Nota de autor: Lo siento por la tardanza! Aquí en Madrid estamos de puente y me fui con mi padre y mi hermana a un camping, sin internet (sufrí mucho sin mi ordenador xD) asique hasta hoy no he podido subir el cap. Me he dao prisa en subirlo y no he hecho un últimop repaso así que puede que haya algunas faltas, pero nada grave xD
disfruten!
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- ¡Hermano! ¡Has venido! -Dijo mientras lo aplastaba con una gran abrazo.- ¡Me has preocupado, pensé que te había pasado algo!
Portugal le dio unas palmaditas en la espalda, no se sabe si para tranquilizarle o para decirle que no podía respira, pero al final el país le soltó.
- Tranquilo hermanito, estoy bien, sólo que me he perdido. -Le dijo a una marcha mucho más pausada, comparada con la del otro país.
Se pusieron a subir la cuesta que Al-Andalus había bajado corriendo. Mientras tanto Romano y Francia observaban desde arriba. El rubio tenía una amplia sonrisa en la cara y el italiano más bien estaba incrédulo.
- ¿Y ese quién es? -Preguntó, ya que no había oído bien nada de lo que habían dicho los otros dos países.
- Portugal, por supuesto. -Dijo Francia, sorprendido por la pregunta.- ¿No lo conoces? Para ser un país estás très atrasado... Suspiró, aún sonriendo.
Romano soltó un pequeño gruñido, tenía un orgullo que proteger.
- ¡Pues claro que le conozco!, lo que pasa es que no se qué hace él aquí.
Francia lo miró de arriba abajo, riéndose por las quejas del italiano.
- Esto es une grande fête y en las grandes fêtes viene gente importante. -Explicó sin más.- ¿por qué te crees sino que Al empezó a esforzarse más en los ensayos? -lanzó la pregunta mirándole fijamente.- Siento decirlo, pero no fue sólo por mis artes de maestro.
Romano se quedó un momento atando cabos. Más o menos ya hacía la relación. Al-Andalus se había enterado de que llegaba su hermano, hacía por lo menos una semana. Francia al parecer también lo sabía. Entonces, ¿cómo es que no se había él dado cuenta? O los mensajeros que llegaban eran ninjas o él no se enteraba de nada. Tampoco se imaginaba que hacía que un fiesta fuera tan importante cómo para que otros dos países (por ahora, que a este paso iba a llegar media Europa) también vinieran.
Por fin llegaron los dos hermanos, y Romano pudo observar mejor a Portugal: Se parecía bastante a Al-Andalus (no tanto como los italias), y era un poco más alto que él. También tenía la piel morena y los ojos verde oliva, y como su hermano, tenía el pelo marrón café y ensortijado, pero notablemente más largo.
Llevaba puesta un vieja gabardina de piel marrón.
Romano nunca había cruzado más que un saludo con él (y eso que visitaba España bastante a menudo), pero España normalmente comentaba cosas buenas sobre él y también le hablaba sobre las peleas que tenían cuando estaba conquistando nuevas tierras. Aunque no le gustaba hablar mucho de sus tiempos de pirata (y según lo que sabía romano, a Inglaterra tampoco). Ya le habría gustado conocerle, la gente decía que era mucho mas tranquilo y maduro que su hiperactivo hermano.
- Mira Romano, ¡Este es Portugal, mi hermano! ¿A que es majo?
- ¿Cómo voy a saber si es majo si ni siquiera le he saludado? -Le gruñó el italiano. Francia se rio a espaldas de Romano.
- Bueno, pues os presento: Romano, Portugal. Portugal, Romano.
- Hola.
- Olá.
- ¿No es genial?
- Vete al cuerno.
El moreno no debió de entender bien la expresión, porque siguió sonriente. Al final, fue Francia el que decidió romper la tensión:
- Bueno, Portugal, ami, no has cambiado nada ¿eh? -Dijo mirándole de arriba a abajo con una sonrisa aprobatoria. Portugal solo sonrió, igual que su hermano.
- Lo mismo para ti Francia. -Dijo tranquilamente.- Pero no toques a mi hermano. -Avisó al francés, un poco serio. No parecía que se cayesen muy bien. Francia solo soltó una risita mientras se metía en el interior del castillo, dispuesto a empezar con la fiesta.
- Pero si no me hace nada, hermano. -Se quejó Al-Andalus.
- Eso no te lo crees ni tú. -le respondió Portugal, seguro que era duro vivir con un hermano que no se enteraba de nada. Volvió a sonreír y se fue con Al-Andalus al interior del castillo. Iban conversando un montón de cosas en una mezcla entre portugués y castellano (y latín), así que Romano no se enteraba de nada.
El castillo había sido prácticamente remodelado. Había un montón de tapices en las paredes, los suelos se habían cubierto de un montón de alfombras y había una enorme mesa llena de comida que consiguió que ha Romano le rugieran las tripas.
Todo estaba lleno de gente y era difícil no chocarse con nadie. Francia había desaparecido ya hace tiempo y a Romano le costó seguir el ritmo al que andaban los hermanos, así que en seguida los perdió.
Miró a su alrededor: gente, gente, gente. No había nadie conocido. Ni siquiera ese maldito Lesmes, que siempre aparecía de la nada, estaba a la vista. No sabía muy bien que hacer, ya que en teoría tenía que estar siempre pegado al pequeño país, pero Al-Andalus debía haberse olvidado por completo de la situación. Cómo estando ahí parado no solucionaba nada, decidió que lo mejor sería que disfrutara de la fiesta. Ya le encontraría alguien.
Empezó a andar pensando que hacer. Después de picar un poco en la comida que había encima de las mesas, vio que unos nobles se habían puesto a beber y apostar en una mesa a una esquina de la habitación.
Se acercó picado por la curiosidad. Estaban jugando a las cartas, pero la baraja era distinta a la que usaba España cuando este jugaba con el y le enseñaba distintos juegos de su país. Así que se quedó un rato observando la partida, para comprender como iba el juego. Se parecía bastante al poker y Romano fue dando un valor a cada carta que usaban. Algunos de los nobles que participaban (en concreto los que iban perdiendo) estaban más centrados en beber que en la partida, pero seguían de buena gana el juego. Había bastante gente al rededor haciendo apuestas de quien iba a ganar, y cada vez que se terminaba una partida se oían aplausos, abucheos u ovaciones a partes iguales. Pero todos estaban contentos.
Después de un rato, Romano empezó a entender como funcionaba el juego. Se parecía bastante a los que le enseñaba España.
Sonrió: siempre ganaba.
No sabía cuanto llevaba allí, pero tampoco le importaba. No le había costado mucho meterse en la partida, aunque al principio el público le miraba con desconfianza por su acento extranjero. Pero siempre se agradecía gente en la partida y aún quedaba sitio en la mesa. No tardaron mucho en arrepentirse: El italiano iba ganando.
Pero no ganando un poco sobre el resto, estaba dejando a los nobles sin blanca. En la mesa hacía rato que se había dejado de ver monedas de oro, ya se habían gastado. Ahora había joyas, piedras preciosas, broches y hasta telas de seda o de fino algodón.
Romano había conseguido que el público se pusiera en su favor, y ahora estaba a su lado dándole palabras de aliento. No era raro ver a Romano sacar la carta correcta en los momentos más extremos y conseguir llevarse todo lo que había en la mesa. Y ahora sus sonrientes oponentes se habían puestos más serios en la partida (aunque no habían dejado el alcohol).
Romano sabía jugar, o mejor dicho, sabía hacer trampas. Una carta bajo una manga, algún gesto para desmoralizar al contrario, no era la primera vez que se le caía la copa al suelo para distraer a los demás y conseguir su as. Había vivido con mafias y había aprendido mil formas distintas de burlar al contrario. De vez en cuando se dejaba perder, para no levantar mucha sospecha, pero siempre con el poder sobre la mesa.
No hacía falta decir que Romano se lo estaba pasando en grande, hacía tiempo que no disfrutaba de una partida así. La última vez que recordó que se lo pasaba tan bien fue contra España, pero desde que había empezado la crisis ya no se atrevía tanto a ir contra el italiano (de alguna manera había conseguido leer la atmósfera).
Romano se había distraído un poco pensando en sus cosas y acababa de perder la partida. Oyó como el público de su alrededor se lamentaba. Mierda, no podía distraerse de esa manera. En seguida volvió a centrarse en la partida. Entonces oyó a alguien al lado suya:
- Oh la lá, Romano, veo que te lo estás pasando trés bien -Dijo Francia, que había parecido al lado suya.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Romano, pero estaba en medio de la partida. No podía perder, ahora no.
- Vete de aquí Francia, eres demasiado pequeño. -Le soltó el italiano, sin ser muy consciente de lo que decía. El rubio se mostró dramáticamente herido:
- Oh, eso me ha dolido. El hermano mayor sólo quería hablar contigo. -se quejó.
Romano fingió que no le escuchaba. Y siguió con la partida, aunque ahora no podía concentrarse bien en ella. Pero el francés seguí ahí, al lado suya sin moverse. El publico ya empezaba a sentir curiosidad por él.
Al ver que le ignoraban, Francia se acercó a su oreja (algo que estremeció a Romano) y le susurró:
- Si no me escuchas, todos se van a enterar de esa carta que guardas bajo la manga.
Romano dio un pequeño saltito que sobresaltó al público. Miró a su alrededor para comprobar que nadie lo había escuchado. Por suerte, había tanto ruido en la habitación que no habían podido oír nada. Es más, le miraban interrogantes.
Pensó que hacer: no quería abandonar la partida, era divertido. Pero claro, si seguía así no podría seguir jugando. Se le vino a la cabeza lo que le había contado Froilán sobre las mujeres con las palas.
Suspiró.
- Lo siento, me tengo que ir. -Dijo mientras se levantaba. En seguida se oyó una queja general. Incluso sus oponentes se lamentaban. Hasta le dijeron que ya se encargarían de subirle a la habitación todo lo que había ganado, era buena gente al parecer. Menos mal que no se habían dado cuenta de las trampas que hacía, porque entonces sería Romano el que no lo contaba. Francia sonrió, satisfecho de la opción que había preferido tomar el italiano.
Romano se dirigió a Francia con una de sus airadas miradas. Pero el rubio fingió no darse cuenta de nada mientras se despedía del resto de la mesa lanzando unos de sus besos, acompañado con un gesto de la mano, como si se lo dedicara a todo el mundo. Eso desmoralizó un poco a la gente de al rededor, que por un momento se quedó callada. Pero en seguida volvieron a beber y a reír como antes.
Romano no sabía muy bien a dónde se dirigían. El francés lo había cogido del brazo y lo arrastraba por la multitud, sin frenarse. Lo que provocó que el italiano estuviera a punto de caerse más de una vez.
Estaban pasando la entrada del castillo: se dirigían a fuera. Romano seguía sin ver a Al-Andalus y Portugal por ninguna parte. Seguro que a ellos no les había venido Francia a molestar.
Salieron fuera, ya había anochecido y hacía frío, pero por lo menos no había tanta gente y se podía respirar aire fresco. Romano aún no entendía para qué habían salido. Francia se había quedado mirando el paisaje y el cielo estrellado que poco a poco iba apareciendo.
- Bueno, maldito pervertido, ¿por qué me has sacado de mi gran partida?
Francia apartó su mirada del cielo y miró a Romano con una sonrisa perversa. El italiano se estremeció.
- Así que estabas haciendo trampas, ¿eh?
La pregunta lo pilló por sorpresa.
- ¿Cómo que si estaba haciendo trampas? ¿Pero no me habías pillado?
- No.
- E-entonces... -Romano iba enfadándose poco a poco.- todo era una trampa...
Francia aplaudió cuando Romano se dio cuenta de todo. Si hubiera podido, le hubiera ensartado bajo una de sus dagas, pero al parecer no había ninguna cerca. Muy listo que se creía el francés.
- P-pero, ¡Si estaba ganando una fortuna! -Se quejó, en su presente unas monedas de oro tan antiguas valdrían mucho. Francia soltó una risilla al ver al italiano tan impotente.
- Quéjate si quieres, pero había unos nobles por ahí que querían jugártela ¿sabes? -le dijo con tono serio, aunque no duró más que esa frase.- Tienes suerte de que el hermano mayor haya venido a salvarte. -Terminó, en su típico tono melodramático.
Romano quería hacerle ver lo que era la furia italiana, pero si el Francés hablaba en serio, tendría que perdonárselo. Por esta vez.
Se limitó a mirar hacia otro lado, evitando toparse con la cara del rubio, que seguro que estaba riéndose de él.
Se puso a pensar. Llevaba prácticamente un mes en el pasado. No había recibido noticias del bastardo God-save-the-Queen. Y parece que si seguía así nunca le llegarían. Empezó a pensar en su casa, preguntándose sí su país se había resentido de su desaparición. Por lo menos aún quedaba su estúpido hermano, todo el mundo le quería. Ahora que lo pensaba, Felicciano (el nombre humano de su hermano) debía de llevar solo bastante tiempo, seguro que estaba perdiendo el tiempo con el macho-patatas de Alemania. Se enfadó ante la idea, ese alemán comiéndole el coco a su indefenso hermano... luego ajustaría cuentas.
Después estaba el amante de los tomates, seguro que estaba preocupado por él. Bien, al menos alguien lo tenía en cuenta. A lo mejor España había descubierto que Inglaterra le había tirado en un vórtice temporal y le había dado una buena paliza. Sonrió ante la idea del inglés pasándolo mal. Pero claro, si le hacía algo, seguro que Inglaterra no lo traía de vuelta.
Mierda. Hasta sus propias ideas le daban dolor de cabeza. Se sacudió a sí mismo: tenía que concentrarse en otras cosas o acabaría necesitando una aspirina (y no había por entonces).
Decidió que no quería estar más tiempo ahí fuera y se giró para comentárselo a Francia. Se sorprendió al ver que el francés también se había quedado pensando y miraba fijamente las montañas. Iba a decirle que se largaba cuándo habló:
- Romano. -Dijo por fin girándose hacía él, aún con cosas en la cabeza.- ¿Por qué crees que hemos celebrado esta fiesta?
Romano no se esperaba la pregunta y se quedó pensando un momento. Sí que se le había pasado por la cabeza a qué venía tanto esfuerzo, pero nunca se le ocurrió que hubiera una razón sobresaliente para ello. Miró al francés de reojo, por si se estuviera burlando de él, pero lo seguía mirando serio.
- No se. -Respondió Romano.
- Me decepcionas Romano, -dijo Sonriendo.- ¿no has pensado por qué ha venido tanta gente al baile?, ¿por qué hay tantos nobles y reyes que aún tienen disputas entre ellos en la misma habitación?, ¿Por qué hemos estado entrenando tanto con las armas?, ¿por qué Al tenía que acudir tarde sí y tarde no a esas largas reuniones?, ¿por qué venía a veces tan cansado y enfadado? o ¿qué es tan importante cómo para que dos países como moi y Portugal coincidieran?
Romano se quedó con la boca abierta. Apenas se le habían pasado esas ideas por la cabeza, simplemente no las había dado importancia. El francés sonrió ante el gesto del italiano.
- Ven, sígueme. -Dijo mientras se echaba a andar a las afueras del castillo. Romano dudó en seguirlo, tal vez no fuera bueno alejarse tanto de Al-Andalus. Miró para atrás, hacía la puerta que daba el interior. La gente lo pasaba bien y había tanto barullo cómo antes. Nadie se daría cuenta.
Siguió al francés por el perímetro del castillo. Allí no había muros que taparan la luz de la luna y podía ver mucho mejor. El pueblo estaba en silencio y no había ni un alma, debía de ser muy tarde.
Siguieron dando la vuelta al castillo: era más largo de lo que pensaba. Romano juraría que el castillo se hacía más grande solo para fastidiarle y que estuviera dando vueltas todo el tiempo, pero nadie se lo creería. Por fin, Francia se paró mirando hacia algo que Romano no podía distinguir aún desde dónde estaba. Llegó a la altura del rubio.
No muy lejos del castillo, en la explanada, podía ver unos puntitos naranjas brillantes que titilaban suavemente se oían ligeros murmullos, como si allí hubiera gente haciendo cosas. No podía ver más que eso en la oscuridad.
- ¿Qué es eso? -Dijo señalando hacia esas luces.
Francia lo miró pensativo. Tardó un rato en responder.
- Son fogatas.
A Romano no le aclaró mucho la respuesta. Por lo menos ahora tenía bien claro que no eran luces alienígenas. Francia pareció notarlo en su expresión.
- Allí. -Dijo señalando de nuevo a las luces.- Hay un campamento. Bueno, muchos campamentos. Tantos como reinos tiene Al. Y todos los reyes han venido aquí por una sola razón.
Romano no sabía muy bien que decir, poco a poco iba uniendo hilos. Francia suspiró y miró a Romano preocupado.
- Va a haber una guerra Romano, una larga y durará bastante. Y Al-Andalus quiere que le acompañes.
Nota de autor: Espero que os haya gustado el cap! nunca juguéis a las cartas con italiano del sur (del norte sí, pero del sur no eh?) y menos si ha pertenicido a una mafia. Preguntar antes xD
Espero que os haya gustado, me he metido un poco a fondo en la cabeza de Romano, porque nunca se ha kedao pensando mucho en la situación en la que está. Espero que haya reflejado bien su personalidad ^.^
Por cierto alguien ha visto el nuevo cap de hetalia? (cap 14), simplemente era para decir que es GENIAL xD
Gracias por leer!
Respuestas a Reviews: Sois geniales todos, enserio animáis muchísimo, espero no fallaros nunca xD
gatita-yaoi: sorry, lo subí el lunes.
rin06rimichi: Me encanta que te guste \(^o^)/! Portugal es un personaje inventado por fans (o eso ponía en la heta wiki) y te decía que competía mucho con su hermano y siempre se peleaban pero que en el fondo se protegen el uno al otro. Además de que en la imágenes se parece un montón a España. He leído siempre que Portugal es 10 veces menos hiperactiva que su hermano y que no se lleva bien con Francia por ser... pues eso, por ser Francia xD. Espero escribir un poco más sobre él :)
DatTomato: Me alegro que te guste! ;) estuve buscando sobre prusia (y la orden teutónica) y no aparecían hasta el 1000 y pico, con las cruzadas (base:wikipedia y frikipedia), no se porque siempre te sale sacro más joven que su hermano, será porque nunca llegó a ser mayor ya que luego se conviritió en Alemania (supongo). Pero así de pasada en la frikipedia vi el siglo de oro de Sacro imperio romano y concordaba con el tiempo en el que estoy escribiendo, fue un golpe de suerte xD
Ya tengo una idea sobre lo del móvil, veré si la puedo llevar a cabo ok?
P.D.:aunque la idea del agua y sal no estaba nada mal xD
muchas gracias a todos por seguir el fic!
Make pasta no War!
