" de hoy.

Al-Andalus se lanzó a por la comida casi tan rápido como Romano, que ya iba por la mitad de la tostada. Por su parte, Francia se tomaba su tiempo mientras se reía de los modales de los otros dos.

- Entonces conocías al abuelo Roma ¿eh? -le dijo Francia.

Romano se atragantó con su tercera tostada al oír el nombre de su abuelo.

- B-bueno, le conocía bastante. -Dijo, tampoco podía decir que él fuera su nieto, estaba en el pasado y no podía dar muchas pistas.

- Pues debíais de ser muy cercanos, tenéis el mismo acento.

Romano se sonrojó, eso no podía esconderlo. Pero si seguía con ese tema las cosas se complicarían. Tenía que hacer algo.

- ¿Y qué haces tú aquí Francia?

Al-Andalus empezó a beber un gran vaso de agua.

- ¿Yo? He venido ha enseñar a bailar a Al.

Al-Andalus escupió todo el agua.

- ¿Ha Ba-qué? -Dijo mientras tosía.

- A bailar, danser. -Le explicó Francia.- ¿No te lo han contado?

- ¿No contarme qué? -Al-Andalus seguía sin entender muy bien lo que pasaba.

- Pues que vamos a organizar un baile. A los demás nobles les pareció buena idea.

- ¡¿Y qué pasa conmigo?!

Francia suspiró.

- Al, deberías agradecérmelo. Te estabas quedando anticuado, los otros reinos han empezado a incorporar bailes, sobretodo los de Italia. -Romano tragó saliva.- Yo solo quería que no te quedases atrás. -Dijo Francia en un exagerado tono dramático.- He hice el esfuerzo de venir hasta aquí, para que ahora me grites.- Siguió con el teatro.

- ¡¿Y por qué no me lo ha dicho nadie?! -Se quejó Al-Andalus.

- Escúchame bien, mon cher ami. -Francia parecía ya harto de que le gritasen.- Yo vine ayer, ¿sabes?, a-y-e-r -deletreó en castellano.- Y aunque se que el hermano mayor, moi, entiende de todo, le es imposible saber las cosas que ocurrieron cuando no estaba.

Al-Andalus pareció entenderlo, porque desvió la mirada soltando una pequeña queja. Por su parte, Romano se lo estaba pasando genial al ver a los dos países discutir, se notaba que eran niños.

Al-Andalus se incorporó, más relajado, aunque seguía enfurruñado.

- Vale, pero tú no eres mi hermano mayor.

Francia se llevó la mano (otra vez con su gesto teatral) al corazón, dolido.

- Eres demasiado duro con tu ami. -Dijo, solo le faltaba que se echase a llorar.- Sabes que el hermano mayor nunca te haría nada malo.

Al fin consiguió que Al-Andalus soltara una pequeña risa y sonriera.

- Esta bien, pero aunque ya no lo esté contigo, sigo enfadado. -Y con esto se puso a andar a paso rápido al interior del castillo.

Francia y Romano se miraron sin entender muy bien a dónde pensaba ir el joven país y sin saber muy bien que hacer. Hasta que Al-Andalus se paró y se volvió.

- ¿Vais a venir o pensáis estar en el patio toda la mañana? Preguntó Al-Andalus indicando con su mano que le siguieran.

Francia dio un salto y se puso de pie.

- Mon chéri, tu ex-hermano mayor no sabe a donde vamos. -Dijo, mientras se apresuraba a alcanzarle.

- Pues voy a hablar con Lesmes, no puede dejarme a parte de las cosa así porque así. -Dijo Al-Andalus mientras entraba en la torre.

- Hey, ¿y quién es ese Lesmes?

- Un noble que ha venido conmigo desde el norte.

- ¡Ah! El arisco ese que me miró mal cuándo le guiñe el ojo al llegar, nunca me ha caído bien.

Al-Andalus miró raro a su amigo, pero este solo se reía con su aguda carcajada francesa.

Romano se maldició, no solo iban a ver a Lesmes, sino que ademas lo hacían por voluntad propia. No tenía ni idea de dónde estaba Lesmes durante todo el día, pero siempre tenía la sensación de que le vigilaba por alguna ventana o almena, e incluso por las esquinas de los pasillos (muchas veces se había girado para saber si había alguien detrás suya). Pero a Romano le interesaba saber dónde NO estaba y no ir directos hacia él, como ahora. Aunque no tenía otra opción que seguir a la tropa, porque no se podía separar de Al-Andalus.

Aunque Romano ignoraba el lugar dónde subsistía, Al-Andalus parecía saber dónde se encontraba Lesmes perfectamente, porque enseguida empezaron a subir escaleras de caracol y andar por pasillos. Aunque no lo pareciera por fuera, el castillo era inmenso.

Francia no paraba de comentar cosas como "Estas armaduras están muy oxidadas" o "El suelo está muy húmedo" e incluso "Al, tendrías que empezar a llevar zapatos". A lo que "Al" no respondía nada. Este tipo de comportamientos a Romano le ponían de los nervios, pero no se iba a pelear contra alguien que llevaba una espada, y menos sí ese alguien era Francia, que por lo que había visto antes en el patio se le daba bastante bien la esgrima.

Por fin se encontraron delante de la habitación de Lesmes, pero Romano apenas tuvo tiempo de asimilarlo, porque solo llegar, Al-Andalus abrió la puerta sin ni siquiera molestarse en llamar. Francia soltó una risita mientras entraban.

La habitación en la que se encontraban, era amplia y grande, parecida a la de Al-Andalus, solo que con un armario más amplio y una enorme mesa llena de papeles. En una de las paredes se mostraban unas magníficas espadas que a Romano le hicieron estremecerse. Francia también las vio, pero pareció sonreír mientras acariciaba el pomo de la suya, seguramente pensando que era la mejor.

Lesmes se encontraba sentado cómodamente en una enorme silla acolchada mientras observaba unos planos y tomaba apuntes en un libro. Ni siquiera se sorprendió al ver entrar al pequeño país.

- ¡Lesmes! -le llamó Al-Andalus para llamar su atención. Francia se apoyó en la pared de piedra, para obtener una vista perfecta de la escena, Romano prefirió no moverse de la puerta.

- ¿Tienes algún problema? -Le dijo Lesmes, sin inmutarse del tono de Al-Andalus ni lo más mínimo.

- ¡Tú eres el problema! ¿Es que nadie me va avisar ni siquiera de las fiestas que se van ha organizar? -Dijo Al-Andalus aún enfadado.

Lesmes miró de reojo a Francia, que desvió su mirada mostrando gran interés hacia el armario que tenía al lado. Después volvió a mirar a España mientras se acomodaba en su silla.

- ¿Y cuál es el problema?

Al-Andalus parecía furioso.

- ¡Pues que no me tenéis en cuenta!

- Por favor, Al-Andalus, que es solo un baile y además muy importante, viene el rey y sus princesas.

Al-Andalus se giró hacia Francia, sorprendido por la noticia, pero este parecía empeñado en examinar el armario, mientras se hacía un rulito en el pelo con el dedo. A Romano le divertía la situación, por muy irritado que estuviera el pequeño reino.

- ¿¡Qué viene el rey?! -Ahora más bien parecía indignado.- O no me decís nada o me contáis la mitad.

Romano se había llevado la mano a la boca para aguantarse la risa, aquella situación no podía ser más cómica.

- Venga, Al-Andalus, no montes esta escena y menos delante de invitados.

- No eres el primer noble con el que discuto delante de Francia.

El nombrado soltó una risita, centrándose "por primera vez" en la conversación al oír su nombre.

Lesmes parecía cansado de discutir.

- Lo cierto es que te lo íbamos a decir antes, pero volviste acuchillado por un ladronzuelo, y por alguna razón, tú amigo debió de enterarse y vino aquí. - Dijo, mientras volvía a mirar de reojo a Francia.

- Mon ami, no hay ninguna fiesta de la que el hermano mayor no se entere. -Dijo Francia soltando una risita.- Además, voy a enseñar a bailar a mi querido Al. -Terminó orgulloso. Lesmes miró a Al-Andalus sorprendido.

- ¿No sabes bailar? -Dijo asombrado.- Pero sí eres más viejo que yo.

Al-Andalus se había puesto rojo y no decía nada. Francia debió de sentir compasión por él, porque le cogió por su brazo y dijo:

- Exacto, no sabe bailar, y por eso he venido, Au revoir!

Francia se despidió de Lesmes guiñándole un ojo y con una reverencia marcada por su mano libre, mientras arrastraba a Al-Andalus hacia la puerta. En cuanto los dos hubieron salido de la habitación, cerró de un sopetón, dejando a Lesmes solo.


Nota de Autor: Seguro que no habiais adivinado quien era el chico rubio del acento xD, nadie se esperaría a Francia, no, que va... ¬¬

La verdad es que escribir los diálogos de Francia es superdivertido, aunque aún me estoy acostumbrando, pero poner de vez en cuando alguna expresión en francés es la bomba xD

Lo del baile se me ocurrió por que lo necesito para unas cuántas cosas, pero me he metido en un buen lío, a la hora de escribir los siguientes caps he tenido que buscar muchísima información sobre la Edad Media, ya que a cada cosa dudaba, pero claro, la Edad Media es la época más oscura de España (no me refiero a que hubiera eclipses xD)pero como no ocurría nada sobre cultura y sólo había libros religiosos, era muy difícil orientarse.

Espero que os halla gustado!

Respuestas a reviews:

gatita-yaoi: También se me ocurrió la gran idea de que al movil le callera un rayo y le volviera la batería, pero nose, parecía demasiado inverosímil, y me encanta de vez en cuando recordarle a Romano que a perdido su querido aparato xDD

Make pasta no War!

(cualquier cosa, me lo decís Da?)

Ciao~