Nota de Autor!

Hola, soy yo! SomeSimpleStories! y os dejo con un cap geniaaaaal (lo tenía que decir, este me encanta *¬*, así que si no os ha gustado, no lo digais ok? xD)

Antes que nada, me fui a Burgos (Castilla y León - España) y vi un iglesia que se llamaba... Lesmes.

He ido muchas veces, pero es la primera vez que la veo. Desde luego, el mundo está lleno de sorpresas xD

Parte de este cap lo escribí oyendo una y otra vez "the decision of love - HetaoniMusic - sapph", la verdad es que me ayudó mucho, y en estos días me pasé el HetaOni... así que era muy inspirador, os lo recomiendo.

Ah, y me disculpo por anticipado... me voy un mes entero de vacaciones... y no podré escribir nada... por lo menos inventaré más...

Pero os dejo este magnífico cap!

:D

PD: me han dicho que Al-Andalus en realidad es Al-Ándalus... pero por entonces no se escribía castellano propiamente dicho, asique paso de cambiarlo xD


Las reuniones

Al día siguiente se levantó con un dolor de cabeza inmenso, asique decidió no salir de la tienda. Al-Andalus se había ofrecido a hacerle compañía, pero Lesmes apareció de la nada diciendo que necesitaba su ayuda para unos "asuntos" urgentemente. Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse.

A Romano cada vez le caía peor ese noblecito.

Estuba ahí, tirado en su cama, con una almohada en la cabeza para intentar acabar con el dolor, cuándo entraron de repente Francia y Portugal.

- ¡Roma! ¡No acabes con tu vida! -gritó le primero fuera de sí. Portugal puso los ojos en blanco.

- ¿Eh? -dijo Romano, apartándose la almohada de la cara.- ¿Qué cuentas barbudo?

- ¡Que eres muy joven para morir!... ¿barbudo? -dijo desconcertado.

De repente Romano cayó en su error.

- ¿Eh? ¿Barbudo? Yo no te he dicho eso... -dijo, volviéndose a poner la almohada en la cabeza.

- Debe tener fièvre, con este calor...

- Ya te gustaría tener este tiempo, loiro.

- ¿loiro? Esa es nueva, Portu.

- Significa Rubio, inútil.

- Aaah... ¿Tengo qué ofenderme?

- Sí.

- Aaah... ¡¿pero como has podido decirme eso?! -dijo en tono teatral Francia, pero no pudo seguir dramatizando porque una almohada se estrelló en su cabeza.- ¡Ah! ¿a qué a ha venido eso? -se quejó, apartándosela de la cara.

Romano les dio la espalda, con el mayor descaro que podía poner alguien tumbado en la cama.

- Fuera de aquí. Me duele la cabeza. -Dijo secamente.

Portugal y Francia compartieron una mirada.

- ¿Has oído algo?

- Non, habrá sido el viento.

- Oye hace mucho calor fuera, ¿no crees?

- Sí, mejor nos quedamos aquí.

Romano casi podía imaginarse la sonrisa en la cara del rubio.

- Moriros... -se quejó.- cómo hagáis un misero ruido me asegurare de que no volváis a hablar.

- ¿Has oído Portu? Dice que nos quiere.

Otra almohada se estrelló en su cara.

- Mon dieu! ¿No se te habían gastado? -se quejó, sentándose encima de ella.

- Lo próximo es un zapato.

Romano estuvo un buen rato tirado en la cama, de espaldas al mundo. Fueron interrumpidos por un soldado, que llamaba a Portugal también por algo urgente. El chico se despidió y se fue corriendo. Romano sabía el suficiente portugués como para saber lo que decía, pero no le apetecía poner su mente en marcha. Bastante dolía ya apagada.

Se cansó de mirar la pared de la tienda, y se dio la vuelta, no conseguía dormirse, además de que tampoco quería. Desde que tuvo esa sensación tan rara cuando se desmayó, tenía miedo. Aun no se la había quitado de la cabeza, la sensación de que por un momento no había estado en ningún sitio.

Descubrió que al lado de su cama, sentado en el suelo encima de cierta almohada, estaba Francia. Se había puesto a leer un libro, con un título en francés que Romano ni se molestó en leer. Le sorprendía más la idea de que el francés pudiera estar calladito. Se quedó así un rato, mirándole sin pensar en nada en especial, hasta que notó que le observaban y se giró hacia él.

- Oh la la, ¿me estabas mirando? -dijo guiñándole un ojo.

- No. -respondió en tono secó.

- Aceptalo, en el fondo envidias mi beauté. -le ignoró, sacudiéndose la melena.- Pero tú también eres muy mono Roma. -añadió en un tono que no le gustó nada.

Romano se puso rojo y decidió ocultarlo tumbándose bocabajo, con la cara hundida en la almohada. Que mal le caía ese pervertido, por suerte no lo había pillado un poco más crecidito, porque sino no lo dejaría estar ni en la misma habitación.

Estuvo así hasta que empezó a quedarse sin oxígeno y decidió tumbarse boca arriba.

- ¿Te duele mucho? -preguntó entonces el rubio.

- ¿El qué? -gruñó Romano.

- La tête, ¿qué sino? -respondió con sorna, pero sin dejar de mirar el libro.

Romano se quedó un momento callado.

- Ahora menos... -dijo. Seguía molestándola pero antes se bebió un buen vaso de agua y ahora se sentía mucho mejor. Se preguntó si había una fuente medicinal cerca o algo por el estilo.

- Très bien, ya me estaba preocupando. -dijo, cerrando el libro y dejándolo en el suelo. Se quedó mirando a Romano.

El italiano intentó ignorarlo, sin apartar la mirada del techo. Pero saber que alguien te observa puede ser muy inquietante. Y si esa persona es Francia, grande o pequeño, la sensación se multiplicaba. Ya iba a girarse para preguntarle si tenía monos en la cara cuando el rubio habló.

- ¿Sabes? Juraría que te he visto antes. -Dijo, aún sin apartar sus ojos azules de él.

Otra vez no.

- ¿A-antes? Yo no te he visto en la vida... -dijo, intentando no mirarle a la cara. Sabía sobre viajes al pasado tanto como cualquiera (bueno, un poco más), pero en las pelis siempre decían dos cosas: no te encuentres con tu propio yo y que no te reconozcan. La primera era fácil de cumplir, la segunda empezaba a fastidiarle.

- ¿En serio no nos hemos visto? Es que hay algo de ti que me suena mucho... -dijo el francés, sentándose en frente suya y acercándose un poco más.

Romano empezaba a ponerse nervioso.

- M-me has debido de co-confundir con alguien. -Dijo, poniéndose un poco rojo. Notaba la profunda mirada del rubio, se estaba sintiendo incómodo.

- ¿Sí? Es que tu nombre... Romano... me suena mucho. -dijo, llevándose un dedo a la barbilla, pensativo.

- E-es un nombre mu-muy común en mi país... -se defendió, ya rojo como un tomate.

- Oui? Pues es que ese rulo... es clavado al de...

Entonces entró Portugal como una tromba, muy emocionado.

- A que no sa... ¿Qué hacéis? -se cortó al notar a Francia tan cerca del italiano, que ya casi brillaba rojo con luz propia.

Romano, ignorando su dolor de cabeza, le pegó un cabezazo al rubio. Que calló al suelo KO.

- ¡Pervertido! -Gritó, señalándole con furia. Casi saltándo de la cama.

Portugal se quedó congelado un momento, pero enseguida se recompuso y sonrió.

- Me alegro de que ya estés bien Romano. -le felicitó.- Bueno, a lo que iba, que ha venido...

- ¡El mensajero de El Gran Imperio Musulmán! -entró Al-Andalus con una amplia sonrisa en la cara, casi llevándose por delante a su hermano. Portugal pareció molesto.

- Irmão, lo iba a decir yo -se quejó.

- Lo siento, ¡pero tenía que decirlo! ¿Francia? -dijo, al notar al rubio tirado en el suelo.- ¿Os desmayáis por turnos o algo?

Francia empezó a incorporarse, llevándose la mano a la cabeza.

- Es culpa de este... lleva así de bruto desde que se desmayó, deben ser efectos secundarios. -Se quejó.

- Tú sigue pensando eso, inútil. -Le respondió Romano de mala manera.

- ¡Me alegro de que ya estés bien Roma!

Por toda respuesta, Romano se volvió a tirar en la cama, pasando de todo.

- Bueno, lo que quería decir... irmão, déjame hablar... -dijo, antes de que Al-Andalus pudiera abrir la boca.- es que ya ha llegado el mensajero de el Imperio Musulmán, y va a luchar con nosotros.

- ¿A aceptado? -preguntó Francia, sentándose.

- ¿Aceptar qué? -dijo Romano, sintiendo curiosidad.

- Dejadme hablar...

- ¡Pues el trato!

Portugal le dio un codazo a su hermano.

- Te dije que me dejaras hablar. -se quejó.

- Ay... venga, vale... -dijo Al-Andalus, sin ni siquiera borrar la sonrisa de su cara.

- ¿Qué trato? -preguntó Romano, sintiendo que se había perdido algo.

- La verdad es que es confidencial, pero como han aceptado, supongo que podré decírtelo. -le miró el portugués.- El Imperio Musulmán no iba a luchar con nosotros así, por las buenas. Para él solo somos unas pequeñas molestias. Así que si queríamos conseguir nuestras tierras de vuelta, necesitábamos alguna clase de trato. Por eso, después de discutirlo mucho tiempo -mucho, mucho tiempo- logramos que aceptaran uno.

- ¿Y qué tipo de trato es ese? -preguntó Romano.

Ambos hermanos miraron cada uno a un lado con una sonrisa nerviosa.

- ¡Venga hablar! -metió presión.

- Bien, en mi opinión es un trato suicide, -al final, Francia decidió responder.- estos dos decidieron hacer más bien un apuesta. En la que, si ellos ganaban, conseguían Toledo y sus territorios.

- Sigue. -dijo Romano, con más prisa.

Francia sacudió su melena con la mano, tranquilamente.

- Y, si ellos perdían... perderían todas sus tierras. -dijo.- No me extraña que hubiera aceptado...

- ¿¡Qué¡? -exclamó Romano, incorporándose de nuevo en la cama.

Al-Andalus se pegó más a su hermano, que habló por él.

- No había otra forma, no teníamos mucho que hablar...

- ¡¿Pero queréis ir contra un imperio?! ¿¡Os habéis dado en la cabeza?! -dijo Romano, bastante enfadado.- además, ¿Qué sera de vosotros si perdéis, eh?

Esa pregunta logró callar a Portugal, qué se quedó un poco sorprendido. Al-Andalus también parecía estar pensando en ella, nervioso.

- Pues... eh... -el segundo intentó decir algo coherente.

Entonces apareció Lesmes por la entrada, casi chocando con los dos, que aún estaban en ella.

- ¡Al-Andalus! Te estaba buscando...

- ¡Lesmes! -saltó de repente el castaño, dándole un abrazo. El noble se quedó congelado unos instantes. Portugal se llevó una mano a la cara.

Romano miró enfadado al noble.

- Tú... -dijo en un tono amenazador. Solo verle le molestaba.

El noble también reparó en él.

- Tú... ¿otra vez convaleciente? -dijo, fijándose en que aún estaba en cama.

Romano le lanzaría una almohada, pero solo tenía la suya propia, y no quería contagiarla. Le miró de la peor manera que pudo.

- ¿Y a ti qué te importa? -se cruzó de brazos.- ¡¿Qué es lo que le haces firmar a esos enanos?! ¡Les vas matar!

Lesmes le miró sorprendido. Y después se dirigió interrogante hacia los dos castaños.

- ¿Se lo habéis contado? -dijo, ligeramente enfadado.

- ¡Sí! Me lo han contado. -respondió Romano.- ¿Algún problema?

- Sí, y bastantes contigo.

- ¡Pues haz una lista, porque me vas a soportar mucho tiempo!

- Lo siento, pero no me llegaría el papel.

- ¡Eso son halagos para mi!

- Para alguien como tú, no me extraña.

Francia, al estar en el medio, miraba de un lado a otros como si de un partido de tenis se tratara.

- ¡¿Qué quieres decir con alguien como yo?!
- No voy a perder el tiempo explicándotelo. -dijo en un tono tranquilo, pero cortante.- Pero que sepas que estoy en contra de este trato.

- ¡Pues yo...! ¿Qué? -Romano creyó que no había escuchado bien.

- Yo nunca he aprobado su idea. -miró Lesmes de reojo a los castaños.- Es demasiado peligroso. Pero claro, mi opinión no es demasiado importante. -dijo mientras se daba la vuelta.- Al-Andalus, tienes que venir conmigo.

El nombrado sacudió la cabeza, se había quedado observando la discusión.

- S-sí... eeeh, luego nos vemos. -se despidió, saliendo por la puerta.

- Y eso en castillan se decía... ¿salvado por la campana? -dijo Francia. Se levantó al notar la mirada asesina del italiano.- Bueno mi querido Portu, he visto antes dos belles dames rondar por el castillo. ¿Me las presentarías?

Portugal seguía mirando por donde Al-Andalus se había ido, pensando en alguna cosa.

- Sim... sí, vamos. -contestó, sin ni siquiera girarse hacia él.

- Bien, -dijo Francia, cogiendo la almohada en la que había estado sentado. Se la tendió a Romano.- Toma, esto es tuyo. ¡Que te recuperes! -se despidió con una reverencia con demasiadas florituras y se fue detrás de Portugal.

Romano volvió a tirarse en su cama. Últimamente era lo único que hacia. Ahora se sentía bien, pero como estaba enfadado con Al-Andalus no iba a salir afuera. Asique se quedó ahí tumbado, aburrido.

Cuándo había oído el trato que habían hecho, casi le da un infarto. Él también había estado bajo el Imperio Musulmán, y la verdad es que daba más miedo que Turquía. Aunque se parecían bastantes. Aunque él era mucho más pequeño que España entonces, ese maldito bastardo creció más rápido.

Por eso, cuando oyó que se apostaban sus propios territorios pensó que lo que querían era suicidarse. No sabía si acabarían desapareciendo o formando parte de él, como un estado o taifa o como se llame en esos tiempos.

La única idea que le tranquilizaba era la de que en el futuro España estaba sano y salvo. Porque el futuro no se podía cambiar, ¿verdad?

Ahora le volvía a doler la maldita cabeza, así que, en contra de su voluntad, se echó a dormir.

-o-

Los días siguientes pasaron de forma extraña. Había días en que se sentía genial y podía salir afuera perfectamente. Otros en los que le volvía a doler la cabeza, o estaba muy cansado. Esas veces bastaba con comer algo o beber agua para que se le pasara, pero había veces que ni con eso se sentía mejor y acababa "convaleciente", como el noblecito decía.

Se sentía inestable.

Uno de esos días se encontró a Al-Andalus. Se había sentido muy cansado por la mañana y había decidido quedarse a dormir, por poco que le gustara. Además de que Francia le decía todo el rato que daba miedo cuando se sentía mal y que tenía un humor aún peor de lo habitual. Así que para no oírle, se pasaba las horas dormido, o fingiendo estarlo.

Ese día decidió dormirse apenas despertarse, así que se sorprendió al ver que cuando se despertó ya era casi de noche. Estaba ahí, tirado en la cama, pensando qué hacer porque ya no tenía ni pizca de sueño, cuando de repente entró Al-Andalus.

No se había dado cuenta de que no estaba, más bien, estaba acostumbrado a no verle porque se levantaba antes que él y llegaba justo para dormir. Asique se quedó mirándole en la oscuridad de la tienda.

Al-Andalus entró bruscamente, soltando para sus adentros algunos insultos que le había oído a veces a España en los partidos de fútbol. Parecía enfadado, o más bien triste, no lo sabía. Se quedó quieto desde su cama.

Al-Andalus entró, se quitó la espada y la dejó a un lado. Luego se acercó a la cama de Romano, que cerró los ojos haciéndose el dormido.

Oyó que el castaño se quedaba un momento parado delante suya y luego se sentaba al lado de su cama, como Francia hace unos días.

Romano se quedó un momento quieto, con los ojos cerrados. No oía demasiado, solo notaba que Al-Andalus seguía ahí.

Al final decidió abrir un ojo.

Había acertado. Estaba ahí, sentado, al lado suya. Abrió el otro.

Se había encogido y tenía la cara escondida entre las rodillas, no se movía (por lo menos respiraba), se preguntó si estaba dormido.

Pero entonces vio que el país se encogía aún más, agarrándose a sí mismo. O no estaba dormido, o tenía una pesadilla.

Romano no sabía qué hacer, no estaba hecho para esas situaciones, pero si de verdad le había ocurrido algo a Al-Andalus, quería saberlo.

Así que optó por la opción más fácil:

- ¿Al-Andalus? ¿Estás bien?

Preguntar directamente, la idea perfecta.

El nombrado se sobresaltó un poco y levantó la cabeza. Romano pudo ver, por unos segundos, una cara triste. Pero enseguida fue sustituida por una sonrisa.

- ¿Romano? ¿Estás despierto? -dijo, un poco feliz.

- No, soy un holograma. -le respondió sarcástico, incorporándose un poco.- No preguntes cuando yo pregunto.

Al-Andalus le miró con cara rara.

- ¿Holo-qué? -preguntó.

Romano se llevó la mano a la cara.

- Nada, olvidalo... -a veces se le olvidaba que en su tiempo estaban demasiado avanzados en tecnología.- Te he hecho una pregunta.

Otra vez un rostro triste, y otra vez una sonrisa.

- Estoy bien, me voy a dormir. -dijo mientras se levantaba. Se estiró y se dirigió a su cama.

Pocas veces había visto a España triste, solo cuando realmente estaba agotado de hacer rosas de papel, o cuando perdió contra Inglaterra con su armada "invencible". Pero Romano sabía que había tenido muchas más oportunidades para deprimirse. De pequeño pensaba que simplemente era idiota, o demasiado cortito como para darse cuenta de lo que pasaba.

Más tarde se dio cuenta de que cuando se sentía mal, siempre mostraba lo contrario. Siempre ocultaba lo que pensaba bajo una amplia sonrisa, como si no quisiera que nadie supiera lo que tenía en la cabeza. Y lo cierto es que la tenía muy ensayada.

Pero Romano lo conocía demasiado como para engañarle, y menos cuando lo que tenía delante era solo un niño.

Y por eso no le gustaba nada esa cara.

Así que antes de que pudiera dar dos pasos, le agarró fuertemente de la muñeca.

Al-Andalus se giró hacia él sorprendido, intentando soltarse. Pero aunque Romano no había estado bien esos días, seguía teniendo fuerza. Miró fijamente a los ojos verde oliva de Al-Andalus.

- No me vas a engañar. -dijo secamente, sin apartar la mirada.

El castaño se quedó un momento ahí, quieto, sin mostrar ninguna emoción en la cara por unos segundos. Romano se temió que volviera a sonreírle de nuevo, si lo hacía, usaría métodos menos convencionales. Pero para su sorpresa, una lagrimita apareció en los ojos verdes del castaño.

- R-Romano... -dijo con la voz quebrada.

En unos segundos se había lanzado encima suya a darle un abrazo.

- ¡Romaaaaaaaa!

El nombrado se sorprendió, definitivamente no estaba hecho para esas cosas.

Al-Andalus se había pegado a él como una lapa. Tenía el rostro enterrado en su blusa y no se movía. Romano intentó quitárselo de encima, pero ahora era él el que estaba falto de fuerzas. El castaño empezó a balbucear un montón de cosas que no conseguía entender y cada vez le abrazaba con más fuerza. Así que como siguiera así pronto moriría de asfixia.

Consiguió al fin apartarle un poco de él. Y pudo verle la cara. Al-Andalus tenía los ojo rojos, seguramente por que había estado llorando. Pero ahora parecía bastante bien, porque ninguna lágrima caía ya por su cara. Tenía todo el pelo más revuelto de lo normal y estaba un poco pálido.

- ¿Q-qué ha pasado? -fue lo único que Romano logró preguntar.

El castaño se quedó un momento callado, mirando al suelo. Otra lágrima volvió a caer por su mejilla. Romano se temió que volviera a abrazarle.

Pero Al-Andalus no se movió, simplemente empezó a hablar. Aún mirando el suelo.

- E-en las reuniones... hemos hablado... y... y... -miró a los ojos a Romano, triste.- y... querían que lo matara... y-y yo no quiero... y no paran de presionarme, Romano... están todo el rato igual... pero yo siempre les digo que no... y-y... -se cortó ahí y volvió a echarse a llorar, encima de Romano, por supuesto.

El italiano esta vez no lo intentó apartar de sí. No sabía muy bien qué es lo que le había dicho, pero si se había puesto así debía de ser importante para él. Le dio unas palmaditas de apoyo en la espalda, para intentar tranquilizarle. Al-Andalus volvió a abrazarle con fuerza, así que esperó a que por fin volviera en sí.

El chico se quedó más tranquilo después de un rato, y aflojó un poco el abrazo.

- Gra-gracias Romano, soy un llorón. -dijo, ahora su voz sonaba mucho más clara.

- N-no seas idiota, y-yo si que era un llorón de pequeño, nunca llegarás a mi nivel. -le respondió Romano, con un tono falsamente orgulloso.

Tenía que reconocer que de pequeño lloraba por todo. Lloraba cuando se perdía, cuando España se iba, cuando volvía, cuando se caía, cuando el gato que rondaba por la mansión se le escapaba, cuando estaba oscuro por la noche, cuando tenía pesadillas, cuando agradecía algo, cuando Turquía le capturaba, cuando el abuelo Roma desapareció, cuando estaba solo... Siempre había alguna razón, y siempre intentaba ocultarlo. Ahora que lo pensaba, él sí que era molesto, no entendía cómo pudo aguantarle España tanto tiempo.

Al-Andalus se rió por el comentario, sacando a Romano de sus pensamientos. Se alegró de que cambiara de humor.

Por fin el castaño se separó de él, ya con una sonrisa más real.

- Gracias. -repitió otra vez.- A veces pienso que es como si ya me conocieras de mucho tiempo. -dijo riendo.

Romano se llevó la mano a la nuca.

- ¿Ah, si? Será casualidad... -dijo, cuanto antes cambiara de tema mejor.- Pero ¿qué te han hecho? ¿A quién tienes que... -tragó saliva.- ...matar?

Al-Andalus volvió a ponerse serio.

- Estos días, bueno, un poco después de que llegaras... estuvimos discutiendo diferentes estrategias de combate, y una vez hablamos de cuál sería mi parte. Es normal, claro, al fin y al cabo soy una ficha importante. -se paró un momento.- Entonces a uno se le ocurrió la idea de que fuera a muerte con el Imperio Musulmán. Yo pensé que lo decía en broma, pero entonces se pusieron a discutirlo seriamente. No me lo podía creer, así que ese día me fui, antes de que llegaran a más. Fue el día en que conociste a Froilán, ¿lo recuerdas? -se paró un momento para mirar a Romano.

El italiano hizo memoria, claro que se acordaba del chico. También recordó que ese día Al-Andalus estaba enfadado, y que por eso se fueron del castillo.

Romano asintió, para que siguiera hablando.

- Pues no volvimos ha hablar del tema... hasta hace poco. -dijo, triste.- Desde que llegó ese mensajero, primero solo lo comentaban, y luego empezaron a discutirlo. Pero yo me niego a hacer eso. Acabar con un país... como hicieron con el Imperio Romano... no quiero hacer esas cosas. Es lo que les dije, pero les da igual, yo soy importante para lo que quieren, claro. -miró a los ojos miel de Romano.- ¿Sabes lo que quiero decir? Eso sería como acabar con Francia o Portugal... no volvería a ser el mismo, no es como yo quiero ser. Pero claro, yo soy solo un enano, seguramente me equivoco. Los países no somos así, siempre queremos más tierras, debo ser un idiota. -dijo enfadado, más bien para sí mismo.- Seguro que hasta tú lo haces...

- No. -dijo Romano, Al-Andalus se giró para mirarle, sorprendido.- Nunca me he hecho grande y fuerte, siempre he estado bajo el control de otros países, nunca acabé con ninguno. -dijo en tono seco.

Al-Andalus pestañeó.

- ¿En serio? -dijo sorprendido.- Pero... ¿cómo conseguiste separarte de él?

Romano se quedó un momento callado. La verdad es que su independencia no fue ni mucho menos tan estrepitosa como la que tuvo Estado Unidos. Ni como la de su hermano Feliciano, cuando se separó de Austria. Fue más bien una despedida, fría. Austria lo cogió y se lo llevó, porque se suponía que ya no podía mantenerlo más tiempo bajo el cuidado de España, porque estaba gastando su dinero en cuidar de él, y acabaría acabando consigo mismo si seguía. Asique, por su bien, se fue. Y no volvió a verle en años.

- Es una larga historia. -decidió decir.

Al-Andalus se le quedó mirando un momento.

- ¿Entonces no me la vas a contar? -preguntó, con cara de fastidio.

Romano soltó una risa maléfica.

- Nunca la conocerás. -dijo con tono de malo de película.

Al-Andalus pareció insatisfecho.

- ¡P-pero cuéntame algo! ¿Quién era? ¿Era malo? ¿Era fuerte?

- Pues era un país. -se burló Romano.

- ¡E-eso no vale! -Al-Andalus hizo un puchero. Romano se reía por dentro. Pero de repente sacó una sonrisa pícara.- Ah, ya lo entiendo... Seguro que era un país tan débil que te avergüenzas de que te hubiera controlado...

- ¿Qué? ¿Qué dices? N-no es eso. -saltó Romano.

Al-Andalus seguía sonriente.

- ¿Ah no? ¿Y como voy a creerte si no me cuentas nada?

Ahora le tocó a Romano cruzarse de brazos. Ese chico conseguía sacarle de quicio.

- Entonces quieres que te cuente algo...

- ¡Sí!

- Hmmmm... vale, te contaré, pero solo un poco...

- ¡Bien! ¿Cómo era? ¿Fue grande? ¿Sigue por aquí?

Romano hizo un gesto con la mano para que frenase un poco.

- Pues... me recuerda a ti...

- ¿D-de verdad? -dijo emocionado.

- Sí, era igual de idiota...

Al-Andalus le dio un codazo.

- ¡Venga!

Romano se quedó pensando, de verdad que no sabía que más podría decirle.

- Pues fue un país muy fuerte y se hizo muy grande...

- ¿Cómo de grande?

- Pufff, sus colonias llegaron más lejos de lo que te puedes imaginar.

- ¿Hasta el imperio anglo sajón?

- Eh... no, ¿quién quiere ese sitio?

Al-Andalus se rió.

- ¿Hasta África?

- Sí, y más.

- Hasta... ¿Asia?

- Sí y aún más.

Eso de que por entonces la tierra era plana le estaba empezando a hacer gracia.

Al-Andalus seguía comiéndose el coco.

- ¿Más? ¿D-dónde...?

- No lo adivinarás.

- ¿Por qué?

- Porque no lo conoces... y no te lo voy a decir. -contestó, antes de que algo saliera de la boca del castaño.

- Eres malo. -se quejó.

- Cuidado que me sonrojo. -rió Romano.

- Pues dime algo más o no te dejo en paz.

Eso si que era un chantaje en toda regla. Romano pensó un momento.

- Pues era muy suertudo el maldito... consiguió mucho poder, muy rápido... y luego lo perdió de una manera estúpida... -dijo un poco sombrío.

- ¿Cómo lo perdió? -preguntó Al-Andalus, muerto de curiosidad.

Romano miró para otro lado.

- Pr-protegiéndome... -dijo en un susurró.

Al-Andalus se acercó un poco a él.

- ¿Cómo? -no lo había escuchado bien.

Romano se sonrojó.

- El muy idiota no quería que acabara bajo otros como Tur... otros países no muy agradables, y me estuvo protegiendo hasta casi quedarse sin nada... idiota. -repitió.

- ¿Y que pasó con él?

- Ja. A ese no le vas a ver por aquí. -se rió.

- ¿Por qué? -la curiosidad de Al-Andalus era cada vez mayor.

- Porque... eeeh... porque... -maldijo para sus adentros.- Cayó, sí, ya no pudo recuperarse, y desapareció del mapa. Estúpido.

- Yo no creo que fuera estúpido. -dijo Al-Andalus con una sonrisita.- Debió ser muy bueno.

- ¡E-eh!, ¡yo no te he dicho nada de eso! -dijo, sin poder evitar ponerse un poco rojo.

- Venga ya, seguro que te quería mucho para hacer eso. -respondió Al-Andalus, ampliando su sonrisa.

Ahora sí estaba rojo.

- B-bah, pi-piensa lo que q-quieras. -dijo mirando para otro lado.

- ¡Ves! ¡Acerté! -exclamó, encogiendo los brazos con las manos en puños, como celebrándolo.

- Ahora vete a dormir.

- ¡¿Qué?!


Nota de Autor: :D

Antes que nada, tête significa "cabeza" en francés, no suelo (cofcofnuncacofcof) traducir lo que escribo en otros idiomas, pero es que está montó mucho revuelo en mi clase de francés cuando la aprendimos, y seguro que algun se habrá reído... xD

Me encanta España de pequeño, o por lo menos la manera en la que me lo imagino, espero transmitirla bien XD y la verdad es raro pensar que en ese tiempo la gente pensaba que la tierra aún era plana, nose a mi me parece raro escribir con personajes qeu saben tanto y a la vez tampoco *filosofeando*

xD

Bueno, no ser muy bien que poner en este proximo cap. El final ya lo tengo preparado, y sus capítulos anteriores también, pero ahora necesito imaginármelo, tendré el magnífico agosto XD, lo aprobecharé, lo juro.

Reviews!

Nami luna LinusMantita: Estoy de acuerdo!

El pobre Romano no pasa sus mejores momentos, pero aún así puede ser muy tierno *¬*

Muchas gracias!

Sortita Uchiha: gracias, me encanta que te haya gustado!

Ya ves lo que le pasa a Romano, pero esto se explicará más a fondo más adelante ;)

MapleMary: Yo también odio la tensión, sobretodo cuando la persona que escribe el cap tarda tanto como yo xD, o es el tipo de persona que sube cada dos años, los he visto xD

Espero que hayas dormido bien estos días XD y que disfrutes de tus vacaciones!

Romano Vargas: Muchas gracias :'D! no sabes lo feliz que me hace eso!

Aré lo que pueda para que siga gustando!

Bueno, hasta aquí, espero que lo hayáis disfrutado, cualquier queja, broma, duda, amenaza de muerte, o simplemente te gusta/lo odias, review da?

Ah, en el último cap iba con tanta prisa que (a parte de hacer un montón de faltas de ortografía ^.^") se me olvido algo crucial, y me molestó bastante, así que lo traigo ahora:

Make Pasta Not War!

espero no haberme olvidado en ninguna otra parte xD

ciao

Make Pasta Not War!